NO WAY

Publicado en Diego Jambrina, Fotografía, Muy personal, Noruega, Viajar el November 27th, 2017 por diegojambrina

Un ejercicio divertido y útil para todo fotógrafo es la creación de un libro de fotografías bajo un mismo mensaje.

Este es el primero que hago. Y ha sido, además, un regalo que he hecho a mi hermana, por haberme introducido en dos mundos maravillosos: el del viaje y el de la fotografía.

Con todos vosotros: NO WAY.

No_way from Diego Jambrina Merino on Vimeo.

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Avanzando por un camino siempre desconocido

Publicado en Este trabajo es mío, Fotografía el November 20th, 2017 por diegojambrina

Continúo trabajando en mi proyecto fotográfico. Y para seguir avanzando, aunque el camino sea siempre un lugar desconocido, viene bien la visión de personas también desconocidas. Alejarse de los comentarios bienintencionados de la familia, resulta fundamental.

En esta ocasión, la plataforma Quitar Fotos, que trata de potenciar la cultura fotográfica y dar a conocer a nuevos fotógrafos como yo, han publicado un avance de mi proyecto. Una muestra de que el camino que he elegido me llevará hasta el final, esté donde esté este lugar.

Aquí tenéis el enlace para ver el proyecto, y si no sois familia, podéis opinar sin contemplaciones.

En otra parte Miradas cruzadas

Cada viaje supone una oportunidad perdida y la confirmación de que, esté donde esté, nunca estoy en mi totalidad.

El deseo no puede. La realidad todo lo aplasta. Demasiado peso para que mi pecho se levante con cada inspiración.

Este proyecto trata de reflejar una realidad, una realidad nada clara, ni para mí ni para las personas que, como yo, no acaban de comprender el mundo que les rodea, ni su propio mundo interior.

La soledad, la duda, lo etéreo, el recuerdo, la fantasía, las emociones que perturban por ser y por no ser son protagonistas en unas fotografías tomadas en lugares distantes entre sí. Porque no importa cuánto de lejos esté o si estoy en el lugar que habito, yo siempre estoy en otra parte.

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Cuba está sobrevalorada (Cuba 3/5)

Publicado en Cuba, Viajar el October 12th, 2017 por diegojambrina

Me ha parecido un bonito título para abrir un post sobre un país tan lleno de vida como vacío de atractivos naturales. No quiero ser cruel, pero Cuba no es un lugar para quedarte asombrado por su naturaleza o su arquitectura.

Puede sonar demasiado categórico y tal vez hasta fuera de la realidad, pero las sensaciones que yo como viajero tuve fueron esas.

Es cierto que hay construcciones en Cuba maravillosas; en La Habana y, especialmente, en Trinidad la arquitectura colonial es preciosa y está perfectamente cuidada. Pero hay otros lugares con nombre y admiración, sobre todo por los propios cubanos, que cuesta reconocer como lugares de interés. El título del post va por ellos.

El pasado año viajé por Noruega y era tan fácil encontrar rincones de naturaleza espectacular como difícil ha sido este año en Cuba dar con un lugar que impresionara por su belleza, por su carga emocional, por su impacto en el ánimo de quien mira.

Yo, lo más grande de este mundo

Colores caribeños

Me dijeron que Baracoa era un lugar precioso. Me dijeron que Santiago de Cuba era más interesante que La Habana. Me dijeron que Ciego de Ávila era un tesoro colonial. Me dijeron que las playas de Guardalavaca eran paraísos. Me dijeron tanto que he dudado hasta de mis propias impresiones. Pero ahora, desde la distancia que proporciona el tiempo, tengo muy claro que Cuba no es lo que me dijeron.

Si tuviera que destacar tres lugares bonitos de la isla, pero bonitos de verdad, no tardaría en responder: La Habana, Trinidad y Viñales y sus alrededores. Aquí están los verdaderos tesoros naturales y arquitectónicos del país.

Resistencia

Escapando de una sombra para caer en otra

No puedo hablar de los famosos cayos, porque no me acerqué a ellos. Ni Varadero ni cayo Coco, pero teniendo en cuenta que el primero es un artificio turístico y el segundo un destino con más canadienses que cocos, ni falta que me hace.

De todas formas, como dije en el segundo post sobre mi viaje, solemos dar demasiada importancia a la arquitectura y naturaleza. Parece que son los dos valores claves para determinar si un país merece o no nuestra visita, y, la verdad es que en este viaje (como ya me pasara en Guatemala), he disfrutado mucho con otros valores.

Para mí, lo mejor de Cuba son los cubanos, aunque, en ocasiones, lo peor de Cuba son los cubanos.

Nada en juego

El ron de Cuba

He disfrutado mucho hablando con ellos. El tema casi es lo de menos. Lo importante es la claridad de ideas que tienen, la pasión con la que hablan de la familia, de la música, de su país (aunque ahí se pasan dos pueblos, como ya he dicho), las ganas que tienen por conocer cómo se vive en tu lugar de origen… Me encanta las caras que ponen cuando les dices que aquí quienes nos gobiernan son los bancos, las grandes empresas energéticas, las farmacéuticas… empresas a las que nadie ha dado su voto. Me encantan las disertaciones que nacen en un bar, en torno a una cerveza y con salsa como banda sonora. Por ejemplo, ¿por qué nos cuesta tanto entendernos entre la gente del norte y la del sur de la península? Hablamos el mismo idioma y, sin embargo, parecen distintos. ¿Por qué? Parece una tontería, pero esto dio para mucho. Mucho de conquistas, de invasiones, de clima…

Me ha gustado estar con ellos, mano a mano, hablando de la vida.

Mano a mano. Grano a grano.

Tiempo

Decía también que en ocasiones lo peor de Cuba son los cubanos, y es que es un país con una gran cantidad de funcionarios, y esa condición parece que les habilita a enterrarte en burocracia y espera infinita. Los que no lo son también les sufren, no es algo que sólo sientan los foráneos.

Y luego está el ron. El licor que más exportan, aunque no lo suficiente, porque en Cuba se bebe mucho y se bebe a cualquier hora y en cualquier lugar.

La playa es uno de los lugares favoritos para pasar el día. Llegan a las diez de la mañana con toda la familia (abuelos, padres, tíos, hijos y sobrinos), abren los paraguas, encienden la música, cogen las botellas y se meten a charlar y beber en el pacífico y cálido mar. Y todo esto, francamente, yo no lo llevaba demasiado bien. Para mí la playa es un lugar de relax. Un lugar para tumbarse y escuchar cómo le susurra el mar a la tierra. Un lugar para nadar en la nada más absoluta. Así me había imaginado yo las largas playas de Cuba. Pero los gritos de los niños, los gritos de los adultos, las latas de cerveza vacías, las botellas muertas en la arena, los platos de plástico, las bolsas enredadas en los arbustos y el “Despacito” y el “Súbeme la radio” a todo volumen acabó, en muchas ocasiones, con todo el placer de un día de playa.

Pero bueno, así son ellos.

Levando anclas

Otra de las características que también les definen es la religión católica. Para ser un país comunista, son extremadamente religiosos y, creo, conviven con contradicciones sin que se den cuenta.

Me llamó mucho la atención que en Baracoa, el lugar de Cuba en el que Cristobal Colón pisó tierra en su primer viaje, hubiera una estatua en memoria de Hatuey. Este líder autóctono fue quemado vivo en la hoguera por no querer convertirse al cristianismo. Se convirtió así en el primer mártir cubano. Lo curioso es que cientos de años después, sus compatriotas (la mayoría descendientes de españoles y esclavos africanos), le erigen una estatua y la colocan frente a la catedral. Y para más INRI, es la catedral en la que se conserva la única cruz de madera superviviente de las que llevó Colón. Me parece una putada a su memoria y una de esas grandes contradicciones que viven en los cubanos, y, por qué no decirlo, en todo el mundo.

Aquí está, manteniendo un enfrentamiento eterno.

Por cierto, Colón también tiene su estatua en la misma ciudad.

Enfrentamiento eterno

Tierra a la vista

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Por Cuba a todo gas (Cuba 2/5)

Publicado en Cuba, Motor, Viajar el September 28th, 2017 por diegojambrina

Antes incluso de marcharme a Cuba sabía que no iba a escribir un post como el que estáis leyendo. Me decía a mí mismo: Diego, en A 50mm del mundo no hay lugar para fotos con los típicos coches cubanos. Estando ya allí, y haciendo fotos a los típicos coches cubanos, me decía: Diego, puedes hacer fotos a los típicos coches cubanos, pero ten claro que al blog no entran. De regreso, en el avión, y haciendo un repaso a las fotos tomadas, me decía: Diego, aquí hay muchas fotos con los típicos coches cubanos, ¡pero qué cojones has estado haciendo! Y pasado ya un mes desde mi regreso, estoy haciendo un post con los típicos coches cubanos.

Bueno, ¿y por qué no? Son tan bonitos, tan estéticos, tan de otra época, tan imposibles de encontrar en cualquier otro lugar del mundo, que por qué no. Además, Cuba es así, por mucho que algunos cubanos quieran ver otra realidad distinta y algunos fotógrafos queramos tomar una Cuba nunca antes fotografiada.

Yo la verdad es que estaba encantado. Me apasiona el mundo del motor. Me fascinan los clásicos. Y cuando los miro, no solo veo un coche con 60 o 70 años. Veo el trabajo bien hecho de quien los fabricó, veo al dueño saliendo del concesionario con un sombreo de ala corta en la cabeza y un 0 en el cuentakilómetros. Veo las carreteras sin asfaltar por las que empezaron a circular. Veo los huracanes que han soportado. Veo la revolución. Veo la necesidad de mucha gente por mantenerlos en marcha. Veo el ingenio de quien los mantiene. Veo tantas cosas, que no es un simple y típico coche cubano.

Y vosotros ¿qué véis?

Azul cielo

Azul

Los protas

La revolución, inmutable

A la sombra

Amigos de lo azul

Camino a casa

Cierro los ojos y veo el verde

Abanico de verdes

Otros vientos

Calzada romana en América

Animales de la selva

Todo concuerda

Todos los coches son pardos

Huele a pasado

Mañana volverá a salir el sol

Iconos inmutables en un mundo mutable

Rococó

El pasado en pie

Flat iron building?

Con vistas al color

Revolución rosa

Esperanza

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La Habana, esa vieja dama (Cuba 1/5)

Publicado en Fotografía, Viajar el September 19th, 2017 por diegojambrina

Es difícil escribir sobre las experiencias pasadas de un viajero en La Habana, cuando ahora mismo la ciudad entera está tratando de recuperarse del paso del huracán Irma, el más fuerte jamás registrado.

Veo las imágenes en los periódicos y pienso en la naturaleza como un aliado de los gobiernos capitalistas para castigar a una ciudad y un país entero por su condición de comunista, como el grito húmedo de un animal bicéfalo que te aplasta el tórax sin dejarte respirar y ni mucho menos responder.

Pero la gente en Cuba responde, ya lo creo que responde. Y aunque hay cierto grado de resignación, sobre todo hay mucho de deseo de vivir.

A vista de taxi

Ahora, la vida sale a flote en una ciudad invadida por el mar, pero cada día desde hace muchos años la vida se asoma por las ventanas y las puertas de unas casas de ensueño maquilladas por la realidad del tiempo. Miro a La Habana como a una vieja dama que aún conserva el elegante estilo que lució en su juventud.

Tengo una sensación de asombro por la belleza de sus edificios y aflicción por su estado. Pero insistimos mucho en juzgar un lugar por su arquitectura y su naturaleza, y, tal vez, lo más importante sean las personas que allí viven.

Hay vida

Caminando

Me decía la gente antes de ir que los cubanos eran muy pesados y que no pierden un segundo en tratar de venderte cualquier cosa. Yo no lo viví así. Sí tratan de venderte cualquier cosa, pero si eres directo y dejas claro desde el principio que no te interesan los puros, ni comer en ese maravilloso paladar, ni dar una vuelta en bicitaxi, ni las tarjetas wifi, ni las clases de baile… el vendedor deja paso al curioso. Y es entonces cuando entablas conversaciones amistosas e interesantes.

Compañeros

Entereza

Es especialmente interesante para mí cómo se las arreglan para que nada les falte. Cierto que hay muchas cosas a las que no pueden acceder con facilidad, pero no tienen más que esperar a que el tiempo haga su papel. Utilizan la paciencia, algo de lo que aquí carecemos. Y utilizan el ingenio.

Allí, por ejemplo, sigue habiendo mecánicos; profesionales que reparan coches. No son como los que hay en los concesionarios oficiales en esta parte del mundo, que no son más que substituidores de piezas.

Voy a dejar este post tal que así, como si estuviera inacabado, siendo este mi homenaje a una capital y a un país en permanente construcción.

Mirando hacia arriba

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La Cuba que casi no llegué a ver

Publicado en Cuba, Fotografía, Viajar el September 7th, 2017 por diegojambrina

Mi último día en La Habana, entré en un local donde había antigüedades: carteles y revistas revolucionarias, discos de vinilo, cámaras fotográficas de carrete, relojes de bolsillo, botes oxidados de líquido Kodak para revelar… no sé, un sinfín de cosas inertes que te hacen sentir muy vivo. Pero lo que más me gustó fueron unas fotografías de diferentes autores contemporáneos sobre la vida de hoy en la ciudad. Fue verlas y pensar en lo mal que había aprovechado mi estancia allí.

Afortunadamente, sé que la culpa no es mía. Nada tengo que reprochar a mi trabajo fotográfico.

Los extranjeros que viajamos a Cuba estamos demasiado contaminados. Demasiados datos y opiniones y puros y ron y culos cubanos y coches yankis y ches y fideles y “oye, mi amol” y demasiadas imágenes vistas de un país que no se puede llegar a conocer ni con un mes de estancia, aunque haya gente que piense que es demasiado tiempo.

Se tarda mucho en librarse de tanto juicio ajeno y hacer hueco a la realidad propia. Yo tarde 27 días en verlo claro, y lo hice por unas fotografías en blanco y negro hechas por cubanos sobre la cotidianidad cubana.

De todas formas, viendo ahora las hojas de contacto de las fotografías que saqué, siento que algunas de mis tomas están llenas de la Cuba que casi no llegué a ver.

Recuerdo bien aquel viaje

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Piratas y acreditados, juntos en Les Rencontres d’Arles

Publicado en Arlés, Fotografía, Francia, Viajar el July 25th, 2017 por diegojambrina

En Arlés, hay dos tipos de personas, las que tienen acreditación para entrar a todas las salas expositivas y las que no. Las primeras, orgullosas ellas, la llevan colgando del cuello hasta cuando cenan, horas después de que las salas se hayan cerrado. Las segundas, entre las cuales me encuentro, miran con una sonrisa irónica a las primeras cuando cenan y comentan que la fotografía ya no es lo que era desde que Joan Fontcuberta publica libros con seudónimo. También es cierto que miran con envidia (y no diré sana, porque de esa no existe) cuando entran en las salas mostrando su codiciada tarjetita.

Estando allí me dije, el año que viene me hago una acreditación casera tamaño Bilbao, para que todo el mundo me vea. Voy a acabar con el cuello roto, pero se van a cagar. Además, ya tengo experiencia en piratería. Este año he expuesto en las calles de Arlés sin que el comisario eligiera mi trabajo. Y lo he hecho con un expopirata en toda regla: la #expopirataArles2017. Y me ha dado un gustazo brutal.

Todo al rojo

Les Rencontres d’Arles es mi festival favorito. Tal vez porque la ciudad está donde está y tiene la historia que tiene. No entraré en detalles (ya lo hice el año pasado en este otro post). Y es que me encanta pasear por las calles soleadas de la ciudad hasta que el sol se oculta y, después, continuar paseando, disfrutando de las noches calurosas, y escapando de los mosquitos. Sí, hay mosquitos, pero es algo que se puede soportar, no como a esos cerdos con acreditaciones.

Tentada por la luz

Sol de noche

De lo que no hablé el año pasado fue del museo que están levantando a las afueras de Arlés, llamado Luma Arles. Un descomunal espacio para gozo del fotoadicto y del amante de la arquitectura, porque el complejo lleva la firma del controvertido Frank Gehry. Controvertido porque sus creaciones son para algunos obras de arte y para otros unas putas mierdas, hablando en plata o placas… de titanio. En mi modesta opinión, sería Calatrava el que debería copar los primeros cien puestos de los peores arquitectos del mundo.

Abierto por obras

La mujer de rojo

Creo que nos tomamos demasiado en serio ciertas disciplinas de la vida. La arquitectura es una de ellas. Bueno, en realidad, seria sí que tiene que ser, porque tiene un alto porcentaje de funcionalidad. Pero la fotografía (la que no es documental) es útil por su inutilidad y, por eso, debería sentirse con menos solemnidad. Al menos eso pensé cuando vi a este chaval en la exposición de Joel Meyerowitz. Tan serio él, viendo fotografía a fotografía sin pestañear. No sé. ¿Es para tanto?

Mirada York

Luego me encontré con otra escena que me hizo pensar justo lo contrario. ¡Qué poco respeto por la obra y el fotógrafo! Aunque en realidad sólo hacían lo que hizo Masahisa Fukase para crear aquel trabajo.

Por cierto, muy interesante la obra y vida de este fotógrafo japonés. Así a grandes rasgos os diré que estaba obsesionado con su mujer; no paraba de hacerle fotos hasta que ella se hartó y le dejó. Sumido en una oscura depresión hizo su trabajo más conocido: Ravens, toda una declaración de intenciones sobre su futuro, máxime cuando el cuervo en Japón es un pájaro de mal agüero, mucho más de lo que es para nuestra propia cultura. Y tiempo después se quedó en coma durante 20 años, tras caer borracho por las escaleras de un bar, hasta su muerte definitiva.

Con la lengua fuera

Cara a cara con Fukase

Menos oscura es la obra de Annie Leibovitz, aunque su vida también se las trae. Para mí, su trabajo es menos atractivo. Me gusta su estética: entre la moda, la publicidad y el buen gusto (no me atrevo a decir arte), pero no me emociona. Sin embargo, la gente se debió de poner roja a gritar con su llegada a la ciudad, y, al parecer, los diseñadores ya se intuían algo cuando crearon el cartel promocional.

Rojo Leibovitz

Cierro mis impresiones del festival de fotografía de Arlés 2017 con una foto que para mí significa mucho. Cada vez que piso suelo francés, me alegra ver tan rica mezcolanza de creencias, aunque yo no crea, y colores, con parejas interraciales y mercados llenos de productos típicos de lugares lejanos con los que sueño ir.

Hijos de un mismo dios

Au revoir, Arles.

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Bruselas, esa ciudad del Manneken Pis

Publicado en Bélgica, Bruselas, Viajar el June 12th, 2017 por diegojambrina

Me miro en las fotos que tengo de la primera vez que estuve en Bruselas y no me reconozco. Han pasado 17 años. Mucho tiempo para una vida de 42. Poco, aparentemente, para un cambio facial radical. Así estoy yo, en constante evolución. Pero la ciudad sigue igual. Sigue con su Grand Place de belleza arquitectónica embriagadora, sus callejas a su alrededor llenas de restaurantes donde sirven mejillones de baja calidad y tiendas de chocolate de diferentes marcas y calidad superior. También sigue en su sitio el pequeño niño meón, los murales simulando escenas de cómics y los turistas. Esos sí que no cambian. Ahí están, protagonistas en las calles de Bruselas.

Cegados por el yo

La pequeña gran estrella

Arquitectura por siglos iluminada

Así, en términos generales, Bruselas agobia y aburre a partes iguales. Pero cuatro días en la ciudad dan para mucho más que para hacerse una idea general.

Hace 17 años, vi lo que ve la mayoría de los visitantes. Esta vez me adentré por callejones oscuros, me alejé de la Grand Place, caminé durante mucho tiempo para llegar a los barrios periféricos y visité una cervecera llamada Cantillon donde fabrican un estilo muy bruselense y poco internacional: el estilo lambic. Un tipo de cerveza que se bebe a temperatura ambiente y de sabor sorprendentemente ácida. No apta para paladares sensibles ni para grupos organizados de turistas españoles. A estos les va más cervezas de tipo pils y las belgium ale de toda la vida.

La cerveza reina en la ciudad es la Delirium Tremens. Muy famosa en todo el mundo y reconocida por su icónico elefante rosa. A mí esta marca siempre me ha atraído mucho. Es como si tu enemigo llamara a tu puerta y le invitaras a entrar.

Fauna endémica

Pero en Bruselas hay más animales sueltos por ahí.

Perdido en una calle sin importancia, lejos de las miradas y de los móviles y cerca de un inocente pivote, hay un perro que levanta la pata para lanzar una eterna meada que nunca llega, que nunca acaba. Supongo que algún día, en mi madurez, sentiré lo mismo que él.

Existe otra figura meona; una niña en posición y miccionando sobre una minúscula fuente. Está ubicada en un callejón sin salida. Ya hay mucha gente que conoce el lugar, pero para el que no lo sepa, sólo tiene que preguntar por el Delirium Café. Está justo en frente. Y ya de paso se puede entrar a este santuario de la cerveza y probar alguna de las 40 variedades de cerveza de barril y 100 más en botella.

Territorio eterno

Yo disfruto más de los pequeños templos cerveceros a los que se llegan atravesando oscuros callejones, de esos por los que jamás te atreverías a entrar en otro tipo de país. Pero aquí, puede más el deseo de descubrir interesantes rincones y probar cervezas complicadas de encontrar en mi Bilbao de origen.

Además, como el dicho afirma: los caminos de la cerveza belga son inescrutables.

Los caminos de la cerveza son inescrutables

Pasadizos apasionados

Si no me gustara la cerveza, Bruselas tendría también mucho atractivo para mí. Es una ciudad lo suficientemente grande como para pasar cuatro días sin tener la sensación de que ya lo has visto todo, pero lo suficientemente pequeña como para recorrerla a pie. Caminar es el mejor modo para disfrutar de un lugar. Cómo si no, hubiera podido encontrar momentos llenos de color y luz o ver al hombre invisible elegantemente vestido.

Entendimiento

Lo que de verdad no importa

Otro de las cosas que más me gustan de la ciudad es su arquitectura. Existen magníficos ejemplos de los estilos arquitectónicos más espectaculares, como el barroco.

El barroco es uno de esos estilos que siempre me ha atraído por su infinidad de detalles, pero de un tiempo a esta parte empieza a aburrirme. No dejo de pensar en la personalidad banal de quien lo mandó construir y en cómo una vida de opulencia puede ser retratada en una fachada de ego y piedra.

Para mí el art decó, aun teniendo un gran trabajo en sus detalles, es mucho más elegante y espectacular que el barroco, y Bruselas tiene bastantes ejemplos de esta arquitectura. El Old England, que alberga un impresionante museo de instrumentos musicales, es uno de ellos.

No me olvido del Atomium, pero sencillamente, verlo una vez en la vida es más que suficiente. En esta ocasión, me centré más en la nueva arquitectura de acero y cristal que también existe en la capital de Flandes.

Con luz propia

Mirando hacia el lado equivocado

Conociendo lugares desconocidos

Y hasta aquí mi repaso a una bonita región del norte de Europa que cautiva por su arquitectura y su cerveza. Y a quien no le interese ni un tema ni otro, que no se moleste en visitar Bruselas ni Gante ni Brujas. Bueno, Brujas igual sí, por lo de ser una ciudad de cuento de hadas. Una denominación de la que empieza a cansarme.

Podéis ver mis post de Gante pinchando aquí y el de Brujas aquí.

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Gante, el tímido recuerdo de una ciudad

Publicado en Bélgica, Gante, Viajar el May 27th, 2017 por diegojambrina

Recuerdo el silencio de una ciudad llena de ruidosos estudiantes borrachos de libertad. Como si estuviera asustada de lo que en ella ocurría. Gante es tímida y reservada; tanto que apenas se cruzaron entre nosotros dos palabras.

Tengo que recurrir a mis fotografías para recordar su aspecto. Y cuando las veo me digo, sí, estuve allí, aunque en realidad no lo siento así. Sé que en unos años no existirá más memoria que lo vivido en el interior de sus bares. Templos dedicados al sosiego, a la reflexión y al sabor ligeramente amargo de una cerveza, en su mayoría, sensacional.

Pequeñas costumbres autóctonas

Algunos de estos locales huelen a tradición inmutable, donde se aprecia una vaga adaptación a las comodidades modernas, sensación que se esfuma por completo cuando bajas a sus váteres.

Otros sitios, alarmados por la desaparición de sus vasos, crean tradiciones con cierto tufo a turistada, pero son divertidas. En Herbert de Dulle Griet, si quieres beber la cerveza que fabrican ellos mismos, debes entregar un zapato. Luego el camarero lo coloca en una cesta y lo sube hasta el techo. ¿Podéis preguntarme si alguna de esas botas es mía?

Arma de destrucción pasiva

Gante es un decorado eterno y efímero, tan espectacular bajo los últimos rayos de la tarde como falso a plena luz del día, durante todos los días de su larga historia. Así lo siento y así lo veo en mis fotografías, muchas de ellas llenas de luz diurna y de la nada más desalentadora.

Y a medida que cae la noche, me siento a gusto. La ciudad se refugia en la oscuridad y yo con ella.

Arquitectura viva por hombres muertos

Recuerdo en lugar...

Persiguiendo a su sombra por la vía equivocada

Cada día, cae la noche

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Brujas es noche

Publicado en Bélgica, Brujas, Fotografía, Viajar el May 11th, 2017 por diegojambrina

Es normal en mí que pasen los días, las semanas e incluso los meses antes de que escriba ningún post sobre mi más reciente viaje. El tiempo que me lleva revelar las fotografías y la confusión emocional que los viajes me provocan, sobre todo a mi vuelta, hacen que no tenga ni material ni certezas. El recorrido que hice por Flandes durante las pasadas santas vacaciones no es ninguna excepción.

Pero aquí estoy, tratando de describir unas vivencias viajeras marcadas por una película, una situación personal tortuosa y la compañía de miles y miles y miles de turistas borrachos de fáciles experiencias.

Entre las luces de la noche

“Si fuera de campo y fuera retrasado, Brujas me impresionaría, pero como no, me deja igual”.

Así de tajante se muestra Ray, el personaje interpretado por Collin Farrell en la magnífica película “Escondidos en Brujas”. A su compañero (interpretado por el gran Brendan Gleeson), sin embargo, Brujas le cautivó. Y es fácil que esto ocurra, si vas con calma y con un hotel cogido.

Desde las 10 de la mañana hasta las 7 de la tarde, más o menos, Brujas suena al trotar de los caballos y a la voz amplificada de capitanes de botes. Miles de turistas, la gran mayoría españoles, llegan en autobuses desde Bruselas, desembarcan en masa para embarcarse en pequeños cruceros y conocer la ciudad desde el cómodo y húmedo romanticismo artificioso de los canales. Otros eligen carruajes de tracción animal para tratar de mimetizarse con un decorado de cuento de hadas.

Especie invasora

La grandeza de las pequeñas calles

Fusión

Y al caer la tarde, se van desvaneciendo, poco a poco, como un mal sueño, dejando escuchar el silencio de una ciudad tranquila y completamente distinta.

Brujas es noche.

Y no precisamente por su nombre, porque nada tiene que ver con estas mujeres amantes del fuego y el diablo. Su nombre es una derivación de Brugge (en flamenco), el plural de “puentes”. Puentes por los que, en ocasiones, es difícil pasar por la acumulación de turistas.

Así que de día, y tras un par de horas tratando de escapar de las aglomeraciones, me escondo en los mejores lugares de la ciudad: sus bares.

Los hay de muchos tipos, como en casi todos los países del mundo, pero yo soy muy selectivo, tanto como con las cervezas, y solo acudo a los que ofrecen una buena carta de cervezas artesanas y locales, un ambiente acogedor y una historia que contar. El Café Vlissinghe es uno de ellos. Se dice que aquí Rubens dibujó una moneda en una de sus mesas para pagar la cuenta. No es de extrañar, los artistas siempre han andado escasos de liquidez y sobrados de imaginación. Además, este bar lleva abierto desde 1515.

El descanso del viajero

Fuera de mí

Después de un par de bares y un par de cervezas por bar, Brujas se ve distinta.

La alta graduación de la cerveza local ayuda a que así sea, pero también la luz que baja, la gente que empieza a marcharse y las barracas que se meten en mi encuadre.

Nada es como tú lo ves

Paso del tiempo

Y llegó la noche, mi momento favorito en Brujas.

Es curioso que la ciudad ilumine sus edificios. Me pregunto para quién lo hace. Ya casi nadie queda por la calle. Pero es bonito que se cuide a sí misma. Parece que se ha preparado para disfrutar de la nada más tranquilizadora, como yo lo hago.

Ni brujas

Deslumbrados por la ciudad de Brujas

Perdidos en Brujas

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