Génova, ciudad infinita

Publicado en Fotografía, Fujifilm X-Pro2, Fujifilm X100, Italia, Viajar el November 13th, 2018 por diegojambrina

Una vez, miré por la ventada del avión y vi una enorme explanada surcada por caminos de agua resplandeciente. Me quedé hipnotizado por la enorme capacidad artística de la naturaleza. ¡Cuánta belleza abstracta! Cuando desperté de aquel ensimismamiento, me pregunté por lo qué estaba viendo. Y tras comprobar en la pantalla la ruta del vuelo, me di cuenta de que era la desembocadura del Nilo.

Fue la primera vez que vi África. Mi primera impresión del gran continente. Y pensé que si a 10.000 metros de altura, moviéndome a 800 km/h me emocionaba de aquella manera, cuando por fin pisara aquella tierra, seguro que mi corazón me haría levitar dos palmos del suelo.

Aún no he cumplido ese sueño, uno de mis grandes sueños viajeros, pero hace unos meses pasé tres días y dos noches en Génova, Italia.

Génova, ciudad abierta

Una de las características que más me gusta de Génova es la diversidad cultural que hay en sus calles. Además, su casco antiguo, donde la luz a duras penas alcanza el suelo, me hicieron recordar a aquella ciudad recogida en el libro de Txelu Angoitia, “El sueño de Tanger”.

Paseando por esta ciudad en vertical puedo asegurar que es lo más cerca que he estado de África.

Hotel

Pero, ¡qué sé yo de África! Sólo sé que mis deseos me llevan a vivir experiencias que dudo haya vivido en realidad.

Y con el paso del tiempo, la memoria también distorsiona esa realidad, y hoy, meses después de mi paso por Génova, pienso que tal vez no fue tan negra como yo hubiera querido.

Lo que sí puedo asegurar, sin miedo a que la memoria me engañe, es que esta ciudad del norte de Italia es una ciudad infinita.

Ciudad infinita

Podría estar caminando un mes entero y cada día marcar una retorcida línea diferente.

Podría estar horas buscando una esquina iluminada por el sol sin encontrarla y, aún así, sentirme satisfecho.

Podría estar horas fotografiando la luz sin importarme qué ilumina.

Podría ser feliz en un territorio donde los letreros de neón no son capaces de encontrar su camino entre tanta oscuridad.

Sombras perdidas en el tiempo

BAR

Hoteles verdes

Luz divina

Sin luz propia

10 metros

Palabras en el aire

Localizado

Piedras clientes

Ríos de vida

Tiempo perdido

Escalera a la luz

El sol

Música en la sombra

Cuando un edifício te sonríe

Oculto a la luz del día

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Ver para creer

Publicado en Croacia, Fotografía, Fujifilm X-Pro2, Fujifilm X100, Viajar el September 20th, 2018 por diegojambrina

Una de las realidades que más me gusta ver cuando salgo de la España cristiana, apostólica, romana y laica es el uso que se dan a las iglesias. Me encanta encontrarme con estas construcciones llenas de turistas y vacías de feligreses. Me encanta que se hayan convertido en pinacotecas y galerías de arte escultórico y que podamos admirar, en algunos casos, buenos ejemplos de ingenio arquitectónico y, en otros, sacrilegios inconcebibles en nuestra era, como, por ejemplo, la utilización de columnas y capiteles romanos como base de los muros de la Iglesia de San Donato, en Zadar.

Imperio caído

Pero hay una realidad que todavía me gusta más. Me vuelve loco encontrar una librería, o un mercado gastronómico, o una sala de conciertos de rock dentro de un recinto otrora religioso. Me encanta que se le dé un buen uso a espacios vacíos.

Lo malo de estas realidades es que solo las he visto en Europa. Tanto en América como en Asia, los recintos religiosos construidos siglos atrás se siguen utilizando hoy para el ensalzamiento de uno o varios seres imaginarios y la implantación del miedo y la resignación entre la población.

Y hasta mi último viaje, pensé que Europa entera estaba viviendo esta bonita realidad, este gran avance social. Pero no.

En el lado oscuro de la vida

En Croacia, la gente sigue acudiendo en masa o, como les gusta decir a ellos mismos, en rebaño a las iglesias. Es tal la aceptación y el poder de convocatoria del señor cura que se completa el aforo y más aún.

La gente se queda de pie en el quicio de la puerta y más atrás todavía, en total silencio y respeto por lo que se cuenta desde dentro. Y que haya altavoces en las puertas dirigidos hacia el exterior, me lleva a pensar que esto no es algo esporádico.

Descubrí esta pasión en Zagreb. Sentado en una terraza, saboreando una cerveza artesana croata, fui testigo de cómo iban llegando más y más personas a la iglesia de enfrente, hasta tal punto que ya no entraban más y se quedaban fuera, de pie. Tuve que levantarme, acercarme, ponerme de puntillas y mirar al interior para ver con asombro que lo que allí les había congregado era la misa de las 7. Ver para creer.

Like a the Rolling Stones

Fans del señor

Aquel fue el primer contacto con una sociedad ultracreyente. Y luego vinieron más.

Citando a un conocido líder y mártir por la libertad de sus semejantes, yo he visto cosas que vosotros no creeríais.

He visto desaparecer a la dueña de un pequeño hotel, porque llegaba tarde a la misa de 11. He visto menguar un taco de hojas bien impresas en papel de gran calidad con el retrato de un cura, obispo o similar al paso de turistas creyentes. Confesiones, no sólo a la vista de dios, sino de todas las personas que paseábamos por la iglesia. Misas a las 9 de la noche. Grupos de jóvenes chavales acompañados de cuarentones con sotana. He visto mujeres en la playa leyendo estampitas…

He visto una Europa, pensé, desaparecida. Y me temo que esta experiencia me ha servido como calentamiento o preparación para mi siguiente destino europeo. Aunque deseo, con todas mis fuerzas, equivocarme.

Superstar

Estrella del cristorock

El fantástio mundo del entretenimiento

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Palabras abandonadas

Publicado en Alemania, Fotografía, Fujifilm X-Pro2, Fujifilm X100, Hamburgo, Viajar el June 1st, 2018 por diegojambrina

Por un instante pensé que aquella libreta enganchada en uno de los recovecos del puente era simplemente la basura de un cerdo. Pero luego me dije: “palabras abandonas, ¡qué bonito!”. Y estuve tentado en cogerla, abrirla y mirar si en alguna de aquellas páginas, había palabras dirigidas a mí.

Al final, le hice una foto y dejé la libreta en su sitio; sin tocar, sin abrir, sin futuro conocido.

Me pregunto qué será de ella hoy. ¿Se habrá topado con algún otro paseante con más curiosidad que yo? Prefiero creer en esta posibilidad, más que en que haya acabado en cualquier carrito del servicio de limpieza. Triste final para tan poético abandono.

Palabras abandonadas

Hamburgo es una ciudad construida a base de pequeños detalles y grandes edificios.

Por un lado, el trabajo de las instituciones públicas tiene como fruto espacios grandiosos, bien pensados, bien rehabilitados, modernos y respetuosos con el lúgubre pasado portuario.

Mil ojos sobre ti

De metal y lana

Por otro lado, el trabajo de la gente llena de detalles lugares sin aparente interés, incluso, algunos apenas visibles.

Un pequeño y valiente abeto en una mediana; un poste en el puerto, otrora, importante punto de apoyo para algún barco venido de la otra parte del mundo, y, hoy, un trozo de madera envejecida por la sal y el olvido; o paredes, o farolas, o patios interiores, o pasos subterráneos o cualquier otro espacio susceptible de albergar un sentimiento, un grito, una reivindicación.

Olvido

Marcado por el mar

En ocasiones, esos pequeños detalles que engrandecen la ciudad ni siquiera son pretendidos. Son meras burlas del caprichoso azar, que se ríe de nosotros, a veces por lo bajini, a veces sin disimulo, como cuando ilumina las fachadas ocultas al sol por el reflejo del mismo sol.

Invisible

Falsas ventanas.

Decía, en mi primer post sobre la ciudad, que Hamburgo me quiere, y lo decía porque, además de encontrar pintadas hechas desde el cariño, me he encontrado con estrechas callejuelas abiertas a la inmensidad del amor.

Cuartos habitados por una luz tan potente que rebosa energía por sus ventanas abiertas.

Y se despierta en mí la sensación de compañía o el sentimiento de soledad. ¿Quién sabe qué pesa más?

Invitación

Y a pesar de que el cielo esté nublado y las estrellas permanezcan ocultas y expectantes a noches mejores para mostrar su brillantez, siempre queda la posibilidad de encontrar en un interior un firmamento estrellado.

Soñar con estar en otra parte es relativamente fácil; basta con una pizca de melancolía y un entorno oscuro lleno de luces.

Interior nocturno de alma estrellada

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Yo soy el gato de Schrödinger

Publicado en Alemania, Este trabajo es mío, Fotografía, Fujifilm X-Pro2, Fujifilm X100, Hamburgo, Literatura, Viajar el May 18th, 2018 por diegojambrina

Llevo unas cuantas semanas encerrado en un mundo de completa oscuridad. No soy capaz de saber si lloro de risa o de pánico. No soy capaz de saber si miro con envidia o con compasión. No soy capaz de saber si el nudo que tengo en el estómago es angustia o hambre. No soy capaz de saber si soy feliz o soy un animal sin conciencia ni consciencia. No sé si estoy vivo o muerto. Parezco el puto gato de Schrödinger. Lo único que ilumina este estado de duda infinita es que tanto el gato como yo estamos vivos y muertos al mismo tiempo.

El problema es que tengo que abrir la caja y mirar dentro, si quiero aclarar esta situación. Y aunque no haya candado, ni cerrojo, ni siquiera cinta de embalar alrededor de la caja, abrirla me va a resultar extraordinariamente difícil.

A la vista de la imaginación.

Viajar por este mundo de completa oscuridad es lo único que me mantiene vivo. Sólo quiero que nunca llegue a tropezarme con la ampolla de gas venenoso y provocar, no diré un triste final, sino un final prematuro. Al fin y al cabo, nadie se libra de la guadaña.

Durante mi viaje por Hamburgo (sí, aunque no lo parezca, este es el segundo post de mi viaje por la ciudad portuaria), fui tomando, iba a escribir fotografías, pero es más oportuno pedacitos de una realidad que generan en mi cabeza, más que cualquier otra cosa, dudas.

Y son las dudas las que me mantienen despierto. Parece que las necesito, que disfruto con ellas, que la angustia que provocan es la energía que me mueve. Vamos, que siento placer de mi estado tarado.

Es la puta misma moneda de siempre y sus dos partes que jamas se verán las caras o lo que llamaba el Soldado Bufón, la dualidad del hombre. Ahora sólo tengo que elegir una o ninguna o elegir las dos y vivir el resto de mi vida en el canto, consciente de que puedo caer para un lado o para otro sin que ello me importe lo más mínimo.

Vouyer

Ausencia

Sol interior

Naturaleza metálica

Superstar

Hamburgo es una ciudad que inspira.

Hay arte callejero, o vandalismo, según quién sea el espectador, y hay miradas que no ven más allá de sus narices. Hay atardeceres que esculpen siluetas de metal y paredes de metal que crean atardeceres perfectos.

La ciudad entera es una impostura, y eso me encanta. A veces parece que es una ciudad elegante, moderna, organizada, limpia, con ópera italiana como banda sonora. En otras ocasiones reina un perfecto caos, es oscura, lluviosa, desconfiada y los gritos reivindicativos resuenan en cada calle.

Lluvia de color

Mississippi

Impostura

Pero el arte también está en los museos. Al menos en los que yo visité.

Deichtorhallen Hamburg y Haus der Photographie son dos edificios separados por menos de 100 metros con entradas combinadas. Y más allá de las obras expuestas está el gusto por el modo en que se exponen las obras. Cada espacio es una obra en sí misma. Todo está perfectamente pensado y colocado, incluso el imprevisto de una gotera se alía con la exposición.

Una mañana maravillosamente invertida, en un espacio apto para todos los públicos y en los que está permitido hacer fotografías, una práctica a exportar a otros museos en los que sientes el aliento de la ley observando con más interés tu cámara que tú mismo las obras.

En espacios así, vuelves a creer que el futuro de la raza humana no está perdido. Parejas, personas en solitario, familia con hijos, mayores, jóvenes y jovencitos estudiantes que participan con interés en la interpretación de cada obra.

Sentí a mi lado la presencia del Sr. Stendhal.

Intervención

Stendhal

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