Berlín vive

Publicado en Alemania, Berlín, Fotografía, Fujifilm X-Pro2, Fujifilm X100, Viajar el May 17th, 2019 por diegojambrina

Una parte de mí se quedó en Berlín. La otra se fue con la sensación de que si algún día volviera y se encontrara en cualquier calle de la ciudad con la parte que se quedó, no la reconocería.

Tengo pruebas físicas que demuestran que esta sensación no es producto de mi imaginación. Es visible, palpable, numerable… Es muy real. Cada fotografía tomada es la constatación absoluta de mi transformación.

Son como un espejo donde me reconozco cada vez que las miro. Son como las campanadas que gritan el cambio de año. Como un feliz cumpleaños cada 20 de octubre.

Los lugares a los que vuelvo también cambian. Berlín ha cambiado. No estoy solo en este proceso.

Hoy, es más elegante, formal, ordenada y, hasta cierto punto, es más engreída. A veces pienso que me mira con desdén y se acerca con sigilo por la espalda para susurrarme al oído que no estoy a su altura.

La desprecio por eso.

Otras veces, la siento cercana, amable, despreocupada, con el pelo revuelto. Y veo que me sonríe con complicidad. Me dan ganas de abrazarla con fuerza y no soltarla nunca.

Nunca.

Soñando
Dentro de mí

Muros de cristal

Vida interior

Bloques de color
Pantalla

Ayuda
Incursión
Azul protector
Sombras río abajo

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Oporto, ciudad de niebla y noche

Publicado en Fotografía, Oporto, Portugal, Viajar el January 24th, 2019 por diegojambrina

La luz se despereza y entra con timidez en la habitación. Pero no está donde debería estar. Hago un repaso del entorno, sin moverme lo más mínimo de la cama. Por cierto, esta cama no es mi cama. Y esta habitación, tampoco. Y, deduzco, que ésta tampoco es mi ciudad.

Hoy, miraré y fotografiaré lo que nunca había visto ni fotografiado. Y eso me encanta.

Miro el reloj, pero aún son las 6. Demasiado pronto para levantarme, aunque sé que la luz del día también se irá demasiado pronto.

Desde que la fotografía forma parte esencial en mis viajes, siempre he puesto especial interés en salir del hotel lo más pronto posible. Pero, cada año que pasa, encuentro a la luz del día más anodina.

Así que, me vuelvo a dormir.

Luz de noche

Oporto ha sido para mí una ciudad de niebla y noche. Sus oscuras, estrechas y caóticas calles del centro histórico me seducían y me humillaban. No era yo quien decidía por dónde ir.

Rumbo a ninguna parte.

Solía ser muy metódico en mis viajes. El primer día, esta zona. El segundo, esta otra. Si da tiempo, llegaré hasta allí. Si no, pasearé por aquí. Tenía un espacio en mi agenda para los imprevistos. Al estar en una ciudad desconocida, es normal que los haya, así que los preveía.

Pasadizo al pasado

Me propuse cruzar el Douro por el puente Luiz I y ver Oporto desde la otra orilla. Me propuse hacerlo al atardecer, justo cuando el sol acariciara la ladera de la ciudad con una delicadeza impropia de una bola de fuego. Pero no cumplí con mi propuesta. Tampoco me importó.

Ciudad de hierro y salitre

Me conformaba con pasear por las calles. Cuanto más estrechas, mejor. Cuantas menos personas, mejor. Cuanta menos luz, mejor. Y al toparme con esos maravillosos edificios de azul y blanco, mi cámara se quedaba quieta, esperando una reacción que parecía no llegar nunca.

Llegué a Oporto con la intención de fotografiarlos, sí, pero no de cualquier manera.

Me acuerdo mucho de Joan Fontcuberta y de lo que dice sobre la masificación de la fotografía, y estoy dispuesto a no contribuir a ello. Prefiero mirar sin tener la cámara de por medio y tomar cuando crea que lo que tengo ante mí es solo mío.

Noches azules y blancas

Piedra heredada

Esta sensación la viví con especial intensidad en la grandiosa estación de tren.

En São Bento, ni uno solo de los turistas allí presentes se resistía ante sus imponentes azulejos pintados de historia. Yo tampoco. Pero tras un rato con la cabeza inclinada hacia atrás, tratando de acaparar toda su magnitud, acabé algo borracho. Y al girar la cabeza olisqueando el aire fresco del exterior, vi la luz.

Generosos ventanales por donde el sol entraba tímidamente e iluminaba un solo rincón de la estación. Ahí estaba esa fotografía que serviría para recordar un lugar y un sentimiento, sin contribuir a la masificación.

Ventanas de luz

De camino a la habitación del hotel, entrada ya la noche, continúo aferrándome a la cámara. Mi ojo es rápido y mi mano no lo ha de ser menos. Sé que si tuviera la cámara guardada en la bandolera, nunca fotografiaría ciertas escenas. Incluso, nunca me quedaría más de medio segundo mirando.

La cámara me permite parar, mirar, mirar, mirar y pensar. Sin ella, tan solo podría guardar en mi memoria una fotografía que jamás podría enseñar. Y, ciertamente, ¿quién puede fiarse de su memoria?

Deseos entre rejas

Pienso que en algunos momentos es mejor no recordar el pasado. Esa realidad trastornada por el paso del tiempo y los deseos incumplidos suele estropear el presente y crear un futuro aún más destructivo.

Así lo sentí cuando vi a esta mujer mirando de reojo hacia atrás, con una tristeza y sentimiento de soledad brutal. El coche, salido de otra época, y su afligido color, creaban un ambiente propicio para la desazón.

Fue sin duda lo mejor de aquella mañana, camino a la Librería Lello, la librería más famosa del mundo y la más rentable, no por las ventas de sus libros, sino por las entradas vendidas. Desde que se rodaron allí algunas de las escenas de Harry Potter, las colas de turistas y los 5 € de entrada desaniman a los compradores de libros.

Mirando de reojo a un error pasado

Prefiero ver la tele, apagada y llena de polvo, a sucumbir al mercado del turismo. Pero no os asustéis, disfruté de muchas cosas. Oporto da para mucho más que un recorrido nocturno, colas infernales y garajes de hotel.

Arrinconados

Preciosos y rehabilitados edificios alicatados con recuperados azulejos, preciosos y destartalados edificios en parte alicatados con olvidados azulejos, calles estrechas y laberínticas, amplias avenidas y paseos paralelos al río, restaurantes con cocina local, gaviotas moviéndose como gifs eternos, bares alternativos con cerveza alternativa, edificios modernos alejados de los circuitos clásicos e, incluso, encuentros cara a cara con personas contactadas por Internet. Un abrazo, Alberte.

Un abrazo, Oporto.

Final desconocido

Coliseo arquitectónico

Hacia lo más alto

Sueños borrosos

Atrapado

Tozudo

Dando la espalda para salir de frente

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Ciudad de luces y sombras

Publicado en Córdoba, Fotografía, Fujifilm X-Pro2, Fujifilm X100, Viajar el January 17th, 2019 por diegojambrina

El miedo al inmenso cielo azul paraliza los sueños de volar de cualquier nube y permite que tus propios sueños alcancen sin obstáculos una altura jamás lograda. Así me sentí en la ciudad de Córdoba durante dos días de intensa luz.

Cegado por la aparición de sombras en cada calle, tomaba fotografías de rincones, puertas, fachadas y, también, de verdades fingidas creadas por ventanales caprichosos.

Un mundo no demasiado real tal vez, aún no lo sé, y no creo que lo llegue a saber jamás, en el que viví durante esos dos días en Córdoba.

Una ventana al mundo

Churros a la romana

En realidad, fueron cuatro días de estancia en la ciudad, pero durante las jornadas de cielo cubierto, mi entusiasmo se tornó gris y mis fotos ausentes. Aquel tiempo parece no contar.

A mí me interesaba la luz y los frutos de la luz. Las sombras y las siluetas me absorbían con la fuerza de un agujero negro.

Sombras del pasado

Son las ventajas de una ciudad bañada por el sur y de un casco antiguo de arquitectura tradicional, no tanto por su forma como por su piel blanquecina, perfectamente tersa a pesar del paso de los años.

La escasa altura de los edificios, también invita a que el sol se quede hasta bien entrada la tarde. Un lujo de esos que no hay que pagar y del que todo el mundo disfruta por igual, sobre todo en invierno. En verano, supongo que la historia será muy distinta. Habrá tantos miles de paraguas como japoneses ocultándose de los rayos del sol. Tantos pañuelos en la cabeza como musulmanas de ojos rasgados. Tantas pamelas y viseras como alemanes, franceses, ingleses y demás turistas extranjeros. Porque turistas habrá, y habrá muchos más de los que yo me encontré en noviembre.

El resplandor de la nada

La sombra del turismo

También me deslumbró la vida compartida entre dos culturas. Una sorpresa maravillosa, más en estos tiempos de odio y confrontación, aunque bien pensado, ¿qué tiempos se han librado de confrontaciones y odio?

Todo es normal en Córdoba. Los restaurantes de tapas, cazuelas, finos y vinos se alternan con los de humus, falafel y té. La gente de rasgos rudos andaluces dan los buenos días a la gente de finas líneas árabes. El castellano y la lengua árabe conviven en las calles, en los restaurantes e, incluso, en una misma mesa.

Las culturas y las personas viven entrelazadas como los adornos labrados en las paredes de la gran mezquita; un edificio que no es solo un espacio religioso, sino que es un símbolo de coexistencia.

Arte que estás en los cielos

Y por si fuera poco, Córdoba ofrece aún más.

En cada esquina hay herencias romanas que actúan de ornamento y de sustento. Preciosas columnas que mantienen en pie las viejas casas cordobesas. Es bonito verlas desnudas y libres de ladrillo, arena y cal, pero es triste saber que fueron arrancadas de estructuras descomunales como teatros, anfiteatros y otros edificios que un día ocuparon esta zona de Iberia.

Además, me encontré con arte callejero del que te detiene y te hace mirar y pensar como si estuvieras en un museo. Fantástico derroche de generosidad e imaginación la del autor o autora que dedicó su tiempo a convertir una blanca pared anodina en una galería atractiva.

Fondo romano

En línea

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Génova, ciudad infinita

Publicado en Fotografía, Fujifilm X-Pro2, Fujifilm X100, Italia, Viajar el November 13th, 2018 por diegojambrina

Una vez, miré por la ventada del avión y vi una enorme explanada surcada por caminos de agua resplandeciente. Me quedé hipnotizado por la enorme capacidad artística de la naturaleza. ¡Cuánta belleza abstracta! Cuando desperté de aquel ensimismamiento, me pregunté por lo qué estaba viendo. Y tras comprobar en la pantalla la ruta del vuelo, me di cuenta de que era la desembocadura del Nilo.

Fue la primera vez que vi África. Mi primera impresión del gran continente. Y pensé que si a 10.000 metros de altura, moviéndome a 800 km/h me emocionaba de aquella manera, cuando por fin pisara aquella tierra, seguro que mi corazón me haría levitar dos palmos del suelo.

Aún no he cumplido ese sueño, uno de mis grandes sueños viajeros, pero hace unos meses pasé tres días y dos noches en Génova, Italia.

Génova, ciudad abierta

Una de las características que más me gusta de Génova es la diversidad cultural que hay en sus calles. Además, su casco antiguo, donde la luz a duras penas alcanza el suelo, me hicieron recordar a aquella ciudad recogida en el libro de Txelu Angoitia, “El sueño de Tanger”.

Paseando por esta ciudad en vertical puedo asegurar que es lo más cerca que he estado de África.

Hotel

Pero, ¡qué sé yo de África! Sólo sé que mis deseos me llevan a vivir experiencias que dudo haya vivido en realidad.

Y con el paso del tiempo, la memoria también distorsiona esa realidad, y hoy, meses después de mi paso por Génova, pienso que tal vez no fue tan negra como yo hubiera querido.

Lo que sí puedo asegurar, sin miedo a que la memoria me engañe, es que esta ciudad del norte de Italia es una ciudad infinita.

Ciudad infinita

Podría estar caminando un mes entero y cada día marcar una retorcida línea diferente.

Podría estar horas buscando una esquina iluminada por el sol sin encontrarla y, aún así, sentirme satisfecho.

Podría estar horas fotografiando la luz sin importarme qué ilumina.

Podría ser feliz en un territorio donde los letreros de neón no son capaces de encontrar su camino entre tanta oscuridad.

Sombras perdidas en el tiempo

BAR

Hoteles verdes

Luz divina

Sin luz propia

10 metros

Palabras en el aire

Localizado

Piedras clientes

Ríos de vida

Tiempo perdido

Escalera a la luz

El sol

Música en la sombra

Cuando un edifício te sonríe

Oculto a la luz del día

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El gran fallo del jurado

Publicado en Arlés, Arte, Fotografía, Francia, Fujifilm X100 el July 19th, 2018 por diegojambrina

Lo que hace que una persona sea escritora, no es el acto de escribir, sino el de leer. Por eso, el arte no depende del creador sino del espectador. Así que me he prometido a mí mismo no enfadarme con esas personas que ganan premios de fotografía sin haber hecho una sola fotografía, sino con las personas que les premian.

Apropiarse de fotografías ajenas, o comprarlas (me da igual), o hacer capturas de pantalla y hacer intervención sobre ellas o sencillamente encontrar un orden de lectura, no debería ser un acto fotográfico. Debería ser otra cosa. Que lo llamen como quieran, pero no fotografía.

Leí hace unos días que los tres fallos del jurado en el Festival de Fotografía de Arlés habían dictaminado a tres no fotógrafos como los mejores fotógrafos del año, o al menos sus trabajos. ¿Por qué?

Dejo la respuesta en el aire, porque a mí no me interesa lo más mínimo.

Me interesa la reflexión y me reafirma en lo que quiero hacer.

Quiero hacer fotografías y que la gente las vea, que se emocione con ellas, que se le revuelvan las tripas, que les haga soñar, que les haga sentirse sola, que sonría, que la melancolía se apodere de ella…

Por eso, muestro mis fotos solo en mis espacios personales, como este blog, mi perfil de flickrinstagramFacebook, porque al parecer, y tal como evoluciona el mundo de la fotografía, ningún jurado contemporáneo fallará a mí favor.

 

 

Fotos hechas con una cámara de fotos en Arlés, durante el festival de fotografía.

 

A ese lado de la puerta

Invitación

Intrusión

Indecisión

La eternidad

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Palabras abandonadas

Publicado en Alemania, Fotografía, Fujifilm X-Pro2, Fujifilm X100, Hamburgo, Viajar el June 1st, 2018 por diegojambrina

Por un instante pensé que aquella libreta enganchada en uno de los recovecos del puente era simplemente la basura de un cerdo. Pero luego me dije: “palabras abandonas, ¡qué bonito!”. Y estuve tentado en cogerla, abrirla y mirar si en alguna de aquellas páginas, había palabras dirigidas a mí.

Al final, le hice una foto y dejé la libreta en su sitio; sin tocar, sin abrir, sin futuro conocido.

Me pregunto qué será de ella hoy. ¿Se habrá topado con algún otro paseante con más curiosidad que yo? Prefiero creer en esta posibilidad, más que en que haya acabado en cualquier carrito del servicio de limpieza. Triste final para tan poético abandono.

Palabras abandonadas

Hamburgo es una ciudad construida a base de pequeños detalles y grandes edificios.

Por un lado, el trabajo de las instituciones públicas tiene como fruto espacios grandiosos, bien pensados, bien rehabilitados, modernos y respetuosos con el lúgubre pasado portuario.

Mil ojos sobre ti

De metal y lana

Por otro lado, el trabajo de la gente llena de detalles lugares sin aparente interés, incluso, algunos apenas visibles.

Un pequeño y valiente abeto en una mediana; un poste en el puerto, otrora, importante punto de apoyo para algún barco venido de la otra parte del mundo, y, hoy, un trozo de madera envejecida por la sal y el olvido; o paredes, o farolas, o patios interiores, o pasos subterráneos o cualquier otro espacio susceptible de albergar un sentimiento, un grito, una reivindicación.

Olvido

Marcado por el mar

En ocasiones, esos pequeños detalles que engrandecen la ciudad ni siquiera son pretendidos. Son meras burlas del caprichoso azar, que se ríe de nosotros, a veces por lo bajini, a veces sin disimulo, como cuando ilumina las fachadas ocultas al sol por el reflejo del mismo sol.

Invisible

Falsas ventanas.

Decía, en mi primer post sobre la ciudad, que Hamburgo me quiere, y lo decía porque, además de encontrar pintadas hechas desde el cariño, me he encontrado con estrechas callejuelas abiertas a la inmensidad del amor.

Cuartos habitados por una luz tan potente que rebosa energía por sus ventanas abiertas.

Y se despierta en mí la sensación de compañía o el sentimiento de soledad. ¿Quién sabe qué pesa más?

Invitación

Y a pesar de que el cielo esté nublado y las estrellas permanezcan ocultas y expectantes a noches mejores para mostrar su brillantez, siempre queda la posibilidad de encontrar en un interior un firmamento estrellado.

Soñar con estar en otra parte es relativamente fácil; basta con una pizca de melancolía y un entorno oscuro lleno de luces.

Interior nocturno de alma estrellada

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Yo soy el gato de Schrödinger

Publicado en Alemania, Este trabajo es mío, Fotografía, Fujifilm X-Pro2, Fujifilm X100, Hamburgo, Literatura, Viajar el May 18th, 2018 por diegojambrina

Llevo unas cuantas semanas encerrado en un mundo de completa oscuridad. No soy capaz de saber si lloro de risa o de pánico. No soy capaz de saber si miro con envidia o con compasión. No soy capaz de saber si el nudo que tengo en el estómago es angustia o hambre. No soy capaz de saber si soy feliz o soy un animal sin conciencia ni consciencia. No sé si estoy vivo o muerto. Parezco el puto gato de Schrödinger. Lo único que ilumina este estado de duda infinita es que tanto el gato como yo estamos vivos y muertos al mismo tiempo.

El problema es que tengo que abrir la caja y mirar dentro, si quiero aclarar esta situación. Y aunque no haya candado, ni cerrojo, ni siquiera cinta de embalar alrededor de la caja, abrirla me va a resultar extraordinariamente difícil.

A la vista de la imaginación.

Viajar por este mundo de completa oscuridad es lo único que me mantiene vivo. Sólo quiero que nunca llegue a tropezarme con la ampolla de gas venenoso y provocar, no diré un triste final, sino un final prematuro. Al fin y al cabo, nadie se libra de la guadaña.

Durante mi viaje por Hamburgo (sí, aunque no lo parezca, este es el segundo post de mi viaje por la ciudad portuaria), fui tomando, iba a escribir fotografías, pero es más oportuno pedacitos de una realidad que generan en mi cabeza, más que cualquier otra cosa, dudas.

Y son las dudas las que me mantienen despierto. Parece que las necesito, que disfruto con ellas, que la angustia que provocan es la energía que me mueve. Vamos, que siento placer de mi estado tarado.

Es la puta misma moneda de siempre y sus dos partes que jamas se verán las caras o lo que llamaba el Soldado Bufón, la dualidad del hombre. Ahora sólo tengo que elegir una o ninguna o elegir las dos y vivir el resto de mi vida en el canto, consciente de que puedo caer para un lado o para otro sin que ello me importe lo más mínimo.

Vouyer

Ausencia

Sol interior

Naturaleza metálica

Superstar

Hamburgo es una ciudad que inspira.

Hay arte callejero, o vandalismo, según quién sea el espectador, y hay miradas que no ven más allá de sus narices. Hay atardeceres que esculpen siluetas de metal y paredes de metal que crean atardeceres perfectos.

La ciudad entera es una impostura, y eso me encanta. A veces parece que es una ciudad elegante, moderna, organizada, limpia, con ópera italiana como banda sonora. En otras ocasiones reina un perfecto caos, es oscura, lluviosa, desconfiada y los gritos reivindicativos resuenan en cada calle.

Lluvia de color

Mississippi

Impostura

Pero el arte también está en los museos. Al menos en los que yo visité.

Deichtorhallen Hamburg y Haus der Photographie son dos edificios separados por menos de 100 metros con entradas combinadas. Y más allá de las obras expuestas está el gusto por el modo en que se exponen las obras. Cada espacio es una obra en sí misma. Todo está perfectamente pensado y colocado, incluso el imprevisto de una gotera se alía con la exposición.

Una mañana maravillosamente invertida, en un espacio apto para todos los públicos y en los que está permitido hacer fotografías, una práctica a exportar a otros museos en los que sientes el aliento de la ley observando con más interés tu cámara que tú mismo las obras.

En espacios así, vuelves a creer que el futuro de la raza humana no está perdido. Parejas, personas en solitario, familia con hijos, mayores, jóvenes y jovencitos estudiantes que participan con interés en la interpretación de cada obra.

Sentí a mi lado la presencia del Sr. Stendhal.

Intervención

Stendhal

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Hamburgo me quiere

Publicado en Alemania, Hamburgo, Viajar el May 3rd, 2018 por diegojambrina

A veces, cuando el avión comienza el descenso, mi cabeza sufre explosiones internas tan dolorosas que me resultan difíciles de creer. Aún así, al aterrizar en Hamburgo, y viendo nevar por la pequeña ventanilla, me sentía feliz. Comenzaba un nuevo viaje en mi vida. Cinco días por delante para dejarme sorprender por una ciudad totalmente nueva para mí.

Con la maleta en el hotel y la cámara en mi mano, empecé, esa primera noche, a enamorarme de todo lo que veía. No es de extrañar, claro, porque yo me enamoro de lo desconocido con mucha facilidad.

Lo curioso es que sentía que Hamburgo también me quería. Resultaba demasiado fácil encontrar motivos para fotografiar. Incluso vi escrito un mensaje de “AMOR”, que, evidentemente, era para mí.

Amor a la alemana

Encontré más mensajes, y, aunque algunos estaban en blanco, sé que iban dirigidos a mí llenándome la cabeza de ideas y de emociones el corazón.

Como de costumbre, no puedo escribir sobre esas extrañas palpitaciones. El entorno se alía con mi inconsciente y provocan sacudidas, miradas, dudas y fotografías. Así transcurrían las primeras horas en Hamburgo. Y así cogió fuerza un nuevo proyecto fotográfico del que aún no puedo hablar.

Destino en blanco

La nieve seguía cayendo, suave, sin hacer daño, solo visible para las luces de la noche.

Así es la primavera en el norte de Alemania: un invierno delicado. Aunque si eres del sur de Europa, es un invierno de mil pares de cojones.

No me quedó más remedio que buscar refugio.

Entré en una de las cerveceras míticas de la ciudad: la Brauhaus am Hafen. Y encontré calor al estilo Benidorm, con pianista lalalá incluido. Salí tan rápido como pude en busca del calor al estilo Hamburgo.

Calor interior

Las luces de la noche son más importantes que el mismo sol.

Cuando la escasez se hace patente, un mínimo rayo de luz, aunque sea artificial, ilumina la imaginación y provoca que mire por el visor y tome fotografías que en cualquier otro momento del día serían totalmente banales.

¿Por qué me siento así cuando estoy de viaje? ¿Por qué no actúo de esta misma forma en mi ciudad natal? No me gusta sentirme como en casa, como ya escribí en mi anterior post, pero tras este sentimiento se esconde una razón. Entonces, en la noche de Hamburgo lo vi claro.

Es la luz del sol la que me ciega.

Noche invisible

Cuando salgo a fotografiar por mi entorno, el sol está siempre en lo alto del cielo y todo lo inunda.

A las mañanas, con tanta claridad en las calles, mi mente permanece a oscuras, sin saber reaccionar, sin sentir, sin encontrar esa inspiración que me acompaña en cada viaje.

De noche, una simple entrada al Metro, escasamente iluminada, es una puerta a lo desconocido. Un viaje inquietante lleno de incertidumbre, de soledad, de melancolía.

La boca del cordero

Y por si esto fuera poco, en Hamburgo el metro no es siempre subterráneo. En algunos tramos vuela por encima de las cabezas, creando un escenario muy de Blade Runner.

Y si no bastara con la realidad, el cine se mete en mi cabeza para hacer de la experiencia del viaje aún más interesante.

En momentos como estos, me alegro de aquellos fines de semana de mi niñez con doble sesión de cine en televisión española, el único canal de una tele en blanco y negro.

Revuelo nocturno

Gracias a aquellas películas, desterradas hoy de la parrilla por ser viejas, lentas y aburridas (¡cuánta incultura!), entendí lo que significa la narrativa, entendí el poder de la imagen y entendí que en mi vida siempre habría sitio para la vida de los demás.

El miedo, la ilusión, la alegría, la tristeza, la rabia, la angustia, el rencor, el perdón, la duda, la certeza de los personajes yo también lo sentía. “Son solo películas”, escuchaba a menudo. No, también soy yo.

Las películas reflejan sentimientos universales. Tal vez ni el lugar, ni el tiempo, ni la historia se parezcan en nada a mi realidad, pero las emociones sí.

Y con la fotografía me ocurre lo mismo, tanto como espectador como fotógrafo. Quiero sentir y hacer sentir. Y si no lo consigo, ¿qué queda?

Criaturas nocturnas

Ciudad y manta

Destino incierto

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No quiero sentirme como en casa

Publicado en Bilbao, Bizkaia, Euskadi, Fotografía, Fujifilm X-Pro2, Muy personal el February 24th, 2018 por diegojambrina

Cautivo de mi propia costumbre, lucho por mirar mi entorno con ojos de viajero inquieto. Lucho por salir a la calle con mi cámara de fotos y ver, en la misma ciudad de siempre, lo que nunca antes había visto.

Pero es la distancia la que me acerca a mi yo fotógrafo. Viajo, cruzo la frontera de lo conocido, y mi mente despierta, se despereza, se libera.

Me siento libre. Libre para mirar, para curiosear, para pararme en una esquina, para retroceder sobre mis pasos, para pensar en lo que fui y en lo que soy y para no pensar en lo que seré. Libre para sentirme libre.

Para mí, no hay nada como no sentirme como en casa.

Una vida falsamente iluminada

A veces, vagabundeo por estrechas calles de nombres desconocidos y hago una foto. A veces, llego a un destino con nombre conocido y hago una foto. A veces, me paro en seco y hago una foto. A veces, retrocedo y hago una foto. A veces, veo lo que nadie ve y hago una foto. A veces, no pasa nada y hago una foto.

Cuando viajo, hago fotos.

Vagabundo

En el lugar en el que habito, no. Al menos no siempre ni con tanta productividad. Me cuesta sorprenderme, me cuesta curiosear, me cuesta mirar, me cuesta reconocerme.

Llevo años prometiendo hacer un post sobre Bilbao. Y había empezado este con la intención de conseguir hacer realidad esta promesa. Pero (creo) he vuelto a fallar, aunque (me sincero) no me importa demasiado. Porque lo importante no es el lugar en el que esté, lo importante es que yo esté.

 
 

Las cinco fotografías que hay en este post están tomadas en Bilbao, durante un momento de lucidez en el que al mirar por el visor me reconocí con absoluta claridad.

Mente iluminada

Puerta abierta

Todos somos sombra

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NO WAY

Publicado en Diego Jambrina, Fotografía, Muy personal, Noruega, Viajar el November 27th, 2017 por diegojambrina

Un ejercicio divertido y útil para todo fotógrafo es la creación de un libro de fotografías bajo un mismo mensaje.

Este es el primero que hago. Y ha sido, además, un regalo que he hecho a mi hermana, por haberme introducido en dos mundos maravillosos: el del viaje y el de la fotografía.

Con todos vosotros: NO WAY.

No_way from Diego Jambrina Merino on Vimeo.

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