La nube de mi ventana

Publicado en Diego Jambrina, Fotografía, Fujifilm X-Pro2, Fujifilm X100, Uzbekistán, Viajar el September 13th, 2019 por diegojambrina

Mientras que el traqueteo del tren adormece a todas las personas que tengo a mi alrededor, yo permanezco atento a cada detalle.

El viaje en tren es el único momento en que me tomo mi tiempo. Aliviado de la alta velocidad a la que pasa la vida ante mí cuando camino por la calle, en un asiento compartido de un tren, sencillamente miro.

Y miro sin ni siquiera utilizar la cámara. La cámara, que es mi gran aliada. Con ella observo y siento, pero a veces me tapa algo más que la cara cuando la uso. A veces, no me deja ver.

La marcha verde

En Jiva subí a un tren con destino Nukus. Era un tren de baja velocidad y camas en lugar de asientos. Un tren donde las personas que viajaban no eran viajeras. Soldados, mujeres con hijos pequeños, algún adolescente, hombres sin hijos y un ejército de vendedores ambulantes con productos muy dispares: fundas para pasaportes, mecheros, melones, pescado ahumado, agua, refrescos, tarjetas SIM para los móviles, rublos…

Todas estas personas llegaron con el tren y, tras mi paso, continuarían en él hacia destino más lejano.

Paralelos

La forma de tratarse, tan natural y cercana, pero también sin demasiadas muestras de amabilidad ni interés, como si estuvieran liberados de forzar una sonrisa o una mirada de aprobación, me llevó a pensar que mis compañeros de viaje eran familia, pero en realidad, tras una hora de camino compartido, deduje que eran extraños bien avenidos. Personas, que simplemente, se comportaban de manera natural, sin los artificios de sociedades como la mía, que te sonríe y te maldice al mismo tiempo.

Los trenes son el mejor medio de transporte para tomar el pulso a un país. Pero han de ser trenes de baja velocidad. Los de alta solo sirven para ir de A a B en el menor tiempo posible, con el menor trato posible. Además, están reservados para turistas extranjeros y para los locales de mayor poder adquisitivo, aunque de estos no hay muchos.

Punto a alta velocidad

El grueso de un país está formado por personas que sobreviven día a día con mucho esfuerzo, trabajo y con cierta dificultad. Y Uzbekistán no es una excepción. La clase media, ese gran invento del capitalismo que ha comprado la clase trabajadora para sentirse bien consigo misma, es escasa y la clase alta, casi inexistente. Por eso, vi y sentí que en aquel tren me encontraba en la Uzbekistán real.

Intercultural Persecución

Los intentos para comunicarnos fueron muchos y duros. Queríamos entablar una conversación; queríamos saber de dónde venía cada uno de nosotros y adónde iba, queríamos preguntarnos por nuestros países, queríamos conocer, pero no hubo manera. Solo una de aquellas personas sabía algo de inglés, y por su condición de quinceañero, no le apetecía nada hablar, para disgusto de su madre.

Al final, compartimos más que palabras; un té, música, muecas de desaprobación y desconfianza ante el pescado ahumado…

Me gustó viajar en tren por el país. Me gustó especialmente aquel incómodo trayecto de Jiva a Nukus; cinco horas para recorrer 165 km. Me gustó aquel olor tan pestilente a ahumado. Me gustó el desconcierto de retroceder durante una hora para descubrir más tarde el cambio de vía. Me gustó que quisieran compartir conmigo a Paulina Rubio. Me gustó la nube de mi ventana.

Nube

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Samarcanda ya no es la mítica ciudad que fue

Publicado en Asia, Fotografía, Fujifilm X-Pro2, Fujifilm X100, Samarcanda, Uzbekistán, Viajar el September 2nd, 2019 por diegojambrina

Existen lugares en el mundo con tanta historia que solo el nombre emociona. Son lugares que han estado en mí mucho antes de que yo haya estado en ellos. Incluso hay algunos a los que aún no he ido, pero los siento tan cerca como la ciudad que me vio nacer.

Samarcanda era uno de estos lugares.

Por aquí pasaba la llamada ruta de la seda, aunque no era solo una ruta. Fue uno de los hechos históricos más importantes de nuestra civilización y que más me ha impactado. No se trataba solo de una actividad comercial, sino de una oportunidad para conocer culturas que no creían que existieran, para conocer productos que jamás podrían haber soñado, para vivir aventuras con final incierto.

La ruta de la seda y Samarcanda era algo que tenía que vivir. Y, este verano de 2019, lo he hecho.

Mirada desviada

Lo malo de vivir tus sueños es que el imaginario se muere y solo queda la realidad. Ahora, Samarcanda ya no es la ciudad mítica que era, ahora es una ciudad desgastada, que sobrevive por impulsos y porque la gente tampoco exige demasiado.

Fue la ciudad más poblada del mundo y es una de las más antiguas. Se cree que surgió hace casi 3.000 años y, por el aspecto de algunos de sus barrios, parece que no se ha hecho ni una reforma desde entonces. Entristece ver una ciudad en este estado, y más cuando es Samarcanda.

Al otro lado

Sus monumentos arquitectónicos, sin embargo, sí que han sido reformados. Algunos de ellos, incluso demasiado. Existe un enfrentamiento entre las personas que abogan por la reconstrucción y las que defienden el mantenimiento. Yo a veces pienso que sí, a veces que no, y al final me quedo con que un intermedio es la mejor solución.

El Registán, aseguran, es una de las plazas más bonitas del mundo. La componen tres madrasas en perfecto estado. Es una locura, una belleza extenuaste, un recinto que apabulla de tal modo que te quita las ganas de fotografiar. ¿Para qué?, me preguntaba, jamás podré recoger lo bonito que es todo esto. Lo pasé mal allí, por lo que acabo de escribir y, también, porque no fui capaz de emocionarme como había imaginado que lo haría.

La copia y el original Sulados al sol

Sin embargo, hay otro recinto arquitectónico, a escasos mil metros de allí, que me sobrecogió. Su estado algo abandonado, con fachadas descascarilladas y vacíos antes llenos de azulejos pintados, estoy seguro de que contribuyó a ello. Para mí es fundamental que se perciba el paso del tiempo. Nada tiene que permanecer. La eterna juventud es una patraña, y más cuando hablamos de arquitectura.

Esta mezquita llamada Bibi-Khanym tiene, además, un tamaño descomunal. La sencillez de sus formas acentúan sus dimensiones y te hacen parecer un ser insignificante, algo pretendido, como en cualquier otra religión, claro, para engrandecer la figura de dios y ridiculizar la del ser humano.

Diosa Aparentemente insignificantes

En Samarcanda, no solo me sorprendió esta mezquita, también el ajetreo que se respira alrededor de los bazares y la imperiosa necesidad de las personas por moverse de un lugar a otro.

Todo esto es muy asiático, y me encanta.

Amarillo Mimetizarse

Para vivirlo con toda la intensidad posible, me fui hasta Urgut, un pueblo a unos 40 kilómetros al sur de Samarcanda. Allí, a las afueras, se abre cada día el bazar más grande de Uzbekistán. Una ciudad donde comprar y vender cualquier cosa. Se supone que éste era el mejor lugar para comprar seda a buen precio, pero me temo que la ruta de la seda se ha desviado por otros caminos. A pesar de ello, disfruté las dos horas que estuve dando vueltas por allí, rodeado de gente local. Solo me crucé con un turista, y, al mirarnos, cada uno de nosotros se dijo para sí mismo: anda mira, un turista por aquí.

Aquel mismo día, me fui hasta Shahrisabz, 50 km más al sur, para ver lo que quedaba de un palacio de enormes dimensiones. El palacio de Amir Temur, más conocido entre nosotros como Tamerlán, un hombre que, con la espada bien afilada, construyó un imperio de tamaño nada desdeñable.

Ruinas que enamoran

Hubo varias cosas interesantes en esta excursión. El propio palacio, o mejor dicho, la entrada que aún queda en pié, las poquísimas personas que estábamos allí para verlo y el viaje por carretera.

Me interesaba especialmente el viaje por carretera, para comprobar por mí mismo lo que pudiera quedar de la herencia soviética en el país.

Monumento olvidado a las personas olvidadas

Hoy, ha desaparecido prácticamente el transporte público que con la URSS los uzbekos pudieron disfrutar, y en la carretera solo quedan algunas paradas de autobús y algún monumento que ensalza el valor del trabajador. Christopher Herwig ha recogido las Bus Stops en dos volúmenes maravillosos. Yo anduve con el ojo bien atento por si veía alguna de estas paradas y pedir al chofer que se detuviera. Dos veces le dije stop-stop-stop y las dos veces no llegó a comprender por qué. Me preguntó, si solo quería hacer fotos a las cosas viejas. La respuesta tendría que haber sido algo larga, pero entre mi inglés y su francés, solo cabía un yes, only old things.

No será esta la última vez que hable de los soviéticos y de su legado en este país. Me siento obligado a ello, como el único defensor de un sistema que, aun lejos de ser perfecto, es infinitamente más solidario y justo que el capitalismo.

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A medio camino

Publicado en Francia, Fujifilm X-Pro2, Viajar el June 17th, 2019 por diegojambrina

A veces me siento feliz cuando estoy a medio camino. Lo normal es que no lo sea. Ser sin estar en ningún sitio solo me provoca tristeza. No soy ni de allí ni de aquí. No estoy ni con unos ni con otros. Y aunque yo sea conocido por todos, para mí todos resultan extraños. Vamos, una sensación de mierda.

Sin embargo, hay un lugar a medio camino en el que me siento feliz.

Son lugares que significan mucho para mí, porque están a medio camino entre lo que ocurrió y lo que ocurrirá. Y eso es maravilloso.

Por un lado, está lo que ocurrió. Que ocurriera algo ya es motivo de celebración. Y por otro lado está lo que ocurrirá. No importa el qué. Lo importante es que algo va a pasar.

Sí, en las áreas de descanso de las autopistas de todo el mundo, me siento feliz .

Es como una inspiración, como un instante de lucidez, como la confirmación de que estoy viajando. Y viajar es vivir.

En línea con la naturaleza

Durante mi último viaje por carretera, tuve esta sensación. Supongo que el movimiento indica que no estas muerto. Si no te mueves, aunque te peguen con un palo en el ojo, es que estás muerto. Movimiento es vida.

Arranqué desde mi casa, en Getxo, hasta Berlín. Por el camino paré. Dos lugares con nombre, donde hice noche, y muchas áreas de descanso.

Como de las últimas ya he hablado, me toca decir algo de las primeras.

La primera parada fue en una ciudad francesa llamada Blois. A 180 kilómetros al sur de París. Una ciudad a orillas del Loira donde todo quedó destruido por la mano del hombre durante la II Guerra Mundial.

Horizontes cercanos

Y, por supuesto, todo se reconstruyó, también por la mano del hombre, hasta la próxima ocasión.

Se hizo con rapidez y respetando el estilo arquitectónico pasado. Parece que cuando uno pierde algo de manera abrupta y violenta no se aprovecha para crear nada nuevo. Existe un apego por lo perdido tremendamente arraigado. Es como si pretendieras que nada hubiera ocurrido.

Así, uno se puede encontrar con una catedral por aquí, unos edificios de inclinados tejados y erectas chimeneas por allá, un árbol obligado a crecer hacia arriba, unas vidrieras de colores… Lo normal.

Los caminos de dios están señalizados
Nadie es nada sin la luz
Verde árbol
Pisado por la luz

Releo lo que escribo y me doy cuenta de que parece que Blois no merece un alto en el camino. En realidad, sí, lo merece, pero un alto nada más, si te pilla de paso, camino a Berlín, por ejemplo.

Además tiene un bar con cerveza artesana y eso lo sitúa en el mapa. No me mires así, me gusta la cerveza hecha con cariño, ¡qué le voy a hacer!

Mira quien baja

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Viajevic

Publicado en Croacia, Fujifilm X-Pro2, Fujifilm X100, Uncategorized, Viajar, Vídeo el February 3rd, 2019 por diegojambrina

Un viaje en moto de ida y vuelta desde Bilbao a Dubrovnik. 

Hace unos pocos días leí que andar en moto sirve de terapia; una manera de dejar atrás el estrés acumulado en el día a día. No puedo estar más de acuerdo con esta afirmación.

Y si sólo dar una vuelta en una mañana soleada de domingo ya relaja, imaginaos un viaje de cuatro semanas por los países de los Balcanes.

Si, además de imaginarlo, queréis verlo, dadle al play.

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Oporto, ciudad de niebla y noche

Publicado en Fotografía, Oporto, Portugal, Viajar el January 24th, 2019 por diegojambrina

La luz se despereza y entra con timidez en la habitación. Pero no está donde debería estar. Hago un repaso del entorno, sin moverme lo más mínimo de la cama. Por cierto, esta cama no es mi cama. Y esta habitación, tampoco. Y, deduzco, que ésta tampoco es mi ciudad.

Hoy, miraré y fotografiaré lo que nunca había visto ni fotografiado. Y eso me encanta.

Miro el reloj, pero aún son las 6. Demasiado pronto para levantarme, aunque sé que la luz del día también se irá demasiado pronto.

Desde que la fotografía forma parte esencial en mis viajes, siempre he puesto especial interés en salir del hotel lo más pronto posible. Pero, cada año que pasa, encuentro a la luz del día más anodina.

Así que, me vuelvo a dormir.

Luz de noche

Oporto ha sido para mí una ciudad de niebla y noche. Sus oscuras, estrechas y caóticas calles del centro histórico me seducían y me humillaban. No era yo quien decidía por dónde ir.

Rumbo a ninguna parte.

Solía ser muy metódico en mis viajes. El primer día, esta zona. El segundo, esta otra. Si da tiempo, llegaré hasta allí. Si no, pasearé por aquí. Tenía un espacio en mi agenda para los imprevistos. Al estar en una ciudad desconocida, es normal que los haya, así que los preveía.

Pasadizo al pasado

Me propuse cruzar el Douro por el puente Luiz I y ver Oporto desde la otra orilla. Me propuse hacerlo al atardecer, justo cuando el sol acariciara la ladera de la ciudad con una delicadeza impropia de una bola de fuego. Pero no cumplí con mi propuesta. Tampoco me importó.

Ciudad de hierro y salitre

Me conformaba con pasear por las calles. Cuanto más estrechas, mejor. Cuantas menos personas, mejor. Cuanta menos luz, mejor. Y al toparme con esos maravillosos edificios de azul y blanco, mi cámara se quedaba quieta, esperando una reacción que parecía no llegar nunca.

Llegué a Oporto con la intención de fotografiarlos, sí, pero no de cualquier manera.

Me acuerdo mucho de Joan Fontcuberta y de lo que dice sobre la masificación de la fotografía, y estoy dispuesto a no contribuir a ello. Prefiero mirar sin tener la cámara de por medio y tomar cuando crea que lo que tengo ante mí es solo mío.

Noches azules y blancas

Piedra heredada

Esta sensación la viví con especial intensidad en la grandiosa estación de tren.

En São Bento, ni uno solo de los turistas allí presentes se resistía ante sus imponentes azulejos pintados de historia. Yo tampoco. Pero tras un rato con la cabeza inclinada hacia atrás, tratando de acaparar toda su magnitud, acabé algo borracho. Y al girar la cabeza olisqueando el aire fresco del exterior, vi la luz.

Generosos ventanales por donde el sol entraba tímidamente e iluminaba un solo rincón de la estación. Ahí estaba esa fotografía que serviría para recordar un lugar y un sentimiento, sin contribuir a la masificación.

Ventanas de luz

De camino a la habitación del hotel, entrada ya la noche, continúo aferrándome a la cámara. Mi ojo es rápido y mi mano no lo ha de ser menos. Sé que si tuviera la cámara guardada en la bandolera, nunca fotografiaría ciertas escenas. Incluso, nunca me quedaría más de medio segundo mirando.

La cámara me permite parar, mirar, mirar, mirar y pensar. Sin ella, tan solo podría guardar en mi memoria una fotografía que jamás podría enseñar. Y, ciertamente, ¿quién puede fiarse de su memoria?

Deseos entre rejas

Pienso que en algunos momentos es mejor no recordar el pasado. Esa realidad trastornada por el paso del tiempo y los deseos incumplidos suele estropear el presente y crear un futuro aún más destructivo.

Así lo sentí cuando vi a esta mujer mirando de reojo hacia atrás, con una tristeza y sentimiento de soledad brutal. El coche, salido de otra época, y su afligido color, creaban un ambiente propicio para la desazón.

Fue sin duda lo mejor de aquella mañana, camino a la Librería Lello, la librería más famosa del mundo y la más rentable, no por las ventas de sus libros, sino por las entradas vendidas. Desde que se rodaron allí algunas de las escenas de Harry Potter, las colas de turistas y los 5 € de entrada desaniman a los compradores de libros.

Mirando de reojo a un error pasado

Prefiero ver la tele, apagada y llena de polvo, a sucumbir al mercado del turismo. Pero no os asustéis, disfruté de muchas cosas. Oporto da para mucho más que un recorrido nocturno, colas infernales y garajes de hotel.

Arrinconados

Preciosos y rehabilitados edificios alicatados con recuperados azulejos, preciosos y destartalados edificios en parte alicatados con olvidados azulejos, calles estrechas y laberínticas, amplias avenidas y paseos paralelos al río, restaurantes con cocina local, gaviotas moviéndose como gifs eternos, bares alternativos con cerveza alternativa, edificios modernos alejados de los circuitos clásicos e, incluso, encuentros cara a cara con personas contactadas por Internet. Un abrazo, Alberte.

Un abrazo, Oporto.

Final desconocido

Coliseo arquitectónico

Hacia lo más alto

Sueños borrosos

Atrapado

Tozudo

Dando la espalda para salir de frente

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Ciudad de luces y sombras

Publicado en Córdoba, Fotografía, Fujifilm X-Pro2, Fujifilm X100, Viajar el January 17th, 2019 por diegojambrina

El miedo al inmenso cielo azul paraliza los sueños de volar de cualquier nube y permite que tus propios sueños alcancen sin obstáculos una altura jamás lograda. Así me sentí en la ciudad de Córdoba durante dos días de intensa luz.

Cegado por la aparición de sombras en cada calle, tomaba fotografías de rincones, puertas, fachadas y, también, de verdades fingidas creadas por ventanales caprichosos.

Un mundo no demasiado real tal vez, aún no lo sé, y no creo que lo llegue a saber jamás, en el que viví durante esos dos días en Córdoba.

Una ventana al mundo

Churros a la romana

En realidad, fueron cuatro días de estancia en la ciudad, pero durante las jornadas de cielo cubierto, mi entusiasmo se tornó gris y mis fotos ausentes. Aquel tiempo parece no contar.

A mí me interesaba la luz y los frutos de la luz. Las sombras y las siluetas me absorbían con la fuerza de un agujero negro.

Sombras del pasado

Son las ventajas de una ciudad bañada por el sur y de un casco antiguo de arquitectura tradicional, no tanto por su forma como por su piel blanquecina, perfectamente tersa a pesar del paso de los años.

La escasa altura de los edificios, también invita a que el sol se quede hasta bien entrada la tarde. Un lujo de esos que no hay que pagar y del que todo el mundo disfruta por igual, sobre todo en invierno. En verano, supongo que la historia será muy distinta. Habrá tantos miles de paraguas como japoneses ocultándose de los rayos del sol. Tantos pañuelos en la cabeza como musulmanas de ojos rasgados. Tantas pamelas y viseras como alemanes, franceses, ingleses y demás turistas extranjeros. Porque turistas habrá, y habrá muchos más de los que yo me encontré en noviembre.

El resplandor de la nada

La sombra del turismo

También me deslumbró la vida compartida entre dos culturas. Una sorpresa maravillosa, más en estos tiempos de odio y confrontación, aunque bien pensado, ¿qué tiempos se han librado de confrontaciones y odio?

Todo es normal en Córdoba. Los restaurantes de tapas, cazuelas, finos y vinos se alternan con los de humus, falafel y té. La gente de rasgos rudos andaluces dan los buenos días a la gente de finas líneas árabes. El castellano y la lengua árabe conviven en las calles, en los restaurantes e, incluso, en una misma mesa.

Las culturas y las personas viven entrelazadas como los adornos labrados en las paredes de la gran mezquita; un edificio que no es solo un espacio religioso, sino que es un símbolo de coexistencia.

Arte que estás en los cielos

Y por si fuera poco, Córdoba ofrece aún más.

En cada esquina hay herencias romanas que actúan de ornamento y de sustento. Preciosas columnas que mantienen en pie las viejas casas cordobesas. Es bonito verlas desnudas y libres de ladrillo, arena y cal, pero es triste saber que fueron arrancadas de estructuras descomunales como teatros, anfiteatros y otros edificios que un día ocuparon esta zona de Iberia.

Además, me encontré con arte callejero del que te detiene y te hace mirar y pensar como si estuvieras en un museo. Fantástico derroche de generosidad e imaginación la del autor o autora que dedicó su tiempo a convertir una blanca pared anodina en una galería atractiva.

Fondo romano

En línea

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Génova, ciudad infinita

Publicado en Fotografía, Fujifilm X-Pro2, Fujifilm X100, Italia, Viajar el November 13th, 2018 por diegojambrina

Una vez, miré por la ventada del avión y vi una enorme explanada surcada por caminos de agua resplandeciente. Me quedé hipnotizado por la enorme capacidad artística de la naturaleza. ¡Cuánta belleza abstracta! Cuando desperté de aquel ensimismamiento, me pregunté por lo qué estaba viendo. Y tras comprobar en la pantalla la ruta del vuelo, me di cuenta de que era la desembocadura del Nilo.

Fue la primera vez que vi África. Mi primera impresión del gran continente. Y pensé que si a 10.000 metros de altura, moviéndome a 800 km/h me emocionaba de aquella manera, cuando por fin pisara aquella tierra, seguro que mi corazón me haría levitar dos palmos del suelo.

Aún no he cumplido ese sueño, uno de mis grandes sueños viajeros, pero hace unos meses pasé tres días y dos noches en Génova, Italia.

Génova, ciudad abierta

Una de las características que más me gusta de Génova es la diversidad cultural que hay en sus calles. Además, su casco antiguo, donde la luz a duras penas alcanza el suelo, me hicieron recordar a aquella ciudad recogida en el libro de Txelu Angoitia, “El sueño de Tanger”.

Paseando por esta ciudad en vertical puedo asegurar que es lo más cerca que he estado de África.

Hotel

Pero, ¡qué sé yo de África! Sólo sé que mis deseos me llevan a vivir experiencias que dudo haya vivido en realidad.

Y con el paso del tiempo, la memoria también distorsiona esa realidad, y hoy, meses después de mi paso por Génova, pienso que tal vez no fue tan negra como yo hubiera querido.

Lo que sí puedo asegurar, sin miedo a que la memoria me engañe, es que esta ciudad del norte de Italia es una ciudad infinita.

Ciudad infinita

Podría estar caminando un mes entero y cada día marcar una retorcida línea diferente.

Podría estar horas buscando una esquina iluminada por el sol sin encontrarla y, aún así, sentirme satisfecho.

Podría estar horas fotografiando la luz sin importarme qué ilumina.

Podría ser feliz en un territorio donde los letreros de neón no son capaces de encontrar su camino entre tanta oscuridad.

Sombras perdidas en el tiempo

BAR

Hoteles verdes

Luz divina

Sin luz propia

10 metros

Palabras en el aire

Localizado

Piedras clientes

Ríos de vida

Tiempo perdido

Escalera a la luz

El sol

Música en la sombra

Cuando un edifício te sonríe

Oculto a la luz del día

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Ver para creer

Publicado en Croacia, Fotografía, Fujifilm X-Pro2, Fujifilm X100, Viajar el September 20th, 2018 por diegojambrina

Una de las realidades que más me gusta ver cuando salgo de la España cristiana, apostólica, romana y laica es el uso que se dan a las iglesias. Me encanta encontrarme con estas construcciones llenas de turistas y vacías de feligreses. Me encanta que se hayan convertido en pinacotecas y galerías de arte escultórico y que podamos admirar, en algunos casos, buenos ejemplos de ingenio arquitectónico y, en otros, sacrilegios inconcebibles en nuestra era, como, por ejemplo, la utilización de columnas y capiteles romanos como base de los muros de la Iglesia de San Donato, en Zadar.

Imperio caído

Pero hay una realidad que todavía me gusta más. Me vuelve loco encontrar una librería, o un mercado gastronómico, o una sala de conciertos de rock dentro de un recinto otrora religioso. Me encanta que se le dé un buen uso a espacios vacíos.

Lo malo de estas realidades es que solo las he visto en Europa. Tanto en América como en Asia, los recintos religiosos construidos siglos atrás se siguen utilizando hoy para el ensalzamiento de uno o varios seres imaginarios y la implantación del miedo y la resignación entre la población.

Y hasta mi último viaje, pensé que Europa entera estaba viviendo esta bonita realidad, este gran avance social. Pero no.

En el lado oscuro de la vida

En Croacia, la gente sigue acudiendo en masa o, como les gusta decir a ellos mismos, en rebaño a las iglesias. Es tal la aceptación y el poder de convocatoria del señor cura que se completa el aforo y más aún.

La gente se queda de pie en el quicio de la puerta y más atrás todavía, en total silencio y respeto por lo que se cuenta desde dentro. Y que haya altavoces en las puertas dirigidos hacia el exterior, me lleva a pensar que esto no es algo esporádico.

Descubrí esta pasión en Zagreb. Sentado en una terraza, saboreando una cerveza artesana croata, fui testigo de cómo iban llegando más y más personas a la iglesia de enfrente, hasta tal punto que ya no entraban más y se quedaban fuera, de pie. Tuve que levantarme, acercarme, ponerme de puntillas y mirar al interior para ver con asombro que lo que allí les había congregado era la misa de las 7. Ver para creer.

Like a the Rolling Stones

Fans del señor

Aquel fue el primer contacto con una sociedad ultracreyente. Y luego vinieron más.

Citando a un conocido líder y mártir por la libertad de sus semejantes, yo he visto cosas que vosotros no creeríais.

He visto desaparecer a la dueña de un pequeño hotel, porque llegaba tarde a la misa de 11. He visto menguar un taco de hojas bien impresas en papel de gran calidad con el retrato de un cura, obispo o similar al paso de turistas creyentes. Confesiones, no sólo a la vista de dios, sino de todas las personas que paseábamos por la iglesia. Misas a las 9 de la noche. Grupos de jóvenes chavales acompañados de cuarentones con sotana. He visto mujeres en la playa leyendo estampitas…

He visto una Europa, pensé, desaparecida. Y me temo que esta experiencia me ha servido como calentamiento o preparación para mi siguiente destino europeo. Aunque deseo, con todas mis fuerzas, equivocarme.

Superstar

Estrella del cristorock

El fantástio mundo del entretenimiento

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Viaje interior

Publicado en Croacia, Fotografía, Fujifilm X-Pro2, Fujifilm X100, Viajar el September 17th, 2018 por diegojambrina

Tengo cierta sensación de vergüenza cuando alguien me dice que mis fotografías reflejan, más que un recorrido por un lugar, un viaje interior. Me parece una cursilada y un concepto que, de tanto uso, ha perdido todo su valor original. De todas formas, creo que no les falta razón.

Así que, me he puesto manos a la obra y he hecho este post precisamente de un viaje interior, aunque el interior no es el mío, sino el de Croacia.

Croacia es más que una bonita costa. Tiene un territorio de interior muy atractivo, no solo por su belleza natural, sino también por su arquitectura y por su vida social. Además, tras veinte años del final de la guerra, aún quedan cicatrices visibles que nos recuerdan los conflictos bélicos que se produjeron aquí. No es que sea motivo turístico de por sí, pero si hablamos de emociones, resulta muy emotivo encontrarse con edificios enteros aún agujereados por balas y morteros. Sobre todo, porque fue un guerra televisada en todo el mundo y el impacto fue tremendo, aunque son sólo los habitantes de estas tierras los que lo vivieron con todo el horror.

Pienso que cada agujero en la pared es un tiro errado y una oportunidad más para vivir.

Un ventana al pasado

Aquí, la gente quiere vivir en paz, pero no quiere olvidar. El olvido no puede ser compañero de viaje de nadie. Sin recuerdos no somos más que presente, y el presente no existe sin la realidad del pasado ni la ilusión del futuro.

Por tanto, encuentro absolutamente necesario mantener los recuerdos ensangrentados, siempre y cuando estos no generen odio.

Recuerdo ensangrentado

Es terrible la historia de Croacia y los demás países balcánicos. Han estado casi toda su historia subyugados por fuerzas extranjeras y han padecido constantes guerras.

Griegos, romanos, venecianos, austrohúngaros, italianos… han dominado estas tierras y dejado también un importante legado cultural. Es curiosa esta sensación de rechazo por una invasión y agradecimiento por todo lo bueno que supuso. Me acuerdo ahora de una escena de La vida de Brian, en la que se reflejaba ese odio al invasor, pero también el reconocimiento por la escuela pública, el alcantarillado, las carreteras… Aquí tenéis el enlace.

De todas formas, es innegable que los conflictos bélicos recientes, han sido, sin duda, consecuencia de esas invasiones e intereses por dominar esta parte del mundo.

En Sarajevo, capital de Bosnia i Herzegovina, uno de los puntos de interés es el llamado puente latino, donde se asesinó a un archiduque como excusa para comenzar la I Guerra Mundial. En Zagreb, capital de Croacia, quedan estructuras subterráneas excavadas para refugiarse de los bombardeos durante la II Guerra Mundial. Hoy, se utilizan como calles peatonales para cruzar de un lugar a otro de la ciudad y como atractivo turístico.

Camino al pasado

Esquivando la muerte

Hoy, parece que todo sigue su curso, y se puede disfrutar en paz de un país donde para encontrar una playa de arena es necesario adentrarse en el interior del territorio.

Por cierto, la mejor compra que un turista puede hacer en Croacia es un buen par de escarpines. Con ellos se puede llegar de la toalla al agua sin hincarse a cada paso las rocas o púas de erizos. Pero no serán necesarios en una de las pocas playas de arena del país, que curiosamente está en Vukovar, un pueblo a orillas del río Danubio.

Me emociona solo pensar que me bañé en un río con tanto encanto histórico como el Danubio. Es casi como la ría de Bilbao. Casi.

Nada nuevo bajo el sol

Otro lugar que me pareció interesante fue Varaždin, a poco más de 80 Km de distancia de Zagreb, pero a mil kilómetros del bullicio turístico. Pasear por sus tranquilas calles y admirar la arquitectura austrohúngara es todo un placer, y chapurrear en alemán con amables fruteras, también. Desde aquí te vuelvo a dar las gracias por el regalo que nos hiciste: Danke schön, Fräulein!

El transporte del pasado y del futuro

Subidas y bajadas

Y vuelvo a Zagreb para reivindicar la capital como destino turístico, porque aunque no tiene mar, tiene historia, ambiente, locales de cerveza artesana y bonitos atardeceres, de esos que inundan los muros en instagram.

Dios y el diablo

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Sal, sol y sueños de plástico

Publicado en Croacia, Fotografía, Fujifilm X-Pro2, Fujifilm X100, Viajar el September 13th, 2018 por diegojambrina

La sal, esa sustancia que logra dar vida a una ensalada de tomate y pepino, es la culpable de que en el lado oriental de las islas del norte de Croacia no exista vida alguna. El viento de levante se carga de sal al acariciar las aguas del Adriático y la descarga sin compasión a lo largo de la ladera. Probablemente, serán los únicos kilómetros no invadidos por el turismo. Pero mejor hablo de otro tema, que ya me desahogué suficientemente en mi primer post (o al menos eso creo).

Muerte entre las rocas

Estas tres islas del norte de Croacia (Rab, Krk y Cres) son los destinos menos frecuentados por el turismo. Dubrovnik, Split y las islas del sur del país se llevan casi toda la atención internacional. Esto no quiere decir que no haya gente por el norte, pero la hay en menos cantidad y se limita a alemanes, húngaros, algún francés e italiano y, sobre todo, croatas.

Son por tanto, lugares donde poder disfrutar tranquilamente de una naturaleza generosa, siempre y cuando no se te cruce algún niño por delante.

Con niños no hay paraíso

Los niños son, sin duda, uno de los grandes inconvenientes para el viajero solitario. Son ruidosos, salpican, te lanzan la pelotita con la que juegan a waterpolo una y otra vez y son incansables.

Quienes sí se cansan son los que estamos alrededor y los que trabajan las 24 horas del día para su entero disfrute. Y no me refiero a los padres, estos parece que se han declarado en huelga y no actúan como lo que son. Me refiero a los patos hinchables, desesperados como lo pueda estar yo y con los mismos sueños de plástico, siempre en peligro de que se desinflen.

Sueños de plástico

La vida

Pero no me hagáis mucho caso. En realidad, tampoco es para tanto, y, además, al no ser spanish boys, suelen ser más tranquilos y temerosos ante una mirada ensayada de odio y destrucción.

Y bien mirado, hasta me vienen bien para mis propósitos fotográficos.

La vida es verde

Eterna juventud

Volviendo a las islas, tengo que decir que me ha sorprendido mucho la temperatura y la calidad del agua. Cristalina, con visibilidad más allá de los cinco metros de profundidad, y lo suficientemente fresca como para que la primera vez te cueste un poquito entrar, pero lo suficientemente caliente para nadar, bucear y hacerse el muerto tanto tiempo como se desee.

Y puestos a desear, me hubiera quedado allí hasta la eternidad, mirando con ojos hipnotizados la joya que es el Adriático.

Piedras preciosas

Enemigo del estrés

Como pelícano en el agua

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