La Habana, esa vieja dama (Cuba 1/?)

Publicado en Fotografía, Viajar el September 19th, 2017 por diegojambrina

Es difícil escribir sobre las experiencias pasadas de un viajero en La Habana, cuando ahora mismo la ciudad entera está tratando de recuperarse del paso del huracán Irma, el más fuerte jamás registrado.

Veo las imágenes en los periódicos y pienso en la naturaleza como un aliado de los gobiernos capitalistas para castigar a una ciudad y un país entero por su condición de comunista, como el grito húmedo de un animal bicéfalo que te aplasta el tórax sin dejarte respirar y ni mucho menos responder.

Pero la gente en Cuba responde, ya lo creo que responde. Y aunque hay cierto grado de resignación, sobre todo hay mucho de deseo de vivir.

A vista de taxi

Ahora, la vida sale a flote en una ciudad invadida por el mar, pero cada día desde hace muchos años la vida se asoma por las ventanas y las puertas de unas casas de ensueño maquilladas por la realidad del tiempo. Miro a La Habana como a una vieja dama que aún conserva el elegante estilo que lució en su juventud.

Tengo una sensación de asombro por la belleza de sus edificios y aflicción por su estado. Pero insistimos mucho en juzgar un lugar por su arquitectura y su naturaleza, y, tal vez, lo más importante sean las personas que allí viven.

Hay vida

Caminando

Me decía la gente antes de ir que los cubanos eran muy pesados y que no pierden un segundo en tratar de venderte cualquier cosa. Yo no lo viví así. Sí tratan de venderte cualquier cosa, pero si eres directo y dejas claro desde el principio que no te interesan los puros, ni comer en ese maravilloso paladar, ni dar una vuelta en bicitaxi, ni las tarjetas wifi, ni las clases de baile… el vendedor deja paso al curioso. Y es entonces cuando entablas conversaciones amistosas e interesantes.

Compañeros

Entereza

Es especialmente interesante para mí cómo se las arreglan para que nada les falte. Cierto que hay muchas cosas a las que no pueden acceder con facilidad, pero no tienen más que esperar a que el tiempo haga su papel. Utilizan la paciencia, algo de lo que aquí carecemos. Y utilizan el ingenio.

Allí, por ejemplo, sigue habiendo mecánicos; profesionales que reparan coches. No son como los que hay en los concesionarios oficiales en esta parte del mundo, que no son más que substituidores de piezas.

Voy a dejar este post tal que así, como si estuviera inacabado, siendo este mi homenaje a una capital y a un país en permanente construcción.

Mirando hacia arriba

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La ciudad de la luz, no es París

Publicado en Arlés, Fotografía, Francia, Mediterráneo, Provenza, Viajar el July 23rd, 2016 por diegojambrina

No dice mucho a favor de París el hecho de que no me acuerde exactamente si han sido tres o cuatro las veces que he estado en ella. Podría hacer el esfuerzo de mirar en mis apuntes, pero, francamente, no me apetece. Y, además, este post es para la verdadera ciudad de la luz: Arlés.

Esta ciudad al sur de Francia me tiene totalmente enamorado.

Caí sin remedio mucho antes de que yo paseara por sus calles. Mucho antes incluso de que empezara a viajar. Caí cuando de pequeño y en la oscuridad del salón de casa, vi “El loco del pelo rojo”; esa obra maestra del cine protagonizada por mi admirado Kirk Douglas. Una película sobre la vida de Vincent Van Gogh en la que se describe con especial sensibilidad el tiempo que el pintor vivió y trabajó en Arlés.

Para Van Gogh, este rincón del Mediterráneo era fuente de inspiración, sencillamente, porque la luz vivía allí. Hoy, Van Gogh es un reclamo turístico, pero en esta época del año el reclamo es un evento: Rencontres de la photographie. Uno de los más importantes, sino el más importante festival de fotografía de toda Europa. Y para allá que me fui.

Rojo instante, eterno deseo

Está a 759Km de mi casa. Unas nueve horas de camino. Tiempo suficiente para ir calentando mi cámara.

Afortunadamente para mí, mi carné de conducir había caducado y el provisional que tenía no me permitía circular por las carreteras francesas. Me lo pasé bien, jugando con la luz durante el viaje. La verdad, es que algo me decía que aquel fin de semana iba a ser un fin de semana lleno de luz.

Luz, aliada en la vida

Luz y calor, mucho calor, fue lo que me encontré; más de 40 grados, insuficientes, sin embargo, para obligarme a quedarme en algún local con aire acondicionado. Porque si estás en Arlés, lo único que te apetece es recorrer las calles sin mapa, sin criterio, sin razón. Pasear y dejarte atrapar por los claroscuros, que ensalzan la belleza de una edificación provenzal ligeramente descuidada, ligeramente conservada.

Entre amigas, entre sombras

Por si su arquitectura provenzal, sus numerosas ruinas romanas y su influencia en la vida y obra de Van Gogh no fuera suficiente atractivo, Arlés amanece a principios de julio con arte fotográfico en cada esquina. No se trata de un festival donde el arte se esconda tras las paredes de una sala expositiva. El arte sale a la calle, y lo hace gracias no sólo a la organización, sino también a fotógrafos espontáneos que acuden a la ciudad a mostrar su trabajo, para disfrute de todos y para tratar de atraer la mirada del experto. Hay un sueño en cada foto.

La calle es arte

Vistas al interior

Otros, exponen su ropa mojada sin rubor alguno. Se nota que estamos en una ciudad mediterránea. La gente es abierta, confiada, natural y sabe aprovechar una esquina soleada para colocar unas cuerdas y secar su colada.

Típica estampa pasada de hoy

Revisando las fotos que me traje de allí, siento que he tenido suerte. No sólo por encontrarme con una estampa propia del gran Martin Parr, sino porque me encontré con la loca del pelo rojo en “le café la nuit”, el mismísimo café donde el loco del pelo rojo saciaba su sed perturbadora con absenta. ¡No es increíble!

La loca del pelo rojo

Sí, me siento un hombre con suerte, pero también siento que voy creciendo como fotógrafo. Tal vez esté mal decirlo, hablar bien de uno mismo no es políticamente correcto, pero si he empezado este post escribiendo no muy bien de París, no voy a cortarme ahora.

De todas formas, si no pensáis lo mismo que yo, esto es un blog, comentad, criticadme, decidme que se me ha subido el absenta a la cabeza. Decid lo que queráis y decidlo sin tapujos.

Marco natural

Contemplación

Tengo muy buen recuerdo de este viaje. Muchas horas de carretera para llegar, muchas horas para volver, tan solo un día y medio allí, pero mereció la pena. Es un lugar muy recomendable. Lo recomiendo a amamantes a la fotografía, a la pintura, a la arquitectura, a la historia, a la luz y, por qué no, lo recomiendo también a los turistas sin pretensiones.

Bajo la sombra de la farola

Sin luz

La parte trasera del imperio romano

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Fotografiar y sentir

Publicado en Muy personal el November 11th, 2015 por diegojambrina

“En otra parte” se ha convertido oficialmente en mi proyecto fotográfico personal. Llevo con él bastante tiempo, más del que soy consciente. Porque en este mundo, las emociones se mueven veloces, imprevisibles y, en muchas ocasiones, de manera incomprensible, mientras que la razón permanece quieta, agazapada y siempre temerosa. Pero ya está, ya he conseguido ponerla en marcha, y no hay forma de pararla.

La revista de arte The Way Out Magazine ha publicado un avance. La encontraréis a partir de la página 24, pero no paséis por alto las demás. Hay contenido de mucho interés.

Y si os preguntáis, como bienintencionadamente hizo Juan Valbuena durante nuestro encuentro en el CFC de Bilbao, qué tiene de interés mi proyecto personal para los demás, ésta es la respuesta:

En otra parte es una representación de mi estado de ánimo mientras viajo. Pero también es una representación del deseo del ser humano por estar siempre en otro lugar, por ser siempre lo que no es, por desear lo que no tiene, por vivir en el pasado o en el futuro, nunca en el presente. Un viaje constante a través del deseo insatisfecho del ser humano y una revisión de la felicidad, llena de emociones incomprendidas, curiosidad y confianza en lo desconocido.

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A traveler from Japan

Publicado en Fujifilm X100, Japón, Viajar el October 19th, 2015 por diegojambrina

Are you travelers? No hay mejor forma de empezar una conversación que con esta pregunta. Sucedió en Matsumoto, en la terraza de un bar de estilo irlandés. Un señor pasaba por allí y ante nuestros ojos delatores e inclinación de cabeza se detuvo y nos preguntó si éramos viajeros. Cualquier otro hubiera empezado con un where do you from? Es como el yo a ti te conozco que algunos usaban antes para ligar. Cansa.

Pero Matsumoto es distinta. Y aunque es una ciudad de grandes números, su aspecto es la de una cuidad pequeña. Casi todos los edificios son de tres o cuatro alturas como máximo, calles tranquilas por las que pasear, pequeños templos en cada esquina y gente amable, más incluso que en el resto del país, que ya es decir.

Una calle cualquiera

Su mayor atractivo, por lo que todo el mundo va hasta allí, es el castillo. Tiene un sencillo nombre: Matsumoto-jo, es decir, el castillo de Matsumoto, pero su historia es bien complicada. Lo tiene que ser a la fuerza puesto que lleva ahí desde 1595. Es el castillo de madera más antiguo de Japón. Tiene seis pisos de altura, es, por tanto, de los edificios más altos de la ciudad, y un interior casi vacío de objetos, pero lleno de turistas. No importa. Todo es ordenado, organizado y limpio, y caminar descalzo por la madera centenaria es uno de los placeres que nadie se debería perder. Mi viejo amigo, el de la pregunta que abre este post, es guía voluntario. Si vais por allí, podréis encontrar a estas personas en la puerta de acceso, deseosa de enseñar su cultura y practicar inglés. Tal vez algún día, él se acerque hasta aquí. Le interesan los castillos. Y también las patatas fritas. Lo sé porque tras nuestra despedida volvió con un paquete de sus patatas favoritas. Quiso hacernos un regalo, aunque el regalo fue él mismo.

Iconos japoneses

En Japón, la naturaleza se suele cebar con los japoneses, pero también les ofrece regalos únicos, como el de esta lengua de tierra en Amanohashidate. Una estrecha franja de arena de 3,5 km de largo donde coexisten más de 8.000 pinos y unos pocos vecinos.

Rareza naturalPara llegar hasta allí, no es necesario hacer transbordos. Sale un tren directo desde Kioto, aunque debe de ser un servicio relativamente nuevo, puesto que ni siquiera todos los trabajadores del Japan Rail en Kioto lo conocen. Yo me enteré al llegar a la estación de Amanohashidate. Como me dijeron, hice mi transbordo correspondiente y alcancé la costa en un tren local de línea privada. Y cuando llegué a la estación, vi un tren del JR con el destino escrito en su locomotora. ¡Y ponía Kyoto! No me lo podía creer. De todas formas, no está mal que aún la gente no lo sepa, porque eso hace que el lugar se mantenga relativamente ajeno al turismo de masas, sobre todo, de masas occidentales. Bajo el sol

Así que, se puede llegar a este rincón desde Kioto e ir y volver el mismo día, pero no es algo demasiado recomendable. Lo mejor es que cuando se esté en Kioto dediquéis todo el tiempo a ver Kioto, porque la antigua capital de Japón merece toda vuestra atención.

De hecho, si disponéis de poco tiempo para estar en el país, es preferible que lo dediquéis en exclusiva a Kioto. Nada más llegar a la ciudad, te das cuenta de que te va a gustar. La propia estación de tren es una maravilla descomunal.

¡Arriba!

Kioto lo tiene todo: todo el ajetreo de una gran ciudad, con restaurantes especializados en ramen o, mejor aún, en fireramen, bares con cerveza de calidad, comercios, multitudes y neones; y toda la tranquilidad de un pueblo, con calles vacías o casi vacías, pequeñas casas de madera y barrios bien iluminados por el sol de tarde.

Presencia

Además, en Kioto están esos templos tan conocidos por todo el mundo, esos que siempre salen en las revistas de viajes, en los documentales y en las guías del país, y que estás obligado a visitar.

Uno de estos templos imprescindibles es el Fushimi-Inari Taisha, con 4 km de sendero cubiertos con tantos arcos rojos que la luz apenas ilumina el camino. Estos arcos o puertas, conocidas como torii, se colocan en los accesos a los templos. Limitan la parte profana de la sagrada. En este caso, adquiere otro significado, más vinculado a la superstición y a la empresa, pues cada uno de estos arcos está patrocinado por una compañía deseosa de que su negocio funcione bien.

Como veis, nadie quiere quedarse fuera del éxito.

Camino marcado en rojo

El otro templo imprescindible es el bosque de bambúes de Arashiyama, que aun no siendo un templo en sí mismo, posee un ambiente muy místico. Aunque bien es cierto que cada vez que un taxi pasa por el medio, atropella cualquier sentimiento elevado.

Embelesada

Otro de los santuarios más importantes del país está en Miyajima, una pequeña isla situada al sur de Hiroshima. Allí se encuentra un templo budista de lo más curioso. Su nombre es Daisho-in y está construido sobre pivotes a la orilla del mar. Tan a la orilla que con la marea alta, el agua se mete por debajo y el santuario parece flotar en ella. Lo mismo ocurre con su torii, ubicado algo más adentro. Es, sin duda, el torii más fotografiado de Japón. Y no es de extrañar, si hubiera tenido tiempo, me hubiera quedado todo el día allí para fotografiarlo a cada hora, con cada marea: baja, media y alta.

Y si os estáis preguntando por qué han construido esto en el mar, es por el carácter sagrado de la isla. Las personas somos demasiado pecadoras para pisar esta tierra, aunque eso era antes. Ahora debemos de ser unos beatos, porque la isla es pisoteada por los turistas sin ningún miramiento. Hay turistas por todas partes; turistas en el ferry de ida, turistas en el puerto, turistas por los caminos, turistas en las santas tiendas de turistas y turistas en el ferry de vuelta.

Llamando a las puertas del ego¿Y de dónde salen tantos turistas? Pues de la cercana Hiroshima, una de esas ciudades que pocos que se quieren perder. Lástima que sea para recordar su triste pasado.

Tras la ruin historia

De todas formas, a pesar de su pasado de muerte, es una ciudad llena de vida y de gente sonriente, con especialidades culinarias, como el okonomiyaki o las famosas ostras de Hiroshima. Si vas a estar poco tiempo, puedes incluso probar las dos cosas a la vez: un okonomiyaki con ostras. Así lo hice yo, aunque más tarde, en una vinatería, hablando con amantes del vino, me dijeron que eso de mezclar es pecado; el okonomiyaki por un lado y las ostras por otro.

La obra y el artista bajo la mirada del mecenas

Pero, tras unos vinos tintos, acabaron por perdonarme. Fue una de las experiencias que guardaré con más cariño; beber vino de su tierra y de la mía y chapurrear inglés con gente simpática, generosa y agradecida. Gente que, sin embargo, me tiene algo despistado. Generalizar no ha sido nunca una opción para mí, a sí que no voy a hacerlo ahora con los japoneses, pero sí tengo que decir que no había visto en toda mi vida tanta oferta junta de sexo y otras modalidades picantes, y no hablo de comida, en una misma ciudad. Uno no sabe dónde meterse, sin tener la duda de que al otro lado de la puerta le van a sorprender con una recepción excesivamente calurosa.

Comensales sin hambre

En Osaka, hay otro tipo de perversión.

El capitalismo se muestra obsceno en forma de enormes edificios, coches de lujo, tiendas de moda y hoteles y bancos de renombre por toda el área cercana a la estación de tren. Un ambiente perfecto para sacar jugo a la cámara fotográfica, el movimiento y el contraste de las luces bajas y altas.

Luces y sombras del capitalismo

Y si no tenéis demasiado interés por la fotografía, y sí por las luces de neón, el frikismo, ese frikismo japonés en el que todos estáis pensando, y la multitud enfervorizada por el microconsumo, también podéis disfrutar de Osaka. Vuestra zona se llama Shinsaibashi y Dotonbori. Dos barrios divertidos y con una oferta culinaria muy particular. Aquí comí fugu, más conocido por nuestros mares como pez globo. De aspecto bonachón y veneno letal. Pero no podía marcharme de Japón sin comerlo. Era un imprescindible en mi viaje.

Cabeza alta

Como también era imprescindible comer la carne más cara del mundo. Al menos un cachito, no sé, ¿qué tal 100 gr? Algo, para probarla, y poder escribir sobre ello.

Y, como no podía ser de otra forma, nada mejor que ir a Kobe para comer carne de Kobe. Pero de esto ya he escrito en otro blog, en el de la mejor chuleta de Bilbao. Si queréis conocer mi experiencia y saber qué es la verdadera carne de Kobe y qué nos venden en este país como lo que no es, pinchad aquí.

Os adelanto que los 100 gr de los que hablo me costaron 80€, es decir, que una chuleta de kilo cuesta 800€. Y, claro, 100 gr no es nada, así que tuve que pedir una langosta de postre, que para algo soy de Bilbao. Todo, chuleta y marisco, hecho al teppanyaki. Espectacular.

Ni que decir, que para recuperarme de la hostia, tuve que comer los siguientes días patatas fritas de sobre y, como lujo, comida rápida en el barrio chino de la ciudad. Un little chinatown que cautiva también a los japoneses.

Los chinos también cauitaban en Japón

Por cierto, no he hablado de lo que cuesta viajar por Japón, al dinero me refiero. Bueno, de eso mejor no hablar.

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Monte Fuji y Yokohama, dos destinos cercanos a Tokio

Publicado en Fotografía, Fujifilm X100, Japón, Viajar el October 5th, 2015 por diegojambrina

Y por si Tokio no fuera suficientemente grande, existen dos destinos cercanos muy interesantes que visitar. Uno es el monte Fuji, sin ninguna duda uno de los iconos de Japón. Es también un lugar sagrado para los japoneses, una atracción turística para el extranjero y un espacio para la meditación de todos los que se animan a subirlo; sobre todo, cuando te encuentras a medio camino, agotado por las 4 horas de empinada subida y desesperado por las 3 que todavía te quedan para llegar a su cima. Claro, después hay que bajar. Sí, es un lugar donde meditas seriamente del por qué de ir adonde nadie te llama.

La mente puede más que el cuerpo

Hacer una excursión hasta el Fuji es muy fácil.

Hay diferentes fórmulas. Una de ellas es salir prontito desde Tokio en autobús directo a la llamada quinta estación, el lugar más cercano a la cima con acceso por carretera, y regresar a la tarde del mismo día a tu hotel de la capital. Yo opté por otra mucho más relajada. Me alojé en Kawaguchi-ko, en uno de los lagos que hay en las inmediaciones del volcán. Es una forma de motivarte el día anterior para lo que sabes que va a llegar. Porque visto desde la distancia parece muy poca cosa y crees que cualquiera lo puede conseguir.

Camino al Fuji

Éste es un pensamiento bastante generalizado, un pensamiento que se ve.

Yo me encontré con jóvenes extranjeros en zapatillas deportivas y traje de baño, con un móvil en la mano y ninguna botella de agua en la otra, japoneses con botas de caña alta de alquiler y mochilas tan grandes como ellos mismos, padres con hijos pequeños y padres de padres, con tanta edad como determinación.

Inconscientes, unos, desinformados, otros, y, seguros de sí mismos, todos ellos.

Hacia la cumbre

Al monte Fuji hay que ir preparado para el calor y el frío.

Pantalones largos, botas bajas que dejen el tobillo libre para moverse, camiseta para los momentos de calor y cortavientos para los de frío, protector solar, sombrero, alimento suficiente para ir reponiendo fuerzas durante un día entero y agua, mucha agua, o en su defecto yenes, muchos yenes, porque a medida que subes su empinada pendiente el precio del agua también sube.

Urbanizaciones de gran altura

Y es que el monte Fuji muy sagrado muy sagrado, pero está urbanizado hasta la desesperación. Cada 45 minutos, más o menos, te encuentras con una estación, es decir, un conjunto de casetas donde venden todo lo que puedas necesitar y creías que no ibas a necesitar. Vamos, chiringuitos en toda regla.

En algunos de ellos puedes dormir, lo que te permite dosificar las fuerzas en dos días y disfrutar del atardecer y el amanecer si las nubes te lo permiten y el frío no acompaña. Porque a la noche debe de hacer frío, bastante, aunque sea agosto y en Tokio haga 38ºC, al menos eso dicen algunos, porque yo subí y bajé el mismo día.

Y para demostrar que llegué hasta el final, aquí tenéis la foto de la cima.

De compras por los 3.776m

¿Qué pasa? ¿No esperabais que hubiera un centro comercial en la cima de un volcán a 3.776m de altura? Ya, yo tampoco. Aún así, la experiencia es memorable y te sientes satisfecho con tu esfuerzo, con las miradas cómplices con los japoneses, con las vistas al mar y con haber llegado hasta el mismísimo cráter de un volcán tan legendario como el Fujiyama.

Satisfecho también me sentí cuando llegué a Yokohama, una ciudad a tan sólo 30 minutos en tren de Tokio, relajada, tranquila y perfecta para recorrer a pie. Este es el segundo destino cerca de la capital del que hablaré en este post.

Grande

Podría decir que para disfrutar de Yokohama basta con invertir una mañana o una tarde y un poco de la noche, pero en realidad es mejor que dediques un día entero y duermas en uno de sus hoteles. La razón es muy sencilla: es probable, pero solo probable, que te líes con los trenes, las estaciones y las direcciones y que dediques algo más de esa media hora de distancia entre una ciudad y otra. Y, además, puede que des con el Craft Beer Bar y te agarres una borrachera de calidad con sus maravillosas cervezas locales y acabes hablando y garabateando en tu libreta de viajes con los parroquianos, también locales.

Para que no te coja por sorpresa, y a pesar del nombre que tiene, hay un letrero a la entrada que dice Here we can’t speak English y la carta de cervezas está en japonés. Por si queréis ir pensando en qué pedir, aquí la tenéis.

Pero antes de entrar al bar en cuestión, os aconsejo un paseo por las cercanías de la que fue la torre más alta de Japón: la Landmark Tower. Un edificio robusto e imponente de 296 metros y 70 plantas, con, el que dicen, el ascensor más rápido del mundo, capaz de alcanzar los 45Km/h.

Luz

Es una maravilla poder pasear sin aglomeraciones, sin turistas, sin prisas y rodeado de japonesas que cuidan su vestuario con la misma determinación que se cuidan de que no les dé el sol.

Y lo mejor de Yokohama, además del bar con las cervezas locales ya comentado, es su skyline nocturno, un imán para los aficionados a la fotografía con trípode y de larga exposición, aunque yo opté por otro tipo de fotografía, sin trípode y con una luz dirigida a la única turista occidental que vi en todo el día en la ciudad.

Luciérnaga

Sin ninguna duda, Yokohama fue una de las sorpresas agradables de mi viaje a Japón. No esperaba tanta tranquilidad, tan poco turista extranjero, un paseo marítimo espectacular, protagonizado por la modernísima y funcional terminal internacional de pasajeros Osanbashi y un casco histórico lleno de vida, ofertas culinarias y un bar de cervezas locales artesanas estupendas… ah, bueno, que de eso ya he hablado, ¿no?

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Prepárate; la inspiración está a punto de aparecer

Publicado en Fotografía, Viajar, Vietnam el October 18th, 2011 por diegojambrina

Es de noche, tengo puesto un carrete de 35mm. de ISO 100, el flash no llega más allá de un metro, la cámara es de plástico, una Mini Diana de Lomography, entonces ¿por qué la tengo en la mano? Pues no sé, tal vez ocurra algo. ¿Quién te dice que no vayan a pasar a un palmo de tu objetivo una marabunta de vietnamitas en bici y que uno de ellos no te vaya a saludar?

Pues eso. Que hay que esperarse lo inesperado. Que hay que estar preparado porque la seductora, la lasciva, la provocadora, la adorada, la deseada, la maldita y caprichosa musa tal vez se le antoje susurrarte al oído: “ahora”.

De todas formas, hoy me he comprado El Fotógrafo en la Naturaleza, un libro de José Benito Ruiz con el que aprender a no esperar a la inspiración. Que no aparece: ¡que le den! A veces me harto a esperarla. Y en esta vida hay que ser autosuficiente, y para ello hay que estar preparado.

Sí, prepárate; la inspiración tal vez no aparezca.

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