La nube de mi ventana

Publicado en Diego Jambrina, Fotografía, Fujifilm X-Pro2, Fujifilm X100, Uzbekistán, Viajar el September 13th, 2019 por diegojambrina

Mientras que el traqueteo del tren adormece a todas las personas que tengo a mi alrededor, yo permanezco atento a cada detalle.

El viaje en tren es el único momento en que me tomo mi tiempo. Aliviado de la alta velocidad a la que pasa la vida ante mí cuando camino por la calle, en un asiento compartido de un tren, sencillamente miro.

Y miro sin ni siquiera utilizar la cámara. La cámara, que es mi gran aliada. Con ella observo y siento, pero a veces me tapa algo más que la cara cuando la uso. A veces, no me deja ver.

La marcha verde

En Jiva subí a un tren con destino Nukus. Era un tren de baja velocidad y camas en lugar de asientos. Un tren donde las personas que viajaban no eran viajeras. Soldados, mujeres con hijos pequeños, algún adolescente, hombres sin hijos y un ejército de vendedores ambulantes con productos muy dispares: fundas para pasaportes, mecheros, melones, pescado ahumado, agua, refrescos, tarjetas SIM para los móviles, rublos…

Todas estas personas llegaron con el tren y, tras mi paso, continuarían en él hacia destino más lejano.

Paralelos

La forma de tratarse, tan natural y cercana, pero también sin demasiadas muestras de amabilidad ni interés, como si estuvieran liberados de forzar una sonrisa o una mirada de aprobación, me llevó a pensar que mis compañeros de viaje eran familia, pero en realidad, tras una hora de camino compartido, deduje que eran extraños bien avenidos. Personas, que simplemente, se comportaban de manera natural, sin los artificios de sociedades como la mía, que te sonríe y te maldice al mismo tiempo.

Los trenes son el mejor medio de transporte para tomar el pulso a un país. Pero han de ser trenes de baja velocidad. Los de alta solo sirven para ir de A a B en el menor tiempo posible, con el menor trato posible. Además, están reservados para turistas extranjeros y para los locales de mayor poder adquisitivo, aunque de estos no hay muchos.

Punto a alta velocidad

El grueso de un país está formado por personas que sobreviven día a día con mucho esfuerzo, trabajo y con cierta dificultad. Y Uzbekistán no es una excepción. La clase media, ese gran invento del capitalismo que ha comprado la clase trabajadora para sentirse bien consigo misma, es escasa y la clase alta, casi inexistente. Por eso, vi y sentí que en aquel tren me encontraba en la Uzbekistán real.

Intercultural Persecución

Los intentos para comunicarnos fueron muchos y duros. Queríamos entablar una conversación; queríamos saber de dónde venía cada uno de nosotros y adónde iba, queríamos preguntarnos por nuestros países, queríamos conocer, pero no hubo manera. Solo una de aquellas personas sabía algo de inglés, y por su condición de quinceañero, no le apetecía nada hablar, para disgusto de su madre.

Al final, compartimos más que palabras; un té, música, muecas de desaprobación y desconfianza ante el pescado ahumado…

Me gustó viajar en tren por el país. Me gustó especialmente aquel incómodo trayecto de Jiva a Nukus; cinco horas para recorrer 165 km. Me gustó aquel olor tan pestilente a ahumado. Me gustó el desconcierto de retroceder durante una hora para descubrir más tarde el cambio de vía. Me gustó que quisieran compartir conmigo a Paulina Rubio. Me gustó la nube de mi ventana.

Nube

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Samarcanda ya no es la mítica ciudad que fue

Publicado en Asia, Fotografía, Fujifilm X-Pro2, Fujifilm X100, Samarcanda, Uzbekistán, Viajar el September 2nd, 2019 por diegojambrina

Existen lugares en el mundo con tanta historia que solo el nombre emociona. Son lugares que han estado en mí mucho antes de que yo haya estado en ellos. Incluso hay algunos a los que aún no he ido, pero los siento tan cerca como la ciudad que me vio nacer.

Samarcanda era uno de estos lugares.

Por aquí pasaba la llamada ruta de la seda, aunque no era solo una ruta. Fue uno de los hechos históricos más importantes de nuestra civilización y que más me ha impactado. No se trataba solo de una actividad comercial, sino de una oportunidad para conocer culturas que no creían que existieran, para conocer productos que jamás podrían haber soñado, para vivir aventuras con final incierto.

La ruta de la seda y Samarcanda era algo que tenía que vivir. Y, este verano de 2019, lo he hecho.

Mirada desviada

Lo malo de vivir tus sueños es que el imaginario se muere y solo queda la realidad. Ahora, Samarcanda ya no es la ciudad mítica que era, ahora es una ciudad desgastada, que sobrevive por impulsos y porque la gente tampoco exige demasiado.

Fue la ciudad más poblada del mundo y es una de las más antiguas. Se cree que surgió hace casi 3.000 años y, por el aspecto de algunos de sus barrios, parece que no se ha hecho ni una reforma desde entonces. Entristece ver una ciudad en este estado, y más cuando es Samarcanda.

Al otro lado

Sus monumentos arquitectónicos, sin embargo, sí que han sido reformados. Algunos de ellos, incluso demasiado. Existe un enfrentamiento entre las personas que abogan por la reconstrucción y las que defienden el mantenimiento. Yo a veces pienso que sí, a veces que no, y al final me quedo con que un intermedio es la mejor solución.

El Registán, aseguran, es una de las plazas más bonitas del mundo. La componen tres madrasas en perfecto estado. Es una locura, una belleza extenuaste, un recinto que apabulla de tal modo que te quita las ganas de fotografiar. ¿Para qué?, me preguntaba, jamás podré recoger lo bonito que es todo esto. Lo pasé mal allí, por lo que acabo de escribir y, también, porque no fui capaz de emocionarme como había imaginado que lo haría.

La copia y el original Sulados al sol

Sin embargo, hay otro recinto arquitectónico, a escasos mil metros de allí, que me sobrecogió. Su estado algo abandonado, con fachadas descascarilladas y vacíos antes llenos de azulejos pintados, estoy seguro de que contribuyó a ello. Para mí es fundamental que se perciba el paso del tiempo. Nada tiene que permanecer. La eterna juventud es una patraña, y más cuando hablamos de arquitectura.

Esta mezquita llamada Bibi-Khanym tiene, además, un tamaño descomunal. La sencillez de sus formas acentúan sus dimensiones y te hacen parecer un ser insignificante, algo pretendido, como en cualquier otra religión, claro, para engrandecer la figura de dios y ridiculizar la del ser humano.

Diosa Aparentemente insignificantes

En Samarcanda, no solo me sorprendió esta mezquita, también el ajetreo que se respira alrededor de los bazares y la imperiosa necesidad de las personas por moverse de un lugar a otro.

Todo esto es muy asiático, y me encanta.

Amarillo Mimetizarse

Para vivirlo con toda la intensidad posible, me fui hasta Urgut, un pueblo a unos 40 kilómetros al sur de Samarcanda. Allí, a las afueras, se abre cada día el bazar más grande de Uzbekistán. Una ciudad donde comprar y vender cualquier cosa. Se supone que éste era el mejor lugar para comprar seda a buen precio, pero me temo que la ruta de la seda se ha desviado por otros caminos. A pesar de ello, disfruté las dos horas que estuve dando vueltas por allí, rodeado de gente local. Solo me crucé con un turista, y, al mirarnos, cada uno de nosotros se dijo para sí mismo: anda mira, un turista por aquí.

Aquel mismo día, me fui hasta Shahrisabz, 50 km más al sur, para ver lo que quedaba de un palacio de enormes dimensiones. El palacio de Amir Temur, más conocido entre nosotros como Tamerlán, un hombre que, con la espada bien afilada, construyó un imperio de tamaño nada desdeñable.

Ruinas que enamoran

Hubo varias cosas interesantes en esta excursión. El propio palacio, o mejor dicho, la entrada que aún queda en pié, las poquísimas personas que estábamos allí para verlo y el viaje por carretera.

Me interesaba especialmente el viaje por carretera, para comprobar por mí mismo lo que pudiera quedar de la herencia soviética en el país.

Monumento olvidado a las personas olvidadas

Hoy, ha desaparecido prácticamente el transporte público que con la URSS los uzbekos pudieron disfrutar, y en la carretera solo quedan algunas paradas de autobús y algún monumento que ensalza el valor del trabajador. Christopher Herwig ha recogido las Bus Stops en dos volúmenes maravillosos. Yo anduve con el ojo bien atento por si veía alguna de estas paradas y pedir al chofer que se detuviera. Dos veces le dije stop-stop-stop y las dos veces no llegó a comprender por qué. Me preguntó, si solo quería hacer fotos a las cosas viejas. La respuesta tendría que haber sido algo larga, pero entre mi inglés y su francés, solo cabía un yes, only old things.

No será esta la última vez que hable de los soviéticos y de su legado en este país. Me siento obligado a ello, como el único defensor de un sistema que, aun lejos de ser perfecto, es infinitamente más solidario y justo que el capitalismo.

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El rollo de Arlés

Publicado en Arlés, Fotografía, Francia, Viajar, Yashica el July 20th, 2019 por diegojambrina

Ésta ha sido mi cuarta visita consecutiva al festival de fotografía de Arlés y mi quinta estancia en la ciudad. Ya podréis imaginar que me gusta bastante, sobre todo, si tenéis en cuenta que desde mi casa a Arlés hay 775 km de ida y otros tantos de vuelta, que los recorro, los primeros, durante la tarde del viernes y, los segundos, durante la del domingo.

La mayoría de estos kilómetros los paso a temperaturas superiores a los 35ºC, ataviado con un equipaje motero completo de botas, pantalones chaqueta, guantes y casco.

Así que, seguro que intuís que el trayecto no es nada cómodo y por mucho que os lo explique jamás podréis comprender por qué lo hago. Por eso, recurro a Italo Calvino que lo hace muy bien con esta frase: “volar es lo contrario de viaje: atraviesas una discontinuidad del espacio, desapareces en el vacío […] luego reapareces, en un lugar y en un momento sin relación con el dónde y el cuándo en que habías desaparecido”.

Todo esto viene a que tampoco sé muy bien qué más decir sobre Arlés que no haya dicho ya en otros de mis post. Y esto mismo me pasa con la cámara de fotos; no sé muy bien qué fotografiar cuando estoy allí, porque ya lo he fotografiado todo y de todas las formas de las que soy capaz. Así que me dije este año, Diego, vete con la Yashica de tu suegro y haz un rollo. Y aquí está.

38 fotografías que entraron en un rollo de 36.

Estas son todas las que hice. Podéis ver los aciertos y los errores y, casi más importante aún, el orden de disparo y el encuadre original.

Durante la expopirata en el festival de fotografía de Arlés en julio de 2019

De todas ellas, destaco algunas y las ordeno, un poco nada más.

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Berlín vive

Publicado en Alemania, Berlín, Fotografía, Fujifilm X-Pro2, Fujifilm X100, Viajar el May 17th, 2019 por diegojambrina

Una parte de mí se quedó en Berlín. La otra se fue con la sensación de que si algún día volviera y se encontrara en cualquier calle de la ciudad con la parte que se quedó, no la reconocería.

Tengo pruebas físicas que demuestran que esta sensación no es producto de mi imaginación. Es visible, palpable, numerable… Es muy real. Cada fotografía tomada es la constatación absoluta de mi transformación.

Son como un espejo donde me reconozco cada vez que las miro. Son como las campanadas que gritan el cambio de año. Como un feliz cumpleaños cada 20 de octubre.

Los lugares a los que vuelvo también cambian. Berlín ha cambiado. No estoy solo en este proceso.

Hoy, es más elegante, formal, ordenada y, hasta cierto punto, es más engreída. A veces pienso que me mira con desdén y se acerca con sigilo por la espalda para susurrarme al oído que no estoy a su altura.

La desprecio por eso.

Otras veces, la siento cercana, amable, despreocupada, con el pelo revuelto. Y veo que me sonríe con complicidad. Me dan ganas de abrazarla con fuerza y no soltarla nunca.

Nunca.

Soñando
Dentro de mí

Muros de cristal

Vida interior

Bloques de color
Pantalla

Ayuda
Incursión
Azul protector
Sombras río abajo

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El valor del souvenir

Publicado en Diego Jambrina, Este trabajo es mío, Fotografía, Fujifilm X100, Viajar el March 25th, 2019 por diegojambrina

Siempre me ha atraído el concepto de “embajada”. Territorios extranjeros dentro de país extranjero. Se supone que estando en una de ellas, dejas de estar en el país en el que estás. Una idea compleja con una resolución muy sencilla.

No así las tiendas de souvenir.

Para mí las tiendas de souvenir son también territorios extranjeros dentro de un país. Pero existe una gran diferencia con respecto a las embajadas. Las tiendas de souvenir no son ningún país en concreto, sino todos en general.

Da igual en qué parte del mundo me encuentre, cuando entro en una tienda de productos típicos del lugar salgo a un país que no existe, y siempre al mismo, sin importar dónde esté. Por esta razón, he procurado mantenerme lejos de ellas.

Pero en mis últimos viajes he sentido un magnetismo extraño por uno de los productos estrella de estos no-lugares: los imanes para las neveras. Son como un mal titular que trata de recoger la esencia del lugar. En cierta forma, es como una fotografía. Los dos objetos son extractos de algo. Los primeros siempre fracasarán en su intento, los segundos, lucho porque no sea así.

He empezado un nuevo proyecto fotográfico, aún sin nombre, en el que tendrá cabida el imán para la nevera. No os puedo decir más, salvo que el flash, ese instrumento tan poco propio de mí y que transforma la realidad, también formará parte de él.

Solazo

Recuerdos que son humo Recuerdos que no marchitan

Mini recuerdos

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Protected: En otra parte

Publicado en Este trabajo es mío, Fotografía, Fujifilm X-Pro2, Fujifilm X100, Literatura, Muy personal el November 28th, 2018 por diegojambrina

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Ver para creer

Publicado en Croacia, Fotografía, Fujifilm X-Pro2, Fujifilm X100, Viajar el September 20th, 2018 por diegojambrina

Una de las realidades que más me gusta ver cuando salgo de la España cristiana, apostólica, romana y laica es el uso que se dan a las iglesias. Me encanta encontrarme con estas construcciones llenas de turistas y vacías de feligreses. Me encanta que se hayan convertido en pinacotecas y galerías de arte escultórico y que podamos admirar, en algunos casos, buenos ejemplos de ingenio arquitectónico y, en otros, sacrilegios inconcebibles en nuestra era, como, por ejemplo, la utilización de columnas y capiteles romanos como base de los muros de la Iglesia de San Donato, en Zadar.

Imperio caído

Pero hay una realidad que todavía me gusta más. Me vuelve loco encontrar una librería, o un mercado gastronómico, o una sala de conciertos de rock dentro de un recinto otrora religioso. Me encanta que se le dé un buen uso a espacios vacíos.

Lo malo de estas realidades es que solo las he visto en Europa. Tanto en América como en Asia, los recintos religiosos construidos siglos atrás se siguen utilizando hoy para el ensalzamiento de uno o varios seres imaginarios y la implantación del miedo y la resignación entre la población.

Y hasta mi último viaje, pensé que Europa entera estaba viviendo esta bonita realidad, este gran avance social. Pero no.

En el lado oscuro de la vida

En Croacia, la gente sigue acudiendo en masa o, como les gusta decir a ellos mismos, en rebaño a las iglesias. Es tal la aceptación y el poder de convocatoria del señor cura que se completa el aforo y más aún.

La gente se queda de pie en el quicio de la puerta y más atrás todavía, en total silencio y respeto por lo que se cuenta desde dentro. Y que haya altavoces en las puertas dirigidos hacia el exterior, me lleva a pensar que esto no es algo esporádico.

Descubrí esta pasión en Zagreb. Sentado en una terraza, saboreando una cerveza artesana croata, fui testigo de cómo iban llegando más y más personas a la iglesia de enfrente, hasta tal punto que ya no entraban más y se quedaban fuera, de pie. Tuve que levantarme, acercarme, ponerme de puntillas y mirar al interior para ver con asombro que lo que allí les había congregado era la misa de las 7. Ver para creer.

Like a the Rolling Stones

Fans del señor

Aquel fue el primer contacto con una sociedad ultracreyente. Y luego vinieron más.

Citando a un conocido líder y mártir por la libertad de sus semejantes, yo he visto cosas que vosotros no creeríais.

He visto desaparecer a la dueña de un pequeño hotel, porque llegaba tarde a la misa de 11. He visto menguar un taco de hojas bien impresas en papel de gran calidad con el retrato de un cura, obispo o similar al paso de turistas creyentes. Confesiones, no sólo a la vista de dios, sino de todas las personas que paseábamos por la iglesia. Misas a las 9 de la noche. Grupos de jóvenes chavales acompañados de cuarentones con sotana. He visto mujeres en la playa leyendo estampitas…

He visto una Europa, pensé, desaparecida. Y me temo que esta experiencia me ha servido como calentamiento o preparación para mi siguiente destino europeo. Aunque deseo, con todas mis fuerzas, equivocarme.

Superstar

Estrella del cristorock

El fantástio mundo del entretenimiento

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Viaje interior

Publicado en Croacia, Fotografía, Fujifilm X-Pro2, Fujifilm X100, Viajar el September 17th, 2018 por diegojambrina

Tengo cierta sensación de vergüenza cuando alguien me dice que mis fotografías reflejan, más que un recorrido por un lugar, un viaje interior. Me parece una cursilada y un concepto que, de tanto uso, ha perdido todo su valor original. De todas formas, creo que no les falta razón.

Así que, me he puesto manos a la obra y he hecho este post precisamente de un viaje interior, aunque el interior no es el mío, sino el de Croacia.

Croacia es más que una bonita costa. Tiene un territorio de interior muy atractivo, no solo por su belleza natural, sino también por su arquitectura y por su vida social. Además, tras veinte años del final de la guerra, aún quedan cicatrices visibles que nos recuerdan los conflictos bélicos que se produjeron aquí. No es que sea motivo turístico de por sí, pero si hablamos de emociones, resulta muy emotivo encontrarse con edificios enteros aún agujereados por balas y morteros. Sobre todo, porque fue un guerra televisada en todo el mundo y el impacto fue tremendo, aunque son sólo los habitantes de estas tierras los que lo vivieron con todo el horror.

Pienso que cada agujero en la pared es un tiro errado y una oportunidad más para vivir.

Un ventana al pasado

Aquí, la gente quiere vivir en paz, pero no quiere olvidar. El olvido no puede ser compañero de viaje de nadie. Sin recuerdos no somos más que presente, y el presente no existe sin la realidad del pasado ni la ilusión del futuro.

Por tanto, encuentro absolutamente necesario mantener los recuerdos ensangrentados, siempre y cuando estos no generen odio.

Recuerdo ensangrentado

Es terrible la historia de Croacia y los demás países balcánicos. Han estado casi toda su historia subyugados por fuerzas extranjeras y han padecido constantes guerras.

Griegos, romanos, venecianos, austrohúngaros, italianos… han dominado estas tierras y dejado también un importante legado cultural. Es curiosa esta sensación de rechazo por una invasión y agradecimiento por todo lo bueno que supuso. Me acuerdo ahora de una escena de La vida de Brian, en la que se reflejaba ese odio al invasor, pero también el reconocimiento por la escuela pública, el alcantarillado, las carreteras… Aquí tenéis el enlace.

De todas formas, es innegable que los conflictos bélicos recientes, han sido, sin duda, consecuencia de esas invasiones e intereses por dominar esta parte del mundo.

En Sarajevo, capital de Bosnia i Herzegovina, uno de los puntos de interés es el llamado puente latino, donde se asesinó a un archiduque como excusa para comenzar la I Guerra Mundial. En Zagreb, capital de Croacia, quedan estructuras subterráneas excavadas para refugiarse de los bombardeos durante la II Guerra Mundial. Hoy, se utilizan como calles peatonales para cruzar de un lugar a otro de la ciudad y como atractivo turístico.

Camino al pasado

Esquivando la muerte

Hoy, parece que todo sigue su curso, y se puede disfrutar en paz de un país donde para encontrar una playa de arena es necesario adentrarse en el interior del territorio.

Por cierto, la mejor compra que un turista puede hacer en Croacia es un buen par de escarpines. Con ellos se puede llegar de la toalla al agua sin hincarse a cada paso las rocas o púas de erizos. Pero no serán necesarios en una de las pocas playas de arena del país, que curiosamente está en Vukovar, un pueblo a orillas del río Danubio.

Me emociona solo pensar que me bañé en un río con tanto encanto histórico como el Danubio. Es casi como la ría de Bilbao. Casi.

Nada nuevo bajo el sol

Otro lugar que me pareció interesante fue Varaždin, a poco más de 80 Km de distancia de Zagreb, pero a mil kilómetros del bullicio turístico. Pasear por sus tranquilas calles y admirar la arquitectura austrohúngara es todo un placer, y chapurrear en alemán con amables fruteras, también. Desde aquí te vuelvo a dar las gracias por el regalo que nos hiciste: Danke schön, Fräulein!

El transporte del pasado y del futuro

Subidas y bajadas

Y vuelvo a Zagreb para reivindicar la capital como destino turístico, porque aunque no tiene mar, tiene historia, ambiente, locales de cerveza artesana y bonitos atardeceres, de esos que inundan los muros en instagram.

Dios y el diablo

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Sal, sol y sueños de plástico

Publicado en Croacia, Fotografía, Fujifilm X-Pro2, Fujifilm X100, Viajar el September 13th, 2018 por diegojambrina

La sal, esa sustancia que logra dar vida a una ensalada de tomate y pepino, es la culpable de que en el lado oriental de las islas del norte de Croacia no exista vida alguna. El viento de levante se carga de sal al acariciar las aguas del Adriático y la descarga sin compasión a lo largo de la ladera. Probablemente, serán los únicos kilómetros no invadidos por el turismo. Pero mejor hablo de otro tema, que ya me desahogué suficientemente en mi primer post (o al menos eso creo).

Muerte entre las rocas

Estas tres islas del norte de Croacia (Rab, Krk y Cres) son los destinos menos frecuentados por el turismo. Dubrovnik, Split y las islas del sur del país se llevan casi toda la atención internacional. Esto no quiere decir que no haya gente por el norte, pero la hay en menos cantidad y se limita a alemanes, húngaros, algún francés e italiano y, sobre todo, croatas.

Son por tanto, lugares donde poder disfrutar tranquilamente de una naturaleza generosa, siempre y cuando no se te cruce algún niño por delante.

Con niños no hay paraíso

Los niños son, sin duda, uno de los grandes inconvenientes para el viajero solitario. Son ruidosos, salpican, te lanzan la pelotita con la que juegan a waterpolo una y otra vez y son incansables.

Quienes sí se cansan son los que estamos alrededor y los que trabajan las 24 horas del día para su entero disfrute. Y no me refiero a los padres, estos parece que se han declarado en huelga y no actúan como lo que son. Me refiero a los patos hinchables, desesperados como lo pueda estar yo y con los mismos sueños de plástico, siempre en peligro de que se desinflen.

Sueños de plástico

La vida

Pero no me hagáis mucho caso. En realidad, tampoco es para tanto, y, además, al no ser spanish boys, suelen ser más tranquilos y temerosos ante una mirada ensayada de odio y destrucción.

Y bien mirado, hasta me vienen bien para mis propósitos fotográficos.

La vida es verde

Eterna juventud

Volviendo a las islas, tengo que decir que me ha sorprendido mucho la temperatura y la calidad del agua. Cristalina, con visibilidad más allá de los cinco metros de profundidad, y lo suficientemente fresca como para que la primera vez te cueste un poquito entrar, pero lo suficientemente caliente para nadar, bucear y hacerse el muerto tanto tiempo como se desee.

Y puestos a desear, me hubiera quedado allí hasta la eternidad, mirando con ojos hipnotizados la joya que es el Adriático.

Piedras preciosas

Enemigo del estrés

Como pelícano en el agua

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Croacia no importa

Publicado en Croacia, Fotografía, Fujifilm X-Pro2, Fujifilm X100, Viajar el September 9th, 2018 por diegojambrina

Tras mi vuelta de vacaciones, suelo escribir un post rápido y corto sobre mis primeras impresiones. Esos pensamientos ligeros de contención moral, social y convencionalista son, por norma, bastante más cercanos a la realidad que los recuerdos forjados a base de tiempo y deseo. En esta ocasión, me cuesta dejar por escrito lo que pasa por mi mente, porque no hace referencia al lugar, sino a la gente que lo ocupaba.

Tengo la certeza de que no puedo hablar de Croacia en particular más que de las personas con las que he compartido el país, o, para ser más exactos, más que de la cantidad de personas con la que he compartido el país.

Compartir debería ser una bonita actividad, pero cuando se hace con miles y miles y miles de personas, la esencia original se diluye tanto que da como resultado una sustancia homeopática completamente estéril.

Ésta sensación la he vivido demasiadas veces durante mi viaje por Croacia. Dubrovnik, Split, el Parque Nacional de los Lagos de Plitvice y el Parque Nacional Krka han sido trampas de las que a duras penas pude escapar. De hecho, varias semanas después, aún tengo la sensación de estar esperando a que la caravana de turistas se mueva para poder continuar por la plataforma de madera.

Corriente de gente

Ante esta situación de turismo carnívoro, me pregunto cuánto tengo yo de culpa. No dejo de pensar que yo también soy un turista, que soy una pata donde se asienta la industria o un pié más del milpiés que se desliza sin descanso por las calles, plazas, playas y parques naturales.

No tengo respuesta, ni tengo solución, ni tengo esperanza. Pero sí tengo la convicción de que el próximo destino será elegido por ser un destino poco elegido.

Invasión por la puerta principal

Croacialand

Tráfico en el paraíso

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