Yo soy el gato de Schrödinger

Publicado en Alemania, Este trabajo es mío, Fotografía, Fujifilm X-Pro2, Fujifilm X100, Literatura, Viajar el May 18th, 2018 por diegojambrina

Llevo unas cuantas semanas encerrado en un mundo de completa oscuridad. No soy capaz de saber si lloro de risa o de pánico. No soy capaz de saber si miro con envidia o con compasión. No soy capaz de saber si el nudo que tengo en el estómago es angustia o hambre. No soy capaz de saber si soy feliz o soy un animal sin conciencia ni consciencia. No sé si estoy vivo o muerto. Parezco el puto gato de Schrödinger. Lo único que ilumina este estado de duda infinita es que tanto el gato como yo estamos vivos y muertos al mismo tiempo.

El problema es que tengo que abrir la caja y mirar dentro, si quiero aclarar esta situación. Y aunque no haya candado, ni cerrojo, ni siquiera cinta de embalar alrededor de la caja, abrirla me va a resultar extraordinariamente difícil.

A la vista de la imaginación.

Viajar por este mundo de completa oscuridad es lo único que me mantiene vivo. Sólo quiero que nunca llegue a tropezarme con la ampolla de gas venenoso y provocar, no diré un triste final, sino un final prematuro. Al fin y al cabo, nadie se libra de la guadaña.

Durante mi viaje por Hamburgo (sí, aunque no lo parezca, este es el segundo post de mi viaje por la ciudad portuaria), fui tomando, iba a escribir fotografías, pero es más oportuno pedacitos de una realidad que generan en mi cabeza, más que cualquier otra cosa, dudas.

Y son las dudas las que me mantienen despierto. Parece que las necesito, que disfruto con ellas, que la angustia que provocan es la energía que me mueve. Vamos, que siento placer de mi estado tarado.

Es la puta misma moneda de siempre y sus dos partes que jamas se verán las caras o lo que llamaba el Soldado Bufón, la dualidad del hombre. Ahora sólo tengo que elegir una o ninguna o elegir las dos y vivir el resto de mi vida en el canto, consciente de que puedo caer para un lado o para otro sin que ello me importe lo más mínimo.

Vouyer

Ausencia

Sol interior

Naturaleza metálica

Superstar

Hamburgo es una ciudad que inspira.

Hay arte callejero, o vandalismo, según quién sea el espectador, y hay miradas que no ven más allá de sus narices. Hay atardeceres que esculpen siluetas de metal y paredes de metal que crean atardeceres perfectos.

La ciudad entera es una impostura, y eso me encanta. A veces parece que es una ciudad elegante, moderna, organizada, limpia, con ópera italiana como banda sonora. En otras ocasiones reina un perfecto caos, es oscura, lluviosa, desconfiada y los gritos reivindicativos resuenan en cada calle.

Lluvia de color

Mississippi

Impostura

Pero el arte también está en los museos. Al menos en los que yo visité.

Deichtorhallen Hamburg y Haus der Photographie son dos edificios separados por menos de 100 metros con entradas combinadas. Y más allá de las obras expuestas está el gusto por el modo en que se exponen las obras. Cada espacio es una obra en sí misma. Todo está perfectamente pensado y colocado, incluso el imprevisto de una gotera se alía con la exposición.

Una mañana maravillosamente invertida, en un espacio apto para todos los públicos y en los que está permitido hacer fotografías, una práctica a exportar a otros museos en los que sientes el aliento de la ley observando con más interés tu cámara que tú mismo las obras.

En espacios así, vuelves a creer que el futuro de la raza humana no está perdido. Parejas, personas en solitario, familia con hijos, mayores, jóvenes y jovencitos estudiantes que participan con interés en la interpretación de cada obra.

Sentí a mi lado la presencia del Sr. Stendhal.

Intervención

Stendhal

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Por Cuba a todo gas (Cuba 2/5)

Publicado en Cuba, Motor, Viajar el September 28th, 2017 por diegojambrina

Antes incluso de marcharme a Cuba sabía que no iba a escribir un post como el que estáis leyendo. Me decía a mí mismo: Diego, en A 50mm del mundo no hay lugar para fotos con los típicos coches cubanos. Estando ya allí, y haciendo fotos a los típicos coches cubanos, me decía: Diego, puedes hacer fotos a los típicos coches cubanos, pero ten claro que al blog no entran. De regreso, en el avión, y haciendo un repaso a las fotos tomadas, me decía: Diego, aquí hay muchas fotos con los típicos coches cubanos, ¡pero qué cojones has estado haciendo! Y pasado ya un mes desde mi regreso, estoy haciendo un post con los típicos coches cubanos.

Bueno, ¿y por qué no? Son tan bonitos, tan estéticos, tan de otra época, tan imposibles de encontrar en cualquier otro lugar del mundo, que por qué no. Además, Cuba es así, por mucho que algunos cubanos quieran ver otra realidad distinta y algunos fotógrafos queramos tomar una Cuba nunca antes fotografiada.

Yo la verdad es que estaba encantado. Me apasiona el mundo del motor. Me fascinan los clásicos. Y cuando los miro, no solo veo un coche con 60 o 70 años. Veo el trabajo bien hecho de quien los fabricó, veo al dueño saliendo del concesionario con un sombreo de ala corta en la cabeza y un 0 en el cuentakilómetros. Veo las carreteras sin asfaltar por las que empezaron a circular. Veo los huracanes que han soportado. Veo la revolución. Veo la necesidad de mucha gente por mantenerlos en marcha. Veo el ingenio de quien los mantiene. Veo tantas cosas, que no es un simple y típico coche cubano.

Y vosotros ¿qué véis?

Azul cielo

Azul

Los protas

La revolución, inmutable

A la sombra

Amigos de lo azul

Camino a casa

Cierro los ojos y veo el verde

Abanico de verdes

Otros vientos

Calzada romana en América

Animales de la selva

Todo concuerda

Todos los coches son pardos

Huele a pasado

Mañana volverá a salir el sol

Iconos inmutables en un mundo mutable

Rococó

El pasado en pie

Flat iron building?

Con vistas al color

Revolución rosa

Esperanza

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Gante, el tímido recuerdo de una ciudad

Publicado en Bélgica, Gante, Viajar el May 27th, 2017 por diegojambrina

Recuerdo el silencio de una ciudad llena de ruidosos estudiantes borrachos de libertad. Como si estuviera asustada de lo que en ella ocurría. Gante es tímida y reservada; tanto que apenas se cruzaron entre nosotros dos palabras.

Tengo que recurrir a mis fotografías para recordar su aspecto. Y cuando las veo me digo, sí, estuve allí, aunque en realidad no lo siento así. Sé que en unos años no existirá más memoria que lo vivido en el interior de sus bares. Templos dedicados al sosiego, a la reflexión y al sabor ligeramente amargo de una cerveza, en su mayoría, sensacional.

Pequeñas costumbres autóctonas

Algunos de estos locales huelen a tradición inmutable, donde se aprecia una vaga adaptación a las comodidades modernas, sensación que se esfuma por completo cuando bajas a sus váteres.

Otros sitios, alarmados por la desaparición de sus vasos, crean tradiciones con cierto tufo a turistada, pero son divertidas. En Herbert de Dulle Griet, si quieres beber la cerveza que fabrican ellos mismos, debes entregar un zapato. Luego el camarero lo coloca en una cesta y lo sube hasta el techo. ¿Podéis preguntarme si alguna de esas botas es mía?

Arma de destrucción pasiva

Gante es un decorado eterno y efímero, tan espectacular bajo los últimos rayos de la tarde como falso a plena luz del día, durante todos los días de su larga historia. Así lo siento y así lo veo en mis fotografías, muchas de ellas llenas de luz diurna y de la nada más desalentadora.

Y a medida que cae la noche, me siento a gusto. La ciudad se refugia en la oscuridad y yo con ella.

Arquitectura viva por hombres muertos

Recuerdo en lugar...

Persiguiendo a su sombra por la vía equivocada

Cada día, cae la noche

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He hecho fotos que jamás podré enseñar (Noruega 1/6)

Publicado en Escandinavia, Fotografía, Noruega, Viajar el September 22nd, 2016 por diegojambrina

Rumbo a Cabo Norte. Parte II
Un viaje de paso lento y latido rápido. Parte III
Turismo antinatural. Parte IV
Oslo, país independiente. Parte V 
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Decía la mítica fotógrafa Dorothea Lange que “la cámara fotográfica es un instrumento que enseña a la gente cómo ver sin una cámara fotográfica”. Al parecer yo ya he aprendido, porque en mi viaje por Noruega he hecho cientos de fotos sin usar la cámara.

Mientras rodaba por las carreteras del país, encima de mi moto, surgían momentos perfectos para apretar el botón, pero detener la moto, apartarme a un lado, quitarme los guantes y el casco, sacar la cámara, elegir la apertura, la velocidad, encuadrar y disparar, se convertía en un proceso demasiado largo. Así que, puedo asegurar que he hecho fotos que jamás podré enseñar.

Que no me haya detenido durante un trayecto para hacer una fotografía con la cámara no ha sido una cuestión de pereza (muchas veces lo he hecho), ha sido una cuestión de naturaleza.

Noruega es un lugar espectacular, pero cuando el sol consigue abrirse paso por las apretadas nubes e iluminar la negra carretera, o la orilla de un fiordo, o la cumbre de una montaña, entonces se convierte en un milagro. En un milagro tristemente fugaz.

Sentirse a gusto con uno mismo, tranquilo, feliz y sentirse solo al mismo tiempo es una de esas extraordinarias rarezas incomprensibles para mí. La naturaleza abierta, inmensa, descontaminada de personas e iluminada durante un breve momento me provoca ese sentimiento. Y es maravilloso.

Noruega, más que un país de naturaleza espectacular, es un país de momentos espectaculares.

Minúsculo

Sólo mirar

Entre ninguna parte y cualquier sitio

Nadie

Invitación

Cálido Ártico

Contra el muro de la vida

Fuerza diluida

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La ciudad de la luz, no es París

Publicado en Arlés, Fotografía, Francia, Mediterráneo, Provenza, Viajar el July 23rd, 2016 por diegojambrina

No dice mucho a favor de París el hecho de que no me acuerde exactamente si han sido tres o cuatro las veces que he estado en ella. Podría hacer el esfuerzo de mirar en mis apuntes, pero, francamente, no me apetece. Y, además, este post es para la verdadera ciudad de la luz: Arlés.

Esta ciudad al sur de Francia me tiene totalmente enamorado.

Caí sin remedio mucho antes de que yo paseara por sus calles. Mucho antes incluso de que empezara a viajar. Caí cuando de pequeño y en la oscuridad del salón de casa, vi “El loco del pelo rojo”; esa obra maestra del cine protagonizada por mi admirado Kirk Douglas. Una película sobre la vida de Vincent Van Gogh en la que se describe con especial sensibilidad el tiempo que el pintor vivió y trabajó en Arlés.

Para Van Gogh, este rincón del Mediterráneo era fuente de inspiración, sencillamente, porque la luz vivía allí. Hoy, Van Gogh es un reclamo turístico, pero en esta época del año el reclamo es un evento: Rencontres de la photographie. Uno de los más importantes, sino el más importante festival de fotografía de toda Europa. Y para allá que me fui.

Rojo instante, eterno deseo

Está a 759Km de mi casa. Unas nueve horas de camino. Tiempo suficiente para ir calentando mi cámara.

Afortunadamente para mí, mi carné de conducir había caducado y el provisional que tenía no me permitía circular por las carreteras francesas. Me lo pasé bien, jugando con la luz durante el viaje. La verdad, es que algo me decía que aquel fin de semana iba a ser un fin de semana lleno de luz.

Luz, aliada en la vida

Luz y calor, mucho calor, fue lo que me encontré; más de 40 grados, insuficientes, sin embargo, para obligarme a quedarme en algún local con aire acondicionado. Porque si estás en Arlés, lo único que te apetece es recorrer las calles sin mapa, sin criterio, sin razón. Pasear y dejarte atrapar por los claroscuros, que ensalzan la belleza de una edificación provenzal ligeramente descuidada, ligeramente conservada.

Entre amigas, entre sombras

Por si su arquitectura provenzal, sus numerosas ruinas romanas y su influencia en la vida y obra de Van Gogh no fuera suficiente atractivo, Arlés amanece a principios de julio con arte fotográfico en cada esquina. No se trata de un festival donde el arte se esconda tras las paredes de una sala expositiva. El arte sale a la calle, y lo hace gracias no sólo a la organización, sino también a fotógrafos espontáneos que acuden a la ciudad a mostrar su trabajo, para disfrute de todos y para tratar de atraer la mirada del experto. Hay un sueño en cada foto.

La calle es arte

Vistas al interior

Otros, exponen su ropa mojada sin rubor alguno. Se nota que estamos en una ciudad mediterránea. La gente es abierta, confiada, natural y sabe aprovechar una esquina soleada para colocar unas cuerdas y secar su colada.

Típica estampa pasada de hoy

Revisando las fotos que me traje de allí, siento que he tenido suerte. No sólo por encontrarme con una estampa propia del gran Martin Parr, sino porque me encontré con la loca del pelo rojo en “le café la nuit”, el mismísimo café donde el loco del pelo rojo saciaba su sed perturbadora con absenta. ¡No es increíble!

La loca del pelo rojo

Sí, me siento un hombre con suerte, pero también siento que voy creciendo como fotógrafo. Tal vez esté mal decirlo, hablar bien de uno mismo no es políticamente correcto, pero si he empezado este post escribiendo no muy bien de París, no voy a cortarme ahora.

De todas formas, si no pensáis lo mismo que yo, esto es un blog, comentad, criticadme, decidme que se me ha subido el absenta a la cabeza. Decid lo que queráis y decidlo sin tapujos.

Marco natural

Contemplación

Tengo muy buen recuerdo de este viaje. Muchas horas de carretera para llegar, muchas horas para volver, tan solo un día y medio allí, pero mereció la pena. Es un lugar muy recomendable. Lo recomiendo a amamantes a la fotografía, a la pintura, a la arquitectura, a la historia, a la luz y, por qué no, lo recomiendo también a los turistas sin pretensiones.

Bajo la sombra de la farola

Sin luz

La parte trasera del imperio romano

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