La Habana, esa vieja dama (Cuba 1/5)

Publicado en Fotografía, Viajar el September 19th, 2017 por diegojambrina

Es difícil escribir sobre las experiencias pasadas de un viajero en La Habana, cuando ahora mismo la ciudad entera está tratando de recuperarse del paso del huracán Irma, el más fuerte jamás registrado.

Veo las imágenes en los periódicos y pienso en la naturaleza como un aliado de los gobiernos capitalistas para castigar a una ciudad y un país entero por su condición de comunista, como el grito húmedo de un animal bicéfalo que te aplasta el tórax sin dejarte respirar y ni mucho menos responder.

Pero la gente en Cuba responde, ya lo creo que responde. Y aunque hay cierto grado de resignación, sobre todo hay mucho de deseo de vivir.

A vista de taxi

Ahora, la vida sale a flote en una ciudad invadida por el mar, pero cada día desde hace muchos años la vida se asoma por las ventanas y las puertas de unas casas de ensueño maquilladas por la realidad del tiempo. Miro a La Habana como a una vieja dama que aún conserva el elegante estilo que lució en su juventud.

Tengo una sensación de asombro por la belleza de sus edificios y aflicción por su estado. Pero insistimos mucho en juzgar un lugar por su arquitectura y su naturaleza, y, tal vez, lo más importante sean las personas que allí viven.

Hay vida

Caminando

Me decía la gente antes de ir que los cubanos eran muy pesados y que no pierden un segundo en tratar de venderte cualquier cosa. Yo no lo viví así. Sí tratan de venderte cualquier cosa, pero si eres directo y dejas claro desde el principio que no te interesan los puros, ni comer en ese maravilloso paladar, ni dar una vuelta en bicitaxi, ni las tarjetas wifi, ni las clases de baile… el vendedor deja paso al curioso. Y es entonces cuando entablas conversaciones amistosas e interesantes.

Compañeros

Entereza

Es especialmente interesante para mí cómo se las arreglan para que nada les falte. Cierto que hay muchas cosas a las que no pueden acceder con facilidad, pero no tienen más que esperar a que el tiempo haga su papel. Utilizan la paciencia, algo de lo que aquí carecemos. Y utilizan el ingenio.

Allí, por ejemplo, sigue habiendo mecánicos; profesionales que reparan coches. No son como los que hay en los concesionarios oficiales en esta parte del mundo, que no son más que substituidores de piezas.

Voy a dejar este post tal que así, como si estuviera inacabado, siendo este mi homenaje a una capital y a un país en permanente construcción.

Mirando hacia arriba

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Ámsterdam, una ciudad monumental sin monumentos (2/2)

Publicado en Ámsterdam, Holanda, Viajar el December 23rd, 2015 por diegojambrina

PARTE 1/2 – fotografía en B&N con una Lubitel – 120

He viajado bastante por Europa, bueno, no mucho, pero sí lo suficiente para afirmar que hay decenas de lugares a los que se les llama “la pequeña Venecia”. Basta un par de canales que se crucen por el centro de la ciudad para ganarse ese sobrenombre. En realidad, lo que ocurre es que no tienen la suficiente personalidad propia para ganarse la atención del viajero, y ni mucho menos del turista, y han de buscar una etiqueta que les asocie con algo de valor.

Ámsterdam no es así. A pesar de que es lo más parecido a Venecia que he podido encontrar, nadie la llama “la pequeña Venecia”. Para empezar, no es pequeña. Es una gran urbe con más de dos millones de habitantes y muchos, pero que muchos turistas. Pero, sobre todo, tiene una personalidad invulnerable e incompartible.

Recuerdos perfilados

Basta caminar por las calles de la capital holandesa para darse cuenta de que no hay nada parecido en todo el mundo. Me siento atraído por cada rincón. Me siento atraído por cada calle, por cada plaza, cada puente, fachada, bote, bicicleta, bar, mirada… Me siento atraído por todo. Tengo la sensación de que podría estar un mes entero caminando y fotografiando sin parar y sin cansarme.

Cruce de estilos

Pero si llegara el momento, si en algún instante del viaje necesitara más, más… no sé, algo más estándar, como un buen museo, por ejemplo, hay unos cuantos a los que ir.

Está el museo de fotografía, FOAM, ubicado muy cerca del centro de la ciudad y con una buena librería donde abastecerse de clásicos y contemporáneos. Y algo más alejado, pero siempre a mano, está el Museumplein, una plaza en la que se han ubicado el Rijksmuseum, el Van Gogh Museum y el Stedelijk Museum Amsterdam, arte y diseño moderno y contemporáneo.

Movidos por el arte

Hay muchos más. Algunos seguro que merecen la pena. Y otros seguro que no, aunque las largas colas para entrar de gente quieta como muñecos de cera, parecen contradecirme.

A mí, el que me deja de piedra ante tanta belleza y sentimiento es el de Van Gogh. Podría estar todo el día encerrado en el museo, disfrutando del aire fresco de la provenza francesa y de noches estrelladas, en compañía del hada verde.

Agua pasada

Podría hablar también de los humeantes coffeeshops o del humillante y denigrante barrio rojo, del decepcionante mercado de las flores, del masificado centro de la ciudad y falto, curiosamente, de canales, pero para qué. Todo eso ya lo conocéis, si no por vivencia propia, sí por miles de imágenes e historias que hayáis podido leer o escuchar.

Yo me quedo con lo mío. Con los canales de oriente y occidente. Me quedo con los bares llenos de cultura popular y con cervecerías que elaboran tradición y renuevan tesoros históricos, como este molino. De Gooyer es uno de los seis molinos de madera que aún perviven en Ámsterdam y el molino de madera más alto de Holanda.

Iconos

Me quedo también con esas zonas inexploradas por el turismo de masas y, lamentablemente, por mí, porque tres días de invierno en una ciudad así no son nada.

Me quedo con todas esas calles que quedaron sin pisar y con el extrarradio y la zona portuaria, de la que tan bien he oído hablar por los amantes de la arquitectura contemporánea.

Ámsterdam, volveré.

Hot El

Color local

Puentes tendidos

Brug

Strangers in the night

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Fotografiar y sentir

Publicado en Muy personal el November 11th, 2015 por diegojambrina

“En otra parte” se ha convertido oficialmente en mi proyecto fotográfico personal. Llevo con él bastante tiempo, más del que soy consciente. Porque en este mundo, las emociones se mueven veloces, imprevisibles y, en muchas ocasiones, de manera incomprensible, mientras que la razón permanece quieta, agazapada y siempre temerosa. Pero ya está, ya he conseguido ponerla en marcha, y no hay forma de pararla.

La revista de arte The Way Out Magazine ha publicado un avance. La encontraréis a partir de la página 24, pero no paséis por alto las demás. Hay contenido de mucho interés.

Y si os preguntáis, como bienintencionadamente hizo Juan Valbuena durante nuestro encuentro en el CFC de Bilbao, qué tiene de interés mi proyecto personal para los demás, ésta es la respuesta:

En otra parte es una representación de mi estado de ánimo mientras viajo. Pero también es una representación del deseo del ser humano por estar siempre en otro lugar, por ser siempre lo que no es, por desear lo que no tiene, por vivir en el pasado o en el futuro, nunca en el presente. Un viaje constante a través del deseo insatisfecho del ser humano y una revisión de la felicidad, llena de emociones incomprendidas, curiosidad y confianza en lo desconocido.

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A traveler from Japan

Publicado en Fujifilm X100, Japón, Viajar el October 19th, 2015 por diegojambrina

Are you travelers? No hay mejor forma de empezar una conversación que con esta pregunta. Sucedió en Matsumoto, en la terraza de un bar de estilo irlandés. Un señor pasaba por allí y ante nuestros ojos delatores e inclinación de cabeza se detuvo y nos preguntó si éramos viajeros. Cualquier otro hubiera empezado con un where do you from? Es como el yo a ti te conozco que algunos usaban antes para ligar. Cansa.

Pero Matsumoto es distinta. Y aunque es una ciudad de grandes números, su aspecto es la de una cuidad pequeña. Casi todos los edificios son de tres o cuatro alturas como máximo, calles tranquilas por las que pasear, pequeños templos en cada esquina y gente amable, más incluso que en el resto del país, que ya es decir.

Una calle cualquiera

Su mayor atractivo, por lo que todo el mundo va hasta allí, es el castillo. Tiene un sencillo nombre: Matsumoto-jo, es decir, el castillo de Matsumoto, pero su historia es bien complicada. Lo tiene que ser a la fuerza puesto que lleva ahí desde 1595. Es el castillo de madera más antiguo de Japón. Tiene seis pisos de altura, es, por tanto, de los edificios más altos de la ciudad, y un interior casi vacío de objetos, pero lleno de turistas. No importa. Todo es ordenado, organizado y limpio, y caminar descalzo por la madera centenaria es uno de los placeres que nadie se debería perder. Mi viejo amigo, el de la pregunta que abre este post, es guía voluntario. Si vais por allí, podréis encontrar a estas personas en la puerta de acceso, deseosa de enseñar su cultura y practicar inglés. Tal vez algún día, él se acerque hasta aquí. Le interesan los castillos. Y también las patatas fritas. Lo sé porque tras nuestra despedida volvió con un paquete de sus patatas favoritas. Quiso hacernos un regalo, aunque el regalo fue él mismo.

Iconos japoneses

En Japón, la naturaleza se suele cebar con los japoneses, pero también les ofrece regalos únicos, como el de esta lengua de tierra en Amanohashidate. Una estrecha franja de arena de 3,5 km de largo donde coexisten más de 8.000 pinos y unos pocos vecinos.

Rareza naturalPara llegar hasta allí, no es necesario hacer transbordos. Sale un tren directo desde Kioto, aunque debe de ser un servicio relativamente nuevo, puesto que ni siquiera todos los trabajadores del Japan Rail en Kioto lo conocen. Yo me enteré al llegar a la estación de Amanohashidate. Como me dijeron, hice mi transbordo correspondiente y alcancé la costa en un tren local de línea privada. Y cuando llegué a la estación, vi un tren del JR con el destino escrito en su locomotora. ¡Y ponía Kyoto! No me lo podía creer. De todas formas, no está mal que aún la gente no lo sepa, porque eso hace que el lugar se mantenga relativamente ajeno al turismo de masas, sobre todo, de masas occidentales. Bajo el sol

Así que, se puede llegar a este rincón desde Kioto e ir y volver el mismo día, pero no es algo demasiado recomendable. Lo mejor es que cuando se esté en Kioto dediquéis todo el tiempo a ver Kioto, porque la antigua capital de Japón merece toda vuestra atención.

De hecho, si disponéis de poco tiempo para estar en el país, es preferible que lo dediquéis en exclusiva a Kioto. Nada más llegar a la ciudad, te das cuenta de que te va a gustar. La propia estación de tren es una maravilla descomunal.

¡Arriba!

Kioto lo tiene todo: todo el ajetreo de una gran ciudad, con restaurantes especializados en ramen o, mejor aún, en fireramen, bares con cerveza de calidad, comercios, multitudes y neones; y toda la tranquilidad de un pueblo, con calles vacías o casi vacías, pequeñas casas de madera y barrios bien iluminados por el sol de tarde.

Presencia

Además, en Kioto están esos templos tan conocidos por todo el mundo, esos que siempre salen en las revistas de viajes, en los documentales y en las guías del país, y que estás obligado a visitar.

Uno de estos templos imprescindibles es el Fushimi-Inari Taisha, con 4 km de sendero cubiertos con tantos arcos rojos que la luz apenas ilumina el camino. Estos arcos o puertas, conocidas como torii, se colocan en los accesos a los templos. Limitan la parte profana de la sagrada. En este caso, adquiere otro significado, más vinculado a la superstición y a la empresa, pues cada uno de estos arcos está patrocinado por una compañía deseosa de que su negocio funcione bien.

Como veis, nadie quiere quedarse fuera del éxito.

Camino marcado en rojo

El otro templo imprescindible es el bosque de bambúes de Arashiyama, que aun no siendo un templo en sí mismo, posee un ambiente muy místico. Aunque bien es cierto que cada vez que un taxi pasa por el medio, atropella cualquier sentimiento elevado.

Embelesada

Otro de los santuarios más importantes del país está en Miyajima, una pequeña isla situada al sur de Hiroshima. Allí se encuentra un templo budista de lo más curioso. Su nombre es Daisho-in y está construido sobre pivotes a la orilla del mar. Tan a la orilla que con la marea alta, el agua se mete por debajo y el santuario parece flotar en ella. Lo mismo ocurre con su torii, ubicado algo más adentro. Es, sin duda, el torii más fotografiado de Japón. Y no es de extrañar, si hubiera tenido tiempo, me hubiera quedado todo el día allí para fotografiarlo a cada hora, con cada marea: baja, media y alta.

Y si os estáis preguntando por qué han construido esto en el mar, es por el carácter sagrado de la isla. Las personas somos demasiado pecadoras para pisar esta tierra, aunque eso era antes. Ahora debemos de ser unos beatos, porque la isla es pisoteada por los turistas sin ningún miramiento. Hay turistas por todas partes; turistas en el ferry de ida, turistas en el puerto, turistas por los caminos, turistas en las santas tiendas de turistas y turistas en el ferry de vuelta.

Llamando a las puertas del ego¿Y de dónde salen tantos turistas? Pues de la cercana Hiroshima, una de esas ciudades que pocos que se quieren perder. Lástima que sea para recordar su triste pasado.

Tras la ruin historia

De todas formas, a pesar de su pasado de muerte, es una ciudad llena de vida y de gente sonriente, con especialidades culinarias, como el okonomiyaki o las famosas ostras de Hiroshima. Si vas a estar poco tiempo, puedes incluso probar las dos cosas a la vez: un okonomiyaki con ostras. Así lo hice yo, aunque más tarde, en una vinatería, hablando con amantes del vino, me dijeron que eso de mezclar es pecado; el okonomiyaki por un lado y las ostras por otro.

La obra y el artista bajo la mirada del mecenas

Pero, tras unos vinos tintos, acabaron por perdonarme. Fue una de las experiencias que guardaré con más cariño; beber vino de su tierra y de la mía y chapurrear inglés con gente simpática, generosa y agradecida. Gente que, sin embargo, me tiene algo despistado. Generalizar no ha sido nunca una opción para mí, a sí que no voy a hacerlo ahora con los japoneses, pero sí tengo que decir que no había visto en toda mi vida tanta oferta junta de sexo y otras modalidades picantes, y no hablo de comida, en una misma ciudad. Uno no sabe dónde meterse, sin tener la duda de que al otro lado de la puerta le van a sorprender con una recepción excesivamente calurosa.

Comensales sin hambre

En Osaka, hay otro tipo de perversión.

El capitalismo se muestra obsceno en forma de enormes edificios, coches de lujo, tiendas de moda y hoteles y bancos de renombre por toda el área cercana a la estación de tren. Un ambiente perfecto para sacar jugo a la cámara fotográfica, el movimiento y el contraste de las luces bajas y altas.

Luces y sombras del capitalismo

Y si no tenéis demasiado interés por la fotografía, y sí por las luces de neón, el frikismo, ese frikismo japonés en el que todos estáis pensando, y la multitud enfervorizada por el microconsumo, también podéis disfrutar de Osaka. Vuestra zona se llama Shinsaibashi y Dotonbori. Dos barrios divertidos y con una oferta culinaria muy particular. Aquí comí fugu, más conocido por nuestros mares como pez globo. De aspecto bonachón y veneno letal. Pero no podía marcharme de Japón sin comerlo. Era un imprescindible en mi viaje.

Cabeza alta

Como también era imprescindible comer la carne más cara del mundo. Al menos un cachito, no sé, ¿qué tal 100 gr? Algo, para probarla, y poder escribir sobre ello.

Y, como no podía ser de otra forma, nada mejor que ir a Kobe para comer carne de Kobe. Pero de esto ya he escrito en otro blog, en el de la mejor chuleta de Bilbao. Si queréis conocer mi experiencia y saber qué es la verdadera carne de Kobe y qué nos venden en este país como lo que no es, pinchad aquí.

Os adelanto que los 100 gr de los que hablo me costaron 80€, es decir, que una chuleta de kilo cuesta 800€. Y, claro, 100 gr no es nada, así que tuve que pedir una langosta de postre, que para algo soy de Bilbao. Todo, chuleta y marisco, hecho al teppanyaki. Espectacular.

Ni que decir, que para recuperarme de la hostia, tuve que comer los siguientes días patatas fritas de sobre y, como lujo, comida rápida en el barrio chino de la ciudad. Un little chinatown que cautiva también a los japoneses.

Los chinos también cauitaban en Japón

Por cierto, no he hablado de lo que cuesta viajar por Japón, al dinero me refiero. Bueno, de eso mejor no hablar.

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Tokio, la ciudad imposible

Publicado en Fotografía, Fujifilm X100, Japón, Tokio, Viajar el September 23rd, 2015 por diegojambrina

Tokio es una ciudad imposible, completamente inabarcable para el viajero con fecha de caducidad, como yo mismo. Cinco días invertí en la capital de Japón, nunca antes había estado tanto tiempo en una misma ciudad, y no pude ver ni la mitad de lo que me propuse antes de llegar, y os aseguro que preparando el viaje ya dejé fuera muchos lugares interesantes. Una vez en Tokio, bastaron las primeras horas del primer día para darme cuenta de que mis planes no se iban a cumplir.

Para empezar, en mi lista no tenía al Metro de Tokio como destino, y creedme si os digo que en realidad es un destino. Sí, el Metro de Tokio es una atracción turística en sí misma, y pasaréis mucho tiempo en ella, aunque la mayor parte sin pretenderlo. 13 líneas; 13 colores distintos; muchos precios; muchas escaleras que suben y bajan; 2.500 millones de usuarios al año, no sé cuántos son al día, pero muchos sí que son; andenes compartidos para ir y para volver; 286 kilómetros de longitud en total; vagones que van en la dirección equivocada, piensas, aunque el equivocado eres tú, por supuesto; y una megafonía potente y clara, aunque de poco le sirve al extranjero. Apasionante, sin duda.

Y cuando logras salir, sientes placer y orgullo aventurero satisfecho, y si lo haces en el sitio correcto, más aún. Y, si, además, tienes una vista como esta, a unos buenos ejemplos de arquitectura contemporánea, mucho más.

Para quitarse el sobrero

Ahí tenéis el Tokyo Sky Tree, la torre de comunicación independiente más alta del mundo; 634 m, aunque la mayoría de los visitantes sólo suben hasta la primera plataforma circular, a 350 m, desde donde se ve, si el tiempo y la contaminación lo permiten, la inmensidad de Tokio. Pero vaya, a mí me pareció mucho más interesante lo que sucedía dentro.

Yo estuve allí

También me pareció muy interesante ver el interior de este otro edificio: el Nakagin Capsule Tower del arquitecto Kisho Kurokawa. Es una de las pocas edificaciones de estilo metabolista de Japón y la primera torre de cápsulas del mundo. Para poder ver el interior es necesario alojarse en una de sus cápsulas. Nada de pasearse por allí sin más ni más. Mucho ojo porque el portero hace honor a su profesión y para todo avance de curiosos con su mal humor y perfecto japonés y, si fuera necesario, una llamadita a la policía.

Yo me alojé en el apartamento de Masato, accesible a través de la plataforma airbnb.com, aunque en el tiempo que estuve allí me arrepentí mil veces. Ya cuando me acerqué por primera vez y vi la malla que protege al viandante de posibles desprendimientos pensé, seguro que se cae la cápsula en la que yo me alojo. Pero lo peor estaba dentro: humedad, mucha humedad, y cubos de basura, de esos cubos enormes, para recoger el agua filtrada por las grietas de las paredes y techos. Y por si fuera poco, el edificio se mueve. No lo suficiente como para ver zarandearse la cortina de la bañera (de la bañera que no puedes usar por falta de agua), pero sí para marearte. Aunque después supe que se debe al sistema antisísmico del que está dotado. Un día de viento, y el edificio se mueve como un junco.

Total, que mi gozo en un pozo, aunque, tengo que ser sincero, ahora lo recuerdo con cariño y me alegro de haber estado.

En fin, una verdadera lástima ver cómo dejan desintegrarse un edificio histórico y único en el mundo, por el gran valor del terreno que ocupa, en la zona más exclusiva y cara de todo Tokio, que ya es decir.

Si queréis ver el interior, este vídeo muestra la gran diferencia entre una de las cápsulas que aún hoy se utilizan como apartamento (la mayoría son trasteros) y otra cápsula totalmente abandonada a su suerte.

 

La decadencia de la arquitectura innovadora

Distinta suerte tiene la Torre de Tokio, una edificación más antigua que la Nakagin Capsule Tower y, sin embargo, goza de una salud deslumbrante. Su potente iluminación y su exagerado parecido con la torre Eiffel seguro que tienen parte de culpa. Resulta irónico ver el éxito de un plagio y el fracaso de una idea original. Aunque para ser justos, tengo que decir que me gusta la idea de crear una torre de comunicaciones con acero procedente de la destrucción de la segunda guerra mundial. Fue un símbolo del renacimiento de postguerra, y hoy, es un símbolo arquitectónico más de los muchos que hay en Tokio.

Otro símbolo lo constituyen estas tablas que adornan las tumbas en los cementerios en Japón y que tanto juego dan al fotógrafo.

Muerte entre las luces

Resulta curioso para el occidental la relación que tienen los japoneses con la muerte. Para ellos no es más que otro paso en la vida, lo que explica la naturalidad con la que los muertos comparten espacio con los vivos. Y sorprende encontrarse de bruces con un cementerio en una calle cualquiera o junto a una torre de comunicaciones.

Vivir y morir

A mí me gusta. Es una filosofía que deberíamos importar. Le damos mucha importancia a la muerte y la tememos sin medida, cuando deberíamos temer más a la vida y, por supuesto, deberíamos darle mucha más importancia.

¡La Vie en rose, por favor!

La Vie en rose

Bueno, y puestos a importar, ¿qué os parece el orgullo por el pasado propio?

Viajé a Japón con más de una exigencia autoimpuesta: tenía que comer fugu, ese pescado de apariencia tan bonachona y veneno tan letal, tenía que comer carne de Kobe, la auténtica carne de Kobe, no la que venden con engaños por estos lares, subir el monte Fuji sin perder a mi mujer por el camino, ver de cerca un volcán en activo y fotografiar a alguna japonesa ataviada con su vestido tradicional, el yukata.

Esto último me parecía lo más difícil. Al fin y al cabo, lo demás es cuestión de dinero, excepto lo del monte Fuji, pero eso es otra historia. Y, sin embargo, fue lo más fácil. En pleno Tokio, ¡qué digo en pleno Tokio!, en pleno cruce de Shibuya te encuentras con mujeres vestidas como una flor. Y es tremendamente emocionante, aunque más emocionante es ver que aún hoy, hay hombres que pasean con naturalidad vestidos con el yukata.

Todos sabemos que los hombres son los primeros en abandonar este tipo de tradiciones, no nos engañemos.

Jardín de flores

Otra de las cosas que cautivan en Japón es el alfabeto japonés. Es tan distinto al nuestro y tan estético que dan ganas de traerse hasta la última servilleta para casa. Quise traerme hasta un cacho de papel que utilizamos para garabatear y poder entendernos con unos simpáticos tipos de Hiroshima, pero al final se quedó olvidado en aquella vinatería. Os hacéis una idea de por qué, ¿verdad? Sí, demasiado vino.

Por cierto, allí aprendí, además de que en Japón también se elabora vino tinto, que hay varios idiomas en el país, con diferentes grafías.

Y por si os lo estáis preguntando, no, el rickshaw no sigue siendo un medio de transporte al uso, sino un atractivo turístico, sobre todo, para los propios japoneses. El de la foto se retiraba a casa, tras un duro día de trabajo.

Camino al pasado

Retirarse pronto a casa, en mi caso al apartamento del Nakagin Capsule Tower, es de obligado cumplimiento si quieres asistir a la subasta de atún en el mercado de pescado más grande del mundo. Este mercado está situado hasta ahora en el barrio de Tsukiji, aunque para el año 2016 se tiene previsto un cambio de ubicación.

Como iba diciendo, tienes que personarte en una de las esquinas del mercado más alejadas de cualquier otro sitio para hacer cola y conseguir una acreditación. Debes hacerlo entre las 3:30 de la mañana, o de la madrugada, o de la noche, no sé muy bien cómo calificar esa hora, y las 4:30. Los que lo hagan obtendrán un pase para las 5am al escenario de la subasta. Yo… yo… yo llegué tarde. Es una de esas torpezas que comete tu subconsciente para tener la excusa y volver a Japón, como decía un buen amigo mío. Así lo espero, Germán.

Como llegué a las 5:05, me quedé sin pasé y como no te permiten la entrada al mercado de pescado hasta las 9am, me volví al apartamento, descansé lo que pude y regresé sobre las 8. Me di una vuelta por los alrededores, llenos de puestos de todo tipo, restaurantes callejeros, señoras que te invitan a marcharte y sushi. Y, como dice el refrán, allá donde vayas haz lo que vieres, desayuné sushi, el más delicioso y fresco sushi jamás probado por mí. Y lo comí en el mercado de pescado más grande del mundo. Puede parecer una tontería, pero para mí, fue muy emocionante.

Deborado

Emocionante también es pasear por los estrechos pasillos del mercado. Emocionante y divertido.

El frenesí que hay en los puestos es descomunal y eso que para entonces ya está todo el pescado vendido y solo quedan las consecuencias de un actividad comercial, es decir, toca contar el dinero ganado, limpiar y aparcar.

Contando las ganancias del día

El pasado persiste

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El método para saber si la fotografía es para ti

Publicado en Algorta, Bizkaia, Euskadi, Fotografía, Fujifilm X100, Getxo el June 15th, 2014 por diegojambrina

El fotógrafo José Manuel Navia asegura tener un método eficaz para saber si alguien está hecho para ser fotógrafo. Cuesta unos 3.000€, pero afirma sin titubeos que funciona. El método consiste en pagar un viaje a la persona en cuestión al lugar del mundo que más le atraiga fotografiar. Da igual cuál: Tanzania, Egipto, Canadá, Mongolia… el que quiera. Estará él sólo sacando fotos durante tres semanas. Para este viaje se invertirán unos 2.400€. A su vuelta, se le organiza, con los 600 restantes, otro viaje. Esta vez a un pueblo de Castilla y León. Al que sea. Si al acabar los dos viajes, no ha disfrutado haciendo fotos tanto en un sitio como en otro, no está hecho para la fotografía.

Y así empieza este post sobre mí y el mundo a 300 metros de mi casa.

Hoy me he levantado y tras pensar adónde podría ir para sacar fotos, me he acordado del amigo Navia, y me he dicho: “vamos a comprobarlo”. Así que he dejado la moto en el garaje y he salido por mi pueblo con la sana intención de divertirme haciendo fotos sin que importara nada más. Y el resultado ha sido fantástico.

No quiero decir que las fotos hechas hayan sido fantásticas, sino que me lo he pasado en grande. Incluso he sonreído. Aprovechando que estaba escondido tras mi Fuji X100 y que me daba la sombra, una enorme sonrisa ha aparecido en mi cara cuando ese maravilloso perro loco se convertía en un iluminado.

Fotografiar solo es también una liberación. Evita las prisas. Puedes sentarte y esperar a que alguien pase por ese bonito fondo que has encontrado sin tener que dar explicaciones a nadie. Y si el que pasa, no viste como te hubiera gustado o ha pasado demasiado rápido, o demasiado lento, o demasiado lejos, o demasiado cerca, pues esperas un poco más. Y así hasta que, por fin, aparece la chica que estabas esperando: de rosa y distraída con su móvil a juego.

Hoy me he sentido invisible. Mientras mis modelos fotografiados estaban deslumbrados por la luz intrusa y yo me encontraba agazapado en la sombra, nadie parecía verme. Es una de esas tácticas de las que suelen hablar los streetphotographers: ser invisible. Un imposible que hoy se ha hecho realidad.

E incluso me ha dado tiempo a desprenderme de la tiranía del color.

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Prepárate; la inspiración está a punto de aparecer

Publicado en Fotografía, Viajar, Vietnam el October 18th, 2011 por diegojambrina

Es de noche, tengo puesto un carrete de 35mm. de ISO 100, el flash no llega más allá de un metro, la cámara es de plástico, una Mini Diana de Lomography, entonces ¿por qué la tengo en la mano? Pues no sé, tal vez ocurra algo. ¿Quién te dice que no vayan a pasar a un palmo de tu objetivo una marabunta de vietnamitas en bici y que uno de ellos no te vaya a saludar?

Pues eso. Que hay que esperarse lo inesperado. Que hay que estar preparado porque la seductora, la lasciva, la provocadora, la adorada, la deseada, la maldita y caprichosa musa tal vez se le antoje susurrarte al oído: “ahora”.

De todas formas, hoy me he comprado El Fotógrafo en la Naturaleza, un libro de José Benito Ruiz con el que aprender a no esperar a la inspiración. Que no aparece: ¡que le den! A veces me harto a esperarla. Y en esta vida hay que ser autosuficiente, y para ello hay que estar preparado.

Sí, prepárate; la inspiración tal vez no aparezca.

ahora de Diego Jambrina en 500px.com

 

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