Cuba está sobrevalorada

Publicado en Cuba, Viajar el October 12th, 2017 por diegojambrina

Me ha parecido un bonito título para abrir un post sobre un país tan lleno de vida como vacío de atractivos naturales. No quiero ser cruel, pero Cuba no es un lugar para quedarte asombrado por su naturaleza o su arquitectura.

Puede sonar demasiado categórico y tal vez hasta fuera de la realidad, pero las sensaciones que yo como viajero tuve fueron esas.

Es cierto que hay construcciones en Cuba maravillosas; en La Habana y, especialmente, en Trinidad la arquitectura colonial es preciosa y está perfectamente cuidada. Pero hay otros lugares con nombre y admiración, sobre todo por los propios cubanos, que cuesta reconocer como lugares de interés. El título del post va por ellos.

El pasado año viajé por Noruega y era tan fácil encontrar rincones de naturaleza espectacular como difícil ha sido este año en Cuba dar con un lugar que impresionara por su belleza, por su carga emocional, por su impacto en el ánimo de quien mira.

Yo, lo más grande de este mundo

Colores caribeños

Me dijeron que Baracoa era un lugar precioso. Me dijeron que Santiago de Cuba era más interesante que La Habana. Me dijeron que Ciego de Ávila era un tesoro colonial. Me dijeron que las playas de Guardalavaca eran paraísos. Me dijeron tanto que he dudado hasta de mis propias impresiones. Pero ahora, desde la distancia que proporciona el tiempo, tengo muy claro que Cuba no es lo que me dijeron.

Si tuviera que destacar tres lugares bonitos de la isla, pero bonitos de verdad, no tardaría en responder: La Habana, Trinidad y Viñales y sus alrededores. Aquí están los verdaderos tesoros naturales y arquitectónicos del país.

Resistencia

Escapando de una sombra para caer en otra

No puedo hablar de los famosos cayos, porque no me acerqué a ellos. Ni Varadero ni cayo Coco, pero teniendo en cuenta que el primero es un artificio turístico y el segundo un destino con más canadienses que cocos, ni falta que me hace.

De todas formas, como dije en el segundo post sobre mi viaje, solemos dar demasiada importancia a la arquitectura y naturaleza. Parece que son los dos valores claves para determinar si un país merece o no nuestra visita, y, la verdad es que en este viaje (como ya me pasara en Guatemala), he disfrutado mucho con otros valores.

Para mí, lo mejor de Cuba son los cubanos, aunque, en ocasiones, lo peor de Cuba son los cubanos.

Nada en juego

El ron de Cuba

He disfrutado mucho hablando con ellos. El tema casi es lo de menos. Lo importante es la claridad de ideas que tienen, la pasión con la que hablan de la familia, de la música, de su país (aunque ahí se pasan dos pueblos, como ya he dicho), las ganas que tienen por conocer cómo se vive en tu lugar de origen… Me encanta las caras que ponen cuando les dices que aquí quienes nos gobiernan son los bancos, las grandes empresas energéticas, las farmacéuticas… empresas a las que nadie ha dado su voto. Me encantan las disertaciones que nacen en un bar, en torno a una cerveza y con salsa como banda sonora. Por ejemplo, ¿por qué nos cuesta tanto entendernos entre la gente del norte y la del sur de la península? Hablamos el mismo idioma y, sin embargo, parecen distintos. ¿Por qué? Parece una tontería, pero esto dio para mucho. Mucho de conquistas, de invasiones, de clima…

Me ha gustado estar con ellos, mano a mano, hablando de la vida.

Mano a mano. Grano a grano.

Tiempo

Decía también que en ocasiones lo peor de Cuba son los cubanos, y es que es un país con una gran cantidad de funcionarios, y esa condición parece que les habilita a enterrarte en burocracia y espera infinita. Los que no lo son también les sufren, no es algo que sólo sientan los foráneos.

Y luego está el ron. El licor que más exportan, aunque no lo suficiente, porque en Cuba se bebe mucho y se bebe a cualquier hora y en cualquier lugar.

La playa es uno de los lugares favoritos para pasar el día. Llegan a las diez de la mañana con toda la familia (abuelos, padres, tíos, hijos y sobrinos), abren los paraguas, encienden la música, cogen las botellas y se meten a charlar y beber en el pacífico y cálido mar. Y todo esto, francamente, yo no lo llevaba demasiado bien. Para mí la playa es un lugar de relax. Un lugar para tumbarse y escuchar cómo le susurra el mar a la tierra. Un lugar para nadar en la nada más absoluta. Así me había imaginado yo las largas playas de Cuba. Pero los gritos de los niños, los gritos de los adultos, las latas de cerveza vacías, las botellas muertas en la arena, los platos de plástico, las bolsas enredadas en los arbustos y el “Despacito” y el “Súbeme la radio” a todo volumen acabó, en muchas ocasiones, con todo el placer de un día de playa.

Pero bueno, así son ellos.

Levando anclas

Otra de las características que también les definen es la religión católica. Para ser un país comunista, son extremadamente religiosos y, creo, conviven con contradicciones sin que se den cuenta.

Me llamó mucho la atención que en Baracoa, el lugar de Cuba en el que Cristobal Colón pisó tierra en su primer viaje, hubiera una estatua en memoria de Hatuey. Este líder autóctono fue quemado vivo en la hoguera por no querer convertirse al cristianismo. Se convirtió así en el primer mártir cubano. Lo curioso es que cientos de años después, sus compatriotas (la mayoría descendientes de españoles y esclavos africanos), le erigen una estatua y la colocan frente a la catedral. Y para más INRI, es la catedral en la que se conserva la única cruz de madera superviviente de las que llevó Colón. Me parece una putada a su memoria y una de esas grandes contradicciones que viven en los cubanos, y, por qué no decirlo, en todo el mundo.

Aquí está, manteniendo un enfrentamiento eterno.

Por cierto, Colón también tiene su estatua en la misma ciudad.

Enfrentamiento eterno

Tierra a la vista

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Por Cuba a todo gas (Cuba 2/?)

Publicado en Cuba, Motor, Viajar el September 28th, 2017 por diegojambrina

Antes incluso de marcharme a Cuba sabía que no iba a escribir un post como el que estáis leyendo. Me decía a mí mismo: Diego, en A 50mm del mundo no hay lugar para fotos con los típicos coches cubanos. Estando ya allí, y haciendo fotos a los típicos coches cubanos, me decía: Diego, puedes hacer fotos a los típicos coches cubanos, pero ten claro que al blog no entran. De regreso, en el avión, y haciendo un repaso a las fotos tomadas, me decía: Diego, aquí hay muchas fotos con los típicos coches cubanos, ¡pero qué cojones has estado haciendo! Y pasado ya un mes desde mi regreso, estoy haciendo un post con los típicos coches cubanos.

Bueno, ¿y por qué no? Son tan bonitos, tan estéticos, tan de otra época, tan imposibles de encontrar en cualquier otro lugar del mundo, que por qué no. Además, Cuba es así, por mucho que algunos cubanos quieran ver otra realidad distinta y algunos fotógrafos queramos tomar una Cuba nunca antes fotografiada.

Yo la verdad es que estaba encantado. Me apasiona el mundo del motor. Me fascinan los clásicos. Y cuando los miro, no solo veo un coche con 60 o 70 años. Veo el trabajo bien hecho de quien los fabricó, veo al dueño saliendo del concesionario con un sombreo de ala corta en la cabeza y un 0 en el cuentakilómetros. Veo las carreteras sin asfaltar por las que empezaron a circular. Veo los huracanes que han soportado. Veo la revolución. Veo la necesidad de mucha gente por mantenerlos en marcha. Veo el ingenio de quien los mantiene. Veo tantas cosas, que no es un simple y típico coche cubano.

Y vosotros ¿qué véis?

Azul cielo

Azul

Los protas

La revolución, inmutable

A la sombra

Amigos de lo azul

Camino a casa

Cierro los ojos y veo el verde

Abanico de verdes

Otros vientos

Calzada romana en América

Animales de la selva

Todo concuerda

Todos los coches son pardos

Huele a pasado

Mañana volverá a salir el sol

Iconos inmutables en un mundo mutable

Rococó

El pasado en pie

Flat iron building?

Con vistas al color

Revolución rosa

Esperanza

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Piratas y acreditados, juntos en Les Rencontres d’Arles

Publicado en Arlés, Fotografía, Francia, Viajar el July 25th, 2017 por diegojambrina

En Arlés, hay dos tipos de personas, las que tienen acreditación para entrar a todas las salas expositivas y las que no. Las primeras, orgullosas ellas, la llevan colgando del cuello hasta cuando cenan, horas después de que las salas se hayan cerrado. Las segundas, entre las cuales me encuentro, miran con una sonrisa irónica a las primeras cuando cenan y comentan que la fotografía ya no es lo que era desde que Joan Fontcuberta publica libros con seudónimo. También es cierto que miran con envidia (y no diré sana, porque de esa no existe) cuando entran en las salas mostrando su codiciada tarjetita.

Estando allí me dije, el año que viene me hago una acreditación casera tamaño Bilbao, para que todo el mundo me vea. Voy a acabar con el cuello roto, pero se van a cagar. Además, ya tengo experiencia en piratería. Este año he expuesto en las calles de Arlés sin que el comisario eligiera mi trabajo. Y lo he hecho con un expopirata en toda regla: la #expopirataArles2017. Y me ha dado un gustazo brutal.

Todo al rojo

Les Rencontres d’Arles es mi festival favorito. Tal vez porque la ciudad está donde está y tiene la historia que tiene. No entraré en detalles (ya lo hice el año pasado en este otro post). Y es que me encanta pasear por las calles soleadas de la ciudad hasta que el sol se oculta y, después, continuar paseando, disfrutando de las noches calurosas, y escapando de los mosquitos. Sí, hay mosquitos, pero es algo que se puede soportar, no como a esos cerdos con acreditaciones.

Tentada por la luz

Sol de noche

De lo que no hablé el año pasado fue del museo que están levantando a las afueras de Arlés, llamado Luma Arles. Un descomunal espacio para gozo del fotoadicto y del amante de la arquitectura, porque el complejo lleva la firma del controvertido Frank Gehry. Controvertido porque sus creaciones son para algunos obras de arte y para otros unas putas mierdas, hablando en plata o placas… de titanio. En mi modesta opinión, sería Calatrava el que debería copar los primeros cien puestos de los peores arquitectos del mundo.

Abierto por obras

La mujer de rojo

Creo que nos tomamos demasiado en serio ciertas disciplinas de la vida. La arquitectura es una de ellas. Bueno, en realidad, seria sí que tiene que ser, porque tiene un alto porcentaje de funcionalidad. Pero la fotografía (la que no es documental) es útil por su inutilidad y, por eso, debería sentirse con menos solemnidad. Al menos eso pensé cuando vi a este chaval en la exposición de Joel Meyerowitz. Tan serio él, viendo fotografía a fotografía sin pestañear. No sé. ¿Es para tanto?

Mirada York

Luego me encontré con otra escena que me hizo pensar justo lo contrario. ¡Qué poco respeto por la obra y el fotógrafo! Aunque en realidad sólo hacían lo que hizo Masahisa Fukase para crear aquel trabajo.

Por cierto, muy interesante la obra y vida de este fotógrafo japonés. Así a grandes rasgos os diré que estaba obsesionado con su mujer; no paraba de hacerle fotos hasta que ella se hartó y le dejó. Sumido en una oscura depresión hizo su trabajo más conocido: Ravens, toda una declaración de intenciones sobre su futuro, máxime cuando el cuervo en Japón es un pájaro de mal agüero, mucho más de lo que es para nuestra propia cultura. Y tiempo después se quedó en coma durante 20 años, tras caer borracho por las escaleras de un bar, hasta su muerte definitiva.

Con la lengua fuera

Cara a cara con Fukase

Menos oscura es la obra de Annie Leibovitz, aunque su vida también se las trae. Para mí, su trabajo es menos atractivo. Me gusta su estética: entre la moda, la publicidad y el buen gusto (no me atrevo a decir arte), pero no me emociona. Sin embargo, la gente se debió de poner roja a gritar con su llegada a la ciudad, y, al parecer, los diseñadores ya se intuían algo cuando crearon el cartel promocional.

Rojo Leibovitz

Cierro mis impresiones del festival de fotografía de Arlés 2017 con una foto que para mí significa mucho. Cada vez que piso suelo francés, me alegra ver tan rica mezcolanza de creencias, aunque yo no crea, y colores, con parejas interraciales y mercados llenos de productos típicos de lugares lejanos con los que sueño ir.

Hijos de un mismo dios

Au revoir, Arles.

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Gante, el tímido recuerdo de una ciudad

Publicado en Bélgica, Gante, Viajar el May 27th, 2017 por diegojambrina

Recuerdo el silencio de una ciudad llena de ruidosos estudiantes borrachos de libertad. Como si estuviera asustada de lo que en ella ocurría. Gante es tímida y reservada; tanto que apenas se cruzaron entre nosotros dos palabras.

Tengo que recurrir a mis fotografías para recordar su aspecto. Y cuando las veo me digo, sí, estuve allí, aunque en realidad no lo siento así. Sé que en unos años no existirá más memoria que lo vivido en el interior de sus bares. Templos dedicados al sosiego, a la reflexión y al sabor ligeramente amargo de una cerveza, en su mayoría, sensacional.

Pequeñas costumbres autóctonas

Algunos de estos locales huelen a tradición inmutable, donde se aprecia una vaga adaptación a las comodidades modernas, sensación que se esfuma por completo cuando bajas a sus váteres.

Otros sitios, alarmados por la desaparición de sus vasos, crean tradiciones con cierto tufo a turistada, pero son divertidas. En Herbert de Dulle Griet, si quieres beber la cerveza que fabrican ellos mismos, debes entregar un zapato. Luego el camarero lo coloca en una cesta y lo sube hasta el techo. ¿Podéis preguntarme si alguna de esas botas es mía?

Arma de destrucción pasiva

Gante es un decorado eterno y efímero, tan espectacular bajo los últimos rayos de la tarde como falso a plena luz del día, durante todos los días de su larga historia. Así lo siento y así lo veo en mis fotografías, muchas de ellas llenas de luz diurna y de la nada más desalentadora.

Y a medida que cae la noche, me siento a gusto. La ciudad se refugia en la oscuridad y yo con ella.

Arquitectura viva por hombres muertos

Recuerdo en lugar...

Persiguiendo a su sombra por la vía equivocada

Cada día, cae la noche

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Brujas es noche

Publicado en Bélgica, Brujas, Fotografía, Viajar el May 11th, 2017 por diegojambrina

Es normal en mí que pasen los días, las semanas e incluso los meses antes de que escriba ningún post sobre mi más reciente viaje. El tiempo que me lleva revelar las fotografías y la confusión emocional que los viajes me provocan, sobre todo a mi vuelta, hacen que no tenga ni material ni certezas. El recorrido que hice por Flandes durante las pasadas santas vacaciones no es ninguna excepción.

Pero aquí estoy, tratando de describir unas vivencias viajeras marcadas por una película, una situación personal tortuosa y la compañía de miles y miles y miles de turistas borrachos de fáciles experiencias.

Entre las luces de la noche

“Si fuera de campo y fuera retrasado, Brujas me impresionaría, pero como no, me deja igual”.

Así de tajante se muestra Ray, el personaje interpretado por Collin Farrell en la magnífica película “Escondidos en Brujas”. A su compañero (interpretado por el gran Brendan Gleeson), sin embargo, Brujas le cautivó. Y es fácil que esto ocurra, si vas con calma y con un hotel cogido.

Desde las 10 de la mañana hasta las 7 de la tarde, más o menos, Brujas suena al trotar de los caballos y a la voz amplificada de capitanes de botes. Miles de turistas, la gran mayoría españoles, llegan en autobuses desde Bruselas, desembarcan en masa para embarcarse en pequeños cruceros y conocer la ciudad desde el cómodo y húmedo romanticismo artificioso de los canales. Otros eligen carruajes de tracción animal para tratar de mimetizarse con un decorado de cuento de hadas.

Especie invasora

La grandeza de las pequeñas calles

Fusión

Y al caer la tarde, se van desvaneciendo, poco a poco, como un mal sueño, dejando escuchar el silencio de una ciudad tranquila y completamente distinta.

Brujas es noche.

Y no precisamente por su nombre, porque nada tiene que ver con estas mujeres amantes del fuego y el diablo. Su nombre es una derivación de Brugge (en flamenco), el plural de “puentes”. Puentes por los que, en ocasiones, es difícil pasar por la acumulación de turistas.

Así que de día, y tras un par de horas tratando de escapar de las aglomeraciones, me escondo en los mejores lugares de la ciudad: sus bares.

Los hay de muchos tipos, como en casi todos los países del mundo, pero yo soy muy selectivo, tanto como con las cervezas, y solo acudo a los que ofrecen una buena carta de cervezas artesanas y locales, un ambiente acogedor y una historia que contar. El Café Vlissinghe es uno de ellos. Se dice que aquí Rubens dibujó una moneda en una de sus mesas para pagar la cuenta. No es de extrañar, los artistas siempre han andado escasos de liquidez y sobrados de imaginación. Además, este bar lleva abierto desde 1515.

El descanso del viajero

Fuera de mí

Después de un par de bares y un par de cervezas por bar, Brujas se ve distinta.

La alta graduación de la cerveza local ayuda a que así sea, pero también la luz que baja, la gente que empieza a marcharse y las barracas que se meten en mi encuadre.

Nada es como tú lo ves

Paso del tiempo

Y llegó la noche, mi momento favorito en Brujas.

Es curioso que la ciudad ilumine sus edificios. Me pregunto para quién lo hace. Ya casi nadie queda por la calle. Pero es bonito que se cuide a sí misma. Parece que se ha preparado para disfrutar de la nada más tranquilizadora, como yo lo hago.

Ni brujas

Deslumbrados por la ciudad de Brujas

Perdidos en Brujas

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Oslo, país independiente (Noruega 5/6)

Publicado en Fotografía, Noruega, Oslo, Viajar el November 10th, 2016 por diegojambrina

He hecho fotos que jamás podré enseñar. Parte I
Rumbo a Cabo Norte. Parte II
Un viaje de paso lento y latido rápido. Parte III
Turismo antinatural. Parte IV

Oslo no es sólo la capital de un país, es un país en sí mismo, con su propio estilo, con una sociedad diferente, con infraestructuras más avanzadas, con arquitectura moderna, con barrios rehabilitados, unos con gusto y mucho dinero, otros solo con gusto… Es una ciudad tan distinta al resto de ciudades noruegas que parece pertenecer a otro país.

Esta afirmación no sólo dice mucho y bien de Oslo, sino que dice mucho y mal de Noruega. No sólo las ciudades, sino todo el territorio tiene carencias propias de un país de Europa del Este; uno de esos territorios que jamás han tenido dinero ni recursos que les permitan tenerlo en un futuro.

Pero Noruega tiene una industria petrolífera envidiada por toda Europa y el que se supone el mejor salmón del mundo, aunque en realidad hay quien afirma que es el alimento más tóxico del mundo; bueno, la cuestión es que sacan partido de ello. También tiene una industria turística muy activa, tanto de verano como de invierno. Y una industria maderera muy importante. Y a pesar de esto, sus infraestructuras son, por lo menos, algo justas.

Carreteras mal asfaltadas y mal señalizadas, carreteras de un sólo carril colapsadas por el excesivo tráfico diario, túneles tan oscuros como la boca del lobo, iluminados tan solo con una finísima línea intermitente de luz naranja. No quiero decir con esto que haya sufrido en Noruega, porque no ha sido así, he viajado bastante cómodo, pero sí es cierto que me ha sorprendido su nivel de precariedad, impropia del país escandinavo que yo me había imaginado. Así que, cuando llegué a Oslo, el último destino en mi viaje por Noruega, me sorprendió gratamente.

Arquitectura creciente

Escribiendo esto, me doy cuenta de que Oslo seguramente era como las demás ciudades noruegas no hace mucho tiempo, porque escribiendo esto hago repaso a todo lo que me cautivó y todo es lo que ha cambiado. Incluso el propio cambio en sí me cautiva; y me recuerda a otra ciudad cuya remodelación la ha hecho mucho más atractiva tanto para el visitante como para el residente. Me estoy refiriendo a Bilbao, capital del mundo.

La parte más hosca del viejo Oslo, el viejo puerto, es hoy la parte más nueva y estilosa de la ciudad. De las férreas grúas y los rudos trabajadores se ha pasado a edificios de viviendas, oficinas y comercios de gran elegancia y a ejecutivos con móvil en mano. Pero lo que más me gusta es que se ha respetado, al menos algo, el carácter áspero de los edificios de antaño y que, aun no interesándote las compras como actividad turística, pasear por el actual Aker Brygge es un placer visual. Los amantes de la arquitectura y del arte en general, se pasarán horas por aquí.

Oslo, ciudad Fenix

La representación artística de un puto lío

Personalidad de hierro

Otra de las zonas que han mutado con el tiempo es Grünerløkka. Un barrio lleno de espacios de arte y artistas que sacan a la calle su talento para que respire sin la opresión característica que las paredes de los museos provocan.

Restaurantes, mercados, bares y paseos paralelos al río Akerselva se suman a la fiesta colorista de esta parte de Oslo.

Una mujer con lo que hay que tener

Puente hacia la libertad creativa

Lámpara a la luz del sol

Puedo ser crítico con los museos, pero soy de los que acuden a ellos con verdadero interés. Y aunque en Noruega apenas los visité (el precio de las entradas tuvo buena parte de culpa), hubo uno que me atrapó sin remedio: el Vikingskipshuset. Si no llego a ir con mi mujer, muy probablemente me habría pasado todo el día en su única nave en forma de cruz latina. Por cierto, paradójica forma la que se eligió para el ensalzamiento de la cultura vikinga.

En el Museo de los Barcos Vikingos, como su propio nombre indica, hay tres barcos y unos pocos adornos y objetos rescatados de las garras de la tierra y de los siglos. Mucha gente no tarda más de 45 minutos en verlo todo, pero si creciste con la película de Kirk Douglas, Los Vikingos, y te gusta la cerveza y los asados, un día puede ser insuficiente. Además, el arte y la artesanía de la cultura escandinava es tan rica en detalles que podrías dedicar 45 minutos a cada obra expuesta.

Orgullo vikingo

Otra de las zonas interesantes de la ciudad es en la que está enclavado Oslo Ópera House. Y lo es hoy por este espectacular edificio, pero en breve lo será también por los edificios que ahora están en construcción.

El sol de tarde se alió conmigo para que tuviera una bacanal fotográfica como nunca antes había tenido. La luz rebotaba en sus paredes exteriores, blanca como un iceberg, y se colaba por entre los grandes ventanales hasta el interior, iluminando el hall de entrada y mis fotografías.

Andaba con una cámara en una mano y la otra colgando del cuello; una pose muy poco habitual en mí, siempre atento en pasar desapercibido, pero necesitaba tener los dos objetivos (uno de 35mm y el otro de 50mm) para ser doblemente feliz.

Me gustaría mucho volver a Oslo dentro de unos años. Esta zona promete dar buenas tardes a los fotógrafos y a los interesados en la arquitectura moderna. Y, además, siempre es sugerente volver.

Un mundo en construcción

Insignificante signo humano

Ventanales en Do mayor

La ventana indiscreta

Desde Nordkapp, el punto más al norte del país, y de Europa, al que se puede acceder por carretera, hasta Oslo, recorrí unos 3.000 Kms en moto. Todo un viaje lleno de curvas, ferris, luces imposibles, gasolineras, áreas de descanso, emociones y carne de gallina (y no precisamente por el frío) que recordaré siempre. Una experiencia compartida con mi pareja, a la que pido desde aquí que nunca deje de guiarme hacia destinos desconocidos.

En alerta permanente

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Un viaje de paso lento y latido rápido (Noruega 3/6)

Publicado en Fotografía, Noruega, Viajar el October 27th, 2016 por diegojambrina

He hecho fotos que jamás podré enseñar. Parte I
Rumbo a Cabo Norte. Parte II
Turismo antinatural. Parte IV
Oslo, país independiente. Parte V 

Cruzando el Círculo Polar Ártico

Tombuctú, Vladivostok, Ulán Bator, Sebastopol, Dar es-Salam, Manaos, Macao… muchos lugares merecen una visita por el simple hecho de lo que fueron para una persona. Aventureros, escritores, guionistas y directores de cine son algunos de los culpables de que tenga ganas de hacer la maleta y lanzarme a visitar rincones del mundo donde no hay nada. Al menos, nada aparentemente.

Se me pierde la mirada en el horizonte cuando oigo, o tan sólo pienso, en un lugar tan extraño como Vladivostok. Un lugar que está en el extremo oriente, entre China y Japón, y sin embargo pertenece al mismo país que Moscú. ¡Nueve mil kilómetros de distancia! Me encantaría ir a esta ciudad rusa, mucho más incluso que a la propia capital, y escribir sobre ello. De momento, me conformo con escribir sobre otro mítico lugar: el círculo polar ártico, que no es poco.

Ya atravesé a principios año el círculo polar, y hablé de él y de la estupidez de llegar y encontrarse con dos falsos Papas Noeles. Porque uno es una tontería, pero dos es una estupidez. Si queréis saber de qué estoy hablando, pinchad aquí.

Decía que hablé del círculo polar ártico, pero con poca emoción. Llegar hasta allí cómodamente sentado en un avión no significó nada. Llegar habiendo cruzado media Europa montado en una moto, significó mucho.

Y del mismo modo que lo fue para mí, lo puede ser para los demás. Pero, en general, no viajamos, sencillamente, nos movemos, y así, es comprensible que la mítica frontera del círculo polar ártico esté siendo devorada por la luz eterna de los veranos efímeros sin que nadie se pare a mirar.

Mundo olvidado

Unos kilómetros antes de llegar a la frontera que separa Suecia de Finlandia, y yendo por carretera desde el sur, me encontré con un lugar donde aparentemente no había nada, un lugar abandonado, por el que, sin duda, habría pasado de largo, si hubiera ido más rápido de lo que iba. Pero la escasez de gasolina en mi moto y de gasolineras en las carreteras, me obligaron a conducir despacio, y eso me dio tiempo para ver la esfera de hierro oxidado con la que se indica la entrada y salida del círculo polar ártico.

Acababa de entrar en el territorio donde el sol en verano nunca se pone y en invierno nunca se ve. Algo totalmente extraño y casi irreal para cualquiera del sur.

Aun viviéndolo, resulta difícil de comprender. Estás ante un final del día eterno. Estás sentado en la cama, a las dos de la madrugada, con la mirada perdida en una terca línea de luz.

Tarde
Atrapada por la luz

Noche
El final eterno

Madrugada
Sueño por vivir el sol de medianoche

Pero la vida en este extraño lugar del mundo es aparentemente normal.

Siempre había oído que la gente del norte vivía los veranos tan intensamente que alargaba la hora de irse a dormir, pero en realidad no lo viví así. La gente abandona las calles de Tromsø, la ciudad más grande del norte de Noruega, mucho antes de que la luz pierda su intensidad.

Gente extraña, tan extraña como su naturaleza, tan fría como sus cortos veranos, y tan afectada por su entorno natural que es difícil cruzarse con una mirada que no perturbe. Afortunadamente, ese carácter les ha dotado de una capacidad extraordinaria para idear y construir edificaciones fuera de lo común, como el Museo Polar, la iglesia de Tromsdalen, más conocida como la catedral del Ártico, o el descomunal puente que une la isla de Tromsø con el continente.

Descolocada

Una fría señal en el Ártico

Escala irreal

Otro de los lugares más importantes dentro de este círculo, además de Tromsø y de Nordkapp, del que escribí en este otro post, es el conjunto de islas que forman las Lofoten.

Y como una ventana, puedes abrirte a este lugar o encerrarte en ti mismo y tratar de averiguar quién eres. Porque páramos inhóspitos como éste sirven muy bien para pensar, aunque no sepas muy bien en qué.

Sueños llenos de luz

Siempre mirando al mar

Miradas cruzadas

Lo mejor de las islas Lofoten no son sus pueblos rojos de madera sino los sitios en los que esos pueblos están. No importa ir a Å, el último pueblo de las islas y con el nombre más corto del mundo, ni a Nusdfjord, ni a ningún otro. Lo mejor es recorrer la carretera sin destino fijo, sin hora de vuelta, sin importarte cómo se llama el pueblo que acabas de dejar atrás.

Aquí los nombres son tan insignificantes como el propio ser humano.

Listo para navegar por mi mar interior

Despertar

Y poco a poco, kilómetro a kilómetro, fui avanzando hacia el sur, acercándome a mi mundo conocido, al mundo donde la noche es noche y el día, día.

Puedo asegurar que esta experiencia ha sido fabulosa, pero, también puedo asegurar que esta tierra no es apta para nuestro espíritu humano actual, tal vez, por la contaminación social y económica de hoy, que nos impide disfrutar tanto de un mundo sin artificios como de nosotros mismos.

Respira y continúa

Viajera de paso lento y latido rápido

Al rojo

Abandoné, quién sabe si para siempre, el círculo polar ártico subido en un ferri.

Llegué rodando y me marché navegando, como no podía ser de otra manera tratándose de Noruega. El país donde las carreteras tienen hora de caducidad, y si no la respetas te quedas en tierra, esperando a que el sol vuelva a levantarse y comience de nuevo el servicio de ferris.

Línea imaginaria

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Rumbo a Cabo Norte (Noruega 2/6)

Publicado en Fotografía, Noruega, Suecia, Viajar el October 12th, 2016 por diegojambrina

He hecho fotos que jamás podré enseñar. Parte I
Un viaje de paso lento y latido rápido. Parte III
Turismo antinatural. Parte IV
Oslo, país independiente. Parte V 
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A pesar de que entre mi casa y Cabo Norte hay 4660 km y a pesar de que iba a ir en moto atravesando Francia, Bélgica, Alemania, Dinamarca, Suecia y Finlandia, siempre había pensado que aquel lugar era el inicio de mi viaje. Pero estaba equivocado.

Nordkapp, el punto más al norte al que se puede acceder por carretera, y punto de partida en mi recorrido por Noruega, se convirtió en un destino en sí mismo.

Cada uno se marca su propio destino

Si mis vacaciones de verano se hubieran terminado aquel seis de agosto de 2016, justo siete días después de que empezaran, me hubiera dado por satisfecho. La emoción que sentí encima de mi moto al llegar a Cabo Norte vale por todas las torres Eiffel del mundo, por todas las puertas de Brandenburgo, por todos los cruces de Shibuya e incluso por todos los fiordos de la propia Noruega.

Me pregunto si soy algo exagerado. No parece que el complejo turístico que han montado al final de la carretera más septentrional de Europa, y con la mayor tienda de souvenir que yo haya visto jamás, sea nada emocionante, y menos para mí, siempre dispuesto a ir en dirección contraria. Pero más que el lugar, lo realmente emocionante fue el momento, algo de lo que ya hablé en mi primer post sobre Noruega.

Aquel seis de agosto empezó a las seis de la mañana en Pajala, un pueblo de Suecia, desde el que partimos mi mujer y yo en nuestra última etapa. Cruzamos la frontera con Finlandia y atravesamos el país por su parte más estrecha. De nuevo cruzamos otra frontera, y ya en Noruega decidimos que fuera a la hora que fuera, aquel día llegaríamos hasta el final del camino. Aquel día llegaríamos al fin del mundo.

Agotados por las casi diez horas de viaje en moto, aún nos quedaba una más. Continuamos rodando por las estrechas carreteras noruegas y, en ocasiones, estuvimos acompañados por renos que, sin saber si tirar a izquierda o derecha, trotaban por el asfalto en paralelo a nosotros.

Atravesamos los últimos puentes, cruzamos túneles de once kilómetros de longitud, la mitad con fuerte inclinación hacia abajo, la otra mitad, con fuerte inclinación hacia arriba. Y siempre fríos, húmedos y mal iluminados. No es Noruega un país tecnológicamente avanzado. Ya hablaré en futuros post de esto.

Ya en la isla en la que se encuentra Cabo Norte, comenzamos a subir hasta su parte más alta y a ver cómo la carretera zigzagueaba con curvas amplias, abiertas y delicadas, como si pretendiera no hacer mella en una naturaleza casi intacta. Todavía no se veía el final, pero podía sentirlo. Sabía que estaba ahí y empecé a comprender que no llegaba al punto de partida en mi viaje por Noruega, sino al punto de llegada de un viaje que no había preparado.

Y finalmente llegamos. No sabía qué estaba sintiendo mi mujer en ese momento. Quité la mano izquierda del manillar de la moto y toqué su rodilla. Hemos llegado, sí. Y, no recuerdo bien si fue entonces o ya había empezado, lágrimas de emoción trataron de salir corriendo de mis cansados ojos. Quietas ahí, me dije en aquel momento. No hay razón para llorar. No hay razón para tanta emoción. Pero hoy sé que sí la hay, que la razón existe, aunque no la comprenda. Sé que si te emocionas es porque tienes una razón, aunque no sepas cuál es.

Deja que salga. Siéntela. Disfrútala.

Tiempo suavemente perdido

Mella

Camino seguro. Destino incierto.

Luz natural

Vidas paralelas que solo se tocan con una mirada a través de la ventana

Esta última foto se sale del estilo del post, pero no quería cerrarlo sin hacer mención a todos los moteros que han ido y, sobre todo, a los que irán, a este lugar: 71° 10′ 21″ N, 25° 47′ 40″ E.

Cabo Norte, o Nordkapp, como lo llaman los noruegos, es un lugar sagrado para los lapones y moteros. Y donde además de encontrarse el final de la carretera más septentrional de Europa, hay un complejo turístico que se cargó de golpe y porrazo esa emoción de la que he escrito. Lo bueno, para los que viajan con su casa a cuestas, es que está permitida la acampada. Y acampar mirando más hacia el norte, en dirección al polo ártico, tiene que ser maravilloso.

En compañía de la soledad

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He hecho fotos que jamás podré enseñar (Noruega 1/6)

Publicado en Escandinavia, Fotografía, Noruega, Viajar el September 22nd, 2016 por diegojambrina

Rumbo a Cabo Norte. Parte II
Un viaje de paso lento y latido rápido. Parte III
Turismo antinatural. Parte IV
Oslo, país independiente. Parte V 
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Decía la mítica fotógrafa Dorothea Lange que “la cámara fotográfica es un instrumento que enseña a la gente cómo ver sin una cámara fotográfica”. Al parecer yo ya he aprendido, porque en mi viaje por Noruega he hecho cientos de fotos sin usar la cámara.

Mientras rodaba por las carreteras del país, encima de mi moto, surgían momentos perfectos para apretar el botón, pero detener la moto, apartarme a un lado, quitarme los guantes y el casco, sacar la cámara, elegir la apertura, la velocidad, encuadrar y disparar, se convertía en un proceso demasiado largo. Así que, puedo asegurar que he hecho fotos que jamás podré enseñar.

Que no me haya detenido durante un trayecto para hacer una fotografía con la cámara no ha sido una cuestión de pereza (muchas veces lo he hecho), ha sido una cuestión de naturaleza.

Noruega es un lugar espectacular, pero cuando el sol consigue abrirse paso por las apretadas nubes e iluminar la negra carretera, o la orilla de un fiordo, o la cumbre de una montaña, entonces se convierte en un milagro. En un milagro tristemente fugaz.

Sentirse a gusto con uno mismo, tranquilo, feliz y sentirse solo al mismo tiempo es una de esas extraordinarias rarezas incomprensibles para mí. La naturaleza abierta, inmensa, descontaminada de personas e iluminada durante un breve momento me provoca ese sentimiento. Y es maravilloso.

Noruega, más que un país de naturaleza espectacular, es un país de momentos espectaculares.

Minúsculo

Sólo mirar

Entre ninguna parte y cualquier sitio

Nadie

Invitación

Cálido Ártico

Contra el muro de la vida

Fuerza diluida

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La ciudad de la luz, no es París

Publicado en Arlés, Fotografía, Francia, Mediterráneo, Provenza, Viajar el July 23rd, 2016 por diegojambrina

No dice mucho a favor de París el hecho de que no me acuerde exactamente si han sido tres o cuatro las veces que he estado en ella. Podría hacer el esfuerzo de mirar en mis apuntes, pero, francamente, no me apetece. Y, además, este post es para la verdadera ciudad de la luz: Arlés.

Esta ciudad al sur de Francia me tiene totalmente enamorado.

Caí sin remedio mucho antes de que yo paseara por sus calles. Mucho antes incluso de que empezara a viajar. Caí cuando de pequeño y en la oscuridad del salón de casa, vi “El loco del pelo rojo”; esa obra maestra del cine protagonizada por mi admirado Kirk Douglas. Una película sobre la vida de Vincent Van Gogh en la que se describe con especial sensibilidad el tiempo que el pintor vivió y trabajó en Arlés.

Para Van Gogh, este rincón del Mediterráneo era fuente de inspiración, sencillamente, porque la luz vivía allí. Hoy, Van Gogh es un reclamo turístico, pero en esta época del año el reclamo es un evento: Rencontres de la photographie. Uno de los más importantes, sino el más importante festival de fotografía de toda Europa. Y para allá que me fui.

Rojo instante, eterno deseo

Está a 759Km de mi casa. Unas nueve horas de camino. Tiempo suficiente para ir calentando mi cámara.

Afortunadamente para mí, mi carné de conducir había caducado y el provisional que tenía no me permitía circular por las carreteras francesas. Me lo pasé bien, jugando con la luz durante el viaje. La verdad, es que algo me decía que aquel fin de semana iba a ser un fin de semana lleno de luz.

Luz, aliada en la vida

Luz y calor, mucho calor, fue lo que me encontré; más de 40 grados, insuficientes, sin embargo, para obligarme a quedarme en algún local con aire acondicionado. Porque si estás en Arlés, lo único que te apetece es recorrer las calles sin mapa, sin criterio, sin razón. Pasear y dejarte atrapar por los claroscuros, que ensalzan la belleza de una edificación provenzal ligeramente descuidada, ligeramente conservada.

Entre amigas, entre sombras

Por si su arquitectura provenzal, sus numerosas ruinas romanas y su influencia en la vida y obra de Van Gogh no fuera suficiente atractivo, Arlés amanece a principios de julio con arte fotográfico en cada esquina. No se trata de un festival donde el arte se esconda tras las paredes de una sala expositiva. El arte sale a la calle, y lo hace gracias no sólo a la organización, sino también a fotógrafos espontáneos que acuden a la ciudad a mostrar su trabajo, para disfrute de todos y para tratar de atraer la mirada del experto. Hay un sueño en cada foto.

La calle es arte

Vistas al interior

Otros, exponen su ropa mojada sin rubor alguno. Se nota que estamos en una ciudad mediterránea. La gente es abierta, confiada, natural y sabe aprovechar una esquina soleada para colocar unas cuerdas y secar su colada.

Típica estampa pasada de hoy

Revisando las fotos que me traje de allí, siento que he tenido suerte. No sólo por encontrarme con una estampa propia del gran Martin Parr, sino porque me encontré con la loca del pelo rojo en “le café la nuit”, el mismísimo café donde el loco del pelo rojo saciaba su sed perturbadora con absenta. ¡No es increíble!

La loca del pelo rojo

Sí, me siento un hombre con suerte, pero también siento que voy creciendo como fotógrafo. Tal vez esté mal decirlo, hablar bien de uno mismo no es políticamente correcto, pero si he empezado este post escribiendo no muy bien de París, no voy a cortarme ahora.

De todas formas, si no pensáis lo mismo que yo, esto es un blog, comentad, criticadme, decidme que se me ha subido el absenta a la cabeza. Decid lo que queráis y decidlo sin tapujos.

Marco natural

Contemplación

Tengo muy buen recuerdo de este viaje. Muchas horas de carretera para llegar, muchas horas para volver, tan solo un día y medio allí, pero mereció la pena. Es un lugar muy recomendable. Lo recomiendo a amamantes a la fotografía, a la pintura, a la arquitectura, a la historia, a la luz y, por qué no, lo recomiendo también a los turistas sin pretensiones.

Bajo la sombra de la farola

Sin luz

La parte trasera del imperio romano

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