De cervezas por Flandes

Publicado en Bélgica, Brujas, Bruselas, Gante, Viajar el July 2nd, 2017 por diegojambrina

Para todos los amantes de la cerveza de calidad, Bélgica es la meca. No os dejéis engañar por lo que os diga el cuñado; en Alemania se bebe buena cerveza, sí, pero hay que rebuscar mucho para encontrarla. En Bélgica tienes cartas de cervezas tan gordas como los mojes que las elaboran en prácticamente todos los bares, además hay locales que fabrican su propia cerveza, con un resultado sobresaliente.

Viendo el vídeo que he preparado de mi viaje por Flandes, parece que fui exclusivamente a beber, pero también hice un poco de turismo arquitectónico. Y me lo pasé en grande haciendo fotos. Las podéis ver en los anteriores post. Pero la verdad es que me acordaba de sacar la polaroid cube justo cuando pedía una cerveza.

Dentro vídeo.

El post de Bruselas
El post de Gante
El post de Brujas

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Bruselas, esa ciudad del Manneken Pis

Publicado en Bélgica, Bruselas, Viajar el June 12th, 2017 por diegojambrina

Me miro en las fotos que tengo de la primera vez que estuve en Bruselas y no me reconozco. Han pasado 17 años. Mucho tiempo para una vida de 42. Poco, aparentemente, para un cambio facial radical. Así estoy yo, en constante evolución. Pero la ciudad sigue igual. Sigue con su Grand Place de belleza arquitectónica embriagadora, sus callejas a su alrededor llenas de restaurantes donde sirven mejillones de baja calidad y tiendas de chocolate de diferentes marcas y calidad superior. También sigue en su sitio el pequeño niño meón, los murales simulando escenas de cómics y los turistas. Esos sí que no cambian. Ahí están, protagonistas en las calles de Bruselas.

Cegados por el yo

La pequeña gran estrella

Arquitectura por siglos iluminada

Así, en términos generales, Bruselas agobia y aburre a partes iguales. Pero cuatro días en la ciudad dan para mucho más que para hacerse una idea general.

Hace 17 años, vi lo que ve la mayoría de los visitantes. Esta vez me adentré por callejones oscuros, me alejé de la Grand Place, caminé durante mucho tiempo para llegar a los barrios periféricos y visité una cervecera llamada Cantillon donde fabrican un estilo muy bruselense y poco internacional: el estilo lambic. Un tipo de cerveza que se bebe a temperatura ambiente y de sabor sorprendentemente ácida. No apta para paladares sensibles ni para grupos organizados de turistas españoles. A estos les va más cervezas de tipo pils y las belgium ale de toda la vida.

La cerveza reina en la ciudad es la Delirium Tremens. Muy famosa en todo el mundo y reconocida por su icónico elefante rosa. A mí esta marca siempre me ha atraído mucho. Es como si tu enemigo llamara a tu puerta y le invitaras a entrar.

Fauna endémica

Pero en Bruselas hay más animales sueltos por ahí.

Perdido en una calle sin importancia, lejos de las miradas y de los móviles y cerca de un inocente pivote, hay un perro que levanta la pata para lanzar una eterna meada que nunca llega, que nunca acaba. Supongo que algún día, en mi madurez, sentiré lo mismo que él.

Existe otra figura meona; una niña en posición y miccionando sobre una minúscula fuente. Está ubicada en un callejón sin salida. Ya hay mucha gente que conoce el lugar, pero para el que no lo sepa, sólo tiene que preguntar por el Delirium Café. Está justo en frente. Y ya de paso se puede entrar a este santuario de la cerveza y probar alguna de las 40 variedades de cerveza de barril y 100 más en botella.

Territorio eterno

Yo disfruto más de los pequeños templos cerveceros a los que se llegan atravesando oscuros callejones, de esos por los que jamás te atreverías a entrar en otro tipo de país. Pero aquí, puede más el deseo de descubrir interesantes rincones y probar cervezas complicadas de encontrar en mi Bilbao de origen.

Además, como el dicho afirma: los caminos de la cerveza belga son inescrutables.

Los caminos de la cerveza son inescrutables

Pasadizos apasionados

Si no me gustara la cerveza, Bruselas tendría también mucho atractivo para mí. Es una ciudad lo suficientemente grande como para pasar cuatro días sin tener la sensación de que ya lo has visto todo, pero lo suficientemente pequeña como para recorrerla a pie. Caminar es el mejor modo para disfrutar de un lugar. Cómo si no, hubiera podido encontrar momentos llenos de color y luz o ver al hombre invisible elegantemente vestido.

Entendimiento

Lo que de verdad no importa

Otro de las cosas que más me gustan de la ciudad es su arquitectura. Existen magníficos ejemplos de los estilos arquitectónicos más espectaculares, como el barroco.

El barroco es uno de esos estilos que siempre me ha atraído por su infinidad de detalles, pero de un tiempo a esta parte empieza a aburrirme. No dejo de pensar en la personalidad banal de quien lo mandó construir y en cómo una vida de opulencia puede ser retratada en una fachada de ego y piedra.

Para mí el art decó, aun teniendo un gran trabajo en sus detalles, es mucho más elegante y espectacular que el barroco, y Bruselas tiene bastantes ejemplos de esta arquitectura. El Old England, que alberga un impresionante museo de instrumentos musicales, es uno de ellos.

No me olvido del Atomium, pero sencillamente, verlo una vez en la vida es más que suficiente. En esta ocasión, me centré más en la nueva arquitectura de acero y cristal que también existe en la capital de Flandes.

Con luz propia

Mirando hacia el lado equivocado

Conociendo lugares desconocidos

Y hasta aquí mi repaso a una bonita región del norte de Europa que cautiva por su arquitectura y su cerveza. Y a quien no le interese ni un tema ni otro, que no se moleste en visitar Bruselas ni Gante ni Brujas. Bueno, Brujas igual sí, por lo de ser una ciudad de cuento de hadas. Una denominación de la que empieza a cansarme.

Podéis ver mis post de Gante pinchando aquí y el de Brujas aquí.

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Gante, el tímido recuerdo de una ciudad

Publicado en Bélgica, Gante, Viajar el May 27th, 2017 por diegojambrina

Recuerdo el silencio de una ciudad llena de ruidosos estudiantes borrachos de libertad. Como si estuviera asustada de lo que en ella ocurría. Gante es tímida y reservada; tanto que apenas se cruzaron entre nosotros dos palabras.

Tengo que recurrir a mis fotografías para recordar su aspecto. Y cuando las veo me digo, sí, estuve allí, aunque en realidad no lo siento así. Sé que en unos años no existirá más memoria que lo vivido en el interior de sus bares. Templos dedicados al sosiego, a la reflexión y al sabor ligeramente amargo de una cerveza, en su mayoría, sensacional.

Pequeñas costumbres autóctonas

Algunos de estos locales huelen a tradición inmutable, donde se aprecia una vaga adaptación a las comodidades modernas, sensación que se esfuma por completo cuando bajas a sus váteres.

Otros sitios, alarmados por la desaparición de sus vasos, crean tradiciones con cierto tufo a turistada, pero son divertidas. En Herbert de Dulle Griet, si quieres beber la cerveza que fabrican ellos mismos, debes entregar un zapato. Luego el camarero lo coloca en una cesta y lo sube hasta el techo. ¿Podéis preguntarme si alguna de esas botas es mía?

Arma de destrucción pasiva

Gante es un decorado eterno y efímero, tan espectacular bajo los últimos rayos de la tarde como falso a plena luz del día, durante todos los días de su larga historia. Así lo siento y así lo veo en mis fotografías, muchas de ellas llenas de luz diurna y de la nada más desalentadora.

Y a medida que cae la noche, me siento a gusto. La ciudad se refugia en la oscuridad y yo con ella.

Arquitectura viva por hombres muertos

Recuerdo en lugar...

Persiguiendo a su sombra por la vía equivocada

Cada día, cae la noche

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Un viaje desde Bilbao a Cabo Norte (Noruega 6/6)

Publicado en Noruega, Viajar, Vídeo el November 29th, 2016 por diegojambrina

He hecho fotos que jamás podré enseñar. Parte I
Rumbo a Cabo Norte. Parte II
Un viaje de paso lento y latido rápido. Parte III
Turismo antinatural. Parte IV
Oslo, país independiente. Parte V 

Han pasado tres meses desde mi vuelta de Noruega y aún sigo pensando en aquel viaje. Supongo que el hecho de que lleve desde entonces procesando en casa las fotografías que tome allí, tiene algo que ver. Los cinco post que ya he publicado (uno, dos, tres, cuatro y cinco), también tendrán su incidencia, claro, pero debe haber algo más.

Pienso en lo diferente de este viaje con respecto al de otros años. ¿Qué hubo en Japón o qué no hubo para que no me haya marcado tanto? La moto, me digo. Pero ya he hecho otros viajes por Europa. Estuve en República Checa en 2014 y en Suiza, Alemania y Austria en 2012, y no fue lo mismo. El destino es distinto, vuelvo a pensar. Sí, es el destino, claro. Pero no, no lo creo.

En realidad, lo diferente soy yo.

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Oslo, país independiente (Noruega 5/6)

Publicado en Fotografía, Noruega, Oslo, Viajar el November 10th, 2016 por diegojambrina

He hecho fotos que jamás podré enseñar. Parte I
Rumbo a Cabo Norte. Parte II
Un viaje de paso lento y latido rápido. Parte III
Turismo antinatural. Parte IV

Oslo no es sólo la capital de un país, es un país en sí mismo, con su propio estilo, con una sociedad diferente, con infraestructuras más avanzadas, con arquitectura moderna, con barrios rehabilitados, unos con gusto y mucho dinero, otros solo con gusto… Es una ciudad tan distinta al resto de ciudades noruegas que parece pertenecer a otro país.

Esta afirmación no sólo dice mucho y bien de Oslo, sino que dice mucho y mal de Noruega. No sólo las ciudades, sino todo el territorio tiene carencias propias de un país de Europa del Este; uno de esos territorios que jamás han tenido dinero ni recursos que les permitan tenerlo en un futuro.

Pero Noruega tiene una industria petrolífera envidiada por toda Europa y el que se supone el mejor salmón del mundo, aunque en realidad hay quien afirma que es el alimento más tóxico del mundo; bueno, la cuestión es que sacan partido de ello. También tiene una industria turística muy activa, tanto de verano como de invierno. Y una industria maderera muy importante. Y a pesar de esto, sus infraestructuras son, por lo menos, algo justas.

Carreteras mal asfaltadas y mal señalizadas, carreteras de un sólo carril colapsadas por el excesivo tráfico diario, túneles tan oscuros como la boca del lobo, iluminados tan solo con una finísima línea intermitente de luz naranja. No quiero decir con esto que haya sufrido en Noruega, porque no ha sido así, he viajado bastante cómodo, pero sí es cierto que me ha sorprendido su nivel de precariedad, impropia del país escandinavo que yo me había imaginado. Así que, cuando llegué a Oslo, el último destino en mi viaje por Noruega, me sorprendió gratamente.

Arquitectura creciente

Escribiendo esto, me doy cuenta de que Oslo seguramente era como las demás ciudades noruegas no hace mucho tiempo, porque escribiendo esto hago repaso a todo lo que me cautivó y todo es lo que ha cambiado. Incluso el propio cambio en sí me cautiva; y me recuerda a otra ciudad cuya remodelación la ha hecho mucho más atractiva tanto para el visitante como para el residente. Me estoy refiriendo a Bilbao, capital del mundo.

La parte más hosca del viejo Oslo, el viejo puerto, es hoy la parte más nueva y estilosa de la ciudad. De las férreas grúas y los rudos trabajadores se ha pasado a edificios de viviendas, oficinas y comercios de gran elegancia y a ejecutivos con móvil en mano. Pero lo que más me gusta es que se ha respetado, al menos algo, el carácter áspero de los edificios de antaño y que, aun no interesándote las compras como actividad turística, pasear por el actual Aker Brygge es un placer visual. Los amantes de la arquitectura y del arte en general, se pasarán horas por aquí.

Oslo, ciudad Fenix

La representación artística de un puto lío

Personalidad de hierro

Otra de las zonas que han mutado con el tiempo es Grünerløkka. Un barrio lleno de espacios de arte y artistas que sacan a la calle su talento para que respire sin la opresión característica que las paredes de los museos provocan.

Restaurantes, mercados, bares y paseos paralelos al río Akerselva se suman a la fiesta colorista de esta parte de Oslo.

Una mujer con lo que hay que tener

Puente hacia la libertad creativa

Lámpara a la luz del sol

Puedo ser crítico con los museos, pero soy de los que acuden a ellos con verdadero interés. Y aunque en Noruega apenas los visité (el precio de las entradas tuvo buena parte de culpa), hubo uno que me atrapó sin remedio: el Vikingskipshuset. Si no llego a ir con mi mujer, muy probablemente me habría pasado todo el día en su única nave en forma de cruz latina. Por cierto, paradójica forma la que se eligió para el ensalzamiento de la cultura vikinga.

En el Museo de los Barcos Vikingos, como su propio nombre indica, hay tres barcos y unos pocos adornos y objetos rescatados de las garras de la tierra y de los siglos. Mucha gente no tarda más de 45 minutos en verlo todo, pero si creciste con la película de Kirk Douglas, Los Vikingos, y te gusta la cerveza y los asados, un día puede ser insuficiente. Además, el arte y la artesanía de la cultura escandinava es tan rica en detalles que podrías dedicar 45 minutos a cada obra expuesta.

Orgullo vikingo

Otra de las zonas interesantes de la ciudad es en la que está enclavado Oslo Ópera House. Y lo es hoy por este espectacular edificio, pero en breve lo será también por los edificios que ahora están en construcción.

El sol de tarde se alió conmigo para que tuviera una bacanal fotográfica como nunca antes había tenido. La luz rebotaba en sus paredes exteriores, blanca como un iceberg, y se colaba por entre los grandes ventanales hasta el interior, iluminando el hall de entrada y mis fotografías.

Andaba con una cámara en una mano y la otra colgando del cuello; una pose muy poco habitual en mí, siempre atento en pasar desapercibido, pero necesitaba tener los dos objetivos (uno de 35mm y el otro de 50mm) para ser doblemente feliz.

Me gustaría mucho volver a Oslo dentro de unos años. Esta zona promete dar buenas tardes a los fotógrafos y a los interesados en la arquitectura moderna. Y, además, siempre es sugerente volver.

Un mundo en construcción

Insignificante signo humano

Ventanales en Do mayor

La ventana indiscreta

Desde Nordkapp, el punto más al norte del país, y de Europa, al que se puede acceder por carretera, hasta Oslo, recorrí unos 3.000 Kms en moto. Todo un viaje lleno de curvas, ferris, luces imposibles, gasolineras, áreas de descanso, emociones y carne de gallina (y no precisamente por el frío) que recordaré siempre. Una experiencia compartida con mi pareja, a la que pido desde aquí que nunca deje de guiarme hacia destinos desconocidos.

En alerta permanente

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Turismo antinatural (Noruega 4/6)

Publicado en Fotografía, Fujifilm X100, Noruega, Viajar el November 5th, 2016 por diegojambrina

He hecho fotos que jamás podré enseñar. Parte I
Rumbo a Cabo Norte. Parte II
Un viaje de paso lento y latido rápido. Parte III
Oslo, país independiente. Parte V 

Es curioso cómo la sola mención de la palabra Noruega despierta en la gente el deseo del viaje. Ya sean viajeros empedernidos como yo, turistas en su peor sentido, o personas que jamás han cruzado su círculo de confort, que este país escandinavo supone un estímulo como ningún otro destino.

Y, además, les resulta estimulante la naturaleza en su estado más puro, cuando en sus lugares de origen parece que no existe nada más que el asfalto y las grandes avenidas llenas de comercio abierto.

Tal vez por eso, algunos lugares naturales de Noruega se presentaron ante mí como una verdadera avenida de una gran ciudad. El Púlpito, o como dicen los noruegos, Preikstolen, esa extraña roca que se asoma hacia el fiordo de Lyse, es uno de los destinos clave para cualquiera que visite el país, para cualquiera que no lo haya visitado aún y para cualquiera que jamás lo vaya a visitar. Es un imprescindible del turismo antinatural, plagado de zapatos rojos de tacón, botellas de cerveza, selfies, atascos y, sí, también de belleza.

Turismo antinatural

Otro imprescindible atractivo turístico noruego presente en el imaginario colectivo del mundo entero son los fiordos. Y es que el hecho de que el mar se introduzca kilómetros tierra adentro supone para la gente, y para mí también, claro, un hecho tan extraordinario que resulta digno de visitar.

La facilidad con la que se pueden recorrer estos lugares, sin esfuerzo físico alguno, y la enorme cantidad de fiordos a elegir, hacen que todo viaje a Noruega lleve consigo un crucero.

Estos cruceros, pueden llegar a suponer una parte importante del presupuesto del visitante, o si se anda un poco listo, no más que el costo de un billete de un ferri cualquiera. Hasta los japoneses, con su gran poder adquisitivo, viajan preavisados por uno de los países más caros del mundo.

Navegando con permiso de la naturaleza

Vestida para navegar

Definitivamente, Noruega se percibe como un destino eminentemente de naturaleza espectacular y accesible. Sin embargo, algunas ciudades noruegas resultan muy recomendables: Bergen, Ålesund, Oslo, Stavanger y Tromsø son en las que yo estuve. De esta última y de sus perturbadores habitantes ya di unas pinceladas en el post anterior. Si quieres saber el por qué de su perturbación, pincha aquí.

El resto de las ciudades me resultaron más amables, tanto por su clima como por sus gentes, y mucho más interesantes en cuanto a arquitectura mundana. Ya iba con el dato de que Ålesund fue reconstruida casi en su totalidad tras un devastador incendio en 1904. Ya había leído que era una ciudad art decó. Ya, pero cuando paseas por sus calles y te encuentras en cada esquina con viviendas diseñadas con uno de los estilos más maravillosos de la era moderna, cualquier dato previo se queda corto.

Amarillo Alesund

La suerte quiso que algunos edificios sobrevivieran al incendio y se muestren hoy tan espléndidos como antaño, como reivindicando con orgullo una belleza eterna, una belleza en madera y salitre.

Curiosamente, los edificios que se salvaron de la quema se encontraban, y siguen en su sitio, como no podría ser de otra forma, en el puerto. Hoy, son edificios dedicados a la artesanía, al Museo de la Pesca, el Fiskerimuseet, y a las antigüedades. Entre éstas pasé bastante rato embobado con tanta belleza de temática marina y, sencillamente, incrédulo ante los bajos precios que, en el país más caro en el que yo haya estado, tenía todo lo allí expuesto. Sólo me arrepentí una vez de haber ido en moto. Ni el frío ni la lluvia fueron los culpables de mi arrepentimiento, sino los bajos precios de reliquias que olían a historia.

Pasado a flote

Bergen es otra de las ciudades que ha sufrido un gran incendio. La verdad, es que resulta imposible que ciudades como las noruegas no hayan sido pasto de las llamas; todas de madera, todas con frío y humedad, todas expuestas a la lumbre del hogar. Afortunadamente para la gente de hoy, el incendio fue en 1702, por lo que las casas por entre las que hoy podemos caminar ya llevan ahí más de trescientos años. Así que, tienen un poso que ni las hordas de turistas pueden estropear.

Atrapando la luz

Lo más famoso de esta ciudad es el barrio Bryggen, tan bonito que no puedes luchar contra él. Muchas veces he dado media vuelta en busca de lugares más tranquilos en los que estar y por los que pasear, sin tener que esforzarme en esquivar a los turistas, con sus bolsas de la compra y sus alaridos (casi todos en castellano). Pero Bryggen te llama para que vayas una y otra vez, y si te resistes, te grita con la fuerza del sol de tarde.

Sí, es absolutamente imposible resistirse. Te dan ganas hasta de hacerte una foto con la ciudad entera.

Cálidas caricias al atardecer

Yo conmigo misma

Stavanger, más que una ciudad, es un pueblo grande, un pueblo de madera pintado en blanco al que la mayoría acude como base para realizar la excursión al Preikstolen. Sin embargo, debería ser reconocida por su puerto (un mini Bryggen), por su zona vieja, con viejas casas abiertas de par en par para recibir la luz del sol y por su Cardinal, el bar con más variedades de cerveza de Noruega, y seguramente del mundo. Hasta 600 cervezas distintas con las que disfrutar día tras día en un ambiente propicio para la degustación en silencio.

Un pasado iluminado por el sol

Desde dentro

Y me queda por escribir sobre Oslo. Pero esta ciudad me la dejo para otro post. Se merece uno propio; por su recuperación al estilo Bilbao, por sus zonas alternativas, por su puerto, su arquitectura, sus locales de cervezas, su ambiente y su edifico de la ópera, donde disfruté de una bacanal fotográfica.

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Rumbo a Cabo Norte (Noruega 2/6)

Publicado en Fotografía, Noruega, Suecia, Viajar el October 12th, 2016 por diegojambrina

He hecho fotos que jamás podré enseñar. Parte I
Un viaje de paso lento y latido rápido. Parte III
Turismo antinatural. Parte IV
Oslo, país independiente. Parte V 
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A pesar de que entre mi casa y Cabo Norte hay 4660 km y a pesar de que iba a ir en moto atravesando Francia, Bélgica, Alemania, Dinamarca, Suecia y Finlandia, siempre había pensado que aquel lugar era el inicio de mi viaje. Pero estaba equivocado.

Nordkapp, el punto más al norte al que se puede acceder por carretera, y punto de partida en mi recorrido por Noruega, se convirtió en un destino en sí mismo.

Cada uno se marca su propio destino

Si mis vacaciones de verano se hubieran terminado aquel seis de agosto de 2016, justo siete días después de que empezaran, me hubiera dado por satisfecho. La emoción que sentí encima de mi moto al llegar a Cabo Norte vale por todas las torres Eiffel del mundo, por todas las puertas de Brandenburgo, por todos los cruces de Shibuya e incluso por todos los fiordos de la propia Noruega.

Me pregunto si soy algo exagerado. No parece que el complejo turístico que han montado al final de la carretera más septentrional de Europa, y con la mayor tienda de souvenir que yo haya visto jamás, sea nada emocionante, y menos para mí, siempre dispuesto a ir en dirección contraria. Pero más que el lugar, lo realmente emocionante fue el momento, algo de lo que ya hablé en mi primer post sobre Noruega.

Aquel seis de agosto empezó a las seis de la mañana en Pajala, un pueblo de Suecia, desde el que partimos mi mujer y yo en nuestra última etapa. Cruzamos la frontera con Finlandia y atravesamos el país por su parte más estrecha. De nuevo cruzamos otra frontera, y ya en Noruega decidimos que fuera a la hora que fuera, aquel día llegaríamos hasta el final del camino. Aquel día llegaríamos al fin del mundo.

Agotados por las casi diez horas de viaje en moto, aún nos quedaba una más. Continuamos rodando por las estrechas carreteras noruegas y, en ocasiones, estuvimos acompañados por renos que, sin saber si tirar a izquierda o derecha, trotaban por el asfalto en paralelo a nosotros.

Atravesamos los últimos puentes, cruzamos túneles de once kilómetros de longitud, la mitad con fuerte inclinación hacia abajo, la otra mitad, con fuerte inclinación hacia arriba. Y siempre fríos, húmedos y mal iluminados. No es Noruega un país tecnológicamente avanzado. Ya hablaré en futuros post de esto.

Ya en la isla en la que se encuentra Cabo Norte, comenzamos a subir hasta su parte más alta y a ver cómo la carretera zigzagueaba con curvas amplias, abiertas y delicadas, como si pretendiera no hacer mella en una naturaleza casi intacta. Todavía no se veía el final, pero podía sentirlo. Sabía que estaba ahí y empecé a comprender que no llegaba al punto de partida en mi viaje por Noruega, sino al punto de llegada de un viaje que no había preparado.

Y finalmente llegamos. No sabía qué estaba sintiendo mi mujer en ese momento. Quité la mano izquierda del manillar de la moto y toqué su rodilla. Hemos llegado, sí. Y, no recuerdo bien si fue entonces o ya había empezado, lágrimas de emoción trataron de salir corriendo de mis cansados ojos. Quietas ahí, me dije en aquel momento. No hay razón para llorar. No hay razón para tanta emoción. Pero hoy sé que sí la hay, que la razón existe, aunque no la comprenda. Sé que si te emocionas es porque tienes una razón, aunque no sepas cuál es.

Deja que salga. Siéntela. Disfrútala.

Tiempo suavemente perdido

Mella

Camino seguro. Destino incierto.

Luz natural

Vidas paralelas que solo se tocan con una mirada a través de la ventana

Esta última foto se sale del estilo del post, pero no quería cerrarlo sin hacer mención a todos los moteros que han ido y, sobre todo, a los que irán, a este lugar: 71° 10′ 21″ N, 25° 47′ 40″ E.

Cabo Norte, o Nordkapp, como lo llaman los noruegos, es un lugar sagrado para los lapones y moteros. Y donde además de encontrarse el final de la carretera más septentrional de Europa, hay un complejo turístico que se cargó de golpe y porrazo esa emoción de la que he escrito. Lo bueno, para los que viajan con su casa a cuestas, es que está permitida la acampada. Y acampar mirando más hacia el norte, en dirección al polo ártico, tiene que ser maravilloso.

En compañía de la soledad

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La ciudad de la luz, no es París

Publicado en Arlés, Fotografía, Francia, Mediterráneo, Provenza, Viajar el July 23rd, 2016 por diegojambrina

No dice mucho a favor de París el hecho de que no me acuerde exactamente si han sido tres o cuatro las veces que he estado en ella. Podría hacer el esfuerzo de mirar en mis apuntes, pero, francamente, no me apetece. Y, además, este post es para la verdadera ciudad de la luz: Arlés.

Esta ciudad al sur de Francia me tiene totalmente enamorado.

Caí sin remedio mucho antes de que yo paseara por sus calles. Mucho antes incluso de que empezara a viajar. Caí cuando de pequeño y en la oscuridad del salón de casa, vi “El loco del pelo rojo”; esa obra maestra del cine protagonizada por mi admirado Kirk Douglas. Una película sobre la vida de Vincent Van Gogh en la que se describe con especial sensibilidad el tiempo que el pintor vivió y trabajó en Arlés.

Para Van Gogh, este rincón del Mediterráneo era fuente de inspiración, sencillamente, porque la luz vivía allí. Hoy, Van Gogh es un reclamo turístico, pero en esta época del año el reclamo es un evento: Rencontres de la photographie. Uno de los más importantes, sino el más importante festival de fotografía de toda Europa. Y para allá que me fui.

Rojo instante, eterno deseo

Está a 759Km de mi casa. Unas nueve horas de camino. Tiempo suficiente para ir calentando mi cámara.

Afortunadamente para mí, mi carné de conducir había caducado y el provisional que tenía no me permitía circular por las carreteras francesas. Me lo pasé bien, jugando con la luz durante el viaje. La verdad, es que algo me decía que aquel fin de semana iba a ser un fin de semana lleno de luz.

Luz, aliada en la vida

Luz y calor, mucho calor, fue lo que me encontré; más de 40 grados, insuficientes, sin embargo, para obligarme a quedarme en algún local con aire acondicionado. Porque si estás en Arlés, lo único que te apetece es recorrer las calles sin mapa, sin criterio, sin razón. Pasear y dejarte atrapar por los claroscuros, que ensalzan la belleza de una edificación provenzal ligeramente descuidada, ligeramente conservada.

Entre amigas, entre sombras

Por si su arquitectura provenzal, sus numerosas ruinas romanas y su influencia en la vida y obra de Van Gogh no fuera suficiente atractivo, Arlés amanece a principios de julio con arte fotográfico en cada esquina. No se trata de un festival donde el arte se esconda tras las paredes de una sala expositiva. El arte sale a la calle, y lo hace gracias no sólo a la organización, sino también a fotógrafos espontáneos que acuden a la ciudad a mostrar su trabajo, para disfrute de todos y para tratar de atraer la mirada del experto. Hay un sueño en cada foto.

La calle es arte

Vistas al interior

Otros, exponen su ropa mojada sin rubor alguno. Se nota que estamos en una ciudad mediterránea. La gente es abierta, confiada, natural y sabe aprovechar una esquina soleada para colocar unas cuerdas y secar su colada.

Típica estampa pasada de hoy

Revisando las fotos que me traje de allí, siento que he tenido suerte. No sólo por encontrarme con una estampa propia del gran Martin Parr, sino porque me encontré con la loca del pelo rojo en “le café la nuit”, el mismísimo café donde el loco del pelo rojo saciaba su sed perturbadora con absenta. ¡No es increíble!

La loca del pelo rojo

Sí, me siento un hombre con suerte, pero también siento que voy creciendo como fotógrafo. Tal vez esté mal decirlo, hablar bien de uno mismo no es políticamente correcto, pero si he empezado este post escribiendo no muy bien de París, no voy a cortarme ahora.

De todas formas, si no pensáis lo mismo que yo, esto es un blog, comentad, criticadme, decidme que se me ha subido el absenta a la cabeza. Decid lo que queráis y decidlo sin tapujos.

Marco natural

Contemplación

Tengo muy buen recuerdo de este viaje. Muchas horas de carretera para llegar, muchas horas para volver, tan solo un día y medio allí, pero mereció la pena. Es un lugar muy recomendable. Lo recomiendo a amamantes a la fotografía, a la pintura, a la arquitectura, a la historia, a la luz y, por qué no, lo recomiendo también a los turistas sin pretensiones.

Bajo la sombra de la farola

Sin luz

La parte trasera del imperio romano

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Un viaje por Japón a buen ritmo

Publicado en Japón, Viajar, Vídeo el January 4th, 2016 por diegojambrina

El ritmo del viaje lo marca el propio viajero, pero el recuerdo del viaje, ay, amigo, eso no se puede controlar. De ahí que este vídeo, realizado cuatro meses después de mi llegada, haya salido a un ritmo tan endiablado.

Viajé por Japón en agosto de 2015. No salí de la zona central de la gran isla de Honshu, la isla principal y la más grande, donde se encuentra Tokio, Kioto, Osaka, Kobe, Matsumoto, Hiroshima y alguna localidad más, menos frecuentada por los turistas.

En total, fueron 24 días. Muchas experiencias, mucha gente, muchos kilómetros recorridos en tren, mucha comida diferente y muchos recuerdos que empiezan a cobrar vida propia.

¿Estáis preparados? Subid el volumen y disfrutad de Japón a buen ritmo.

OTROS POST SOBRE JAPÓN, MÁS SOSEGADOS Y FOTOGRÁFICOS:
La realidad de Japón
Tokio, la ciudad imposible
Monte Fuji y Yokohama
A traveler from Japan

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Ámsterdam, una ciudad monumental sin monumentos (2/2)

Publicado en Ámsterdam, Holanda, Viajar el December 23rd, 2015 por diegojambrina

PARTE 1/2 – fotografía en B&N con una Lubitel – 120

He viajado bastante por Europa, bueno, no mucho, pero sí lo suficiente para afirmar que hay decenas de lugares a los que se les llama “la pequeña Venecia”. Basta un par de canales que se crucen por el centro de la ciudad para ganarse ese sobrenombre. En realidad, lo que ocurre es que no tienen la suficiente personalidad propia para ganarse la atención del viajero, y ni mucho menos del turista, y han de buscar una etiqueta que les asocie con algo de valor.

Ámsterdam no es así. A pesar de que es lo más parecido a Venecia que he podido encontrar, nadie la llama “la pequeña Venecia”. Para empezar, no es pequeña. Es una gran urbe con más de dos millones de habitantes y muchos, pero que muchos turistas. Pero, sobre todo, tiene una personalidad invulnerable e incompartible.

Recuerdos perfilados

Basta caminar por las calles de la capital holandesa para darse cuenta de que no hay nada parecido en todo el mundo. Me siento atraído por cada rincón. Me siento atraído por cada calle, por cada plaza, cada puente, fachada, bote, bicicleta, bar, mirada… Me siento atraído por todo. Tengo la sensación de que podría estar un mes entero caminando y fotografiando sin parar y sin cansarme.

Cruce de estilos

Pero si llegara el momento, si en algún instante del viaje necesitara más, más… no sé, algo más estándar, como un buen museo, por ejemplo, hay unos cuantos a los que ir.

Está el museo de fotografía, FOAM, ubicado muy cerca del centro de la ciudad y con una buena librería donde abastecerse de clásicos y contemporáneos. Y algo más alejado, pero siempre a mano, está el Museumplein, una plaza en la que se han ubicado el Rijksmuseum, el Van Gogh Museum y el Stedelijk Museum Amsterdam, arte y diseño moderno y contemporáneo.

Movidos por el arte

Hay muchos más. Algunos seguro que merecen la pena. Y otros seguro que no, aunque las largas colas para entrar de gente quieta como muñecos de cera, parecen contradecirme.

A mí, el que me deja de piedra ante tanta belleza y sentimiento es el de Van Gogh. Podría estar todo el día encerrado en el museo, disfrutando del aire fresco de la provenza francesa y de noches estrelladas, en compañía del hada verde.

Agua pasada

Podría hablar también de los humeantes coffeeshops o del humillante y denigrante barrio rojo, del decepcionante mercado de las flores, del masificado centro de la ciudad y falto, curiosamente, de canales, pero para qué. Todo eso ya lo conocéis, si no por vivencia propia, sí por miles de imágenes e historias que hayáis podido leer o escuchar.

Yo me quedo con lo mío. Con los canales de oriente y occidente. Me quedo con los bares llenos de cultura popular y con cervecerías que elaboran tradición y renuevan tesoros históricos, como este molino. De Gooyer es uno de los seis molinos de madera que aún perviven en Ámsterdam y el molino de madera más alto de Holanda.

Iconos

Me quedo también con esas zonas inexploradas por el turismo de masas y, lamentablemente, por mí, porque tres días de invierno en una ciudad así no son nada.

Me quedo con todas esas calles que quedaron sin pisar y con el extrarradio y la zona portuaria, de la que tan bien he oído hablar por los amantes de la arquitectura contemporánea.

Ámsterdam, volveré.

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