Obsesión por la fotografía

Publicado en Fotografía el December 9th, 2014 por diegojambrina

Cuando llegas a casa a las tantas de la madrugada borracho de gente, música y alcohol, nunca te vas a la cama solo; siempre te acompaña un pitido ensordecedor y mudo. La habitación está en un completo silencio, pero tu cabeza bulle aún, incapaz de mantener la calma. Lo bueno es que al día siguiente, te despiertas y te encuentras con que el pitido ha desaparecido. En algún momento del sueño, se cansó de gritar y se esfumó. Así de sencillo.

Pues algo parecido me está pasando tras un fin de semana de borrachera fotográfica con Jose Manuel Navia. Unos cuantos locos nos encerramos con Navia en el CFC de Bilbao y disfrutamos de un taller de fotografía lleno de conocimiento y pasión. Allí, nos aleccionó sobre la fotografía y la vida y nos dedicó a cada uno de los asistentes unas valiosísmas reflexiones sobre nuestro trabajo.

Desde entonces, las palabras de Navia siguen sonando en mi cabeza como uno de esos malditos pitidos. Y ya han pasado unas cuantas semanas desde que las dijera. En este caso, no desaparecieron a la mañana siguiente; continúan conmigo y se han convertido en una obsesión.

Y aunque es evidente que no es esa la obsesión más motivadora, ahora mismo, lo que me obsesiona es la idea de que, como Navia dice, “tu nivel como fotógrafo la da tu peor foto”. Más que una obsesión, es un agobio de cojones, aunque siempre tienes la ventaja de que “nadie verá las fotografías que tú no enseñes”.

Debo esforzarme en sustituir esa destructiva obsesión en una obsesión constructiva, en una de esas obsesiones que te mueven hacia un lugar, que te empujan a fotografiar y a mostrar lo que ves, en una obsesión a lo Raimond Depardon. Este fotógrafo de Magnum asegura que “no hay fotógrafo, si no hay obsesión”.

Entre agobios, miedos, obsesiones y borracheras, he tenido bastante olvidado mi blog. Ya iba siendo hora de publicar algo. Aquí tenéis unas cuantas fotografías que el bueno de Navia definió como “visualmente, muy impactantes”, sea lo que sea que signifique eso.

 

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Afortunadamente, también llueve en el Mediterráneo

Publicado en Cadaqués, Figueres, Girona, Mediterráneo el January 2nd, 2014 por diegojambrina

“En el Mediterráneo, el sol está asegurado”. Podría ser fácilmente un slogan publicitario, pero en realidad es una creencia fuertemente instaurada en el gris y fresco cantábrico peninsular.  Y lo es para bien y para mal. Muchas personas viajan al Mediterráneo buscando la literalidad de la frase. Y otras muchas no viajan precisamente por la literalidad de la frase. En cualquiera de los dos casos, están todas equivocadas.

En el Mediterráneo llueve. Y lo hace, además, con ganas.

Afortunadamente para unas, y desgraciadamente para otras, en el Mediterráneo no siempre luce el sol ni hace calor, lo que permite a los visitantes invertir el tiempo en otras actividades que no sean las de tomar el sol y bañarse en el mar, como, por ejemplo, pasear por las empinadas y rocosas callejuelas de Cadaqués y sacar fotografías.


Turismo del sol truncado por la lluvia by Diego Jambrina on 500px.com

Además de encontraros turistas con caras largas, podéis cruzaros con lugareños y hablar con ellos -porque en estos pueblos tan turísticos también vive gente todo el año- y descubrir que lo que para el visitante son estrechas calles adoquinadas con encanto, para los viejos del lugar son puñeteras piedras resbaladizas que convierten el “ir a buscar el pan” en una actividad de alto riesgo.

Cadaqués es un pueblo de Girona, un lugar en el que resulta difícil encontrar alojamiento para agosto, pero perfecto para visitar en cualquier otra época del año. Un lugar visitado por personas de la provincia, de Cataluña, de España y del otro lado de los Pirineos, y al que se llega tras muchas curvas por una estrecha carretera.

Es posible que tanta visita tan dispar se deba a que de aquí es el dueño de uno de los bigotes más famosos de todos los tiempos: Salvador Dalí. Y si por un casual llegarais al pueblo sin saberlo, no tardaríais más que un paseo de 2 minutos por sus calles para daros cuenta de ello.

 

Con nocturnidad y agua by Diego Jambrina on 500px.com

Pero no es en Cadaqués donde él vivía, sino en un pequeño pueblo llamado Portlligat, a poco más de un kilómetro y 16 minutos a pie. Aquí tenía su inmensa casa donde trabajó hasta que su compañera Gala se murió en 1982.

Merece la pena visitar esta extravagante casa, y recordad que de nada sirve madrugar. Si no compráis la entrada por internet, cuando lleguéis a la taquilla vuestro gozo se hundirá en un profundo pozo; es absolutamente imprescindible ir con la reserva y el día y a la hora señalada.

La visita, guiada, dura aproximadamente una hora. Recorreréis las diferentes habitaciones y os llevaréis la sensación de estar en un laberinto más que una casa. Es parte del encanto. Además, podréis cotillear los objetos personales y ver las camas donde la pareja dormía. Sí, también podréis cotillear sobre por qué dos camas en una misma habitación para una sola pareja.


Recovecos por la casa-museo Dalí by Diego Jambrina on 500px.com

Otra de las actividades que podréis hacer durante los días lluviosos o ventosos, que no he hablado de ello, pero el viento de la tramontana sopla con fuerza y con una constancia que desespera, es ir hasta Figueres y entrar en el Teatro-Museo Dalí.

Para entrar aquí no es necesario reservar con antelación, pero si vais en temporada alta es muy, pero que muy recomendable reservar por internet. También es aconsejable ir a primera hora de la mañana para evitar las aglomeraciones. No suena demasiado tentador, ¿verdad? Visitar un museo y tener que andar esquivando cabezas para poder ver una esquinita de un cuadro resulta tan desesperante como la propia tramontana, pero no podéis dejar de ir. Este loco multidisciplinar dejó grandísimas obras que hay que ver.

Sí, parece que no quiero que vayáis al Mediterráneo, y ni mucho menos a Cadaqués. Entre la lluvia, la tramontana, el suelo resbaladizo y las aglomeraciones he hecho un cóctel que a más de uno le tumbaría. Pero en realidad es todo lo contrario; debe servir para poneros a tono. Yo fui creyendo que en el Mediterráneo el sol estaba asegurado y me encontré con un lugar maravilloso lleno de cultura…

…sí, y de gente.

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En este mundo hay tres tipos de personas

Publicado en Fujifilm X100, Guatemala, Viajar, Vídeo el December 4th, 2013 por diegojambrina

En este mundo hay tres tipos de personas: los que hacen turismo, los que viajan y los que no viajan pero dan consejos de cómo hacerlo.

Antes de irme a Guatemala, tuve que escuchar a estos últimos y luchar para que sus consejos no acabaran mediatizando mi viaje. Y tengo que decir que al final lo consiguieron. Me metieron el miedo en el cuerpo y de mi maleta salió la cámara reflex Canon, con sus respectivos objetivos y se coló la pequeña y discreta Fujifilm X100.

Por supuesto, después de haber vivido 30 días sin peligro alguno por tierras guatemaltecas y haber visto a los turistas (gringos en su mayoría) con sus voluminosas cámaras reflex, me arrepentí de tener en mis manos mi cámara con focal fija de 23mm.

Pero ya que estaba allí, traté de sacar todo el partido posible y, además de fotografías, que podéis ver en estos tres post: uno, dos y tres, hice también vídeo.

El resultado es éste: 30 segundos en los que recojo las razones por las que aconsejo a los viajeros acudir sin miedo a este maravilloso país.

 

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Las ruinas mayas (Guatemala 3/3)

Publicado en Fotografía, Fujifilm X100, Guatemala, Maya, Viajar el October 18th, 2013 por diegojambrina

¡Los mayas viven! (Guatemala 2/3)
8 razones por las que visitar este desastroso país (Guatemala 1/3)
Fujifilm X100

Tikal es el destino que no debéis perderos en un viaje a Guatemala. Son las ruinas mayas más maravillosas que existen. Bueno, tal vez no. Aún no lo he decidido. Uaxactún y Yaxhá son otros dos complejos que tienen un atractivo salvaje. Y cuando digo lo de salvaje, lo digo con conocimiento de causa. Bueno, paso a paso que me pierdo.

Lo primero, quiero defender a Guatemala como el mejor país para disfrutar de las ruinas mayas. De la vida maya no hablaré en este post, porque ya lo hice en este otro. Tan sólo apunto que los mayas viven; la mejor noticia que me traje de mi viaje al país centroamericano.

Decía que es el mejor país por la calidad de las ruinas y por su ubicación. Ya estuve en las de la península de Yucatán, en México, que por cierto, fue territorio de Guatemala en otra época, pero no tienen nada que ver. Si queréis ver mi paso por Yucatán pinchad aquí.

Tikal está situado al norte de Guatemala, en la península de Petén. Es la zona selvática del país, la más grande, húmeda, calurosa, salvaje e interesante. Lo único negativo es que la cultura maya sólo se puede encontrar en las piedras. Ni costumbres, ni lengua, ni vestimenta. El paso de los siglos, la religión católica, los españoles y sus descendientes, la incultura y las balas de los fuertes y la dispersión de los débiles han acabado con ella. Sólo en momentos puntuales, llegan mayas de toda Guatemala y sur de México para organizar rituales. Yo no tuve la suerte de estar ahí. Me tuve que conformar con las ruinas, aunque no es poco.


Templo maya en Tikal by Diego Jambrina on 500px.com

Veréis en muchas de estas fotos que la gente no perturba el encuadre. Éste es uno de los motivos por los que Tikal supera con creces la experiencia de Tulum y Chichen Itzá. Aquí no hay prácticamente nadie. Y si pones un poco de empeño, sudor y horas y, por supuesto, un poco más de dinero tendrás las ruinas prácticamente para ti solo.

Yo estuve dos días en la zona y entré dos veces al Parque Nacional de Tikal, una por la tarde y otra por la mañana. Disfrutando del atardecer y el amanecer. Es un recinto gigante, tiene 16Km2 y más de 3.000 estructuras. No os preocupéis, no repetiréis templos. Y si lo hacéis, disfrutaréis doblemente.


El jaguar permanece petrificado ante la luna by Diego Jambrina on 500px.com

Además, podréis tener la complicidad del guía y subir templos supuestamente prohibidos. Os animo a hacerlo, eso sí, siempre y cuando seáis respetuosos con cada escalón que piséis.

Para evitar compartir templos y caminos con más turistas, es esencial que os alojéis dentro del Parque. Yo lo hice en Tikal Inn. Es un hotel caro: 100$ la noche, pero tienes 1/3 de entrada al Parque y el guía pagado y si os alojáis dos días podréis visitar las ruinas a la tarde del primer día y a la mañana del segundo. Si decidís alojaros fuera del Parque, tendréis que pagar la entrada cada vez que entréis, pagar al guía y el desplazamiento.

Para que os hagáis una idea, “la excursión del amanecer” en un hotel situado en El Remate, el pueblo más cercano a Tikal fuera del Parque, os cuesta 95$, sólo la excursión. Tendréis que sumar la noche de hotel. Además, eso de levantarse de la cama y empezar a caminar por la selva es genial.

Dejo ya los consejos en plan Lonely Planet y vuelvo a las emociones de Tikal. A las emociones y al esfuerzo.

Como os decía, Tikal está en plena selva, y, por tanto, hace calor y es húmedo, así que cuando subáis las empinadísimas escaleras del templo hacerlo despacio y sin peso en la espalda. La bajada podría parecer menos cansina, pero no os dejéis llevar por el optimismo. Si no estáis en buena forma, cuando volváis al suelo notaréis cómo vuestros muslos se vuelven como piedras centenarias y vuestros pasos tendrán cierto toque ridículo.


Los templos mayas se elevan por encima de la selva by Diego Jambrina on 500px.com

Pero antes de bajar de la pirámide, sentaros y disfrutar del silencio (el guía se ha quedado al pie del templo, esperando), de la aparente inmensidad de la selva de Petén y de las cimas del resto de templos. Podría haber estado una hora sin hacer nada más que nada. Ni una foto siquiera. Bueno, eso no, las fotos son sagradas.


El templo Jaguar asoma entre la selva de Petén by Diego Jambrina on 500px.com

Uno de los guías que nos acompañó es estudiante de arqueología, y, como tal, a él sólo le interesaban las piedras. La selva que invade las ruinas no es más que un estorbo. A mí sencillamente me parece maravilloso. Es maravilloso y asombroso cómo la naturaleza se impone a la creación del hombre con una facilidad pasmosa. Los árboles crecen literalmente encima de las pirámides y la mezcla de arquitectura y selva lo envuelve todo en un ambiente decadente e histórico. Me encanta.

Y es por eso por lo que dudo por si me gustó más Tikal o Uaxactún o Yaxhá.

Esta foto es de Uaxactún, un complejo a media hora por una carretera infernal del Parque Natural de Tikal. Aquí la mayoría de las estructuras están bajo el poder de la selva. Se ha invertido mucho menos dinero en su cuidado y restauración, esa es la razón. Pero a mí me encanta así.

Otro de los encantos de Uaxactún es que, en las dos horas que estuve por allí, no me crucé con ningún turista, tan sólo con la gente que vive en el pueblo, con la que intercambias una sonrisa.


La selva se impone by Diego Jambrina on 500px.com

Dicen que en ese pueblo hay casas con muros de las construcciones mayas de hace más de 800 años, pero lo único que vi fue miseria y una pista de aterrizaje que divide el pueblo y las ruinas en dos. Es una pista que se utilizó durante los años 20 y 30 para la comodidad y el saqueo de los arqueólogos gringos, que no hacían otra cosa que abrir los templos, vaciar el interior y largarse denjándolo todo patas arriba.

De todas formas, lo que hay en Uaxactún es digno de ver. Mirad qué os podéis encontrar tras unos bonitos árboles.


La selva devora las ruinas de Uaxactún by Diego Jambrina on 500px.com

De vuelta a Tikal, y si el mundo de las piedras no lo es todo para vosotros, podéis encontraros con una fauna muy amistosa. Como este hambriento coatí que nada ni nadie, ni siquiera un pesado con una cámara, le perturba.

También podéis ver monos araña y aulladores, aunque estos son menos simpáticos y recelan del humano. Aunque lo más interesante no es verlos, sino escucharlos. Si uno no tuviera un guía a su lado que le advierte de que el sonido brutal que se mueve por la selva es del mono aullador, pensaría que está a punto de ser devorado por un jaguar.


Dos mamíferos en uno by Diego Jambrina on 500px.com

También podéis tropezaros con un pequeño cementerio de coches que los gringos dejaron abandonados allá por 1950. Un regalo de nuestro guía, porque por aquella zona del parque no va casi nadie. Así que ésta es una fotografía de algo muy poco visto y muy poco fotografiado. Sois unos privilegiados. De nada.


La Era del metal y la basura en Tikal by Diego Jambrina on 500px.com

Y me falta mostraros Yaxhá. Otro de los lugares arqueológicos mayas más importantes de la zona.

Pocos son los turistas que se acercan hasta allí. Está a una hora en coche de El Remate, ese pueblo del que antes he hablado, y la carretera en sus kilómetros finales no es más que una pista forestal llena de socavones. Pero merece mucho la pena visitar el lugar.

Pirámides como ésta salpican una magnífica selva y está permitido subir a casi todas ellas. Yo en el momento de sacar la foto, me encontraba justamente en la cima de una. Subí a todas las que pude. ¡Piernas, para qué os quiero!


Templo maya en Yaxhá by Diego Jambrina on 500px.com

La última pirámide que subí, junto con mi sufrida mujer, es ésta de la foto. Desde ella se ve la selva, cada vez más cercada por los campos de cultivo, y los preciosos lagos que salpican el lugar, y un suave viento nos soplaba para rebajar el sudor acumulado de tanto subir y bajar pirámides de muchos siglos de antigüedad.


Desde lo alto del templo lo sagrado es la naturaleza by Diego Jambrina on 500px.com

Las ruinas mayas de Guatemala son imprescindibles. Son de esos lugares a los que quieres volver, a pesar de que el mundo está lleno de países y lugares dignos de visitar y la vida del trabajador es demasiado corta.

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¡Los mayas están vivos! (Guatemala 2/3)

Publicado en Fotografía, Fujifilm X100, Guatemala, Viajar el September 30th, 2013 por diegojambrina

8 razones por las que visitar este desastroso país (Guatemala 1/3)
Las ruinas mayas (Guatemala 3/3)
Fujifilm X100

En la mayoría de los países europeos las iglesias han perdido feligreses y han ganado turistas. Se han sustituido los rosarios por las cámaras de fotos y se cobra entrada como en cualquier otro museo. Incluso, en ciertos países, como Holanda, Francia o Escocia, algunos lugares de culto religioso se han reconvertido en bibliotecas, salas de exposiciones, mercados o cafeterías. Pero en Guatemala, la gente sigue yendo a las iglesias a rezar.

Allí, la devoción religiosa no se ha visto perturbada por el paso del tiempo, tan solo lo ha hecho por el paso de los españoles, que, además de enfermedades, muerte y destrucción, introdujeron el cristianismo. Pero, contrario a lo que cabría esperar, no acabó por imponerse. Los mayas la adaptaron a sus gustos y creencias y aún hoy, casi 500 años después, procesan un mix de religiones de lo más curioso.

Asistir en Chichicastenango a una de sus abarrotadas misas es una experiencia sociológica interesante, aunque confieso que llegué cuando ya había empezado y no me quedé hasta el final. Cuando el cura dejó de predicar en quiché, una de las lenguas mayas más habladas en Guatemala, y pasó al castellano, mi interés decayó. Y salí afuera, donde el espectáculo religioso continuaba, pero a otro nivel.


Ritual maya a la entrada de templo cristiano by Diego Jambrina on 500px.com

La religión es uno de los rasgos más sobresalientes de los mayas. Y aunque no les veas rezando, aunque no les pilles con las manos en el incienso, sabes que han estado allí lanzando sus plegarias.

El color negro de la piedra, pequeños huesos, plumas chamuscadas, pétalos esparcidos y cera de nuevo solidificada son pistas inequívocas. Todo esto me lo encontré en el cerro de Pascual Abaj, el lugar más sagrado de los mayas chuchkajues.

Y lo es porque allí se encuentra, junto a cruces cristianas, la piedra de Pascual Abaj, una piedra con forma fálica de 500 años de antigüedad. Pascual Abaj, ya el propio nombre refleja la mezcla de culturas.

También les gusta mezclar otras cosas. Por ejemplo: un puñado de tumbas, una pizca de niños jugando, otra pizca de niños trabajando, botellas de tres litros de cocacola, un heladero, algún chamán, mucho fuego y mucho, mucho humo. Una combinación absolutamente normal en el cementerio de Chichicastenando. Otra vez Chichicastenango. Este lugar es un filón para las sorpresas y los fotógrafos.

Te puedes encontrar, como me pasó a mí, con el pasado, el presente y el futuro en un mismo encuadre.

Al fondo, los protagonistas son los muertos, los que ya no están presentes, pero siguen influyendo en los vivos. En segundo plano, el trabajador de hoy, el que recorre las calles y los cementerios haciendo sonar su campanilla para atraer a los clientes. Y en primer término, una representación del futuro del país, que como se puede ver, le espera seguir tirando del carro.

Además de la religión, los mayas conservan su vestimenta tradicional. Es fácil encontrarse con mujeres vestidas con sus reconocibles faldas y blusas de colores. De hecho, lo difícil es verlas vestidas de otra forma. Tan sólo en la región más grande de Guatemala, Petén, se ha perdido la tradición en la vestimenta e incluso en la lengua.

En el vasto territorio de Petén, los mayas no gozaban de la fuerza del grupo y su aislamiento les supuso el desprecio, y algo más, de los mestizos, que poco a poco, impusieron el castellano y los vaqueros.

Pero en otras zonas de Guatemala, como en los pueblos del lago Atitlán, los mayas son los fuertes, en número y en determinación. En pueblos como Santiago Atitlán, incluso los hombres continúan vistiendo como siempre. Bueno, a decir verdad como siempre, no. Las camisas mayas son demasiado caras. Se tardan unos dos meses en fabricarlas a mano y llegan a costar los 350€ al cambio, y ese es un lujo del que deben prescindir.


¡Los mayas viven! by Diego Jambrina on 500px.com

Fue en el lago Atitlán donde vi al dios maya Maximón, también conocido con el nombre de Rilaj Maam.

El nombre Maximón con toda probabilidad deriva de los términos “Maam” y “San Simón”, el santo del que hablaban los católicos. Un nuevo ejemplo de la curiosa mezcla de culturas.

Maximón es una efigie de madera de un metro y 20 cm., aproximadamente, a la que visten con pañuelos y sombrero y le hacen ofrendas en forma de puros y licor. No se encuentra en ningún lugar santo, no hay iglesia que lo cobije. Cada año cambia de casa.

Para el dueño de esa casa es un honor y una inversión económica, puesto que ha de pagar y habilitar su casa para las visitas diarias. Pero también cobra entrada; a los locales y sus chamanes por pedir consejo para superar todo tipo de problemas, y a los turistas por entrar y sacar fotografías.

En esta foto y de izquierda a derecha: entre los dueños de la casa está Maximón fumando un puro, persona afectada por algún mal, su hija y el chamán, quien se encarga de hacer de intermediario entre el afectado y Maximón.

 

Ceremonia maya. Hablando con Maximón by Diego Jambrina on 500px.com

Pero no sólo de religión vive el maya. También alimenta el estómago, y lo hace, entre otras cosas, a base de verduras y hortalizas, aunque la producción de esta región cercana a la ciudad Quetzaltenango, más conocida por su nombre abreviado maya: Xela, se exporta a los países limítrofes: EE.UU., Nicaragua, Costa Rica…

En Almolonga, que así se llama este pueblo, se reúnen en un mercado al aire libre centenares de agricultores mayas vendiendo sus productos. Para el local, es un centro de comercio. Para el viajero, es una explosión de color y cultura maya.


Mercado de frutas y verduras de Almolonga by Diego Jambrina on 500px.com

Aunque para explosión de color, la iglesia de San Andrés Xecul, un templo dedicado a la extravagancia. En su fachada amarilla hay santos, ángeles, flores, tigres, monos y enredaderas de colores chillones.


La iglesia más cachonda by Diego Jambrina on 500px.com

Antigua es un gran centro urbano, el segundo más importante de Guatemala, por detrás de la capital, aunque sólo en tamaño y número de habitantes, porque es sin duda la ciudad preferida de nacionales y extranjeros.

Fue la capital del país hasta que hartos de reconstruirla una y otra vez, la abandonaron tras el último gran terremoto y se trasladó a una hora de camino en coche. El turista nada más aterrizar sale de Ciudad de Guatemala, alejándose de la mala fama de la ciudad. Se podría pensar que es un miedo exagerado del extranjero, pero también los guatemaltecos huyen de la ciudad en cuanto llega el fin de semana.

Todos vamos a Antigua, abreviatura de La muy noble y muy leal ciudad de Santiago de los caballeros de Goathemala, que es su verdadero nombre, a disfrutar de las calles, casas e iglesias coloniales y de la tranquilidad de una ciudad muy segura.

En Antigua también se comparte vida con los mayas. Aunque el reparto de la vida no es del todo equitativo. Los mayas se sitúan en el estrato social más bajo. A mi llegada al país , me alegré de la cantidad de gente que mantenía viva la cultura maya, les veía vestidos con sus trajes típicos, les oía hablar en su lengua, rezan a sus dioses, pero a medida que pasaban los días me daba cuenta de que Guatemala no es su país. Viven en él, pero no pertenecen a él.

Los mayas viven, sí, pero la mayoría de ellos malviven con trabajos precarios, con sueldos precarios en viviendas precarias.


La frutera callejera by Diego Jambrina on 500px.com

Pero no quiero terminar este post escribiendo sobre lo negativo de la realidad maya. Me quedo con la agradable sorpresa de encontrarme con, a pesar de todas las persecuciones, matanzas y opresiones sufridas durante 5 siglos, una cultura viva.

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Guatemala. 8 razones por las que visitar este desastroso país (1/3)

Publicado en Fotografía, Fujifilm X100, Guatemala, Viajar el September 15th, 2013 por diegojambrina

Fujifilm X100

Guatemala es un país desastroso. Las carreteras están llenas de baches, hay constantes corrimientos de tierra, los conductores de autobuses tienen poco sentido de la precaución, los centros urbanos crecen sin control, se construye con bloques de hormigón y tejados de chapa, hay vigilantes armados hasta en las panaderías, los cables del minúsculo calentador del agua están justo encima de la alcachofa de la ducha y es un país con una administración pública a quien nada le importa, especialmente las muertes por electrocución accidental de los tontos turistas.

Pero a pesar de ello es un país al que volvería a ir. Más aún: quiero volver.

Quiero volver para compartir unos minutos de charla con ese albañil que se fue de Antigua, la antigua capital de Guatemala, porque no aguantaba el ruido, el tráfico, la contaminación y el fervor religioso. Un hombre que lo dejó todo y se estableció en un remoto pueblo de Petén, llamado El Remate, donde lo único que se oye son las tormentas pasajeras y la gente pescando en el lago Petén-Itzá.

Quiero volver para subir todos y cada uno de los volcanes que amenazan con malos humos a todos los habitantes despreocupados que viven a su alrededor.

Quiero volver para recorrer las calles bulliciosas de Chichicastenango un domingo de mercado, el más importante de Guatemala, y dejar sorprenderme por la cantidad de productos en venta, por la cantidad de personas que venden y compran y comen y rezan, por la estampa multicolor de los puestos y para volver a escuchar de boca de un niño de 8 años cómo ser feliz con muy poco.

Quiero volver para sorprenderme, otra vez, con el auténtico fervor religioso que profesan a dioses mayas, que, aún siendo de madera, fuman, beben y hablan más de 40 idiomas, entre ellos el francés.

Quiero volver para acabar de creer que los mayas mantienen su vestimenta tradicional, su lengua y su cultura a pesar de los siglos y siglos de explotación y exterminio sufrido a manos de españoles, primero, y guatemaltecos, después.

Quiero volver para recordar, bajo las bóvedas derruidas de las iglesias de Antigua, la que dicen es la ciudad colonial más bonita de América, que no hay nada más poderoso que la naturaleza, y que si ésta habla los hombres callan.

Quiero volver para sentarme junto al auténtico tesoro guatemalteco y charlar con él, mientras viajo en un School bus, uno de esos autobuses de los colegiales gringos que, inservibles para ellos, aguantan miles y millones de kilómetros más.

Quiero volver para disfrutar de la humedad, el calor y los sonidos animales de la frágil y obstinada selva de Petén desde lo alto de un templo maya en Tikal, uno de los mayores yacimientos arqueológicos y centros urbanos de la civilización maya precolombina.

Quiero volver.

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Viajar por Londres con una cámara de fotos (2 de 2) Qué no visitar

Publicado en Fotografía, Fujifilm X100, Londres, Lubitel el May 1st, 2013 por diegojambrina

Fujifilm X100 Lubitel 166+

Londres es, aún hoy, la capital de un imperio, y como tal, tiene vergüenzas que debería ocultar. Pero en lugar de esconderlas, lo hace público y se vanagloria. Lo más evidente es el enorme y loco British Museum. Es como la cueva de Alí Babá, pero con entrada libre. Un lugar donde admirar los tesoros robados en su época de mayor esplendor colonial.


Egipto en Londres by Diego Jambrina on 500px.com

Podría ser ésta razón suficiente para no acudir al museo. Un acto de rebeldía individual estéril para la sociedad y la política y que, finalmente, no llegué a realizar. Algo de lo que yo sí me avergüenzo.

Decía que ésta era una razón más que suficiente como para no ir, pero hay otra de casi igual importancia: la gente.

Al museo acuden miles de personas al día, algo más de 6 millones al año, y al parecer acuden interesadas en el arte egipcio, griego, africano… aunque lo que realmente les interesa es comprobar la dureza de las piezas. No se contienen y golpean los bustos y los sarcófagos egipcios confirmándose a sí mismos que son tan de piedra como su sensibilidad artística e incluso como su sensibilidad como ser humano.

Y las autoridades competentes no hacen nada por evitar semejante atropello. Mi desprecio hacia ellos es aún mayor sabiendo que una de las excusas que esgrimen para no devolver lo robado es que los países dueños legítimos no poseen lugares acondicionados para proteger semejantes obras históricas.

Otro de los atractivos turísticos de Londres que no llegó a cautivarme fue Camden Town. A pesar de ello pasé una mañana completa por sus frías calles. Pero no fue por su mercado ni por sus comercios de souvenirs disfrazados de pintorescos sino por el canal que cruza su calle principal.
Un oasis de paz por el que pasear y disparar.

El mercado de Camden Town, también conocido como Historic Stables Market, es curioso por dónde está situado; antiguos establos abovedados, construidos con ladrillo caravista donde, en su día olería a caballo y hierro. Hoy, el sabor histórico de este laberinto se intuye entre la ropa colgada, zapatos, accesorios, souvenirs y carteles de comida rápida. Son los sabores de la modernidad, aderezados por las divisas extranjeras.

Me queda aún más crítica cítrica para Londres.

Oxford street es lo peor, sin duda, para el viajero hambriento y el aficionado al footing. Es imposible dar dos pasos seguidos hacia delante. Las miles y miles de personas que andan como pollos sin cabeza por sus aceras te obligan a andar en zigzag. Evitadlo siempre que podáis, que no será fácil, porque sus calles adyacentes sí son lugares apetecibles. Por ellas te puedes encontrar edificios de estilo tudor, como la sede del comercio Liberty. Una maravilla de la arquitectura.

Disfrutadlo por fuera y por dentro, porque a pesar de tratarse de una tienda sin interés alguno para un servidor, sus escaleras, suelos, paredes y decoración son dignos de una visita.

El famoso Hyde Park tampoco es algo tan imprescindible como me lo hicieron creer.

Tal vez, en verano, su atractivo sea mayor, pero ahora, en una primavera vestida de invierno el ambiente es triste. Eso sí, si os gusta la fotografía puede ser un escenario propicio para el blanco y negro con cámara de carrete de 120.

Otra cámara que llevé al viaje fue la que el propio móvil tiene incorporada. Ésta me permite hacer fotos en lugares no demasiado propicios para una cámara grande.

Ten Bells tampoco es un lugar al que acudir, bueno, a decir verdad, no era un lugar allá por 1888, el año en que Jack El Destripador tomaba unas pintas y se decidía por una desafortunada mujer. Ahora es un bonito pub sin peligro alguno, salvo el servicio, claro. Para ir hasta él, hay que bajar unas empinadas, oscuras y descuidadas escaleras.

Los servicios de Harrods es otra cosa: limpios, sin pintadas en las paredes, con una puerta de entrada y otra de salida… Pero no, no es un lugar de interés. Al fin y al cabo es un comercio, un Corte Inglés, algo más lujoso, claro, pero un comercio al fin y al cabo. Eso sí, la zona de alimentación es espectacular. La decoración y los productos que allí se exponen crean una escena genial para sacar fotos mientras los demás miran.

 

Portobello road es otra de las zonas sobrevaloradas. Intuyo que hace bastantes años éste lugar apartado de Londres, tendría interés.

Ésta calle se encuentra ubicada en Notting Hill, un barrio de pequeñas y bajas casas, en algunos casos, con fachadas pintadas de diferentes colores pastel, y podría suponer un buen lugar para alejarse de la gran ciudad. Pero hoy nadie se puede abstraer del ruido y la multitud. Los puestos callejeros están regentados por vendedores con artes de comercio asiático, es decir, son algo pesados, y el interés de lo ofertado es bastante bajo.

Si a pesar de mis consejos, decidís acercaros, pasead por las calles perpendiculares a Portobello road, porque, al menos, os encontraréis con bonitas casas de estilo victoriano.

Dejo para el final lo peor de Londres y, sin embargo, lo que más interés despierta: el cambio de guardia en el Palacio de Buckingham.

Y es que a mí el rollo militar nunca me ha gustado, aunque esté aderezado por charangas y escenografía extravagante. Pasé por allí, por si coincidía con el cambio (no sabía entonces que se hace una sola vez al día y a las 11:30), pero llegué antes. No tan antes como los cientos de personas que ya esperaban allí al espectáculo. Así que saqué la foto hacia el lado contrario hacia donde lo hacían los demás y me fui.

Después de estos dos post, el que halaga y el que desdeña Londres, me he quedado con ganas de hablar del Big Ben. Y es que tengo alguna foto de la que me siento orgulloso de mostrar. Bueno, si queréis verlas pinchad aquí. Es mi cuenta en 500px. Daros una vuelta a ver qué os parecen y me contáis.

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Viajar por Londres con una cámara de fotos (1 de 2)

Publicado en Fotografía, Fujifilm X100, Londres, Viajar el April 14th, 2013 por diegojambrina

Fujifilm X100

Suele ser habitual que cuando aterrizas en un lugar, la primera impresión sea también la última. Pues en ésta ocasión se vuelve a confirmar. Londres es la gran ciudad que me esperaba. Cierto es que ya iba predispuesto a que me gustara; tanta gente diciéndote lo bonita, rica, alegre, amable y monumental que era, tantas películas ambientadas allí, tantas historias entorno a leyendas de la música… que no podía no gustarme.

Sin embargo, algo no cuadraba con lo esperado.

Llegué al aeropuerto de Heathrow y una hora de metro después saqué la cabeza a la superficie en una estación del Bank Side, al sur del Támesis. Lo primero con lo que me encontré fue con un frío de cojones. Puedo afirmar que el invierno más frío que he pasado en mi vida ha sido ésta primavera en Londres. Y lo siguiente con lo que me topé fue con The Shard, un edificio acabado de construir en 2012 y que pide tu atención, estés en la calle que estés. Sus 310m de altura no pasan desapercibidos.

Ésta zona es fabulosa, y dentro de unos años lo será aún más. Cuando todos los edificios de cristal se terminen de construir, los andamios dejen de entorpecer el paso de peatones y las grúas no estropeen el encuadre a los fotógrafos, el Southwark será uno de los distritos más interesantes por los que pasear.

Y no es precisamente por estos nuevos edificios, sino por su perfecta convivencia con los viejos, bajos e históricos edificios de ladrillo caravista.

Hay otros lugares interesantes en ésta zona.

Muy cerca de The Shard está el Borough Market, un mercado municipal, como su propio nombre indica, lleno de historia y pilares de metal. Que el tren pase justo por encima de sus puestos no le quita ni un ápice de encanto. Puedo imaginarme perfectamente cómo, varios años atrás, llegaban al mercado barcos procedentes de todo el mundo con sus mercancías y a la gente comprando entre pinta y pinta.

En la orilla del río también se encuentra otro de los atractivos más demandados por los turistas: el London Eye. Pero francamente, a mí me pareció de lo más aburrido de Londres, y eso que tan sólo pasé por allí. Sin embargo, la gente petrificada por el frío y por la espera parecía interesarles mucho subir. No sé, tal vez el precio, 19,20 libras, les parecía justo.

A mí me gustó más el Millennium Bridge. Sí, ya, no es una barraca, ni da vueltas, ni te permite ver Londres desde las alturas, pero es un bonito puente con unas vistas más bonitas todavía, a ras de suelo. A un lado la St Paul Cathedral y al otro el Tate Modern. Además, miles de personas cruzan sin parar de un lado a otro, turistas, trabajadores, deportistas… permitiendo disparar cada segundo tu cámara sin que se repita la fotografía.

El día de su inauguración, el 10 de junio del año 2000, cruzaron hasta 90.000 personas, tantas que tuvieron que cerrarlo dos días después para corregir el excesivo balanceo que los peatones provocaban. Hoy aún se mueve, pero, las fotos, nítidas.

Y de puente a puente tiro porque me lleva la corriente.

Bueno, a decir verdad me llevaban los pies, aunque el que quiera puede dar paseos por el Támesis. Yo no lo hice, pero no me faltaron ganas, porque aunque sea una turistada, se deben conseguir unos puntos de vista interesantes.

Yo me planté delante del Tower Bridge andando, poco a poco, parándome cada dos por tres para fotografiar uno de los puentes más legendarios, y bonitos, de todo el mundo. Al final, tanto disparar, para nada. No estoy contento con ninguna de las fotos que hice. Así que pongo ésta donde los gorros de las turistas japonesas desvían la atención.

Londres es tan grande, más de 7 millones de personas, viven, corren, trabajan, duermen, comen y beben en sus calles, que es difícil que todo te guste. Por ejemplo, el precio del transporte.

Ah, ¿qué esperabais; que iba a hablar de alguna zona de la ciudad, de algún museo…? Bueno ya llegará. No os preocupéis, tengo críticas para dar y tomar. Pero antes: el transporte.

2,40 libras por trayecto en bus. 25 libras durante los dos primeros días de metro, y eso que saqué la Oyster (una tarjeta monedero) y el presupuesto se reduce bastante. Una auténtica barbaridad, pero si estáis sólo 6 días en Londres como yo, es absolutamente necesario coger el transporte público.

Para llegar a este impresionante edificio, podéis bajaros en la estación Monument de las líneas Circle o District. Pero no creáis que el nombre de la estación hace referencia a ésta construcción. Es el nombre que recibe una columna levantada en 1677 para conmemorar el gran incendio de Londres de 1666 y el lugar exacto donde se originó, una panadería. En su día fue la construcción más alta de la ciudad con unos vertiginosos 61m, pero hoy está engullida por edificios de oficinas. Y son éstos los que captan la atención.

Éste de aquí es la sede de Berwin Leighton Paisner, un bufete de abogados con unos ingresos que superan los 240 millones de libras. No me extraña que tengan un edificio así y que el tipo ese me mire con ganas de enjuiciarme y quitarme hasta la camisa.

No vi muchos turistas por la City. Y los que vi estaban alrededor de The Monument, pero ésta zona es muy recomendable.

La historia de Londres empezó aquí, cuando los romanos, quiénes si no, levantaron un asentamiento en el año 43 d.C. Hoy es casi imposible ver algo de aquella época (aunque se puede). En su defecto, se puede disfrutar del mercado de Leadenhall. Muy frecuentado por los ejecutivos que trabajan por los alrededores. Se dejan caer para almorzar, beber algo, hacer algunas compras delicatessen y a que les limpien los zapatos. Sí, qué mejor lugar que unas galerías victorianas para encontrarnos con un empleo del pasado.

Y ahora con zapatos limpios, continuamos camino. ¿Dirección? 30 St. Mary Axe. Allí, bien erecto, está el primohermano de ese otro edificio fálico que hay en Barcelona, conocido por el pito o el pene. Aquí, los londinenses han sido más pudorosos y lo han llamado Gherkin (pepinillo). En cualquier caso, un bonito edificio.

Fue de los pocos momentos en que los rayos de sol salieron para mejorar mis fotos. Me pregunto qué tal se le dio a aquel tipo con quien me crucé y que llevaba en la mano la misma cámara que yo.

“Eih, another fujifilm guy!”

Hay lugares en Londres fabulosos, pero hay otros que no lo son tanto. Pincha aquí para ir a la segunda parte de este viaje y saber de cuáles hablo.

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Mercedes-Benz, una historia de creatividad sobre ruedas

Publicado en Alemania, Fotografía, Fujifilm X100, Motor el February 9th, 2013 por diegojambrina

Fujifilm X100

Dicen que para ver todas las obras del Museo Louvre, con el detenimiento que se merecen, deberíamos estar dentro 9 meses. Cumplido ese tiempo saldría un nuevo ser, porque tú ya no serías tú, sino vete tú a saber quién. Para ver el Museo Mercedes-Benz, no temáis, os recomiendo un día completo, aunque bien podríais estar más de dos, si quisierais verlo con el detenimiento que se merecen las obras de arte que en él hay expuestas.

Para empezar, el edificio impresiona, sobre todo, por su tamaño. Nueve plantas y una superficie de 16.500 m2. Una sede tan grande como la historia de la marca, diseñada por el estudio de arquitectura UNStudio van Berkel y Bos de Ámsterdam.

Fijaros que hasta el taxi que hay en la entrada es tan grande como un camión. Vamos, como que es un camión.

Con él hicieron una acción de marketing de lo más creativa y agresiva. A todos aquellos que llamaban a un taxi desde una sede de la competencia, un concesionario Volvo, por ejemplo, les iba a recoger este camión. Una prueba de producto por parte del usuario de lo más inesperada.

Genial.

Y tras estos minutos de publicidad, continúo con el museo.

Dije en el anterior post, el del Museo Porsche, que éste de Mercedes-Benz es mucho más que un museo de una marca de coches. Aquí se muestra prácticamente por completo los 125 años de la historia del automóvil desde el primer día. Como no podía ser de otro modo, porque fue una de las patas de la marca, Benz, quien inventó el coche.

Aquí lo tenéis: el primer automóvil con motor de combustión interna diseñado y fabricado por Karl Friedrich Benz en 1886.

A lo largo de los nueve niveles, unidos en espiral, una forma inspirada en el ADN de doble hélice que simboliza la herencia humana, podéis ir descubriendo la evolución del automóvil unida a la evolución de la sociedad. 160 vehículos y más de 1.500 objetos.

Carteles, posters, anuncios, periódicos, bicicletas (de marca Mercedes, por supuesto)… todo perfectamente expuesto, iluminado y contado gracias a una audioguía que no funcionaba tan bien como cabría esperar.

De todas formas, qué más da qué te digan de este coche. Verlo ahí, tan nuevo, tan grande, tan brillante, tan majestuoso obnubila a cualquiera.

Esta es una de las etapas de la historia de la marca que más éxito tienen entre los visitantes, cuando aún Mercedes y Benz no se habían decidido a fusionarse.

El tamaño de los coches y su perfecto estado de conservación impresionan a niños y mayores. Más si cabe cuando escuchas por los auriculares que algunos de esos vehículos se rescataron de viejas cocheras, o, mejor dicho, de viejos establos casi derruidos.

Otra de las características que más sorprende es que eran coches que se hacían por encargo. Nada de ir al concesionario y llevarte el de Km O. Tanto los primeros vehículos comercializados como estas joyas del motor se hacían como se hacen ahora los coches de marcas de lujo: sueltas primero una entrada y esperas.

Claro que por aquel entonces, la mano de obra era exactamente eso, mano de obra. Estos coches estaban fabricados a mano. Orfebres expertos en su oficio e ingenieros y mecánicos capaces de realizar unas maravillas que circulaban a más de 160Km/h.

¡Cómo me gustaría conducir uno de estos imponentes deportivos! Y me da que la chica esa que asoma por la izquierda también.

Como veis hay mucho que ver en el museo, pero sin duda alguna la estrella es el Mercedes-Benz 300 SL, más conocida como “alas de gaviota”. Una obra de arte, creativa en todos los sentidos, aunque uno de ellos sobresale más que los demás. Sí, las puertas. Unas puertas que encierran una historia curiosa.

La verdad es que yo me enteré allí mismo. Desconocía por completo que ese diseño se debía a un error por parte de los ingenieros. Pensaron en todo, menos en cómo entrar al coche, y, claro, cuando lo hicieron no tenían forma humana de colocar unas puertas con bisagras estándares. Afortunadamente, los diseñadores tuvieron la genialidad de innovar y les salvaron el culo.

De vez en cuando, encuentras en el camino una lección de mecánica en formato diversión, como éste. Una manivela, un poco de fuerza y hacías sonar el carburador y levantar la pelotita. Los chavales se volvían locos con él, y alguna que otra chica también se animó a jugar. Me encantan las mujeres que disfrutan con los coches.

A medida que uno se acerca al final, más cerca está de la era actual y menos espíritu de museo hay. Pero aún queda una sorpresa.

Al llegar a la primera planta os encontraréis (doy por hecho que os he convencido para ir) con un espacio que recuerda a los viejos circuitos inclinados.

Allí, uno se encuentra con la evolución del bólido. Todos tienen su encanto, pero tal vez los que más destacan sean los antiguos, con sus gigantescas formas y cinchas de cuero para cerrar los capós.

¿Y qué me decís de este bólido rojo? ¡Buah, qué maravilla!

Y para acabar, antes de pasar por la tienda, y llevarte una miniatura del “alas de gaviota” (todo el mundo elige el 300 SL), puedes sentarte en el Fórmula 1 más moderno de todos y cerrar el ojo izquierdo.

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Porsche, creatividad y diseño de altas velocidades

Publicado en Alemania, Fotografía, Fujifilm X100, Motor el February 9th, 2013 por diegojambrina

Fujifilm X100

Hay dos motivos por los que recomiendo visitar Stuttgart. Uno, es el Museo de Porsche y, otro, es el Museo Mercedes-Benz. Todas aquellas personas a las que no les gusten los coches, deben visitarlo igualmente, porque los dos museos están hechos con tanto estilo y rigor histórico que no echarán en falta ni iglesias, ni pinacotecas, ni cascos históricos por los que patear.

De todas formas, si queréis casco histórico, lo tenéis, aunque su construcción sea posterior a la Segunda Guerra Mundial.

Stuttgart fue destruida casi en su totalidad por las bombas de los aliados y, como el resto de Alemania, su reconstrucción se ha hecho con mucho detalle y tratando de respetar, en la medida de lo posible, la arquitectura original. Aún así, el verdadero placer son los museos automovilísticos, insisto.

Y si alguno de vosotros pasa de mi insistencia, echad un vistazo a este otro post, donde hay otras razones por las que visitar Stuttgart y otras zonas del suroeste de Alemania.

Para los que se quedan en este post, empezamos con Porsche, y con una fotografía que no es mía. Sí, lo sé, pecado mortal no haber sacado ni una sola foto del espectacular edificio que alberga el museo, pero la emoción tenía atenazada mi responsabilidad como bloguero viajero y entré corriendo.

Por cierto, los arquitectos de la obra son los austriacos Elke Delugan-Meissl y Roman Delugan, quienes tienen una interesante colección de trabajos realizados. Date una vuelta por su web, que por sí misma merece también una visita.

Una vez dentro del edificio, te encuentras con la taquilla, que tratas de superar lo antes posible, sin pensar en los 8€ que has de dejar. Coges tu audioguía en el idioma que prefieras y, hala, para arriba.

Y con los primeras hitos que te encuentras arriba es con algo de lo que muchos amantes de la marca reniegan: la relación directa del Volkswagen “Escarabajo” con Porsche. Pues sí, el Sr. Ferdinand Porsche diseñó el Kdf-Wagen, más conocido por nosotros como el “escarabajo”.

El parecido entre el Kdf-Wagen y este Porsche 956/2 es indiscutible, pero ¡qué más da!, los dos son preciosos.

Los coches que hay expuestos en el Museo Porsche son, además de coches históricos, algunos, y espectaculares, todos, obras de arte. Por eso, no me canso de recomendar su visita a todo el mundo, sea o no amante del motor. Estos coches son arte en metal, vidrio y goma, como ésta reminiscencia de los platillos volantes: el 356 Roadster.

Además, los coches están expuestos de tal forma que parecen juguetes en sus cajas, listos para desembalar y jugar con ellos. La mayoría de los vehículos se han colocado sobre una tarima negra y fondo negro que resalta su gran belleza.

También destaca la iluminación, perfecta, luz a raudales por cada esquina y focos colocados estratégicamente para hacer brillar cada centímetro de chapa y cromado. Se aprecia especialmente en este Porsche Speedster Carrera.

Ademas, mi Fujifilm X100 es otra maravilla del diseño y la técnica, y es capaz de hacer unos fabulosos enfoques con mínima profundidad de campo, genial para destacar los brillos y los detalles de las obras expuestas.

Y ya que he empezado a alabar mi cámara, seguiré con ello.

Ni flash ni ruido del obturador. Así debe ser. El flash directo al objeto no hace más que generar brillos molestos y el ruido advierte a las personas a las que fotografías de tu presencia, y, no, no siempre quiero que se aparten. ¿Se entendería una fotografía en la que todo está al revés? Definitivamente no. Parecería que es la foto la que está al revés, y no lo fotografiado.

Como en esta ocasión, en la que las mentes creativas que diseñaron el museo decidieron colocar al Porsche 956 colgado del techo para escenificar lo que se decía de él en los circuitos: es tan rápido que sería capaz de rodar por el techo. Una vez alcanzados los 321,4Km/h… ¡alehop!

Aunque si piensas que con un coche como estos podrás escapar de la policía, estás muy equivocado. Ellos también tienen el suyo: Porsche 911 Carrera Coupé “Polizei”.

Otro de los atractivos del Museo Porsche está en la posibilidad de saber lo que se siente dentro de uno de estos coches. La estética es importante, pero los amantes del motor disfrutamos también con el sonido y la vibración que provocan los CV.

Para ello, han ideado una plataforma que al pisar en ella activa el arranque de un motor, el suelo vibra y comienzas a oír cómo sube de marchas y de velocidad. Esto lo hacen con todos sus modelos, incluido los tractores, que también los tienen. Esta peculiaridad no es exclusiva de Lamborghini.

Y para que veáis que lo de los tractores no me lo invento, aquí tenéis una prueba fotográfica.

Un gran museo, de dimensiones perfectas para no cansarte en exceso y contemplar cada modelo con tranquilidad. Eso sí, os recomiendo ir prontito, porque es uno de los museos con más éxito de Stuttgart y se puede llenar con facilidad. Cuando yo salía de él, entraban grandes grupos de turistas, entre ellos, los temidos japoneses. Estoy seguro de que eso le resta encanto. Y estoy tan seguro porque lo viví en el Museo Mercedes-Benz, al que acudí nada más salir del de Porsche, y del que hablo en éste post.

Os adelanto que cometí el error de ir a los dos museos el mismo día. Hay que reservar una mañana completa (5 horas) para gozar del Museo Porsche y un día entero, sí, un día completo, para el Museo Mercedes-Benz. Ya veréis por qué.

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