Sal, sol y sueños de plástico

Publicado en Croacia, Fotografía, Fujifilm X-Pro2, Fujifilm X100, Viajar el September 13th, 2018 por diegojambrina

La sal, esa sustancia que logra dar vida a una ensalada de tomate y pepino, es la culpable de que en el lado oriental de las islas del norte de Croacia no exista vida alguna. El viento de levante se carga de sal al acariciar las aguas del Adriático y la descarga sin compasión a lo largo de la ladera. Probablemente, serán los únicos kilómetros no invadidos por el turismo. Pero mejor hablo de otro tema, que ya me desahogué suficientemente en mi primer post (o al menos eso creo).

Muerte entre las rocas

Estas tres islas del norte de Croacia (Rab, Krk y Cres) son los destinos menos frecuentados por el turismo. Dubrovnik, Split y las islas del sur del país se llevan casi toda la atención internacional. Esto no quiere decir que no haya gente por el norte, pero la hay en menos cantidad y se limita a alemanes, húngaros, algún francés e italiano y, sobre todo, croatas.

Son por tanto, lugares donde poder disfrutar tranquilamente de una naturaleza generosa, siempre y cuando no se te cruce algún niño por delante.

Con niños no hay paraíso

Los niños son, sin duda, uno de los grandes inconvenientes para el viajero solitario. Son ruidosos, salpican, te lanzan la pelotita con la que juegan a waterpolo una y otra vez y son incansables.

Quienes sí se cansan son los que estamos alrededor y los que trabajan las 24 horas del día para su entero disfrute. Y no me refiero a los padres, estos parece que se han declarado en huelga y no actúan como lo que son. Me refiero a los patos hinchables, desesperados como lo pueda estar yo y con los mismos sueños de plástico, siempre en peligro de que se desinflen.

Sueños de plástico

La vida

Pero no me hagáis mucho caso. En realidad, tampoco es para tanto, y, además, al no ser spanish boys, suelen ser más tranquilos y temerosos ante una mirada ensayada de odio y destrucción.

Y bien mirado, hasta me vienen bien para mis propósitos fotográficos.

La vida es verde

Eterna juventud

Volviendo a las islas, tengo que decir que me ha sorprendido mucho la temperatura y la calidad del agua. Cristalina, con visibilidad más allá de los cinco metros de profundidad, y lo suficientemente fresca como para que la primera vez te cueste un poquito entrar, pero lo suficientemente caliente para nadar, bucear y hacerse el muerto tanto tiempo como se desee.

Y puestos a desear, me hubiera quedado allí hasta la eternidad, mirando con ojos hipnotizados la joya que es el Adriático.

Piedras preciosas

Enemigo del estrés

Como pelícano en el agua

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Croacia no importa

Publicado en Croacia, Fotografía, Fujifilm X-Pro2, Fujifilm X100, Viajar el September 9th, 2018 por diegojambrina

Tras mi vuelta de vacaciones, suelo escribir un post rápido y corto sobre mis primeras impresiones. Esos pensamientos ligeros de contención moral, social y convencionalista son, por norma, bastante más cercanos a la realidad que los recuerdos forjados a base de tiempo y deseo. En esta ocasión, me cuesta dejar por escrito lo que pasa por mi mente, porque no hace referencia al lugar, sino a la gente que lo ocupaba.

Tengo la certeza de que no puedo hablar de Croacia en particular más que de las personas con las que he compartido el país, o, para ser más exactos, más que de la cantidad de personas con la que he compartido el país.

Compartir debería ser una bonita actividad, pero cuando se hace con miles y miles y miles de personas, la esencia original se diluye tanto que da como resultado una sustancia homeopática completamente estéril.

Ésta sensación la he vivido demasiadas veces durante mi viaje por Croacia. Dubrovnik, Split, el Parque Nacional de los Lagos de Plitvice y el Parque Nacional Krka han sido trampas de las que a duras penas pude escapar. De hecho, varias semanas después, aún tengo la sensación de estar esperando a que la caravana de turistas se mueva para poder continuar por la plataforma de madera.

Corriente de gente

Ante esta situación de turismo carnívoro, me pregunto cuánto tengo yo de culpa. No dejo de pensar que yo también soy un turista, que soy una pata donde se asienta la industria o un pié más del milpiés que se desliza sin descanso por las calles, plazas, playas y parques naturales.

No tengo respuesta, ni tengo solución, ni tengo esperanza. Pero sí tengo la convicción de que el próximo destino será elegido por ser un destino poco elegido.

Invasión por la puerta principal

Croacialand

Tráfico en el paraíso

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Sudor, semen y ron (Cuba 5/5)

Publicado en Cuba, Fotografía, Literatura, Viajar el November 14th, 2017 por diegojambrina

Yo iba con algunos títulos en la cabeza y unos pesos en el bolsillo directo a un mercadillo cerca de la Plaza de Armas de La Habana, pero la pasión del librero por la literatura y su arte comercial me convencieron para comprar ejemplares desconocidos para mí. Entre otros, me traje “El nido de la serpiente”, una novela de Pedro Juan Gutiérrez. Lo compré sin pensármelo mucho. Bastó con que me dijera que este escritor era el Bukowski cubano para que me interesara por él. Y remató la venta cuando me invitó a abrir el libro por cualquier página y leyera un párrafo al azar.

Ahora, leyendo en mi casa estas páginas manchadas de sudor, semen y ron, me siento más atraído por la Cuba que dejé atrás. La buena literatura tiene ese poder. Crea en tu imaginario un país muy alejado de los cayos, la arquitectura colonial y los grupos de turistas que no pierden de vista el paraguas del guía.

No es que yo haya viajado por la isla al calor de un grupo armado con palos de selfie, pero sí me he sentido atrapado por la iconografía comercial de las agencias de viajes. Y pocos han sido los momentos sentidos como propios.

Es por esa razón, por la que se me hace tan difícil escribir sobre este viaje.

En calma

Inteligencia natural

Esperando el final del día

La mujer de mirada roja

Exhausto

Poniendo agua de por medio

Esperando tiempos mejores

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Oslo, país independiente (Noruega 5/6)

Publicado en Fotografía, Noruega, Oslo, Viajar el November 10th, 2016 por diegojambrina

He hecho fotos que jamás podré enseñar. Parte I
Rumbo a Cabo Norte. Parte II
Un viaje de paso lento y latido rápido. Parte III
Turismo antinatural. Parte IV

Oslo no es sólo la capital de un país, es un país en sí mismo, con su propio estilo, con una sociedad diferente, con infraestructuras más avanzadas, con arquitectura moderna, con barrios rehabilitados, unos con gusto y mucho dinero, otros solo con gusto… Es una ciudad tan distinta al resto de ciudades noruegas que parece pertenecer a otro país.

Esta afirmación no sólo dice mucho y bien de Oslo, sino que dice mucho y mal de Noruega. No sólo las ciudades, sino todo el territorio tiene carencias propias de un país de Europa del Este; uno de esos territorios que jamás han tenido dinero ni recursos que les permitan tenerlo en un futuro.

Pero Noruega tiene una industria petrolífera envidiada por toda Europa y el que se supone el mejor salmón del mundo, aunque en realidad hay quien afirma que es el alimento más tóxico del mundo; bueno, la cuestión es que sacan partido de ello. También tiene una industria turística muy activa, tanto de verano como de invierno. Y una industria maderera muy importante. Y a pesar de esto, sus infraestructuras son, por lo menos, algo justas.

Carreteras mal asfaltadas y mal señalizadas, carreteras de un sólo carril colapsadas por el excesivo tráfico diario, túneles tan oscuros como la boca del lobo, iluminados tan solo con una finísima línea intermitente de luz naranja. No quiero decir con esto que haya sufrido en Noruega, porque no ha sido así, he viajado bastante cómodo, pero sí es cierto que me ha sorprendido su nivel de precariedad, impropia del país escandinavo que yo me había imaginado. Así que, cuando llegué a Oslo, el último destino en mi viaje por Noruega, me sorprendió gratamente.

Arquitectura creciente

Escribiendo esto, me doy cuenta de que Oslo seguramente era como las demás ciudades noruegas no hace mucho tiempo, porque escribiendo esto hago repaso a todo lo que me cautivó y todo es lo que ha cambiado. Incluso el propio cambio en sí me cautiva; y me recuerda a otra ciudad cuya remodelación la ha hecho mucho más atractiva tanto para el visitante como para el residente. Me estoy refiriendo a Bilbao, capital del mundo.

La parte más hosca del viejo Oslo, el viejo puerto, es hoy la parte más nueva y estilosa de la ciudad. De las férreas grúas y los rudos trabajadores se ha pasado a edificios de viviendas, oficinas y comercios de gran elegancia y a ejecutivos con móvil en mano. Pero lo que más me gusta es que se ha respetado, al menos algo, el carácter áspero de los edificios de antaño y que, aun no interesándote las compras como actividad turística, pasear por el actual Aker Brygge es un placer visual. Los amantes de la arquitectura y del arte en general, se pasarán horas por aquí.

Oslo, ciudad Fenix

La representación artística de un puto lío

Personalidad de hierro

Otra de las zonas que han mutado con el tiempo es Grünerløkka. Un barrio lleno de espacios de arte y artistas que sacan a la calle su talento para que respire sin la opresión característica que las paredes de los museos provocan.

Restaurantes, mercados, bares y paseos paralelos al río Akerselva se suman a la fiesta colorista de esta parte de Oslo.

Una mujer con lo que hay que tener

Puente hacia la libertad creativa

Lámpara a la luz del sol

Puedo ser crítico con los museos, pero soy de los que acuden a ellos con verdadero interés. Y aunque en Noruega apenas los visité (el precio de las entradas tuvo buena parte de culpa), hubo uno que me atrapó sin remedio: el Vikingskipshuset. Si no llego a ir con mi mujer, muy probablemente me habría pasado todo el día en su única nave en forma de cruz latina. Por cierto, paradójica forma la que se eligió para el ensalzamiento de la cultura vikinga.

En el Museo de los Barcos Vikingos, como su propio nombre indica, hay tres barcos y unos pocos adornos y objetos rescatados de las garras de la tierra y de los siglos. Mucha gente no tarda más de 45 minutos en verlo todo, pero si creciste con la película de Kirk Douglas, Los Vikingos, y te gusta la cerveza y los asados, un día puede ser insuficiente. Además, el arte y la artesanía de la cultura escandinava es tan rica en detalles que podrías dedicar 45 minutos a cada obra expuesta.

Orgullo vikingo

Otra de las zonas interesantes de la ciudad es en la que está enclavado Oslo Ópera House. Y lo es hoy por este espectacular edificio, pero en breve lo será también por los edificios que ahora están en construcción.

El sol de tarde se alió conmigo para que tuviera una bacanal fotográfica como nunca antes había tenido. La luz rebotaba en sus paredes exteriores, blanca como un iceberg, y se colaba por entre los grandes ventanales hasta el interior, iluminando el hall de entrada y mis fotografías.

Andaba con una cámara en una mano y la otra colgando del cuello; una pose muy poco habitual en mí, siempre atento en pasar desapercibido, pero necesitaba tener los dos objetivos (uno de 35mm y el otro de 50mm) para ser doblemente feliz.

Me gustaría mucho volver a Oslo dentro de unos años. Esta zona promete dar buenas tardes a los fotógrafos y a los interesados en la arquitectura moderna. Y, además, siempre es sugerente volver.

Un mundo en construcción

Insignificante signo humano

Ventanales en Do mayor

La ventana indiscreta

Desde Nordkapp, el punto más al norte del país, y de Europa, al que se puede acceder por carretera, hasta Oslo, recorrí unos 3.000 Kms en moto. Todo un viaje lleno de curvas, ferris, luces imposibles, gasolineras, áreas de descanso, emociones y carne de gallina (y no precisamente por el frío) que recordaré siempre. Una experiencia compartida con mi pareja, a la que pido desde aquí que nunca deje de guiarme hacia destinos desconocidos.

En alerta permanente

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Un viaje de paso lento y latido rápido (Noruega 3/6)

Publicado en Fotografía, Noruega, Viajar el October 27th, 2016 por diegojambrina

He hecho fotos que jamás podré enseñar. Parte I
Rumbo a Cabo Norte. Parte II
Turismo antinatural. Parte IV
Oslo, país independiente. Parte V 

Cruzando el Círculo Polar Ártico

Tombuctú, Vladivostok, Ulán Bator, Sebastopol, Dar es-Salam, Manaos, Macao… muchos lugares merecen una visita por el simple hecho de lo que fueron para una persona. Aventureros, escritores, guionistas y directores de cine son algunos de los culpables de que tenga ganas de hacer la maleta y lanzarme a visitar rincones del mundo donde no hay nada. Al menos, nada aparentemente.

Se me pierde la mirada en el horizonte cuando oigo, o tan sólo pienso, en un lugar tan extraño como Vladivostok. Un lugar que está en el extremo oriente, entre China y Japón, y sin embargo pertenece al mismo país que Moscú. ¡Nueve mil kilómetros de distancia! Me encantaría ir a esta ciudad rusa, mucho más incluso que a la propia capital, y escribir sobre ello. De momento, me conformo con escribir sobre otro mítico lugar: el círculo polar ártico, que no es poco.

Ya atravesé a principios año el círculo polar, y hablé de él y de la estupidez de llegar y encontrarse con dos falsos Papas Noeles. Porque uno es una tontería, pero dos es una estupidez. Si queréis saber de qué estoy hablando, pinchad aquí.

Decía que hablé del círculo polar ártico, pero con poca emoción. Llegar hasta allí cómodamente sentado en un avión no significó nada. Llegar habiendo cruzado media Europa montado en una moto, significó mucho.

Y del mismo modo que lo fue para mí, lo puede ser para los demás. Pero, en general, no viajamos, sencillamente, nos movemos, y así, es comprensible que la mítica frontera del círculo polar ártico esté siendo devorada por la luz eterna de los veranos efímeros sin que nadie se pare a mirar.

Mundo olvidado

Unos kilómetros antes de llegar a la frontera que separa Suecia de Finlandia, y yendo por carretera desde el sur, me encontré con un lugar donde aparentemente no había nada, un lugar abandonado, por el que, sin duda, habría pasado de largo, si hubiera ido más rápido de lo que iba. Pero la escasez de gasolina en mi moto y de gasolineras en las carreteras, me obligaron a conducir despacio, y eso me dio tiempo para ver la esfera de hierro oxidado con la que se indica la entrada y salida del círculo polar ártico.

Acababa de entrar en el territorio donde el sol en verano nunca se pone y en invierno nunca se ve. Algo totalmente extraño y casi irreal para cualquiera del sur.

Aun viviéndolo, resulta difícil de comprender. Estás ante un final del día eterno. Estás sentado en la cama, a las dos de la madrugada, con la mirada perdida en una terca línea de luz.

Tarde
Atrapada por la luz

Noche
El final eterno

Madrugada
Sueño por vivir el sol de medianoche

Pero la vida en este extraño lugar del mundo es aparentemente normal.

Siempre había oído que la gente del norte vivía los veranos tan intensamente que alargaba la hora de irse a dormir, pero en realidad no lo viví así. La gente abandona las calles de Tromsø, la ciudad más grande del norte de Noruega, mucho antes de que la luz pierda su intensidad.

Gente extraña, tan extraña como su naturaleza, tan fría como sus cortos veranos, y tan afectada por su entorno natural que es difícil cruzarse con una mirada que no perturbe. Afortunadamente, ese carácter les ha dotado de una capacidad extraordinaria para idear y construir edificaciones fuera de lo común, como el Museo Polar, la iglesia de Tromsdalen, más conocida como la catedral del Ártico, o el descomunal puente que une la isla de Tromsø con el continente.

Descolocada

Una fría señal en el Ártico

Escala irreal

Otro de los lugares más importantes dentro de este círculo, además de Tromsø y de Nordkapp, del que escribí en este otro post, es el conjunto de islas que forman las Lofoten.

Y como una ventana, puedes abrirte a este lugar o encerrarte en ti mismo y tratar de averiguar quién eres. Porque páramos inhóspitos como éste sirven muy bien para pensar, aunque no sepas muy bien en qué.

Sueños llenos de luz

Siempre mirando al mar

Miradas cruzadas

Lo mejor de las islas Lofoten no son sus pueblos rojos de madera sino los sitios en los que esos pueblos están. No importa ir a Å, el último pueblo de las islas y con el nombre más corto del mundo, ni a Nusdfjord, ni a ningún otro. Lo mejor es recorrer la carretera sin destino fijo, sin hora de vuelta, sin importarte cómo se llama el pueblo que acabas de dejar atrás.

Aquí los nombres son tan insignificantes como el propio ser humano.

Listo para navegar por mi mar interior

Despertar

Y poco a poco, kilómetro a kilómetro, fui avanzando hacia el sur, acercándome a mi mundo conocido, al mundo donde la noche es noche y el día, día.

Puedo asegurar que esta experiencia ha sido fabulosa, pero, también puedo asegurar que esta tierra no es apta para nuestro espíritu humano actual, tal vez, por la contaminación social y económica de hoy, que nos impide disfrutar tanto de un mundo sin artificios como de nosotros mismos.

Respira y continúa

Viajera de paso lento y latido rápido

Al rojo

Abandoné, quién sabe si para siempre, el círculo polar ártico subido en un ferri.

Llegué rodando y me marché navegando, como no podía ser de otra manera tratándose de Noruega. El país donde las carreteras tienen hora de caducidad, y si no la respetas te quedas en tierra, esperando a que el sol vuelva a levantarse y comience de nuevo el servicio de ferris.

Línea imaginaria

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Rumbo a Cabo Norte (Noruega 2/6)

Publicado en Fotografía, Noruega, Suecia, Viajar el October 12th, 2016 por diegojambrina

He hecho fotos que jamás podré enseñar. Parte I
Un viaje de paso lento y latido rápido. Parte III
Turismo antinatural. Parte IV
Oslo, país independiente. Parte V 
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A pesar de que entre mi casa y Cabo Norte hay 4660 km y a pesar de que iba a ir en moto atravesando Francia, Bélgica, Alemania, Dinamarca, Suecia y Finlandia, siempre había pensado que aquel lugar era el inicio de mi viaje. Pero estaba equivocado.

Nordkapp, el punto más al norte al que se puede acceder por carretera, y punto de partida en mi recorrido por Noruega, se convirtió en un destino en sí mismo.

Cada uno se marca su propio destino

Si mis vacaciones de verano se hubieran terminado aquel seis de agosto de 2016, justo siete días después de que empezaran, me hubiera dado por satisfecho. La emoción que sentí encima de mi moto al llegar a Cabo Norte vale por todas las torres Eiffel del mundo, por todas las puertas de Brandenburgo, por todos los cruces de Shibuya e incluso por todos los fiordos de la propia Noruega.

Me pregunto si soy algo exagerado. No parece que el complejo turístico que han montado al final de la carretera más septentrional de Europa, y con la mayor tienda de souvenir que yo haya visto jamás, sea nada emocionante, y menos para mí, siempre dispuesto a ir en dirección contraria. Pero más que el lugar, lo realmente emocionante fue el momento, algo de lo que ya hablé en mi primer post sobre Noruega.

Aquel seis de agosto empezó a las seis de la mañana en Pajala, un pueblo de Suecia, desde el que partimos mi mujer y yo en nuestra última etapa. Cruzamos la frontera con Finlandia y atravesamos el país por su parte más estrecha. De nuevo cruzamos otra frontera, y ya en Noruega decidimos que fuera a la hora que fuera, aquel día llegaríamos hasta el final del camino. Aquel día llegaríamos al fin del mundo.

Agotados por las casi diez horas de viaje en moto, aún nos quedaba una más. Continuamos rodando por las estrechas carreteras noruegas y, en ocasiones, estuvimos acompañados por renos que, sin saber si tirar a izquierda o derecha, trotaban por el asfalto en paralelo a nosotros.

Atravesamos los últimos puentes, cruzamos túneles de once kilómetros de longitud, la mitad con fuerte inclinación hacia abajo, la otra mitad, con fuerte inclinación hacia arriba. Y siempre fríos, húmedos y mal iluminados. No es Noruega un país tecnológicamente avanzado. Ya hablaré en futuros post de esto.

Ya en la isla en la que se encuentra Cabo Norte, comenzamos a subir hasta su parte más alta y a ver cómo la carretera zigzagueaba con curvas amplias, abiertas y delicadas, como si pretendiera no hacer mella en una naturaleza casi intacta. Todavía no se veía el final, pero podía sentirlo. Sabía que estaba ahí y empecé a comprender que no llegaba al punto de partida en mi viaje por Noruega, sino al punto de llegada de un viaje que no había preparado.

Y finalmente llegamos. No sabía qué estaba sintiendo mi mujer en ese momento. Quité la mano izquierda del manillar de la moto y toqué su rodilla. Hemos llegado, sí. Y, no recuerdo bien si fue entonces o ya había empezado, lágrimas de emoción trataron de salir corriendo de mis cansados ojos. Quietas ahí, me dije en aquel momento. No hay razón para llorar. No hay razón para tanta emoción. Pero hoy sé que sí la hay, que la razón existe, aunque no la comprenda. Sé que si te emocionas es porque tienes una razón, aunque no sepas cuál es.

Deja que salga. Siéntela. Disfrútala.

Tiempo suavemente perdido

Mella

Camino seguro. Destino incierto.

Luz natural

Vidas paralelas que solo se tocan con una mirada a través de la ventana

Esta última foto se sale del estilo del post, pero no quería cerrarlo sin hacer mención a todos los moteros que han ido y, sobre todo, a los que irán, a este lugar: 71° 10′ 21″ N, 25° 47′ 40″ E.

Cabo Norte, o Nordkapp, como lo llaman los noruegos, es un lugar sagrado para los lapones y moteros. Y donde además de encontrarse el final de la carretera más septentrional de Europa, hay un complejo turístico que se cargó de golpe y porrazo esa emoción de la que he escrito. Lo bueno, para los que viajan con su casa a cuestas, es que está permitida la acampada. Y acampar mirando más hacia el norte, en dirección al polo ártico, tiene que ser maravilloso.

En compañía de la soledad

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A bajo cero en Laponia

Publicado en Finlandia, Helsinki, Laponia, Rovaniemi el April 7th, 2016 por diegojambrina

Al fin del mundo se llega en tan sólo cuatro horas y cinco minutos de avión. Un vuelo cómodo y corto que sirve para hacer repaso mental de la maleta. Nunca antes había tenido tanto interés en hacer bien mi equipaje y que éste llegara completo al mismo destino que yo. Demasiado frío y demasiado caro como para haberme olvidado los guantes.

Así es Finlandia para los extranjeros. Se nos presenta como el fin de la tierra, como cabría esperar por su nombre, aunque en realidad significa “tierra de fineses”.

Una vez en tierra y con la maleta en la mano, empieza la aventura.

Larga es la sombra del invierno en Helsinki

Bueno, en realidad, poco hay de aventura en un viaje tan organizado y tan comprimido como el que yo hice.

Todo es fácil, incluso sobrevivir a las bajas temperaturas de Finlandia. Aunque a decir verdad, tampoco hacía tanto frío. En Helsinki no pasó de los 5ºC bajo cero y la primavera ya se dejaba notar en los hielos quebradizos en las orillas de los ríos. Para la gente local, hace un poco de fresco. Para la gente del sur, la sombra del invierno se nos muestra eterna por estos lares.

La capital de Finlandia era un misterio para mí antes de llegar. Y tras mi cortísima estancia, lo sigue siendo. Así que no me queda más remedio que volver para tratar de conocerla. Por lo que dicen, en verano se está muy a gusto e incluso la gente se baña en el mar. Habrá que creerles.

Verde

El verdadero reclamo de Finlandia en esta época del año es Laponia, y, más concretamente, su capital, Rovaniemi. Aquí sí que hace frío. El termómetro baja hasta los 15ºC bajo cero y cuesta quitarse los guantes para sacar una foto. ¡Quién fuera perro!

Negro sobre blanco

Sí, perro, mucho mejor que reno, porque estos cornudos a pesar de que se llevan todas las simpatías de los niños y reciben nombres tan cariñosos como Rudolf, en Laponia no sólo se utilizan a los renos para tirar de los trineos, y repartir regalos por todo el mundo, sino que se los comen. Es, junto con el salmón, el plato típico.

Y para tópicos, la villa de Santa Claus. Un espacio tan artificial como Las Vegas, donde a falta de un señor disfrazado de Papa Noel, hay dos. A ver cómo le explicas a tu hijo que después de volar hasta el círculo polar ártico, hay dos Santa Claus en el mismo sitio.

Finally, we meet, reza la publicidad. Sí, pero ¿a cuál de los dos conocisteis finalmente?

Largo camino para conocer al hombre de las nieves

A mí, lo que realmente me parece mágico son las carreteras efímeras de Laponia. Carreteras de hielo, con sus señales de tráfico incluidas, por las que circular a gran velocidad con las motos de nieve. Y aunque no hay radares, y a la policía no la llegué a ver, sí hay cordura, lógica y respeto. Si te cruzas con tráfico, o a lo lejos se ve a un buen hombre acercándose lentamente sobre sus esquís, reduces la velocidad.

Además, a mí me entraban unas ganas locas de saludar a la gente. Levantaba la mano como si le conociera de toda la vida. Lo mejor, que la otra persona respondía de la misma forma.

Es gente maja.

Carreteras efímeras

Los días en Laponia transcurren a golpe de actividad. Un día vas de paseo sobre los ríos helados y al siguiente te montas en un bus y llegas sin ninguna dificultad hasta Kemi, ciudad portuaria.

Allí hay un rompehielos llamado Sampo único en el mundo. No hay otro rompehielos con actividad turística como este. Lo más parecido será el que te acerca hasta la Antártida, en lo que debe de ser uno de los cruceros más maravillosos que se pueda hacer. Ya os contaré, porque viajar al Polo Sur es algo que pienso hacer antes de morir. Y, después de la maravillosa experiencia en Laponia, lo tengo aún más claro.

Navegar por el golfo de Botnia es algo sorprendente. Miras por la borda y no ves agua, sólo hielo. El mar Báltico se hiela con facilidad al ser una zona poco profunda y con baja salinidad.

No se nota el contacto con las capas de hielo, ni cuando éstas se resquebrajan y se rompen, dejando ver sus casi dos metros de espesor. El Sampo se desliza por encima sin resistencia, aplastando con su enorme peso todo lo que pilla a su paso.

Horizonte helado

Pero lo más alucinante no es navegar, sino cuando se para el barco. Es el momento en que echan la pasarela abajo y te permiten bajar a pisar el mar helado. Es, sencillamente, alucinante.

Allí, me acordé de uno de mis héroes y del libro “Atrapados en el hielo” de Caroline Alexander. En él se narran las aventuras vividas durante casi dos largos años por la expedición de Ernest Shackleton. Partieron con la intención de cruzar a pie el continente blanco de lado a lado, pero el barco en el que viajaban, el Endurance, quedó atrapado en el hielo antes incluso de que llegaran al destino establecido como punto de partida. Vamos, que ni partieron siquiera hacia su objetivo.

Así que, tuvieron que cambiar de reto por otro más importante aún: el de regresar sanos y salvos a casa.

Y lo consiguieron.

Atrapados en el hielo

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Ámsterdam, una ciudad monumental sin monumentos (2/2)

Publicado en Ámsterdam, Holanda, Viajar el December 23rd, 2015 por diegojambrina

PARTE 1/2 – fotografía en B&N con una Lubitel – 120

He viajado bastante por Europa, bueno, no mucho, pero sí lo suficiente para afirmar que hay decenas de lugares a los que se les llama “la pequeña Venecia”. Basta un par de canales que se crucen por el centro de la ciudad para ganarse ese sobrenombre. En realidad, lo que ocurre es que no tienen la suficiente personalidad propia para ganarse la atención del viajero, y ni mucho menos del turista, y han de buscar una etiqueta que les asocie con algo de valor.

Ámsterdam no es así. A pesar de que es lo más parecido a Venecia que he podido encontrar, nadie la llama “la pequeña Venecia”. Para empezar, no es pequeña. Es una gran urbe con más de dos millones de habitantes y muchos, pero que muchos turistas. Pero, sobre todo, tiene una personalidad invulnerable e incompartible.

Recuerdos perfilados

Basta caminar por las calles de la capital holandesa para darse cuenta de que no hay nada parecido en todo el mundo. Me siento atraído por cada rincón. Me siento atraído por cada calle, por cada plaza, cada puente, fachada, bote, bicicleta, bar, mirada… Me siento atraído por todo. Tengo la sensación de que podría estar un mes entero caminando y fotografiando sin parar y sin cansarme.

Cruce de estilos

Pero si llegara el momento, si en algún instante del viaje necesitara más, más… no sé, algo más estándar, como un buen museo, por ejemplo, hay unos cuantos a los que ir.

Está el museo de fotografía, FOAM, ubicado muy cerca del centro de la ciudad y con una buena librería donde abastecerse de clásicos y contemporáneos. Y algo más alejado, pero siempre a mano, está el Museumplein, una plaza en la que se han ubicado el Rijksmuseum, el Van Gogh Museum y el Stedelijk Museum Amsterdam, arte y diseño moderno y contemporáneo.

Movidos por el arte

Hay muchos más. Algunos seguro que merecen la pena. Y otros seguro que no, aunque las largas colas para entrar de gente quieta como muñecos de cera, parecen contradecirme.

A mí, el que me deja de piedra ante tanta belleza y sentimiento es el de Van Gogh. Podría estar todo el día encerrado en el museo, disfrutando del aire fresco de la provenza francesa y de noches estrelladas, en compañía del hada verde.

Agua pasada

Podría hablar también de los humeantes coffeeshops o del humillante y denigrante barrio rojo, del decepcionante mercado de las flores, del masificado centro de la ciudad y falto, curiosamente, de canales, pero para qué. Todo eso ya lo conocéis, si no por vivencia propia, sí por miles de imágenes e historias que hayáis podido leer o escuchar.

Yo me quedo con lo mío. Con los canales de oriente y occidente. Me quedo con los bares llenos de cultura popular y con cervecerías que elaboran tradición y renuevan tesoros históricos, como este molino. De Gooyer es uno de los seis molinos de madera que aún perviven en Ámsterdam y el molino de madera más alto de Holanda.

Iconos

Me quedo también con esas zonas inexploradas por el turismo de masas y, lamentablemente, por mí, porque tres días de invierno en una ciudad así no son nada.

Me quedo con todas esas calles que quedaron sin pisar y con el extrarradio y la zona portuaria, de la que tan bien he oído hablar por los amantes de la arquitectura contemporánea.

Ámsterdam, volveré.

Hot El

Color local

Puentes tendidos

Brug

Strangers in the night

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Monte Fuji y Yokohama, dos destinos cercanos a Tokio

Publicado en Fotografía, Fujifilm X100, Japón, Viajar el October 5th, 2015 por diegojambrina

Y por si Tokio no fuera suficientemente grande, existen dos destinos cercanos muy interesantes que visitar. Uno es el monte Fuji, sin ninguna duda uno de los iconos de Japón. Es también un lugar sagrado para los japoneses, una atracción turística para el extranjero y un espacio para la meditación de todos los que se animan a subirlo; sobre todo, cuando te encuentras a medio camino, agotado por las 4 horas de empinada subida y desesperado por las 3 que todavía te quedan para llegar a su cima. Claro, después hay que bajar. Sí, es un lugar donde meditas seriamente del por qué de ir adonde nadie te llama.

La mente puede más que el cuerpo

Hacer una excursión hasta el Fuji es muy fácil.

Hay diferentes fórmulas. Una de ellas es salir prontito desde Tokio en autobús directo a la llamada quinta estación, el lugar más cercano a la cima con acceso por carretera, y regresar a la tarde del mismo día a tu hotel de la capital. Yo opté por otra mucho más relajada. Me alojé en Kawaguchi-ko, en uno de los lagos que hay en las inmediaciones del volcán. Es una forma de motivarte el día anterior para lo que sabes que va a llegar. Porque visto desde la distancia parece muy poca cosa y crees que cualquiera lo puede conseguir.

Camino al Fuji

Éste es un pensamiento bastante generalizado, un pensamiento que se ve.

Yo me encontré con jóvenes extranjeros en zapatillas deportivas y traje de baño, con un móvil en la mano y ninguna botella de agua en la otra, japoneses con botas de caña alta de alquiler y mochilas tan grandes como ellos mismos, padres con hijos pequeños y padres de padres, con tanta edad como determinación.

Inconscientes, unos, desinformados, otros, y, seguros de sí mismos, todos ellos.

Hacia la cumbre

Al monte Fuji hay que ir preparado para el calor y el frío.

Pantalones largos, botas bajas que dejen el tobillo libre para moverse, camiseta para los momentos de calor y cortavientos para los de frío, protector solar, sombrero, alimento suficiente para ir reponiendo fuerzas durante un día entero y agua, mucha agua, o en su defecto yenes, muchos yenes, porque a medida que subes su empinada pendiente el precio del agua también sube.

Urbanizaciones de gran altura

Y es que el monte Fuji muy sagrado muy sagrado, pero está urbanizado hasta la desesperación. Cada 45 minutos, más o menos, te encuentras con una estación, es decir, un conjunto de casetas donde venden todo lo que puedas necesitar y creías que no ibas a necesitar. Vamos, chiringuitos en toda regla.

En algunos de ellos puedes dormir, lo que te permite dosificar las fuerzas en dos días y disfrutar del atardecer y el amanecer si las nubes te lo permiten y el frío no acompaña. Porque a la noche debe de hacer frío, bastante, aunque sea agosto y en Tokio haga 38ºC, al menos eso dicen algunos, porque yo subí y bajé el mismo día.

Y para demostrar que llegué hasta el final, aquí tenéis la foto de la cima.

De compras por los 3.776m

¿Qué pasa? ¿No esperabais que hubiera un centro comercial en la cima de un volcán a 3.776m de altura? Ya, yo tampoco. Aún así, la experiencia es memorable y te sientes satisfecho con tu esfuerzo, con las miradas cómplices con los japoneses, con las vistas al mar y con haber llegado hasta el mismísimo cráter de un volcán tan legendario como el Fujiyama.

Satisfecho también me sentí cuando llegué a Yokohama, una ciudad a tan sólo 30 minutos en tren de Tokio, relajada, tranquila y perfecta para recorrer a pie. Este es el segundo destino cerca de la capital del que hablaré en este post.

Grande

Podría decir que para disfrutar de Yokohama basta con invertir una mañana o una tarde y un poco de la noche, pero en realidad es mejor que dediques un día entero y duermas en uno de sus hoteles. La razón es muy sencilla: es probable, pero solo probable, que te líes con los trenes, las estaciones y las direcciones y que dediques algo más de esa media hora de distancia entre una ciudad y otra. Y, además, puede que des con el Craft Beer Bar y te agarres una borrachera de calidad con sus maravillosas cervezas locales y acabes hablando y garabateando en tu libreta de viajes con los parroquianos, también locales.

Para que no te coja por sorpresa, y a pesar del nombre que tiene, hay un letrero a la entrada que dice Here we can’t speak English y la carta de cervezas está en japonés. Por si queréis ir pensando en qué pedir, aquí la tenéis.

Pero antes de entrar al bar en cuestión, os aconsejo un paseo por las cercanías de la que fue la torre más alta de Japón: la Landmark Tower. Un edificio robusto e imponente de 296 metros y 70 plantas, con, el que dicen, el ascensor más rápido del mundo, capaz de alcanzar los 45Km/h.

Luz

Es una maravilla poder pasear sin aglomeraciones, sin turistas, sin prisas y rodeado de japonesas que cuidan su vestuario con la misma determinación que se cuidan de que no les dé el sol.

Y lo mejor de Yokohama, además del bar con las cervezas locales ya comentado, es su skyline nocturno, un imán para los aficionados a la fotografía con trípode y de larga exposición, aunque yo opté por otro tipo de fotografía, sin trípode y con una luz dirigida a la única turista occidental que vi en todo el día en la ciudad.

Luciérnaga

Sin ninguna duda, Yokohama fue una de las sorpresas agradables de mi viaje a Japón. No esperaba tanta tranquilidad, tan poco turista extranjero, un paseo marítimo espectacular, protagonizado por la modernísima y funcional terminal internacional de pasajeros Osanbashi y un casco histórico lleno de vida, ofertas culinarias y un bar de cervezas locales artesanas estupendas… ah, bueno, que de eso ya he hablado, ¿no?

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Tokio, la ciudad imposible

Publicado en Fotografía, Fujifilm X100, Japón, Tokio, Viajar el September 23rd, 2015 por diegojambrina

Tokio es una ciudad imposible, completamente inabarcable para el viajero con fecha de caducidad, como yo mismo. Cinco días invertí en la capital de Japón, nunca antes había estado tanto tiempo en una misma ciudad, y no pude ver ni la mitad de lo que me propuse antes de llegar, y os aseguro que preparando el viaje ya dejé fuera muchos lugares interesantes. Una vez en Tokio, bastaron las primeras horas del primer día para darme cuenta de que mis planes no se iban a cumplir.

Para empezar, en mi lista no tenía al Metro de Tokio como destino, y creedme si os digo que en realidad es un destino. Sí, el Metro de Tokio es una atracción turística en sí misma, y pasaréis mucho tiempo en ella, aunque la mayor parte sin pretenderlo. 13 líneas; 13 colores distintos; muchos precios; muchas escaleras que suben y bajan; 2.500 millones de usuarios al año, no sé cuántos son al día, pero muchos sí que son; andenes compartidos para ir y para volver; 286 kilómetros de longitud en total; vagones que van en la dirección equivocada, piensas, aunque el equivocado eres tú, por supuesto; y una megafonía potente y clara, aunque de poco le sirve al extranjero. Apasionante, sin duda.

Y cuando logras salir, sientes placer y orgullo aventurero satisfecho, y si lo haces en el sitio correcto, más aún. Y, si, además, tienes una vista como esta, a unos buenos ejemplos de arquitectura contemporánea, mucho más.

Para quitarse el sobrero

Ahí tenéis el Tokyo Sky Tree, la torre de comunicación independiente más alta del mundo; 634 m, aunque la mayoría de los visitantes sólo suben hasta la primera plataforma circular, a 350 m, desde donde se ve, si el tiempo y la contaminación lo permiten, la inmensidad de Tokio. Pero vaya, a mí me pareció mucho más interesante lo que sucedía dentro.

Yo estuve allí

También me pareció muy interesante ver el interior de este otro edificio: el Nakagin Capsule Tower del arquitecto Kisho Kurokawa. Es una de las pocas edificaciones de estilo metabolista de Japón y la primera torre de cápsulas del mundo. Para poder ver el interior es necesario alojarse en una de sus cápsulas. Nada de pasearse por allí sin más ni más. Mucho ojo porque el portero hace honor a su profesión y para todo avance de curiosos con su mal humor y perfecto japonés y, si fuera necesario, una llamadita a la policía.

Yo me alojé en el apartamento de Masato, accesible a través de la plataforma airbnb.com, aunque en el tiempo que estuve allí me arrepentí mil veces. Ya cuando me acerqué por primera vez y vi la malla que protege al viandante de posibles desprendimientos pensé, seguro que se cae la cápsula en la que yo me alojo. Pero lo peor estaba dentro: humedad, mucha humedad, y cubos de basura, de esos cubos enormes, para recoger el agua filtrada por las grietas de las paredes y techos. Y por si fuera poco, el edificio se mueve. No lo suficiente como para ver zarandearse la cortina de la bañera (de la bañera que no puedes usar por falta de agua), pero sí para marearte. Aunque después supe que se debe al sistema antisísmico del que está dotado. Un día de viento, y el edificio se mueve como un junco.

Total, que mi gozo en un pozo, aunque, tengo que ser sincero, ahora lo recuerdo con cariño y me alegro de haber estado.

En fin, una verdadera lástima ver cómo dejan desintegrarse un edificio histórico y único en el mundo, por el gran valor del terreno que ocupa, en la zona más exclusiva y cara de todo Tokio, que ya es decir.

Si queréis ver el interior, este vídeo muestra la gran diferencia entre una de las cápsulas que aún hoy se utilizan como apartamento (la mayoría son trasteros) y otra cápsula totalmente abandonada a su suerte.

 

La decadencia de la arquitectura innovadora

Distinta suerte tiene la Torre de Tokio, una edificación más antigua que la Nakagin Capsule Tower y, sin embargo, goza de una salud deslumbrante. Su potente iluminación y su exagerado parecido con la torre Eiffel seguro que tienen parte de culpa. Resulta irónico ver el éxito de un plagio y el fracaso de una idea original. Aunque para ser justos, tengo que decir que me gusta la idea de crear una torre de comunicaciones con acero procedente de la destrucción de la segunda guerra mundial. Fue un símbolo del renacimiento de postguerra, y hoy, es un símbolo arquitectónico más de los muchos que hay en Tokio.

Otro símbolo lo constituyen estas tablas que adornan las tumbas en los cementerios en Japón y que tanto juego dan al fotógrafo.

Muerte entre las luces

Resulta curioso para el occidental la relación que tienen los japoneses con la muerte. Para ellos no es más que otro paso en la vida, lo que explica la naturalidad con la que los muertos comparten espacio con los vivos. Y sorprende encontrarse de bruces con un cementerio en una calle cualquiera o junto a una torre de comunicaciones.

Vivir y morir

A mí me gusta. Es una filosofía que deberíamos importar. Le damos mucha importancia a la muerte y la tememos sin medida, cuando deberíamos temer más a la vida y, por supuesto, deberíamos darle mucha más importancia.

¡La Vie en rose, por favor!

La Vie en rose

Bueno, y puestos a importar, ¿qué os parece el orgullo por el pasado propio?

Viajé a Japón con más de una exigencia autoimpuesta: tenía que comer fugu, ese pescado de apariencia tan bonachona y veneno tan letal, tenía que comer carne de Kobe, la auténtica carne de Kobe, no la que venden con engaños por estos lares, subir el monte Fuji sin perder a mi mujer por el camino, ver de cerca un volcán en activo y fotografiar a alguna japonesa ataviada con su vestido tradicional, el yukata.

Esto último me parecía lo más difícil. Al fin y al cabo, lo demás es cuestión de dinero, excepto lo del monte Fuji, pero eso es otra historia. Y, sin embargo, fue lo más fácil. En pleno Tokio, ¡qué digo en pleno Tokio!, en pleno cruce de Shibuya te encuentras con mujeres vestidas como una flor. Y es tremendamente emocionante, aunque más emocionante es ver que aún hoy, hay hombres que pasean con naturalidad vestidos con el yukata.

Todos sabemos que los hombres son los primeros en abandonar este tipo de tradiciones, no nos engañemos.

Jardín de flores

Otra de las cosas que cautivan en Japón es el alfabeto japonés. Es tan distinto al nuestro y tan estético que dan ganas de traerse hasta la última servilleta para casa. Quise traerme hasta un cacho de papel que utilizamos para garabatear y poder entendernos con unos simpáticos tipos de Hiroshima, pero al final se quedó olvidado en aquella vinatería. Os hacéis una idea de por qué, ¿verdad? Sí, demasiado vino.

Por cierto, allí aprendí, además de que en Japón también se elabora vino tinto, que hay varios idiomas en el país, con diferentes grafías.

Y por si os lo estáis preguntando, no, el rickshaw no sigue siendo un medio de transporte al uso, sino un atractivo turístico, sobre todo, para los propios japoneses. El de la foto se retiraba a casa, tras un duro día de trabajo.

Camino al pasado

Retirarse pronto a casa, en mi caso al apartamento del Nakagin Capsule Tower, es de obligado cumplimiento si quieres asistir a la subasta de atún en el mercado de pescado más grande del mundo. Este mercado está situado hasta ahora en el barrio de Tsukiji, aunque para el año 2016 se tiene previsto un cambio de ubicación.

Como iba diciendo, tienes que personarte en una de las esquinas del mercado más alejadas de cualquier otro sitio para hacer cola y conseguir una acreditación. Debes hacerlo entre las 3:30 de la mañana, o de la madrugada, o de la noche, no sé muy bien cómo calificar esa hora, y las 4:30. Los que lo hagan obtendrán un pase para las 5am al escenario de la subasta. Yo… yo… yo llegué tarde. Es una de esas torpezas que comete tu subconsciente para tener la excusa y volver a Japón, como decía un buen amigo mío. Así lo espero, Germán.

Como llegué a las 5:05, me quedé sin pasé y como no te permiten la entrada al mercado de pescado hasta las 9am, me volví al apartamento, descansé lo que pude y regresé sobre las 8. Me di una vuelta por los alrededores, llenos de puestos de todo tipo, restaurantes callejeros, señoras que te invitan a marcharte y sushi. Y, como dice el refrán, allá donde vayas haz lo que vieres, desayuné sushi, el más delicioso y fresco sushi jamás probado por mí. Y lo comí en el mercado de pescado más grande del mundo. Puede parecer una tontería, pero para mí, fue muy emocionante.

Deborado

Emocionante también es pasear por los estrechos pasillos del mercado. Emocionante y divertido.

El frenesí que hay en los puestos es descomunal y eso que para entonces ya está todo el pescado vendido y solo quedan las consecuencias de un actividad comercial, es decir, toca contar el dinero ganado, limpiar y aparcar.

Contando las ganancias del día

El pasado persiste

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