Bruselas, esa ciudad del Manneken Pis

Publicado en Bélgica, Bruselas, Viajar el June 12th, 2017 por diegojambrina

Me miro en las fotos que tengo de la primera vez que estuve en Bruselas y no me reconozco. Han pasado 17 años. Mucho tiempo para una vida de 42. Poco, aparentemente, para un cambio facial radical. Así estoy yo, en constante evolución. Pero la ciudad sigue igual. Sigue con su Grand Place de belleza arquitectónica embriagadora, sus callejas a su alrededor llenas de restaurantes donde sirven mejillones de baja calidad y tiendas de chocolate de diferentes marcas y calidad superior. También sigue en su sitio el pequeño niño meón, los murales simulando escenas de cómics y los turistas. Esos sí que no cambian. Ahí están, protagonistas en las calles de Bruselas.

Cegados por el yo

La pequeña gran estrella

Arquitectura por siglos iluminada

Así, en términos generales, Bruselas agobia y aburre a partes iguales. Pero cuatro días en la ciudad dan para mucho más que para hacerse una idea general.

Hace 17 años, vi lo que ve la mayoría de los visitantes. Esta vez me adentré por callejones oscuros, me alejé de la Grand Place, caminé durante mucho tiempo para llegar a los barrios periféricos y visité una cervecera llamada Cantillon donde fabrican un estilo muy bruselense y poco internacional: el estilo lambic. Un tipo de cerveza que se bebe a temperatura ambiente y de sabor sorprendentemente ácida. No apta para paladares sensibles ni para grupos organizados de turistas españoles. A estos les va más cervezas de tipo pils y las belgium ale de toda la vida.

La cerveza reina en la ciudad es la Delirium Tremens. Muy famosa en todo el mundo y reconocida por su icónico elefante rosa. A mí esta marca siempre me ha atraído mucho. Es como si tu enemigo llamara a tu puerta y le invitaras a entrar.

Fauna endémica

Pero en Bruselas hay más animales sueltos por ahí.

Perdido en una calle sin importancia, lejos de las miradas y de los móviles y cerca de un inocente pivote, hay un perro que levanta la pata para lanzar una eterna meada que nunca llega, que nunca acaba. Supongo que algún día, en mi madurez, sentiré lo mismo que él.

Existe otra figura meona; una niña en posición y miccionando sobre una minúscula fuente. Está ubicada en un callejón sin salida. Ya hay mucha gente que conoce el lugar, pero para el que no lo sepa, sólo tiene que preguntar por el Delirium Café. Está justo en frente. Y ya de paso se puede entrar a este santuario de la cerveza y probar alguna de las 40 variedades de cerveza de barril y 100 más en botella.

Territorio eterno

Yo disfruto más de los pequeños templos cerveceros a los que se llegan atravesando oscuros callejones, de esos por los que jamás te atreverías a entrar en otro tipo de país. Pero aquí, puede más el deseo de descubrir interesantes rincones y probar cervezas complicadas de encontrar en mi Bilbao de origen.

Además, como el dicho afirma: los caminos de la cerveza belga son inescrutables.

Los caminos de la cerveza son inescrutables

Pasadizos apasionados

Si no me gustara la cerveza, Bruselas tendría también mucho atractivo para mí. Es una ciudad lo suficientemente grande como para pasar cuatro días sin tener la sensación de que ya lo has visto todo, pero lo suficientemente pequeña como para recorrerla a pie. Caminar es el mejor modo para disfrutar de un lugar. Cómo si no, hubiera podido encontrar momentos llenos de color y luz o ver al hombre invisible elegantemente vestido.

Entendimiento

Lo que de verdad no importa

Otro de las cosas que más me gustan de la ciudad es su arquitectura. Existen magníficos ejemplos de los estilos arquitectónicos más espectaculares, como el barroco.

El barroco es uno de esos estilos que siempre me ha atraído por su infinidad de detalles, pero de un tiempo a esta parte empieza a aburrirme. No dejo de pensar en la personalidad banal de quien lo mandó construir y en cómo una vida de opulencia puede ser retratada en una fachada de ego y piedra.

Para mí el art decó, aun teniendo un gran trabajo en sus detalles, es mucho más elegante y espectacular que el barroco, y Bruselas tiene bastantes ejemplos de esta arquitectura. El Old England, que alberga un impresionante museo de instrumentos musicales, es uno de ellos.

No me olvido del Atomium, pero sencillamente, verlo una vez en la vida es más que suficiente. En esta ocasión, me centré más en la nueva arquitectura de acero y cristal que también existe en la capital de Flandes.

Con luz propia

Mirando hacia el lado equivocado

Conociendo lugares desconocidos

Y hasta aquí mi repaso a una bonita región del norte de Europa que cautiva por su arquitectura y su cerveza. Y a quien no le interese ni un tema ni otro, que no se moleste en visitar Bruselas ni Gante ni Brujas. Bueno, Brujas igual sí, por lo de ser una ciudad de cuento de hadas. Una denominación de la que empieza a cansarme.

Podéis ver mis post de Gante pinchando aquí y el de Brujas aquí.

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La ciudad de la luz, no es París

Publicado en Arlés, Fotografía, Francia, Mediterráneo, Provenza, Viajar el July 23rd, 2016 por diegojambrina

No dice mucho a favor de París el hecho de que no me acuerde exactamente si han sido tres o cuatro las veces que he estado en ella. Podría hacer el esfuerzo de mirar en mis apuntes, pero, francamente, no me apetece. Y, además, este post es para la verdadera ciudad de la luz: Arlés.

Esta ciudad al sur de Francia me tiene totalmente enamorado.

Caí sin remedio mucho antes de que yo paseara por sus calles. Mucho antes incluso de que empezara a viajar. Caí cuando de pequeño y en la oscuridad del salón de casa, vi “El loco del pelo rojo”; esa obra maestra del cine protagonizada por mi admirado Kirk Douglas. Una película sobre la vida de Vincent Van Gogh en la que se describe con especial sensibilidad el tiempo que el pintor vivió y trabajó en Arlés.

Para Van Gogh, este rincón del Mediterráneo era fuente de inspiración, sencillamente, porque la luz vivía allí. Hoy, Van Gogh es un reclamo turístico, pero en esta época del año el reclamo es un evento: Rencontres de la photographie. Uno de los más importantes, sino el más importante festival de fotografía de toda Europa. Y para allá que me fui.

Rojo instante, eterno deseo

Está a 759Km de mi casa. Unas nueve horas de camino. Tiempo suficiente para ir calentando mi cámara.

Afortunadamente para mí, mi carné de conducir había caducado y el provisional que tenía no me permitía circular por las carreteras francesas. Me lo pasé bien, jugando con la luz durante el viaje. La verdad, es que algo me decía que aquel fin de semana iba a ser un fin de semana lleno de luz.

Luz, aliada en la vida

Luz y calor, mucho calor, fue lo que me encontré; más de 40 grados, insuficientes, sin embargo, para obligarme a quedarme en algún local con aire acondicionado. Porque si estás en Arlés, lo único que te apetece es recorrer las calles sin mapa, sin criterio, sin razón. Pasear y dejarte atrapar por los claroscuros, que ensalzan la belleza de una edificación provenzal ligeramente descuidada, ligeramente conservada.

Entre amigas, entre sombras

Por si su arquitectura provenzal, sus numerosas ruinas romanas y su influencia en la vida y obra de Van Gogh no fuera suficiente atractivo, Arlés amanece a principios de julio con arte fotográfico en cada esquina. No se trata de un festival donde el arte se esconda tras las paredes de una sala expositiva. El arte sale a la calle, y lo hace gracias no sólo a la organización, sino también a fotógrafos espontáneos que acuden a la ciudad a mostrar su trabajo, para disfrute de todos y para tratar de atraer la mirada del experto. Hay un sueño en cada foto.

La calle es arte

Vistas al interior

Otros, exponen su ropa mojada sin rubor alguno. Se nota que estamos en una ciudad mediterránea. La gente es abierta, confiada, natural y sabe aprovechar una esquina soleada para colocar unas cuerdas y secar su colada.

Típica estampa pasada de hoy

Revisando las fotos que me traje de allí, siento que he tenido suerte. No sólo por encontrarme con una estampa propia del gran Martin Parr, sino porque me encontré con la loca del pelo rojo en “le café la nuit”, el mismísimo café donde el loco del pelo rojo saciaba su sed perturbadora con absenta. ¡No es increíble!

La loca del pelo rojo

Sí, me siento un hombre con suerte, pero también siento que voy creciendo como fotógrafo. Tal vez esté mal decirlo, hablar bien de uno mismo no es políticamente correcto, pero si he empezado este post escribiendo no muy bien de París, no voy a cortarme ahora.

De todas formas, si no pensáis lo mismo que yo, esto es un blog, comentad, criticadme, decidme que se me ha subido el absenta a la cabeza. Decid lo que queráis y decidlo sin tapujos.

Marco natural

Contemplación

Tengo muy buen recuerdo de este viaje. Muchas horas de carretera para llegar, muchas horas para volver, tan solo un día y medio allí, pero mereció la pena. Es un lugar muy recomendable. Lo recomiendo a amamantes a la fotografía, a la pintura, a la arquitectura, a la historia, a la luz y, por qué no, lo recomiendo también a los turistas sin pretensiones.

Bajo la sombra de la farola

Sin luz

La parte trasera del imperio romano

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A bajo cero en Laponia

Publicado en Finlandia, Helsinki, Laponia, Rovaniemi el April 7th, 2016 por diegojambrina

Al fin del mundo se llega en tan sólo cuatro horas y cinco minutos de avión. Un vuelo cómodo y corto que sirve para hacer repaso mental de la maleta. Nunca antes había tenido tanto interés en hacer bien mi equipaje y que éste llegara completo al mismo destino que yo. Demasiado frío y demasiado caro como para haberme olvidado los guantes.

Así es Finlandia para los extranjeros. Se nos presenta como el fin de la tierra, como cabría esperar por su nombre, aunque en realidad significa “tierra de fineses”.

Una vez en tierra y con la maleta en la mano, empieza la aventura.

Larga es la sombra del invierno en Helsinki

Bueno, en realidad, poco hay de aventura en un viaje tan organizado y tan comprimido como el que yo hice.

Todo es fácil, incluso sobrevivir a las bajas temperaturas de Finlandia. Aunque a decir verdad, tampoco hacía tanto frío. En Helsinki no pasó de los 5ºC bajo cero y la primavera ya se dejaba notar en los hielos quebradizos en las orillas de los ríos. Para la gente local, hace un poco de fresco. Para la gente del sur, la sombra del invierno se nos muestra eterna por estos lares.

La capital de Finlandia era un misterio para mí antes de llegar. Y tras mi cortísima estancia, lo sigue siendo. Así que no me queda más remedio que volver para tratar de conocerla. Por lo que dicen, en verano se está muy a gusto e incluso la gente se baña en el mar. Habrá que creerles.

Verde

El verdadero reclamo de Finlandia en esta época del año es Laponia, y, más concretamente, su capital, Rovaniemi. Aquí sí que hace frío. El termómetro baja hasta los 15ºC bajo cero y cuesta quitarse los guantes para sacar una foto. ¡Quién fuera perro!

Negro sobre blanco

Sí, perro, mucho mejor que reno, porque estos cornudos a pesar de que se llevan todas las simpatías de los niños y reciben nombres tan cariñosos como Rudolf, en Laponia no sólo se utilizan a los renos para tirar de los trineos, y repartir regalos por todo el mundo, sino que se los comen. Es, junto con el salmón, el plato típico.

Y para tópicos, la villa de Santa Claus. Un espacio tan artificial como Las Vegas, donde a falta de un señor disfrazado de Papa Noel, hay dos. A ver cómo le explicas a tu hijo que después de volar hasta el círculo polar ártico, hay dos Santa Claus en el mismo sitio.

Finally, we meet, reza la publicidad. Sí, pero ¿a cuál de los dos conocisteis finalmente?

Largo camino para conocer al hombre de las nieves

A mí, lo que realmente me parece mágico son las carreteras efímeras de Laponia. Carreteras de hielo, con sus señales de tráfico incluidas, por las que circular a gran velocidad con las motos de nieve. Y aunque no hay radares, y a la policía no la llegué a ver, sí hay cordura, lógica y respeto. Si te cruzas con tráfico, o a lo lejos se ve a un buen hombre acercándose lentamente sobre sus esquís, reduces la velocidad.

Además, a mí me entraban unas ganas locas de saludar a la gente. Levantaba la mano como si le conociera de toda la vida. Lo mejor, que la otra persona respondía de la misma forma.

Es gente maja.

Carreteras efímeras

Los días en Laponia transcurren a golpe de actividad. Un día vas de paseo sobre los ríos helados y al siguiente te montas en un bus y llegas sin ninguna dificultad hasta Kemi, ciudad portuaria.

Allí hay un rompehielos llamado Sampo único en el mundo. No hay otro rompehielos con actividad turística como este. Lo más parecido será el que te acerca hasta la Antártida, en lo que debe de ser uno de los cruceros más maravillosos que se pueda hacer. Ya os contaré, porque viajar al Polo Sur es algo que pienso hacer antes de morir. Y, después de la maravillosa experiencia en Laponia, lo tengo aún más claro.

Navegar por el golfo de Botnia es algo sorprendente. Miras por la borda y no ves agua, sólo hielo. El mar Báltico se hiela con facilidad al ser una zona poco profunda y con baja salinidad.

No se nota el contacto con las capas de hielo, ni cuando éstas se resquebrajan y se rompen, dejando ver sus casi dos metros de espesor. El Sampo se desliza por encima sin resistencia, aplastando con su enorme peso todo lo que pilla a su paso.

Horizonte helado

Pero lo más alucinante no es navegar, sino cuando se para el barco. Es el momento en que echan la pasarela abajo y te permiten bajar a pisar el mar helado. Es, sencillamente, alucinante.

Allí, me acordé de uno de mis héroes y del libro “Atrapados en el hielo” de Caroline Alexander. En él se narran las aventuras vividas durante casi dos largos años por la expedición de Ernest Shackleton. Partieron con la intención de cruzar a pie el continente blanco de lado a lado, pero el barco en el que viajaban, el Endurance, quedó atrapado en el hielo antes incluso de que llegaran al destino establecido como punto de partida. Vamos, que ni partieron siquiera hacia su objetivo.

Así que, tuvieron que cambiar de reto por otro más importante aún: el de regresar sanos y salvos a casa.

Y lo consiguieron.

Atrapados en el hielo

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Ámsterdam, una ciudad monumental sin monumentos (2/2)

Publicado en Ámsterdam, Holanda, Viajar el December 23rd, 2015 por diegojambrina

PARTE 1/2 – fotografía en B&N con una Lubitel – 120

He viajado bastante por Europa, bueno, no mucho, pero sí lo suficiente para afirmar que hay decenas de lugares a los que se les llama “la pequeña Venecia”. Basta un par de canales que se crucen por el centro de la ciudad para ganarse ese sobrenombre. En realidad, lo que ocurre es que no tienen la suficiente personalidad propia para ganarse la atención del viajero, y ni mucho menos del turista, y han de buscar una etiqueta que les asocie con algo de valor.

Ámsterdam no es así. A pesar de que es lo más parecido a Venecia que he podido encontrar, nadie la llama “la pequeña Venecia”. Para empezar, no es pequeña. Es una gran urbe con más de dos millones de habitantes y muchos, pero que muchos turistas. Pero, sobre todo, tiene una personalidad invulnerable e incompartible.

Recuerdos perfilados

Basta caminar por las calles de la capital holandesa para darse cuenta de que no hay nada parecido en todo el mundo. Me siento atraído por cada rincón. Me siento atraído por cada calle, por cada plaza, cada puente, fachada, bote, bicicleta, bar, mirada… Me siento atraído por todo. Tengo la sensación de que podría estar un mes entero caminando y fotografiando sin parar y sin cansarme.

Cruce de estilos

Pero si llegara el momento, si en algún instante del viaje necesitara más, más… no sé, algo más estándar, como un buen museo, por ejemplo, hay unos cuantos a los que ir.

Está el museo de fotografía, FOAM, ubicado muy cerca del centro de la ciudad y con una buena librería donde abastecerse de clásicos y contemporáneos. Y algo más alejado, pero siempre a mano, está el Museumplein, una plaza en la que se han ubicado el Rijksmuseum, el Van Gogh Museum y el Stedelijk Museum Amsterdam, arte y diseño moderno y contemporáneo.

Movidos por el arte

Hay muchos más. Algunos seguro que merecen la pena. Y otros seguro que no, aunque las largas colas para entrar de gente quieta como muñecos de cera, parecen contradecirme.

A mí, el que me deja de piedra ante tanta belleza y sentimiento es el de Van Gogh. Podría estar todo el día encerrado en el museo, disfrutando del aire fresco de la provenza francesa y de noches estrelladas, en compañía del hada verde.

Agua pasada

Podría hablar también de los humeantes coffeeshops o del humillante y denigrante barrio rojo, del decepcionante mercado de las flores, del masificado centro de la ciudad y falto, curiosamente, de canales, pero para qué. Todo eso ya lo conocéis, si no por vivencia propia, sí por miles de imágenes e historias que hayáis podido leer o escuchar.

Yo me quedo con lo mío. Con los canales de oriente y occidente. Me quedo con los bares llenos de cultura popular y con cervecerías que elaboran tradición y renuevan tesoros históricos, como este molino. De Gooyer es uno de los seis molinos de madera que aún perviven en Ámsterdam y el molino de madera más alto de Holanda.

Iconos

Me quedo también con esas zonas inexploradas por el turismo de masas y, lamentablemente, por mí, porque tres días de invierno en una ciudad así no son nada.

Me quedo con todas esas calles que quedaron sin pisar y con el extrarradio y la zona portuaria, de la que tan bien he oído hablar por los amantes de la arquitectura contemporánea.

Ámsterdam, volveré.

Hot El

Color local

Puentes tendidos

Brug

Strangers in the night

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Fotografiar y sentir

Publicado en Muy personal el November 11th, 2015 por diegojambrina

“En otra parte” se ha convertido oficialmente en mi proyecto fotográfico personal. Llevo con él bastante tiempo, más del que soy consciente. Porque en este mundo, las emociones se mueven veloces, imprevisibles y, en muchas ocasiones, de manera incomprensible, mientras que la razón permanece quieta, agazapada y siempre temerosa. Pero ya está, ya he conseguido ponerla en marcha, y no hay forma de pararla.

La revista de arte The Way Out Magazine ha publicado un avance. La encontraréis a partir de la página 24, pero no paséis por alto las demás. Hay contenido de mucho interés.

Y si os preguntáis, como bienintencionadamente hizo Juan Valbuena durante nuestro encuentro en el CFC de Bilbao, qué tiene de interés mi proyecto personal para los demás, ésta es la respuesta:

En otra parte es una representación de mi estado de ánimo mientras viajo. Pero también es una representación del deseo del ser humano por estar siempre en otro lugar, por ser siempre lo que no es, por desear lo que no tiene, por vivir en el pasado o en el futuro, nunca en el presente. Un viaje constante a través del deseo insatisfecho del ser humano y una revisión de la felicidad, llena de emociones incomprendidas, curiosidad y confianza en lo desconocido.

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El imaginario gana. La realidad pierde. Japón y yo.

Publicado en Japón el September 13th, 2015 por diegojambrina

Desde que regresé de Japón, han pasado algo más de dos semanas, y aún no me siento preparado para hablar sobre el viaje. Podría ser plano, hipócrita y falso y escribir sólo sobre las maravillas que allí me encontré, porque las encontré, sí, pero no sería justo con mis lectores, y ni mucho menos conmigo mismo. Cuando yo viajo, no pretendo llenar mi cámara con fotografías de grandes monumentos, sino llenar mi alma con grandes momentos.

Ahora, estoy atravesando una situación emocional confusa. No sé si disfruté de Japón o si quiero sentir la necesidad de haber disfrutado de Japón.

Voy a escribir algo que será muy poco popular entre mis seguidores, y mucho menos entre los que no lo son. Voy a decir que la realidad de Japón pierde ante su imaginario.

Me esperaba más de este país. Me esperaba más sorpresas, más belleza, más frikis, más naturaleza, más sushi, más. Me esperaba mucho más. Y casi podría asegurar que la mayor sorpresa del viaje ha sido que no he tenido sorpresas.

No me he emocionado, como cuando vi por primera vez Machu Picchu. No me he emocionado, como cuando vi por primera vez la selva guatemalteca desde lo alto de una pirámide maya. Ni cuando apenas veía, a través de la niebla, la vieja Escocia. Y, ni mucho menos, como cuando recorría en moto las carreteras vietnamitas en busca de templos ocres escondidos entre la selva. Japón no me ha emocionado.

Seguramente, algunos de los que ya habéis estado en Japón estaréis en total desacuerdo conmigo. Estaréis pensando que este país está lleno de lugares maravillosos y que yo no he sabido dar con ellos. Y no os falta razón, porque también puedo asegurar que 26 días de viaje no dan para conocer ni una centésima parte del país. Y sí, tengo la sensación de que Japón puede llegar a emocionar como cualquier otro lugar, o incluso más, pero yo, en esta ocasión, no he sabido conectar.

Tal vez esté siendo demasiado exigente, pero es que las expectativas eran tan altas que no lo puedo remediar.

Y tras este momento de sinceridad, prometo que escribiré posts para mostraros todas las maravillas japonesas.

No

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Todos necesitamos hablar, incluso yo

Publicado en Fotografía, Fujifilm X100 el June 25th, 2015 por diegojambrina

“Yo no tengo una filosofía. Tengo una cámara de fotos”, decía Saul Leiter. Esta frase es algo así como un zas en toda la boca! a la fotografía contemporánea como concepto mal entendido y un alivio para personas que, como yo, disfrutan fotografiando sin mayor pretensión que la propia acción de fotografiar.

Pero aquel sentimiento de alivio que sentí en su momento, se ha convertido en un objeto de metal candente. Y un clavo ardiendo no es un buen objeto al que agarrarse.

En realidad, yo quería librarme de esa necesidad de contar historias, de ese pesado trabajo por expresar sentimientos. ¡Qué difícil es hablar de algo que no comprendes! ¡Y qué fácil es mantener la boca cerrada! Y sin embargo, ya no estoy a gusto del todo en la comodidad del disparo fotográfico. En realidad, necesito más, necesito un proyecto fotográfico. Porque, en realidad, y por mucho que me pese, yo sí tengo una filosofía.

Pero no temáis, no pretendo deprimiros con otra muestra más de dolor, angustia y oscuridad filosófica de la que se hizo eco hace unos días Cienojetes, en esta interesantísima reflexión y post sobre la fotografía contemporánea. Lo mío es otra historia, una historia sobre el tránsito, la fugacidad y lo efímero, sobre la huída hacia cualquier otro lugar que no sea el aquí y ahora. Bueno, bien mirado, sí que suena algo oscuro, aunque la representación no lo sea.

Va a ser difícil y doloroso, porque mis sentimientos son claros, pero mis descripciones torpes.

En un rápido vistazo al último libro de Ricky Dávila, leí una cita de Miyamoto Musashi que me confirmó la dificultad de mi proyecto, pero también me sirvió para entender que la dificultad en sacar adelante un trabajo personal es una realidad para cualquiera, no solo para mí.

“Es absolutamente imposible escribir esta ciencia con la precisión con la que la entiendo en mi corazón” 

Ya no me siento solo.

EN OTRA PARTE

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Dubai, ciudad abierta (1/3)

Publicado en Dubai el April 9th, 2015 por diegojambrina
Si os gusta este post, pasaros por el 2º: Dubai, sin bajarse del autobús

Panorámica de Dubai

Llevaba la maleta tan llena de prejuicios que no quedó sitio para una sola idea, pero después de aterrizar en tan singular ciudad, me faltaron días y me sobraron ideas. Dubai es una ciudad abierta a la creación. Arquitectos, ingenieros, empresarios… y fotógrafos, cómo no, encuentran en este desierto hiperpoblado una tierra fértil para crear.

 

Ante cualquier otra consideración, Dubai es atractiva porque es rara. Es una gigantesca ciudad de acero y cristal donde hace poco más de 10 años no había más que arena y edificios de dos o tres alturas construidos no con roca sino con coral. Edificios de coral, sí, habéis leído bien. Esos bloques que veis en la foto no son bloques de piedra. Es coral.

Es rara porque ves nuevos edificios que ya habías visto antes en otras partes del mundo. Al menos hay tres rascacielos que recuerdan, con muy poco gusto, al Chrysler de Nueva York. No uno, ni dos, sino tres. Es raro.

Les mueve el deseo de batir récords, sin importar nada más, ni valorar lo efímero del logro. Ni siquiera la Burj Khalifa, con sus 828 metros, será la torre más alta del mundo por mucho más tiempo. Ya se está construyendo su sucesora en Yida (Arabia Saudita) con el nombre de Kingdom Tower y con 1000 metros de altura. Pero no se dan cuenta de que 100 metros más o menos no van a influir en la percepción del visitante. Es imposible hacerse una idea de la altura de estos edificios. Levantando la cabeza hacia la aguja que lo corona, el cerebro no comprende esas dimensiones. Es raro.

Es raro que siendo una ciudad nueva, tenga el mismo problema que las viejas ciudades. El tráfico en hora punta es muy denso. Y casi siempre es hora punta. La opción más inteligente es utilizar el Metro, y la más rara es ir andando. Andar por esta ciudad es completamente imposible, no sólo por las distancias descomunales, sino porque las estrechas aceras que existen se vuelven aún más estrechas en algunos puntos. Son los puntos de encuentro entre la falta de planificación urbanística y la despreocupación por el peatón.

También me ha resultado raro la predisposición del emiratí ante la cámara. Ese era uno de los prejuicios con los que llegué. En realidad son abiertos, cercanos, amables y acceden a ser fotografiados, e incluso a ser colocados en el lugar que uno quiere. No, mejor aquí. Un poco más a la izquierda. Levanta la cabeza. Mírame. Click. Muchas gracias. 

Y para rarezas, las tormentas, no de agua, sino de arena, por supuesto. Tuve la suerte y la desgracia de vivir una tormenta de arena. Desgracia porque impidió que sobrevolara la ciudad, como tenía previsto, pero suerte porque me permitió pasar unas horas de auténtica felicidad fotografiando la ciudad en solitario. Un merecido descanso ante el ajetreo y masificado turismo en grupo.

Otra de las rarezas de esta ciudad es que aún no está terminada. Es una ciudad abierta por obras. Las grúas forman parte del skyline dubaití y nadie sabe cuándo va a parar todo esto. No hay límites geográficos. Puede seguir creciendo tierra adentro, el desierto no es ninguna traba. Y puede seguir creciendo mar adentro, ya han demostrado que lo pueden hacer. La única barrera es el dinero.

Y para terminar este primer post sobre Dubai, responderé a la pregunta clave: ¿recomendaría ir a Dubai? Sí, lo haría, pero sólo si lleváis la mente abierta para disfrutar de las rarezas y si vais con la cartera llena.

 

Habrá más post. Más fotos. Más experiencias. Las muchas horas de viaje organizado dieron de sí. Nadie puede con mi yo desorganizado.

Permaneced atentos.

 

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La República Checa no es solo Praga

Publicado en Chequia, Fotografía, Fujifilm X100, República Checa, Viajar el September 18th, 2014 por diegojambrina

Viajar por la República Checa. Parte I: Praga

Si alguna vez he tenido una gran idea, la de viajar por la República Checa fue una de ellas.

Durante muchos años he querido visitar Praga. Un puente de esos de noviembre o diciembre de cuatro días es perfecto”, me decía. Pero el alto costo del vuelo y de los hoteles, me llevó una y otra vez a desechar la idea. “Demasiado dinero para un fin de semana”. Al final, me decanté por visitar no solo Praga sino todo el país. Si iba a gastarme tanto dinero en ir hasta allí, ¡por qué no aprovechar el viaje!

Esta decisión tan lógica, en cierta medida, es totalmente anormal para la mayoría de los turistas. A excepción de Praga, la República Checa es un lugar completamente desconocido para casi todo el mundo. Solo los alemanes, los propios checos, y, por supuesto, los japoneses saben las maravillas que esconde.

Este post está dedicado a esa mayoría, para que sean conscientes de todo lo que se han perdido quedándose en la capital.

Míkulov

Es un pequeño pueblo al sur de Brno muy frecuentado por turistas checos y alemanes (creo que a los japoneses no se les da bien sacar fotos y andar en bici al mismo tiempo). Es como el oasis del guerrero cervecero, donde acuden a degustar los vinos de Moravia y pedalear por hermosas carreteras que zigzaguean entre viñedos.

Además, hay ejemplos de fachadas esgrafiadas, una técnica de decoración muy común en todo el país que consiste en rascar la superficie de la fachada y dejar al descubierto la capa de debajo de diferente color, creando así fantásticos dibujos.

Telc

En Telc está la plaza más espectacular de todo el país. Es un largo espacio acotado por dos hileras de fachadas renacentistas y barrocas. Después de unos vinos, te dan ganas de recorrer la plaza de lado a lado, saltando de fachada en fachada como si fueras Heidy y los adoquines suave y fresca hierba.

La arquitectura es espectacular y sus vinos muy peleones.

Photograph Exaltación en Telc by Diego Jambrina on 500px

Además, alrededor del casco histórico hay un lago artificial y unos caminos de tierra por donde pasear agarrados de la mano o con una cámara en la mano, listo para capturar la tranquilidad de la vida en esta parte del país, antes de atacar las bodegas locales.

Znojmo

En Znojmo, como en cualquier lugar del país, se puede beber buena cerveza local, pero también tiene la alternativa del vino. Una alternativa que puede convertirse en irresistible, si además te lo sirven al atardecer en una ladera rodeado de viñedos.

De todas formas, si sufrís el síndrome de riojitis, como lo sufro yo, más os vale continuar con la cerveza.

Brno

Es la segunda ciudad más grande del país. Viven aproximadamente 400.000 personas y es un lugar amable para pasear, lo que muchos interpretaréis como un eufemismo de ciudad aburrida. Pues no. Al menos, no durante la celebración del espectáculo del Gran Premio de Motociclismo, que es cuando yo estuve.

Destaco la catedral, pero no por sus agujas, vidrieras, órgano o cualquier otro elemento clásico y grande, sino por los pequeños detalles alrededor del edificio.

Me llamó mucho la atención que hubiera un púlpito en el exterior de la catedral, un lugar desde el que el cura de turno lanzaría sus reprimendas al esquivo pueblo pecador.

Otro detalle que me atrajo fue este que se ve en la imagen, y del que no tengo ni idea de lo que significa, pero para mí fue suficiente motivo para sonreír y tomar una fotografía.

Štramberk

Los checos son los que más cerveza consumen en todo el mundo. Cada uno de ellos consume una media de más de 155 litros. Bueno, seguro que hay quien consuma mucho menos, y también mucho más, que esto es una media, no lo olvidemos.

En cualquier caso, es una cantidad sorprendente. Tanto que habrá quien se pregunte si esta gente se baña en cerveza. Pues la respuesta es sí, se bañan en cerveza. Al menos, los turistas lo hacemos.

Hay beerspas en diferentes lugares del país, el más publicitado es el de Chodovar, pero yo me bañé en uno de un minúsculo pueblo llamado Štramberk. Te desnudas, te metes en una bañera de cerveza calentita y, mientras, te bebes una bien fresquita. No se puede pedir más.

 

Pilsen

Es la cuarta ciudad más grande del país, aunque se recorre a pie en unas pocas horas.

Uno de sus atractivos más destacados está en visitar el lugar donde se desarrolló un sistema que cambió la cerveza de entonces (oscura, densa y fuerte), en una bebida mucho más ligera, suave y refrescante: crearon la cerveza pils o pilsner. Y, como muchos habréis deducido, fue Pilsner Urquell la artífice de aquella revolución. Curiosamente, ahora se está viviendo una involución, y se bebe más las cervezas sin filtrar (nefiltrovaný), más puras y turbias. A mí, personalmente, la Pilsner Urquell fue la marca que menos me gustó de todas las que probé durante mi estancia en el país (y probé muchas).

También se puede visitar el Museo de la Cerveza y acabar con una degustación, como no podía ser de otro modo.

Otro de sus atractivos están en la plaza de la República, donde se encuentra la catedral con la torre más alta del país. Alcanza los 102m. Y a su alrededor, hay fuentes y fachadas que al atardecer brillan como una cerveza pils.

Olomouc

Olomouc es hoy una tranquila ciudad, con una inquieta historia. Su reloj astronómico, y las remodelaciones que ha sufrido a lo largo de los siglos, ha sido testigo directo de las convulsas manifestaciones humanas, políticas y sociales, y, aunque no atraiga tantas miradas como el de Praga, merece permanecer un buen rato delante y saborear cada detalle.

Y no te preocupes por tus pies, permanecerán a salvo de turistas y segways controlados por niños sin control. Si no sabes de lo que estoy hablando, pásate por mi post sobre Praga y verás.

Ceský Krumlov

Es sin duda el pueblo más bonito de todos. Uno de esos pueblos de cuentos de hadas, con callejuelas, puentes, tabernas, cervecerías, plazas y un castillo con torre de colores. Nadie se lo quiere perder, ni siquiera los españoles, que en su inmensa mayoría acudían desde Praga en excursión de un día.

Sin embargo, es un lugar para quedarse y disfrutar de la noche, paseando por sus despejadas calles y bebiendo las cervezas locales en alguna de sus tabernas o en terrazas al aire libre, abrigados, eso sí, con gruesas mantas.

En el castillo, destacan dos espacios: la torre, alta, redonda, separada del castillo propiamente dicho y decorada con colores; y, el teatro de madera, una maravilla barroca casi única. Tan sólo quedan en el mundo dos teatros de estas características con la maquinaria conservada. La entrada es cara, pero merece la pena ver cómo con unas cuantas sogas, madera y mucho ingenio se podía transformar el decorado en un segundo, hacer subir y bajar a los actores por las trampillas o fabricar efectos sonoros espectaculares.

No permiten hacer fotos, así que tendréis que conformaros con las de la web de turismo.

 

Karlovy Vary

Y acabaré por un curiosísimo pueblo, en el que no se bebe cerveza, sino agua; Karlovy Vary. A él acuden miles de personas de la tercera edad en busca de la juventud perdida. No sé si la encontrarán, pero yo me sentí mucho más joven entre ellos, y eso que apenas di unos sorbitos al agua de sus fuentes.

Las aguas que corren por el subsuelo y que salen por las fuentes repartidas por la superficie, huelen mal, queman (algunas llegan a los 72º) y saben a rayos, pero la gente bebe y bebe y vuelve a beber. Buena suerte, amigos. Yo me quedo con su magnífica cerveza y sus propiedades beneficiosas para la salud, que las tiene, y muchas.

Na zdraví!

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El método para saber si la fotografía es para ti

Publicado en Algorta, Bizkaia, Euskadi, Fotografía, Fujifilm X100, Getxo el June 15th, 2014 por diegojambrina

El fotógrafo José Manuel Navia asegura tener un método eficaz para saber si alguien está hecho para ser fotógrafo. Cuesta unos 3.000€, pero afirma sin titubeos que funciona. El método consiste en pagar un viaje a la persona en cuestión al lugar del mundo que más le atraiga fotografiar. Da igual cuál: Tanzania, Egipto, Canadá, Mongolia… el que quiera. Estará él sólo sacando fotos durante tres semanas. Para este viaje se invertirán unos 2.400€. A su vuelta, se le organiza, con los 600 restantes, otro viaje. Esta vez a un pueblo de Castilla y León. Al que sea. Si al acabar los dos viajes, no ha disfrutado haciendo fotos tanto en un sitio como en otro, no está hecho para la fotografía.

Y así empieza este post sobre mí y el mundo a 300 metros de mi casa.

Hoy me he levantado y tras pensar adónde podría ir para sacar fotos, me he acordado del amigo Navia, y me he dicho: “vamos a comprobarlo”. Así que he dejado la moto en el garaje y he salido por mi pueblo con la sana intención de divertirme haciendo fotos sin que importara nada más. Y el resultado ha sido fantástico.

No quiero decir que las fotos hechas hayan sido fantásticas, sino que me lo he pasado en grande. Incluso he sonreído. Aprovechando que estaba escondido tras mi Fuji X100 y que me daba la sombra, una enorme sonrisa ha aparecido en mi cara cuando ese maravilloso perro loco se convertía en un iluminado.

Fotografiar solo es también una liberación. Evita las prisas. Puedes sentarte y esperar a que alguien pase por ese bonito fondo que has encontrado sin tener que dar explicaciones a nadie. Y si el que pasa, no viste como te hubiera gustado o ha pasado demasiado rápido, o demasiado lento, o demasiado lejos, o demasiado cerca, pues esperas un poco más. Y así hasta que, por fin, aparece la chica que estabas esperando: de rosa y distraída con su móvil a juego.

Hoy me he sentido invisible. Mientras mis modelos fotografiados estaban deslumbrados por la luz intrusa y yo me encontraba agazapado en la sombra, nadie parecía verme. Es una de esas tácticas de las que suelen hablar los streetphotographers: ser invisible. Un imposible que hoy se ha hecho realidad.

E incluso me ha dado tiempo a desprenderme de la tiranía del color.

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