A bajo cero en Laponia

Publicado en Finlandia, Helsinki, Laponia, Rovaniemi el April 7th, 2016 por diegojambrina

Al fin del mundo se llega en tan sólo cuatro horas y cinco minutos de avión. Un vuelo cómodo y corto que sirve para hacer repaso mental de la maleta. Nunca antes había tenido tanto interés en hacer bien mi equipaje y que éste llegara completo al mismo destino que yo. Demasiado frío y demasiado caro como para haberme olvidado los guantes.

Así es Finlandia para los extranjeros. Se nos presenta como el fin de la tierra, como cabría esperar por su nombre, aunque en realidad significa “tierra de fineses”.

Una vez en tierra y con la maleta en la mano, empieza la aventura.

Larga es la sombra del invierno en Helsinki

Bueno, en realidad, poco hay de aventura en un viaje tan organizado y tan comprimido como el que yo hice.

Todo es fácil, incluso sobrevivir a las bajas temperaturas de Finlandia. Aunque a decir verdad, tampoco hacía tanto frío. En Helsinki no pasó de los 5ºC bajo cero y la primavera ya se dejaba notar en los hielos quebradizos en las orillas de los ríos. Para la gente local, hace un poco de fresco. Para la gente del sur, la sombra del invierno se nos muestra eterna por estos lares.

La capital de Finlandia era un misterio para mí antes de llegar. Y tras mi cortísima estancia, lo sigue siendo. Así que no me queda más remedio que volver para tratar de conocerla. Por lo que dicen, en verano se está muy a gusto e incluso la gente se baña en el mar. Habrá que creerles.

Verde

El verdadero reclamo de Finlandia en esta época del año es Laponia, y, más concretamente, su capital, Rovaniemi. Aquí sí que hace frío. El termómetro baja hasta los 15ºC bajo cero y cuesta quitarse los guantes para sacar una foto. ¡Quién fuera perro!

Negro sobre blanco

Sí, perro, mucho mejor que reno, porque estos cornudos a pesar de que se llevan todas las simpatías de los niños y reciben nombres tan cariñosos como Rudolf, en Laponia no sólo se utilizan a los renos para tirar de los trineos, y repartir regalos por todo el mundo, sino que se los comen. Es, junto con el salmón, el plato típico.

Y para tópicos, la villa de Santa Claus. Un espacio tan artificial como Las Vegas, donde a falta de un señor disfrazado de Papa Noel, hay dos. A ver cómo le explicas a tu hijo que después de volar hasta el círculo polar ártico, hay dos Santa Claus en el mismo sitio.

Finally, we meet, reza la publicidad. Sí, pero ¿a cuál de los dos conocisteis finalmente?

Largo camino para conocer al hombre de las nieves

A mí, lo que realmente me parece mágico son las carreteras efímeras de Laponia. Carreteras de hielo, con sus señales de tráfico incluidas, por las que circular a gran velocidad con las motos de nieve. Y aunque no hay radares, y a la policía no la llegué a ver, sí hay cordura, lógica y respeto. Si te cruzas con tráfico, o a lo lejos se ve a un buen hombre acercándose lentamente sobre sus esquís, reduces la velocidad.

Además, a mí me entraban unas ganas locas de saludar a la gente. Levantaba la mano como si le conociera de toda la vida. Lo mejor, que la otra persona respondía de la misma forma.

Es gente maja.

Carreteras efímeras

Los días en Laponia transcurren a golpe de actividad. Un día vas de paseo sobre los ríos helados y al siguiente te montas en un bus y llegas sin ninguna dificultad hasta Kemi, ciudad portuaria.

Allí hay un rompehielos llamado Sampo único en el mundo. No hay otro rompehielos con actividad turística como este. Lo más parecido será el que te acerca hasta la Antártida, en lo que debe de ser uno de los cruceros más maravillosos que se pueda hacer. Ya os contaré, porque viajar al Polo Sur es algo que pienso hacer antes de morir. Y, después de la maravillosa experiencia en Laponia, lo tengo aún más claro.

Navegar por el golfo de Botnia es algo sorprendente. Miras por la borda y no ves agua, sólo hielo. El mar Báltico se hiela con facilidad al ser una zona poco profunda y con baja salinidad.

No se nota el contacto con las capas de hielo, ni cuando éstas se resquebrajan y se rompen, dejando ver sus casi dos metros de espesor. El Sampo se desliza por encima sin resistencia, aplastando con su enorme peso todo lo que pilla a su paso.

Horizonte helado

Pero lo más alucinante no es navegar, sino cuando se para el barco. Es el momento en que echan la pasarela abajo y te permiten bajar a pisar el mar helado. Es, sencillamente, alucinante.

Allí, me acordé de uno de mis héroes y del libro “Atrapados en el hielo” de Caroline Alexander. En él se narran las aventuras vividas durante casi dos largos años por la expedición de Ernest Shackleton. Partieron con la intención de cruzar a pie el continente blanco de lado a lado, pero el barco en el que viajaban, el Endurance, quedó atrapado en el hielo antes incluso de que llegaran al destino establecido como punto de partida. Vamos, que ni partieron siquiera hacia su objetivo.

Así que, tuvieron que cambiar de reto por otro más importante aún: el de regresar sanos y salvos a casa.

Y lo consiguieron.

Atrapados en el hielo

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Ámsterdam, una ciudad monumental sin monumentos (2/2)

Publicado en Ámsterdam, Holanda, Viajar el December 23rd, 2015 por diegojambrina

PARTE 1/2 – fotografía en B&N con una Lubitel – 120

He viajado bastante por Europa, bueno, no mucho, pero sí lo suficiente para afirmar que hay decenas de lugares a los que se les llama “la pequeña Venecia”. Basta un par de canales que se crucen por el centro de la ciudad para ganarse ese sobrenombre. En realidad, lo que ocurre es que no tienen la suficiente personalidad propia para ganarse la atención del viajero, y ni mucho menos del turista, y han de buscar una etiqueta que les asocie con algo de valor.

Ámsterdam no es así. A pesar de que es lo más parecido a Venecia que he podido encontrar, nadie la llama “la pequeña Venecia”. Para empezar, no es pequeña. Es una gran urbe con más de dos millones de habitantes y muchos, pero que muchos turistas. Pero, sobre todo, tiene una personalidad invulnerable e incompartible.

Recuerdos perfilados

Basta caminar por las calles de la capital holandesa para darse cuenta de que no hay nada parecido en todo el mundo. Me siento atraído por cada rincón. Me siento atraído por cada calle, por cada plaza, cada puente, fachada, bote, bicicleta, bar, mirada… Me siento atraído por todo. Tengo la sensación de que podría estar un mes entero caminando y fotografiando sin parar y sin cansarme.

Cruce de estilos

Pero si llegara el momento, si en algún instante del viaje necesitara más, más… no sé, algo más estándar, como un buen museo, por ejemplo, hay unos cuantos a los que ir.

Está el museo de fotografía, FOAM, ubicado muy cerca del centro de la ciudad y con una buena librería donde abastecerse de clásicos y contemporáneos. Y algo más alejado, pero siempre a mano, está el Museumplein, una plaza en la que se han ubicado el Rijksmuseum, el Van Gogh Museum y el Stedelijk Museum Amsterdam, arte y diseño moderno y contemporáneo.

Movidos por el arte

Hay muchos más. Algunos seguro que merecen la pena. Y otros seguro que no, aunque las largas colas para entrar de gente quieta como muñecos de cera, parecen contradecirme.

A mí, el que me deja de piedra ante tanta belleza y sentimiento es el de Van Gogh. Podría estar todo el día encerrado en el museo, disfrutando del aire fresco de la provenza francesa y de noches estrelladas, en compañía del hada verde.

Agua pasada

Podría hablar también de los humeantes coffeeshops o del humillante y denigrante barrio rojo, del decepcionante mercado de las flores, del masificado centro de la ciudad y falto, curiosamente, de canales, pero para qué. Todo eso ya lo conocéis, si no por vivencia propia, sí por miles de imágenes e historias que hayáis podido leer o escuchar.

Yo me quedo con lo mío. Con los canales de oriente y occidente. Me quedo con los bares llenos de cultura popular y con cervecerías que elaboran tradición y renuevan tesoros históricos, como este molino. De Gooyer es uno de los seis molinos de madera que aún perviven en Ámsterdam y el molino de madera más alto de Holanda.

Iconos

Me quedo también con esas zonas inexploradas por el turismo de masas y, lamentablemente, por mí, porque tres días de invierno en una ciudad así no son nada.

Me quedo con todas esas calles que quedaron sin pisar y con el extrarradio y la zona portuaria, de la que tan bien he oído hablar por los amantes de la arquitectura contemporánea.

Ámsterdam, volveré.

Hot El

Color local

Puentes tendidos

Brug

Strangers in the night

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Ámsterdam, una ciudad monumental sin monumentos (1/2)

Publicado en Ámsterdam, Fotografía, Holanda, Lomografía, Lubitel, Viajar el December 20th, 2015 por diegojambrina

PARTE 2/2 – fotografía en color con una Fujifilm X100

Asia, África, Centroamérica y Sudamérica… lugares lejanos en el espacio que nos hacen sentir viajar en el tiempo. Esa es la razón por la que viajamos hasta allí. Pero a dos horas y media de vuelo, tenemos ciudades que parecen transportarnos a otro mundo. Un mundo donde lo privado y lo público se separa por una ventana sin cortinas. Un mundo donde hay gente que vive en casas flotantes, donde el coche no sirve y la bicicleta se transforma de objeto de recreo en principal medio de transporte.

Estoy hablando de Ámsterdam.

Hábitat de Diego Jambrina en 500px.com

 

Doblemente bonito de Diego Jambrina en 500px.com

Tres días en una ciudad sin monumentos destacables parecen demasiados días.
No hay torres Eiffel, ni puertas de Brandenburgo, ni museos Guggenheim, pero Ámsterdam no necesita nada de eso.

A la capital de los Países Bajos, le basta y le sobra con sus canales, edificios centenarios e inclinados. Le basta con sus tiendas de souvenir con sabor a queso, con sus bicicletas, cerveceras y bares con amplia carta local. Le basta con sus pequeños puentes de piedra y con los puentes levadizos, que tanto recuerdan a Van Gogh. Le basta con el frío que tersa la piel y con recorridos a pie, guiados por el desconcierto de miles de calles que se cruzan en el camino.

En Ámsterdam, basta con estar ahí.

Mujer de Diego Jambrina en 500px.com

 

Rodar por el agua de Diego Jambrina en 500px.com

Molen de Diego Jambrina en 500px.com

 

Estructura dura y móvil de Diego Jambrina en 500px.com

Movilidad eterna de Diego Jambrina en 500px.com

 

Suave navegación de Diego Jambrina en 500px.com

 

Movilidad eterna de Diego Jambrina en 500px.com

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A traveler from Japan

Publicado en Fujifilm X100, Japón, Viajar el October 19th, 2015 por diegojambrina

Are you travelers? No hay mejor forma de empezar una conversación que con esta pregunta. Sucedió en Matsumoto, en la terraza de un bar de estilo irlandés. Un señor pasaba por allí y ante nuestros ojos delatores e inclinación de cabeza se detuvo y nos preguntó si éramos viajeros. Cualquier otro hubiera empezado con un where do you from? Es como el yo a ti te conozco que algunos usaban antes para ligar. Cansa.

Pero Matsumoto es distinta. Y aunque es una ciudad de grandes números, su aspecto es la de una cuidad pequeña. Casi todos los edificios son de tres o cuatro alturas como máximo, calles tranquilas por las que pasear, pequeños templos en cada esquina y gente amable, más incluso que en el resto del país, que ya es decir.

Una calle cualquiera

Su mayor atractivo, por lo que todo el mundo va hasta allí, es el castillo. Tiene un sencillo nombre: Matsumoto-jo, es decir, el castillo de Matsumoto, pero su historia es bien complicada. Lo tiene que ser a la fuerza puesto que lleva ahí desde 1595. Es el castillo de madera más antiguo de Japón. Tiene seis pisos de altura, es, por tanto, de los edificios más altos de la ciudad, y un interior casi vacío de objetos, pero lleno de turistas. No importa. Todo es ordenado, organizado y limpio, y caminar descalzo por la madera centenaria es uno de los placeres que nadie se debería perder. Mi viejo amigo, el de la pregunta que abre este post, es guía voluntario. Si vais por allí, podréis encontrar a estas personas en la puerta de acceso, deseosa de enseñar su cultura y practicar inglés. Tal vez algún día, él se acerque hasta aquí. Le interesan los castillos. Y también las patatas fritas. Lo sé porque tras nuestra despedida volvió con un paquete de sus patatas favoritas. Quiso hacernos un regalo, aunque el regalo fue él mismo.

Iconos japoneses

En Japón, la naturaleza se suele cebar con los japoneses, pero también les ofrece regalos únicos, como el de esta lengua de tierra en Amanohashidate. Una estrecha franja de arena de 3,5 km de largo donde coexisten más de 8.000 pinos y unos pocos vecinos.

Rareza naturalPara llegar hasta allí, no es necesario hacer transbordos. Sale un tren directo desde Kioto, aunque debe de ser un servicio relativamente nuevo, puesto que ni siquiera todos los trabajadores del Japan Rail en Kioto lo conocen. Yo me enteré al llegar a la estación de Amanohashidate. Como me dijeron, hice mi transbordo correspondiente y alcancé la costa en un tren local de línea privada. Y cuando llegué a la estación, vi un tren del JR con el destino escrito en su locomotora. ¡Y ponía Kyoto! No me lo podía creer. De todas formas, no está mal que aún la gente no lo sepa, porque eso hace que el lugar se mantenga relativamente ajeno al turismo de masas, sobre todo, de masas occidentales. Bajo el sol

Así que, se puede llegar a este rincón desde Kioto e ir y volver el mismo día, pero no es algo demasiado recomendable. Lo mejor es que cuando se esté en Kioto dediquéis todo el tiempo a ver Kioto, porque la antigua capital de Japón merece toda vuestra atención.

De hecho, si disponéis de poco tiempo para estar en el país, es preferible que lo dediquéis en exclusiva a Kioto. Nada más llegar a la ciudad, te das cuenta de que te va a gustar. La propia estación de tren es una maravilla descomunal.

¡Arriba!

Kioto lo tiene todo: todo el ajetreo de una gran ciudad, con restaurantes especializados en ramen o, mejor aún, en fireramen, bares con cerveza de calidad, comercios, multitudes y neones; y toda la tranquilidad de un pueblo, con calles vacías o casi vacías, pequeñas casas de madera y barrios bien iluminados por el sol de tarde.

Presencia

Además, en Kioto están esos templos tan conocidos por todo el mundo, esos que siempre salen en las revistas de viajes, en los documentales y en las guías del país, y que estás obligado a visitar.

Uno de estos templos imprescindibles es el Fushimi-Inari Taisha, con 4 km de sendero cubiertos con tantos arcos rojos que la luz apenas ilumina el camino. Estos arcos o puertas, conocidas como torii, se colocan en los accesos a los templos. Limitan la parte profana de la sagrada. En este caso, adquiere otro significado, más vinculado a la superstición y a la empresa, pues cada uno de estos arcos está patrocinado por una compañía deseosa de que su negocio funcione bien.

Como veis, nadie quiere quedarse fuera del éxito.

Camino marcado en rojo

El otro templo imprescindible es el bosque de bambúes de Arashiyama, que aun no siendo un templo en sí mismo, posee un ambiente muy místico. Aunque bien es cierto que cada vez que un taxi pasa por el medio, atropella cualquier sentimiento elevado.

Embelesada

Otro de los santuarios más importantes del país está en Miyajima, una pequeña isla situada al sur de Hiroshima. Allí se encuentra un templo budista de lo más curioso. Su nombre es Daisho-in y está construido sobre pivotes a la orilla del mar. Tan a la orilla que con la marea alta, el agua se mete por debajo y el santuario parece flotar en ella. Lo mismo ocurre con su torii, ubicado algo más adentro. Es, sin duda, el torii más fotografiado de Japón. Y no es de extrañar, si hubiera tenido tiempo, me hubiera quedado todo el día allí para fotografiarlo a cada hora, con cada marea: baja, media y alta.

Y si os estáis preguntando por qué han construido esto en el mar, es por el carácter sagrado de la isla. Las personas somos demasiado pecadoras para pisar esta tierra, aunque eso era antes. Ahora debemos de ser unos beatos, porque la isla es pisoteada por los turistas sin ningún miramiento. Hay turistas por todas partes; turistas en el ferry de ida, turistas en el puerto, turistas por los caminos, turistas en las santas tiendas de turistas y turistas en el ferry de vuelta.

Llamando a las puertas del ego¿Y de dónde salen tantos turistas? Pues de la cercana Hiroshima, una de esas ciudades que pocos que se quieren perder. Lástima que sea para recordar su triste pasado.

Tras la ruin historia

De todas formas, a pesar de su pasado de muerte, es una ciudad llena de vida y de gente sonriente, con especialidades culinarias, como el okonomiyaki o las famosas ostras de Hiroshima. Si vas a estar poco tiempo, puedes incluso probar las dos cosas a la vez: un okonomiyaki con ostras. Así lo hice yo, aunque más tarde, en una vinatería, hablando con amantes del vino, me dijeron que eso de mezclar es pecado; el okonomiyaki por un lado y las ostras por otro.

La obra y el artista bajo la mirada del mecenas

Pero, tras unos vinos tintos, acabaron por perdonarme. Fue una de las experiencias que guardaré con más cariño; beber vino de su tierra y de la mía y chapurrear inglés con gente simpática, generosa y agradecida. Gente que, sin embargo, me tiene algo despistado. Generalizar no ha sido nunca una opción para mí, a sí que no voy a hacerlo ahora con los japoneses, pero sí tengo que decir que no había visto en toda mi vida tanta oferta junta de sexo y otras modalidades picantes, y no hablo de comida, en una misma ciudad. Uno no sabe dónde meterse, sin tener la duda de que al otro lado de la puerta le van a sorprender con una recepción excesivamente calurosa.

Comensales sin hambre

En Osaka, hay otro tipo de perversión.

El capitalismo se muestra obsceno en forma de enormes edificios, coches de lujo, tiendas de moda y hoteles y bancos de renombre por toda el área cercana a la estación de tren. Un ambiente perfecto para sacar jugo a la cámara fotográfica, el movimiento y el contraste de las luces bajas y altas.

Luces y sombras del capitalismo

Y si no tenéis demasiado interés por la fotografía, y sí por las luces de neón, el frikismo, ese frikismo japonés en el que todos estáis pensando, y la multitud enfervorizada por el microconsumo, también podéis disfrutar de Osaka. Vuestra zona se llama Shinsaibashi y Dotonbori. Dos barrios divertidos y con una oferta culinaria muy particular. Aquí comí fugu, más conocido por nuestros mares como pez globo. De aspecto bonachón y veneno letal. Pero no podía marcharme de Japón sin comerlo. Era un imprescindible en mi viaje.

Cabeza alta

Como también era imprescindible comer la carne más cara del mundo. Al menos un cachito, no sé, ¿qué tal 100 gr? Algo, para probarla, y poder escribir sobre ello.

Y, como no podía ser de otra forma, nada mejor que ir a Kobe para comer carne de Kobe. Pero de esto ya he escrito en otro blog, en el de la mejor chuleta de Bilbao. Si queréis conocer mi experiencia y saber qué es la verdadera carne de Kobe y qué nos venden en este país como lo que no es, pinchad aquí.

Os adelanto que los 100 gr de los que hablo me costaron 80€, es decir, que una chuleta de kilo cuesta 800€. Y, claro, 100 gr no es nada, así que tuve que pedir una langosta de postre, que para algo soy de Bilbao. Todo, chuleta y marisco, hecho al teppanyaki. Espectacular.

Ni que decir, que para recuperarme de la hostia, tuve que comer los siguientes días patatas fritas de sobre y, como lujo, comida rápida en el barrio chino de la ciudad. Un little chinatown que cautiva también a los japoneses.

Los chinos también cauitaban en Japón

Por cierto, no he hablado de lo que cuesta viajar por Japón, al dinero me refiero. Bueno, de eso mejor no hablar.

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Tokio, la ciudad imposible

Publicado en Fotografía, Fujifilm X100, Japón, Tokio, Viajar el September 23rd, 2015 por diegojambrina

Tokio es una ciudad imposible, completamente inabarcable para el viajero con fecha de caducidad, como yo mismo. Cinco días invertí en la capital de Japón, nunca antes había estado tanto tiempo en una misma ciudad, y no pude ver ni la mitad de lo que me propuse antes de llegar, y os aseguro que preparando el viaje ya dejé fuera muchos lugares interesantes. Una vez en Tokio, bastaron las primeras horas del primer día para darme cuenta de que mis planes no se iban a cumplir.

Para empezar, en mi lista no tenía al Metro de Tokio como destino, y creedme si os digo que en realidad es un destino. Sí, el Metro de Tokio es una atracción turística en sí misma, y pasaréis mucho tiempo en ella, aunque la mayor parte sin pretenderlo. 13 líneas; 13 colores distintos; muchos precios; muchas escaleras que suben y bajan; 2.500 millones de usuarios al año, no sé cuántos son al día, pero muchos sí que son; andenes compartidos para ir y para volver; 286 kilómetros de longitud en total; vagones que van en la dirección equivocada, piensas, aunque el equivocado eres tú, por supuesto; y una megafonía potente y clara, aunque de poco le sirve al extranjero. Apasionante, sin duda.

Y cuando logras salir, sientes placer y orgullo aventurero satisfecho, y si lo haces en el sitio correcto, más aún. Y, si, además, tienes una vista como esta, a unos buenos ejemplos de arquitectura contemporánea, mucho más.

Para quitarse el sobrero

Ahí tenéis el Tokyo Sky Tree, la torre de comunicación independiente más alta del mundo; 634 m, aunque la mayoría de los visitantes sólo suben hasta la primera plataforma circular, a 350 m, desde donde se ve, si el tiempo y la contaminación lo permiten, la inmensidad de Tokio. Pero vaya, a mí me pareció mucho más interesante lo que sucedía dentro.

Yo estuve allí

También me pareció muy interesante ver el interior de este otro edificio: el Nakagin Capsule Tower del arquitecto Kisho Kurokawa. Es una de las pocas edificaciones de estilo metabolista de Japón y la primera torre de cápsulas del mundo. Para poder ver el interior es necesario alojarse en una de sus cápsulas. Nada de pasearse por allí sin más ni más. Mucho ojo porque el portero hace honor a su profesión y para todo avance de curiosos con su mal humor y perfecto japonés y, si fuera necesario, una llamadita a la policía.

Yo me alojé en el apartamento de Masato, accesible a través de la plataforma airbnb.com, aunque en el tiempo que estuve allí me arrepentí mil veces. Ya cuando me acerqué por primera vez y vi la malla que protege al viandante de posibles desprendimientos pensé, seguro que se cae la cápsula en la que yo me alojo. Pero lo peor estaba dentro: humedad, mucha humedad, y cubos de basura, de esos cubos enormes, para recoger el agua filtrada por las grietas de las paredes y techos. Y por si fuera poco, el edificio se mueve. No lo suficiente como para ver zarandearse la cortina de la bañera (de la bañera que no puedes usar por falta de agua), pero sí para marearte. Aunque después supe que se debe al sistema antisísmico del que está dotado. Un día de viento, y el edificio se mueve como un junco.

Total, que mi gozo en un pozo, aunque, tengo que ser sincero, ahora lo recuerdo con cariño y me alegro de haber estado.

En fin, una verdadera lástima ver cómo dejan desintegrarse un edificio histórico y único en el mundo, por el gran valor del terreno que ocupa, en la zona más exclusiva y cara de todo Tokio, que ya es decir.

Si queréis ver el interior, este vídeo muestra la gran diferencia entre una de las cápsulas que aún hoy se utilizan como apartamento (la mayoría son trasteros) y otra cápsula totalmente abandonada a su suerte.

 

La decadencia de la arquitectura innovadora

Distinta suerte tiene la Torre de Tokio, una edificación más antigua que la Nakagin Capsule Tower y, sin embargo, goza de una salud deslumbrante. Su potente iluminación y su exagerado parecido con la torre Eiffel seguro que tienen parte de culpa. Resulta irónico ver el éxito de un plagio y el fracaso de una idea original. Aunque para ser justos, tengo que decir que me gusta la idea de crear una torre de comunicaciones con acero procedente de la destrucción de la segunda guerra mundial. Fue un símbolo del renacimiento de postguerra, y hoy, es un símbolo arquitectónico más de los muchos que hay en Tokio.

Otro símbolo lo constituyen estas tablas que adornan las tumbas en los cementerios en Japón y que tanto juego dan al fotógrafo.

Muerte entre las luces

Resulta curioso para el occidental la relación que tienen los japoneses con la muerte. Para ellos no es más que otro paso en la vida, lo que explica la naturalidad con la que los muertos comparten espacio con los vivos. Y sorprende encontrarse de bruces con un cementerio en una calle cualquiera o junto a una torre de comunicaciones.

Vivir y morir

A mí me gusta. Es una filosofía que deberíamos importar. Le damos mucha importancia a la muerte y la tememos sin medida, cuando deberíamos temer más a la vida y, por supuesto, deberíamos darle mucha más importancia.

¡La Vie en rose, por favor!

La Vie en rose

Bueno, y puestos a importar, ¿qué os parece el orgullo por el pasado propio?

Viajé a Japón con más de una exigencia autoimpuesta: tenía que comer fugu, ese pescado de apariencia tan bonachona y veneno tan letal, tenía que comer carne de Kobe, la auténtica carne de Kobe, no la que venden con engaños por estos lares, subir el monte Fuji sin perder a mi mujer por el camino, ver de cerca un volcán en activo y fotografiar a alguna japonesa ataviada con su vestido tradicional, el yukata.

Esto último me parecía lo más difícil. Al fin y al cabo, lo demás es cuestión de dinero, excepto lo del monte Fuji, pero eso es otra historia. Y, sin embargo, fue lo más fácil. En pleno Tokio, ¡qué digo en pleno Tokio!, en pleno cruce de Shibuya te encuentras con mujeres vestidas como una flor. Y es tremendamente emocionante, aunque más emocionante es ver que aún hoy, hay hombres que pasean con naturalidad vestidos con el yukata.

Todos sabemos que los hombres son los primeros en abandonar este tipo de tradiciones, no nos engañemos.

Jardín de flores

Otra de las cosas que cautivan en Japón es el alfabeto japonés. Es tan distinto al nuestro y tan estético que dan ganas de traerse hasta la última servilleta para casa. Quise traerme hasta un cacho de papel que utilizamos para garabatear y poder entendernos con unos simpáticos tipos de Hiroshima, pero al final se quedó olvidado en aquella vinatería. Os hacéis una idea de por qué, ¿verdad? Sí, demasiado vino.

Por cierto, allí aprendí, además de que en Japón también se elabora vino tinto, que hay varios idiomas en el país, con diferentes grafías.

Y por si os lo estáis preguntando, no, el rickshaw no sigue siendo un medio de transporte al uso, sino un atractivo turístico, sobre todo, para los propios japoneses. El de la foto se retiraba a casa, tras un duro día de trabajo.

Camino al pasado

Retirarse pronto a casa, en mi caso al apartamento del Nakagin Capsule Tower, es de obligado cumplimiento si quieres asistir a la subasta de atún en el mercado de pescado más grande del mundo. Este mercado está situado hasta ahora en el barrio de Tsukiji, aunque para el año 2016 se tiene previsto un cambio de ubicación.

Como iba diciendo, tienes que personarte en una de las esquinas del mercado más alejadas de cualquier otro sitio para hacer cola y conseguir una acreditación. Debes hacerlo entre las 3:30 de la mañana, o de la madrugada, o de la noche, no sé muy bien cómo calificar esa hora, y las 4:30. Los que lo hagan obtendrán un pase para las 5am al escenario de la subasta. Yo… yo… yo llegué tarde. Es una de esas torpezas que comete tu subconsciente para tener la excusa y volver a Japón, como decía un buen amigo mío. Así lo espero, Germán.

Como llegué a las 5:05, me quedé sin pasé y como no te permiten la entrada al mercado de pescado hasta las 9am, me volví al apartamento, descansé lo que pude y regresé sobre las 8. Me di una vuelta por los alrededores, llenos de puestos de todo tipo, restaurantes callejeros, señoras que te invitan a marcharte y sushi. Y, como dice el refrán, allá donde vayas haz lo que vieres, desayuné sushi, el más delicioso y fresco sushi jamás probado por mí. Y lo comí en el mercado de pescado más grande del mundo. Puede parecer una tontería, pero para mí, fue muy emocionante.

Deborado

Emocionante también es pasear por los estrechos pasillos del mercado. Emocionante y divertido.

El frenesí que hay en los puestos es descomunal y eso que para entonces ya está todo el pescado vendido y solo quedan las consecuencias de un actividad comercial, es decir, toca contar el dinero ganado, limpiar y aparcar.

Contando las ganancias del día

El pasado persiste

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Todos necesitamos hablar, incluso yo

Publicado en Fotografía, Fujifilm X100 el June 25th, 2015 por diegojambrina

“Yo no tengo una filosofía. Tengo una cámara de fotos”, decía Saul Leiter. Esta frase es algo así como un zas en toda la boca! a la fotografía contemporánea como concepto mal entendido y un alivio para personas que, como yo, disfrutan fotografiando sin mayor pretensión que la propia acción de fotografiar.

Pero aquel sentimiento de alivio que sentí en su momento, se ha convertido en un objeto de metal candente. Y un clavo ardiendo no es un buen objeto al que agarrarse.

En realidad, yo quería librarme de esa necesidad de contar historias, de ese pesado trabajo por expresar sentimientos. ¡Qué difícil es hablar de algo que no comprendes! ¡Y qué fácil es mantener la boca cerrada! Y sin embargo, ya no estoy a gusto del todo en la comodidad del disparo fotográfico. En realidad, necesito más, necesito un proyecto fotográfico. Porque, en realidad, y por mucho que me pese, yo sí tengo una filosofía.

Pero no temáis, no pretendo deprimiros con otra muestra más de dolor, angustia y oscuridad filosófica de la que se hizo eco hace unos días Cienojetes, en esta interesantísima reflexión y post sobre la fotografía contemporánea. Lo mío es otra historia, una historia sobre el tránsito, la fugacidad y lo efímero, sobre la huída hacia cualquier otro lugar que no sea el aquí y ahora. Bueno, bien mirado, sí que suena algo oscuro, aunque la representación no lo sea.

Va a ser difícil y doloroso, porque mis sentimientos son claros, pero mis descripciones torpes.

En un rápido vistazo al último libro de Ricky Dávila, leí una cita de Miyamoto Musashi que me confirmó la dificultad de mi proyecto, pero también me sirvió para entender que la dificultad en sacar adelante un trabajo personal es una realidad para cualquiera, no solo para mí.

“Es absolutamente imposible escribir esta ciencia con la precisión con la que la entiendo en mi corazón” 

Ya no me siento solo.

EN OTRA PARTE

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Dubai, sin bajarse del autobús (2/3)

Publicado en Dubai el April 30th, 2015 por diegojambrina
Si queréis ver Dubai sin cristal de por medio, pasaos por el primer post

Por lo general, en un viaje organizado siempre se invierte poco tiempo en disfrutar de los lugares de interés, nada de nada en improvisar y mucho mucho en bajar y subir del autobús. Tres situaciones de las que huir y tres razones por las que siempre viajo solo, o con mi pareja.

Pero en Dubai, me disfracé de oveja y me dejé llevar. Y no estuvo mal del todo. Moverte de un lugar a otro en autobús, me dejó las manos libres y la mirada alerta. Desde mi asiento veía la ciudad pasar. Y si es una ciudad como Dubai, no pasa ni un segundo sin una fotografía que tomar.

Así que, sincronizad vuestros relojes y poned la banda sonora de Benny Hill que nos vamos a disfrutar de la ciudad de Dubai, sin bajarnos del autobús.

 

Para empezar, os llevaré hasta las afueras de la ciudad, y os daré 10 minutos para hacer la foto. ¿Os parecen pocos? A mí me sobraron todos; la foto ya estaba tomada sin levantarme del asiento. Aquel jardinero, de pie sobre un inmenso muro verde, con el skyline al fondo era todo lo que yo podía desear.

Venga, que el autobús no espera. Todos arriba cagando leches.

Y hablando de cagar… Comentaba en mi anterior post que Dubai, siendo una ciudad nueva, tiene algunos de los mismos problemas de las ciudades viejas, como por ejemplo, la gran densidad de tráfico rodado, y la incomodidad de recorrer las calles a pie o en bicicleta. Ahora, os hablaré de otro problema: el exceso de residuos fecales.

Al parecer han invertido mucho ingenio, dinero y esfuerzo en construir hacia arriba, pero bien poco en preparar lo de abajo. Y se han encontrado con un alcantarillado útil para recoger las aguas sucias de unas 20.000 personas. ¿Sabéis cuántas viven en Dubai hoy? Más de 2 millones. ¿Y qué es lo que hacen, os preguntaréis? Pues recogen esos desechos humanos en camiones cisterna y todos los sábados a la noche se lo llevan tierra adentro. Otras fuentes dicen que lo vierten al mar. En cualquier caso, el problema es muy serio, y lo será aún más porque esta ciudad no para de crecer.

Hacemos otro alto en el camino. Ahora, nos vamos corriendo hasta la playa de Jumeirah.

Tratad de olvidar lo de las aguas fecales de dos millones de personas vertidas al mar y disfrutad de la arena blanca, el agua caliente y las vistas al único hotel de siete estrellas del mundo, Burj Al Arab Jumeirah, más conocido como el hotel vela. Bueno, en realidad no tiene 7 estrellas, es únicamente una estratagema publicitaria, pero sí tiene unos precios estratosféricos. Son casi 2.000 € los que tienes que soltar para pasar tres días como un jeque en su habitación más económica.

Si os queréis dar un capricho, yo no esperaría mucho, el entorno cambia cada día (y no me refiero al color del mar) y como os descuidéis, cuando lleguéis, ya habrá otro edificio tan alto como este justo enfrente. Y adiós a la primera línea de playa.

Continuamos viaje, así que, no guardéis vuestras cámaras o móviles, lo que uséis; no os criticaré. Yo creo que cualquier cosa que sirva para capturar la luz es válida, aunque a mí no me pillaréis sin mi cámara fotográfica. Y tengo que decir que me da algo de pena ver que los móviles vayan ganando terreno en detrimento de las cámaras. Eso sí, como me digáis que la tablet saca unas fotos buenísimas, os crujo.

Como os decía al principio del post, no pasa ni un segundo, sin que al otro lado de la ventana del bus, surja algún motivo que fotografiar. En este caso, la costa de Dubai se veía muy atractiva, desde el tronco de una de esas palmeras de tierra que invaden el golfo pérsico, lo malo es que se metió en el encuadre la estructura elevada del monorail, otro atractivo turístico más, más que un medio de transporte.

 

Para moverse por el resto de la ciudad está el Metro. Dicen que es rápido, cómodo, fresquito y con buenas vistas, porque la mayor parte de sus 75 kilómetros de longitud transcurren sobre una plataforma elevada. Algo parecido a un acueducto. La verdad es que me quedé con ganas de montar en uno de sus vagones mixtos. Ojito que los vagones tienen diferentes categorías. Los hay para ricos, para los no ricos, para mujeres y para hombres y mujeres juntos. Una vez más, las rarezas de Dubai.

Las estaciones también son interesantes. Cúpulas doradas de enormes dimensiones, como no podía ser menos en esta ciudad, que se dejan ver hasta en las peores condiciones climatológicas, y me refiero a las tormentas de arena. Supongo que son algo incómodas para el chofer de mi autobús, pero mágicas para el fotógrafo. Es la versión árabe de la niebla.

En los días despejados, hay que aprovechar los pasos elevados sobre las gigantescas avenidas de la ciudad. Atento todo el mundo, que el bus lo atraviesa en un ti-ta y las posibilidades de volver a disparar son escasas. Ya tendréis tiempo de recrearos en cada uno de los edificios en la fotografía tomada. Fue así como me di cuenta de que una de esas torres tiene cierto parecido a la torre del Palacio de Westminster, erróneamente conocida como “el Big Ben”, dicho sea de paso.

Ya comenté en el primer post este raro gusto por las recreaciones sin gusto.

La ciudad se extiende tanto que los traslados de un punto turístico a otro sirven también para reflexionar, no sólo para fotografiar. Son distancias tan descomunales que no llegas a comprenderlas. Para que os hagáis una idea, Bilbao tiene una superficie de 41km², Madrid de 605km² y Dubai ronda los 1.500km². Es como cuando te dicen cuántos millones tienen las personas más ricas del mundo. Es tanto que no sabes cuántas vidas podrías disfrutar con semejante riqueza. Sencillamente te sentirías inmortal (que es seguro lo que sienten esos ricachones).

Además, en Dubai hay tantas referencias visuales permanentes (torres que se dejan ver desde casi cualquier lugar de la ciudad), que te sitúan constante y erróneamente en un mismo punto. Llegas a creer que apenas te mueves, pero no, no es así.

En esta fotografía, podéis ver en un primer plano un elemento difuminado por la alta velocidad del autobús y la baja velocidad de disparo de la cámara, pero también veis perfectamente las dos torres del hotel Marriott Marquis. Esto es un clarísimo ejemplo de la percepción errónea que podéis llegar a tener en Dubai. Podría parecer que las torres están tras la valla, pero no, están muy, pero que muy lejos.

Una de esas torres de referencia es la Burj Khalifa, gracias a sus 828 metros y 163 plantas. Destaca tanto del resto, que hace que los altísimos rascacielos de alrededor se perciban como edificios sin ambición.

Os doy otro dato: la torre Iberdrola de Bilbao mide 165 metros y tiene 41 plantas. Y la más alta de las Cuatro Torres Business Area de Madrid, 250 metros y 45 plantas.

Claramente, la Burj Khalifa apunta al sol, y casi lo toca.

Con la caída del sol, nada cambia para mí, ni para vosotros. Seguimos en el autobús y seguimos con opción de fotografiar.

No os preocupéis por la falta de luz. Si la noche no impide brillar a la Burj Khalifa, por qué me voy a preocupar yo. Recordad que los de Bilbao somos aún más grandes y brillantes.

Y antes de que lleguemos al hotel, tras un duro día en bus por la gran ciudad, nos dejamos seducir por las vallas publicitarias a ambos lados de la carretera. Gigantes vallas, para no desentonar. Y soñamos con otros lugares, lejanos, diferentes, desconocidos… para escapar de la gran Dubai.

Me queda deciros que si os ha gustado este post, podéis pasaros, si aún no lo habéis hecho ya, por el primer post: Dubai, Ciudad abierta, y que estoy pensando en un tercer post, pero aún no lo tengo decidido.

Todo depende.

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Dubai, ciudad abierta (1/3)

Publicado en Dubai el April 9th, 2015 por diegojambrina
Si os gusta este post, pasaros por el 2º: Dubai, sin bajarse del autobús

Panorámica de Dubai

Llevaba la maleta tan llena de prejuicios que no quedó sitio para una sola idea, pero después de aterrizar en tan singular ciudad, me faltaron días y me sobraron ideas. Dubai es una ciudad abierta a la creación. Arquitectos, ingenieros, empresarios… y fotógrafos, cómo no, encuentran en este desierto hiperpoblado una tierra fértil para crear.

 

Ante cualquier otra consideración, Dubai es atractiva porque es rara. Es una gigantesca ciudad de acero y cristal donde hace poco más de 10 años no había más que arena y edificios de dos o tres alturas construidos no con roca sino con coral. Edificios de coral, sí, habéis leído bien. Esos bloques que veis en la foto no son bloques de piedra. Es coral.

Es rara porque ves nuevos edificios que ya habías visto antes en otras partes del mundo. Al menos hay tres rascacielos que recuerdan, con muy poco gusto, al Chrysler de Nueva York. No uno, ni dos, sino tres. Es raro.

Les mueve el deseo de batir récords, sin importar nada más, ni valorar lo efímero del logro. Ni siquiera la Burj Khalifa, con sus 828 metros, será la torre más alta del mundo por mucho más tiempo. Ya se está construyendo su sucesora en Yida (Arabia Saudita) con el nombre de Kingdom Tower y con 1000 metros de altura. Pero no se dan cuenta de que 100 metros más o menos no van a influir en la percepción del visitante. Es imposible hacerse una idea de la altura de estos edificios. Levantando la cabeza hacia la aguja que lo corona, el cerebro no comprende esas dimensiones. Es raro.

Es raro que siendo una ciudad nueva, tenga el mismo problema que las viejas ciudades. El tráfico en hora punta es muy denso. Y casi siempre es hora punta. La opción más inteligente es utilizar el Metro, y la más rara es ir andando. Andar por esta ciudad es completamente imposible, no sólo por las distancias descomunales, sino porque las estrechas aceras que existen se vuelven aún más estrechas en algunos puntos. Son los puntos de encuentro entre la falta de planificación urbanística y la despreocupación por el peatón.

También me ha resultado raro la predisposición del emiratí ante la cámara. Ese era uno de los prejuicios con los que llegué. En realidad son abiertos, cercanos, amables y acceden a ser fotografiados, e incluso a ser colocados en el lugar que uno quiere. No, mejor aquí. Un poco más a la izquierda. Levanta la cabeza. Mírame. Click. Muchas gracias. 

Y para rarezas, las tormentas, no de agua, sino de arena, por supuesto. Tuve la suerte y la desgracia de vivir una tormenta de arena. Desgracia porque impidió que sobrevolara la ciudad, como tenía previsto, pero suerte porque me permitió pasar unas horas de auténtica felicidad fotografiando la ciudad en solitario. Un merecido descanso ante el ajetreo y masificado turismo en grupo.

Otra de las rarezas de esta ciudad es que aún no está terminada. Es una ciudad abierta por obras. Las grúas forman parte del skyline dubaití y nadie sabe cuándo va a parar todo esto. No hay límites geográficos. Puede seguir creciendo tierra adentro, el desierto no es ninguna traba. Y puede seguir creciendo mar adentro, ya han demostrado que lo pueden hacer. La única barrera es el dinero.

Y para terminar este primer post sobre Dubai, responderé a la pregunta clave: ¿recomendaría ir a Dubai? Sí, lo haría, pero sólo si lleváis la mente abierta para disfrutar de las rarezas y si vais con la cartera llena.

 

Habrá más post. Más fotos. Más experiencias. Las muchas horas de viaje organizado dieron de sí. Nadie puede con mi yo desorganizado.

Permaneced atentos.

 

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Viajar por Irlanda con una cámara de fotos

Publicado en Dublín, Fotografía, Irlanda, Viajar el December 12th, 2011 por diegojambrina

Fotoreportaje sobre Irlanda. Parte I: Lubitel 166+ Lomography

¿Qué tal es Irlanda? me preguntó un amigo mío. No lo sé, ya te diré cuando la lluvia pare y me deje ver más allá de dos metros. En Irlanda, un tío del norte, como yo, acostumbrado a la lluvia de Bilbao, puede llegar a desesperarse, sobre todo, porque es difícil hacer una de las cosas que más me gustan hacer cuando viajo: fotografiar.

Cuando hice esta foto con mi Lubitel 166+, lo tuve muy claro: me dije “cuando escriba sobre Irlanda ésta abrirá el post”. Así es Irlanda: triste, melancólica y romántica.

La saqué poco antes de llegar a Kinsale (un pueblo muy colorido del que hablaré en la Parte II). Paré el coche junto al río Bandon, me preparé, bajé la ventanilla, disparé y subí la ventanilla tan rápido como pude. A pesar de la lluvia y del asfalto irregular, las curvas, de hacerlo desde el otro lado del camino… a pesar de todo, conducir por la ribera del Bandon es un placer.

irlanda de Diego Jambrina en 500px.com

 

Tal vez porque llueve cada día, los ratos de sol son sencillamente maravillosos. La gente se queda quieta y gira la cabeza hacia el astro rey para calentarse como si fueran lagartijas. Sin embargo, yo corro de un lado a otro buscando el mejor encuadre. Pasé por el puente de Dublín mil veces y mil veces no disparé, hasta que por fin tuve dos minutos de luz.

 

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Pero como el sol está caro, y yo soy un pobre obrero de la creatividad, tengo que aprovechar cualquier momento para disparar. Así que, resguardado por los árboles, abriendo al máximo el diafragma y bajando la velocidad de disparo pude capturar esta imagen tan representativa de la vida irlandesa. A los irlandeses les encanta la pesca. Y en este río de Cong, en el condado de Mayo, como en cualquier otro, se puede encontrar pescadores de cualquier edad. Por cierto, ¿y si os digo que Cong es más conocido por su nombre cinematográfico: Innisfree? ¿Sabríais decirme de qué película hablo? No vale pinchar en el enlace antes de responder.

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Otra de las pasiones de los irlandeses es el levantamiento de vidrio. Vascos e irlandeses haríamos una competitiva liga, pero me temo que acabaríamos perdiendo. Ellos tienen pubs, bares, tabernas, cuchitriles, lofts… mil sitios diferentes donde mojarse por dentro mientras se secan por fuera. Y hay que aprovechar esos momentos para fotografiar la calidez que se vive en esos santuarios, como en el Bar with no name de Dublín. La guía Lonely Planet tiene una extensísima lista de bares, recomiendo seguirla sin saltarse ni uno solo.

 

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Otro tipo de santuarios, estos menos frecuentados y fríos como losas, son los cementerios. Buenos lugares para sacar chispas a la cámara y jugar con la profundidad de campo, o con la falta de ella. A mí me gusta más así, porque me permite destacar el elemento protagonista; en este caso, la cruz celta. Ésta la encontré en el cementerio de Ardmore, al sur de la isla, a donde fui expresamente a ver una torre redonda de 29m con techo en cono del s.XII.

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Si hay algo simbólico en Irlanda, además de las cruces celtas, de la Guinness, del arpa, de los seres diminutos y verdes, de las borracheras, de las peleas, de las ovejas, de las malas carreteras, de la lluvia, de la pesca, de las carreras de caballos y de galgos, de la música y del marisco, es la naturaleza. Hay acantilados míticos en Irlanda, pero yo aconsejo pasar sin parar por los archiconocidos, frecuentados y carísimos acantilados de Moher y disfrutar de la tranquilidad y el atardecer en los acantilados de Skellig. Es cierto que la carretera hacia Moher (a 76Km al sur de Galway y a 1h17′) es muy bonita para recorrer, e incluso tienes zonas espectaculares en las que no te detienes porque ardes en deseos de llegar a los míticos acantilados, pero cuando llegas te encuentras con una entrada a 6€ por cabeza, miles, y no exagero al decir miles, de personas que quitan el encanto a cualquier paraíso y chiringos de souvenirs pretendidamente camuflados en la naturaleza. Además, al borde del acantilado, hay una estructura de hormigón que ofende a la vista y que eleva al visitante para que supuestamente aprecie mejor los acantilados. Sin duda, la peor experiencia de mi viaje. Por favor, pasa de ellos y visita los de Skellig.

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He mencionado el marisco ¿verdad? Pues sí, el marisco, el pescado, las redes, los grandes barcos de pesca en alta mar y los pequeños que faenan cerca de la angosta costa hacen de Irlanda un paraíso gastronómico y fotográfico, porque pocas escenas son tan ensoñadoras y coloridas como un pueblo pesquero y sus puertos, como éste de Roundstone, en el condado de Connemara. Y hablando de escenas; en este pueblo se rodaron varias escenas de “El hombre de Mackintosh” dirigida por el gran John Huston y protagonizada por la leyenda del indomable, sí, Paul Newman. Ha sido lo más cerca que he estado de él.

Seguro que se tomaron unas buenas pintas en uno de los numerosos bares con gran ambiente que hay en el pueblo.

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Así es la historia de Irlanda, una historia tejida a base de trabajo en el mar y de luchas en tierra. De lo primero, aún queda, sigue vigente en toda la isla. De lo segundo, tan sólo las ruinas. Muchas de ellas son un fiel reflejo de que el hombre está en este mundo de paso. Aquí, quien sobrevivirá será la naturaleza, siempre paciente, siempre poderosa. Podría decir dónde está este castillo mantenido en pié por la red de trepadoras, pero puedes encontrar sitios así prácticamente en cualquier lugar.

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Tal vez, si empezáramos a vivir como antes, en armonía con la naturaleza, ésta nos permitiría seguir. Éste es un símbolo más de Irlanda: las pequeñas casas con tejado de paja, de las que pocas quedan en pié y menos aún que sigan siendo viviendas. Hoy, han pasado a ser almacenes donde guardar todo tipo de trastos. Para ver ésta, hay que ir hasta el norte de Eire, hasta Malin Head, lo más al norte de la isla. Tan, tan al norte que el idioma deja de ser el inglés para pasar a ser quién sabe qué.

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Casi todo el mundo empieza el viaje por Dublín. Es lo más fácil: vuelo directo a la capital. Después, alquilas un coche (imprescindible), recorres la isla y disfrutas de las maravillas de la naturaleza. Y para finalizar, vuelta a la capital para coger el avión que te trae de vuelta. Menos mal que aquí tenemos pubs irlandeses donde cantar “I remember Dublin City and the Rare Old Times”.

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Prepárate; la inspiración está a punto de aparecer

Publicado en Fotografía, Viajar, Vietnam el October 18th, 2011 por diegojambrina

Es de noche, tengo puesto un carrete de 35mm. de ISO 100, el flash no llega más allá de un metro, la cámara es de plástico, una Mini Diana de Lomography, entonces ¿por qué la tengo en la mano? Pues no sé, tal vez ocurra algo. ¿Quién te dice que no vayan a pasar a un palmo de tu objetivo una marabunta de vietnamitas en bici y que uno de ellos no te vaya a saludar?

Pues eso. Que hay que esperarse lo inesperado. Que hay que estar preparado porque la seductora, la lasciva, la provocadora, la adorada, la deseada, la maldita y caprichosa musa tal vez se le antoje susurrarte al oído: “ahora”.

De todas formas, hoy me he comprado El Fotógrafo en la Naturaleza, un libro de José Benito Ruiz con el que aprender a no esperar a la inspiración. Que no aparece: ¡que le den! A veces me harto a esperarla. Y en esta vida hay que ser autosuficiente, y para ello hay que estar preparado.

Sí, prepárate; la inspiración tal vez no aparezca.

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