Un paseo por ese extraño país: Emiratos Árabes Unidos (3/3)

Publicado en Abu Dhabi, Dubai, Vídeo el May 25th, 2015 por diegojambrina

Todo es raro en los Emiratos Árabes Unidos:

  • Exportan arena de China para poder seguir ganando terreno al mar.
  • Construyen hacia arriba sin tener en cuenta lo de abajo, las cloacas.
  • Tienen una cálida versión de la niebla del Cantábrico, las tormentas de arena.
  • Su mayor actividad es el comercio, no el petróleo, como erróneamente se cree (yo era uno de ellos).
  • Para ver el estilo arquitectónico tradicional hay que ir a los nuevos centros comerciales.
  • Levantan mezquitas colosales para uso y disfrute de los turistas, en su amplia mayoría, no musulmanes.
  • El idioma más hablado es el inglés, aunque las comunidades más representadas (sin contar los propios emiratís) son la india, la pakistaní y la filipina.
  • Y yo me divertí, aunque viajé con mil y una reservas. Para muestra, este vídeo.

Si queréis profundizar en las rarezas del país, pasaos por los otros dos post sobre Dubai:

Dubai, ciudad abierta

Dubai, sin bajarse del autobús.

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Afortunadamente, también llueve en el Mediterráneo

Publicado en Cadaqués, Figueres, Girona, Mediterráneo el January 2nd, 2014 por diegojambrina

“En el Mediterráneo, el sol está asegurado”. Podría ser fácilmente un slogan publicitario, pero en realidad es una creencia fuertemente instaurada en el gris y fresco cantábrico peninsular.  Y lo es para bien y para mal. Muchas personas viajan al Mediterráneo buscando la literalidad de la frase. Y otras muchas no viajan precisamente por la literalidad de la frase. En cualquiera de los dos casos, están todas equivocadas.

En el Mediterráneo llueve. Y lo hace, además, con ganas.

Afortunadamente para unas, y desgraciadamente para otras, en el Mediterráneo no siempre luce el sol ni hace calor, lo que permite a los visitantes invertir el tiempo en otras actividades que no sean las de tomar el sol y bañarse en el mar, como, por ejemplo, pasear por las empinadas y rocosas callejuelas de Cadaqués y sacar fotografías.


Turismo del sol truncado por la lluvia by Diego Jambrina on 500px.com

Además de encontraros turistas con caras largas, podéis cruzaros con lugareños y hablar con ellos -porque en estos pueblos tan turísticos también vive gente todo el año- y descubrir que lo que para el visitante son estrechas calles adoquinadas con encanto, para los viejos del lugar son puñeteras piedras resbaladizas que convierten el “ir a buscar el pan” en una actividad de alto riesgo.

Cadaqués es un pueblo de Girona, un lugar en el que resulta difícil encontrar alojamiento para agosto, pero perfecto para visitar en cualquier otra época del año. Un lugar visitado por personas de la provincia, de Cataluña, de España y del otro lado de los Pirineos, y al que se llega tras muchas curvas por una estrecha carretera.

Es posible que tanta visita tan dispar se deba a que de aquí es el dueño de uno de los bigotes más famosos de todos los tiempos: Salvador Dalí. Y si por un casual llegarais al pueblo sin saberlo, no tardaríais más que un paseo de 2 minutos por sus calles para daros cuenta de ello.

 

Con nocturnidad y agua by Diego Jambrina on 500px.com

Pero no es en Cadaqués donde él vivía, sino en un pequeño pueblo llamado Portlligat, a poco más de un kilómetro y 16 minutos a pie. Aquí tenía su inmensa casa donde trabajó hasta que su compañera Gala se murió en 1982.

Merece la pena visitar esta extravagante casa, y recordad que de nada sirve madrugar. Si no compráis la entrada por internet, cuando lleguéis a la taquilla vuestro gozo se hundirá en un profundo pozo; es absolutamente imprescindible ir con la reserva y el día y a la hora señalada.

La visita, guiada, dura aproximadamente una hora. Recorreréis las diferentes habitaciones y os llevaréis la sensación de estar en un laberinto más que una casa. Es parte del encanto. Además, podréis cotillear los objetos personales y ver las camas donde la pareja dormía. Sí, también podréis cotillear sobre por qué dos camas en una misma habitación para una sola pareja.


Recovecos por la casa-museo Dalí by Diego Jambrina on 500px.com

Otra de las actividades que podréis hacer durante los días lluviosos o ventosos, que no he hablado de ello, pero el viento de la tramontana sopla con fuerza y con una constancia que desespera, es ir hasta Figueres y entrar en el Teatro-Museo Dalí.

Para entrar aquí no es necesario reservar con antelación, pero si vais en temporada alta es muy, pero que muy recomendable reservar por internet. También es aconsejable ir a primera hora de la mañana para evitar las aglomeraciones. No suena demasiado tentador, ¿verdad? Visitar un museo y tener que andar esquivando cabezas para poder ver una esquinita de un cuadro resulta tan desesperante como la propia tramontana, pero no podéis dejar de ir. Este loco multidisciplinar dejó grandísimas obras que hay que ver.

Sí, parece que no quiero que vayáis al Mediterráneo, y ni mucho menos a Cadaqués. Entre la lluvia, la tramontana, el suelo resbaladizo y las aglomeraciones he hecho un cóctel que a más de uno le tumbaría. Pero en realidad es todo lo contrario; debe servir para poneros a tono. Yo fui creyendo que en el Mediterráneo el sol estaba asegurado y me encontré con un lugar maravilloso lleno de cultura…

…sí, y de gente.

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¡Los mayas están vivos! (Guatemala 2/3)

Publicado en Fotografía, Fujifilm X100, Guatemala, Viajar el September 30th, 2013 por diegojambrina

8 razones por las que visitar este desastroso país (Guatemala 1/3)
Las ruinas mayas (Guatemala 3/3)
Fujifilm X100

En la mayoría de los países europeos las iglesias han perdido feligreses y han ganado turistas. Se han sustituido los rosarios por las cámaras de fotos y se cobra entrada como en cualquier otro museo. Incluso, en ciertos países, como Holanda, Francia o Escocia, algunos lugares de culto religioso se han reconvertido en bibliotecas, salas de exposiciones, mercados o cafeterías. Pero en Guatemala, la gente sigue yendo a las iglesias a rezar.

Allí, la devoción religiosa no se ha visto perturbada por el paso del tiempo, tan solo lo ha hecho por el paso de los españoles, que, además de enfermedades, muerte y destrucción, introdujeron el cristianismo. Pero, contrario a lo que cabría esperar, no acabó por imponerse. Los mayas la adaptaron a sus gustos y creencias y aún hoy, casi 500 años después, procesan un mix de religiones de lo más curioso.

Asistir en Chichicastenango a una de sus abarrotadas misas es una experiencia sociológica interesante, aunque confieso que llegué cuando ya había empezado y no me quedé hasta el final. Cuando el cura dejó de predicar en quiché, una de las lenguas mayas más habladas en Guatemala, y pasó al castellano, mi interés decayó. Y salí afuera, donde el espectáculo religioso continuaba, pero a otro nivel.


Ritual maya a la entrada de templo cristiano by Diego Jambrina on 500px.com

La religión es uno de los rasgos más sobresalientes de los mayas. Y aunque no les veas rezando, aunque no les pilles con las manos en el incienso, sabes que han estado allí lanzando sus plegarias.

El color negro de la piedra, pequeños huesos, plumas chamuscadas, pétalos esparcidos y cera de nuevo solidificada son pistas inequívocas. Todo esto me lo encontré en el cerro de Pascual Abaj, el lugar más sagrado de los mayas chuchkajues.

Y lo es porque allí se encuentra, junto a cruces cristianas, la piedra de Pascual Abaj, una piedra con forma fálica de 500 años de antigüedad. Pascual Abaj, ya el propio nombre refleja la mezcla de culturas.

También les gusta mezclar otras cosas. Por ejemplo: un puñado de tumbas, una pizca de niños jugando, otra pizca de niños trabajando, botellas de tres litros de cocacola, un heladero, algún chamán, mucho fuego y mucho, mucho humo. Una combinación absolutamente normal en el cementerio de Chichicastenando. Otra vez Chichicastenango. Este lugar es un filón para las sorpresas y los fotógrafos.

Te puedes encontrar, como me pasó a mí, con el pasado, el presente y el futuro en un mismo encuadre.

Al fondo, los protagonistas son los muertos, los que ya no están presentes, pero siguen influyendo en los vivos. En segundo plano, el trabajador de hoy, el que recorre las calles y los cementerios haciendo sonar su campanilla para atraer a los clientes. Y en primer término, una representación del futuro del país, que como se puede ver, le espera seguir tirando del carro.

Además de la religión, los mayas conservan su vestimenta tradicional. Es fácil encontrarse con mujeres vestidas con sus reconocibles faldas y blusas de colores. De hecho, lo difícil es verlas vestidas de otra forma. Tan sólo en la región más grande de Guatemala, Petén, se ha perdido la tradición en la vestimenta e incluso en la lengua.

En el vasto territorio de Petén, los mayas no gozaban de la fuerza del grupo y su aislamiento les supuso el desprecio, y algo más, de los mestizos, que poco a poco, impusieron el castellano y los vaqueros.

Pero en otras zonas de Guatemala, como en los pueblos del lago Atitlán, los mayas son los fuertes, en número y en determinación. En pueblos como Santiago Atitlán, incluso los hombres continúan vistiendo como siempre. Bueno, a decir verdad como siempre, no. Las camisas mayas son demasiado caras. Se tardan unos dos meses en fabricarlas a mano y llegan a costar los 350€ al cambio, y ese es un lujo del que deben prescindir.


¡Los mayas viven! by Diego Jambrina on 500px.com

Fue en el lago Atitlán donde vi al dios maya Maximón, también conocido con el nombre de Rilaj Maam.

El nombre Maximón con toda probabilidad deriva de los términos “Maam” y “San Simón”, el santo del que hablaban los católicos. Un nuevo ejemplo de la curiosa mezcla de culturas.

Maximón es una efigie de madera de un metro y 20 cm., aproximadamente, a la que visten con pañuelos y sombrero y le hacen ofrendas en forma de puros y licor. No se encuentra en ningún lugar santo, no hay iglesia que lo cobije. Cada año cambia de casa.

Para el dueño de esa casa es un honor y una inversión económica, puesto que ha de pagar y habilitar su casa para las visitas diarias. Pero también cobra entrada; a los locales y sus chamanes por pedir consejo para superar todo tipo de problemas, y a los turistas por entrar y sacar fotografías.

En esta foto y de izquierda a derecha: entre los dueños de la casa está Maximón fumando un puro, persona afectada por algún mal, su hija y el chamán, quien se encarga de hacer de intermediario entre el afectado y Maximón.

 

Ceremonia maya. Hablando con Maximón by Diego Jambrina on 500px.com

Pero no sólo de religión vive el maya. También alimenta el estómago, y lo hace, entre otras cosas, a base de verduras y hortalizas, aunque la producción de esta región cercana a la ciudad Quetzaltenango, más conocida por su nombre abreviado maya: Xela, se exporta a los países limítrofes: EE.UU., Nicaragua, Costa Rica…

En Almolonga, que así se llama este pueblo, se reúnen en un mercado al aire libre centenares de agricultores mayas vendiendo sus productos. Para el local, es un centro de comercio. Para el viajero, es una explosión de color y cultura maya.


Mercado de frutas y verduras de Almolonga by Diego Jambrina on 500px.com

Aunque para explosión de color, la iglesia de San Andrés Xecul, un templo dedicado a la extravagancia. En su fachada amarilla hay santos, ángeles, flores, tigres, monos y enredaderas de colores chillones.


La iglesia más cachonda by Diego Jambrina on 500px.com

Antigua es un gran centro urbano, el segundo más importante de Guatemala, por detrás de la capital, aunque sólo en tamaño y número de habitantes, porque es sin duda la ciudad preferida de nacionales y extranjeros.

Fue la capital del país hasta que hartos de reconstruirla una y otra vez, la abandonaron tras el último gran terremoto y se trasladó a una hora de camino en coche. El turista nada más aterrizar sale de Ciudad de Guatemala, alejándose de la mala fama de la ciudad. Se podría pensar que es un miedo exagerado del extranjero, pero también los guatemaltecos huyen de la ciudad en cuanto llega el fin de semana.

Todos vamos a Antigua, abreviatura de La muy noble y muy leal ciudad de Santiago de los caballeros de Goathemala, que es su verdadero nombre, a disfrutar de las calles, casas e iglesias coloniales y de la tranquilidad de una ciudad muy segura.

En Antigua también se comparte vida con los mayas. Aunque el reparto de la vida no es del todo equitativo. Los mayas se sitúan en el estrato social más bajo. A mi llegada al país , me alegré de la cantidad de gente que mantenía viva la cultura maya, les veía vestidos con sus trajes típicos, les oía hablar en su lengua, rezan a sus dioses, pero a medida que pasaban los días me daba cuenta de que Guatemala no es su país. Viven en él, pero no pertenecen a él.

Los mayas viven, sí, pero la mayoría de ellos malviven con trabajos precarios, con sueldos precarios en viviendas precarias.


La frutera callejera by Diego Jambrina on 500px.com

Pero no quiero terminar este post escribiendo sobre lo negativo de la realidad maya. Me quedo con la agradable sorpresa de encontrarme con, a pesar de todas las persecuciones, matanzas y opresiones sufridas durante 5 siglos, una cultura viva.

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Guatemala. 8 razones por las que visitar este desastroso país (1/3)

Publicado en Fotografía, Fujifilm X100, Guatemala, Viajar el September 15th, 2013 por diegojambrina

Fujifilm X100

Guatemala es un país desastroso. Las carreteras están llenas de baches, hay constantes corrimientos de tierra, los conductores de autobuses tienen poco sentido de la precaución, los centros urbanos crecen sin control, se construye con bloques de hormigón y tejados de chapa, hay vigilantes armados hasta en las panaderías, los cables del minúsculo calentador del agua están justo encima de la alcachofa de la ducha y es un país con una administración pública a quien nada le importa, especialmente las muertes por electrocución accidental de los tontos turistas.

Pero a pesar de ello es un país al que volvería a ir. Más aún: quiero volver.

Quiero volver para compartir unos minutos de charla con ese albañil que se fue de Antigua, la antigua capital de Guatemala, porque no aguantaba el ruido, el tráfico, la contaminación y el fervor religioso. Un hombre que lo dejó todo y se estableció en un remoto pueblo de Petén, llamado El Remate, donde lo único que se oye son las tormentas pasajeras y la gente pescando en el lago Petén-Itzá.

Quiero volver para subir todos y cada uno de los volcanes que amenazan con malos humos a todos los habitantes despreocupados que viven a su alrededor.

Quiero volver para recorrer las calles bulliciosas de Chichicastenango un domingo de mercado, el más importante de Guatemala, y dejar sorprenderme por la cantidad de productos en venta, por la cantidad de personas que venden y compran y comen y rezan, por la estampa multicolor de los puestos y para volver a escuchar de boca de un niño de 8 años cómo ser feliz con muy poco.

Quiero volver para sorprenderme, otra vez, con el auténtico fervor religioso que profesan a dioses mayas, que, aún siendo de madera, fuman, beben y hablan más de 40 idiomas, entre ellos el francés.

Quiero volver para acabar de creer que los mayas mantienen su vestimenta tradicional, su lengua y su cultura a pesar de los siglos y siglos de explotación y exterminio sufrido a manos de españoles, primero, y guatemaltecos, después.

Quiero volver para recordar, bajo las bóvedas derruidas de las iglesias de Antigua, la que dicen es la ciudad colonial más bonita de América, que no hay nada más poderoso que la naturaleza, y que si ésta habla los hombres callan.

Quiero volver para sentarme junto al auténtico tesoro guatemalteco y charlar con él, mientras viajo en un School bus, uno de esos autobuses de los colegiales gringos que, inservibles para ellos, aguantan miles y millones de kilómetros más.

Quiero volver para disfrutar de la humedad, el calor y los sonidos animales de la frágil y obstinada selva de Petén desde lo alto de un templo maya en Tikal, uno de los mayores yacimientos arqueológicos y centros urbanos de la civilización maya precolombina.

Quiero volver.

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Viajar por Londres con una cámara de fotos (2 de 2) Qué no visitar

Publicado en Fotografía, Fujifilm X100, Londres, Lubitel el May 1st, 2013 por diegojambrina

Fujifilm X100 Lubitel 166+

Londres es, aún hoy, la capital de un imperio, y como tal, tiene vergüenzas que debería ocultar. Pero en lugar de esconderlas, lo hace público y se vanagloria. Lo más evidente es el enorme y loco British Museum. Es como la cueva de Alí Babá, pero con entrada libre. Un lugar donde admirar los tesoros robados en su época de mayor esplendor colonial.


Egipto en Londres by Diego Jambrina on 500px.com

Podría ser ésta razón suficiente para no acudir al museo. Un acto de rebeldía individual estéril para la sociedad y la política y que, finalmente, no llegué a realizar. Algo de lo que yo sí me avergüenzo.

Decía que ésta era una razón más que suficiente como para no ir, pero hay otra de casi igual importancia: la gente.

Al museo acuden miles de personas al día, algo más de 6 millones al año, y al parecer acuden interesadas en el arte egipcio, griego, africano… aunque lo que realmente les interesa es comprobar la dureza de las piezas. No se contienen y golpean los bustos y los sarcófagos egipcios confirmándose a sí mismos que son tan de piedra como su sensibilidad artística e incluso como su sensibilidad como ser humano.

Y las autoridades competentes no hacen nada por evitar semejante atropello. Mi desprecio hacia ellos es aún mayor sabiendo que una de las excusas que esgrimen para no devolver lo robado es que los países dueños legítimos no poseen lugares acondicionados para proteger semejantes obras históricas.

Otro de los atractivos turísticos de Londres que no llegó a cautivarme fue Camden Town. A pesar de ello pasé una mañana completa por sus frías calles. Pero no fue por su mercado ni por sus comercios de souvenirs disfrazados de pintorescos sino por el canal que cruza su calle principal.
Un oasis de paz por el que pasear y disparar.

El mercado de Camden Town, también conocido como Historic Stables Market, es curioso por dónde está situado; antiguos establos abovedados, construidos con ladrillo caravista donde, en su día olería a caballo y hierro. Hoy, el sabor histórico de este laberinto se intuye entre la ropa colgada, zapatos, accesorios, souvenirs y carteles de comida rápida. Son los sabores de la modernidad, aderezados por las divisas extranjeras.

Me queda aún más crítica cítrica para Londres.

Oxford street es lo peor, sin duda, para el viajero hambriento y el aficionado al footing. Es imposible dar dos pasos seguidos hacia delante. Las miles y miles de personas que andan como pollos sin cabeza por sus aceras te obligan a andar en zigzag. Evitadlo siempre que podáis, que no será fácil, porque sus calles adyacentes sí son lugares apetecibles. Por ellas te puedes encontrar edificios de estilo tudor, como la sede del comercio Liberty. Una maravilla de la arquitectura.

Disfrutadlo por fuera y por dentro, porque a pesar de tratarse de una tienda sin interés alguno para un servidor, sus escaleras, suelos, paredes y decoración son dignos de una visita.

El famoso Hyde Park tampoco es algo tan imprescindible como me lo hicieron creer.

Tal vez, en verano, su atractivo sea mayor, pero ahora, en una primavera vestida de invierno el ambiente es triste. Eso sí, si os gusta la fotografía puede ser un escenario propicio para el blanco y negro con cámara de carrete de 120.

Otra cámara que llevé al viaje fue la que el propio móvil tiene incorporada. Ésta me permite hacer fotos en lugares no demasiado propicios para una cámara grande.

Ten Bells tampoco es un lugar al que acudir, bueno, a decir verdad, no era un lugar allá por 1888, el año en que Jack El Destripador tomaba unas pintas y se decidía por una desafortunada mujer. Ahora es un bonito pub sin peligro alguno, salvo el servicio, claro. Para ir hasta él, hay que bajar unas empinadas, oscuras y descuidadas escaleras.

Los servicios de Harrods es otra cosa: limpios, sin pintadas en las paredes, con una puerta de entrada y otra de salida… Pero no, no es un lugar de interés. Al fin y al cabo es un comercio, un Corte Inglés, algo más lujoso, claro, pero un comercio al fin y al cabo. Eso sí, la zona de alimentación es espectacular. La decoración y los productos que allí se exponen crean una escena genial para sacar fotos mientras los demás miran.

 

Portobello road es otra de las zonas sobrevaloradas. Intuyo que hace bastantes años éste lugar apartado de Londres, tendría interés.

Ésta calle se encuentra ubicada en Notting Hill, un barrio de pequeñas y bajas casas, en algunos casos, con fachadas pintadas de diferentes colores pastel, y podría suponer un buen lugar para alejarse de la gran ciudad. Pero hoy nadie se puede abstraer del ruido y la multitud. Los puestos callejeros están regentados por vendedores con artes de comercio asiático, es decir, son algo pesados, y el interés de lo ofertado es bastante bajo.

Si a pesar de mis consejos, decidís acercaros, pasead por las calles perpendiculares a Portobello road, porque, al menos, os encontraréis con bonitas casas de estilo victoriano.

Dejo para el final lo peor de Londres y, sin embargo, lo que más interés despierta: el cambio de guardia en el Palacio de Buckingham.

Y es que a mí el rollo militar nunca me ha gustado, aunque esté aderezado por charangas y escenografía extravagante. Pasé por allí, por si coincidía con el cambio (no sabía entonces que se hace una sola vez al día y a las 11:30), pero llegué antes. No tan antes como los cientos de personas que ya esperaban allí al espectáculo. Así que saqué la foto hacia el lado contrario hacia donde lo hacían los demás y me fui.

Después de estos dos post, el que halaga y el que desdeña Londres, me he quedado con ganas de hablar del Big Ben. Y es que tengo alguna foto de la que me siento orgulloso de mostrar. Bueno, si queréis verlas pinchad aquí. Es mi cuenta en 500px. Daros una vuelta a ver qué os parecen y me contáis.

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Viajar por Londres con una cámara de fotos (1 de 2)

Publicado en Fotografía, Fujifilm X100, Londres, Viajar el April 14th, 2013 por diegojambrina

Fujifilm X100

Suele ser habitual que cuando aterrizas en un lugar, la primera impresión sea también la última. Pues en ésta ocasión se vuelve a confirmar. Londres es la gran ciudad que me esperaba. Cierto es que ya iba predispuesto a que me gustara; tanta gente diciéndote lo bonita, rica, alegre, amable y monumental que era, tantas películas ambientadas allí, tantas historias entorno a leyendas de la música… que no podía no gustarme.

Sin embargo, algo no cuadraba con lo esperado.

Llegué al aeropuerto de Heathrow y una hora de metro después saqué la cabeza a la superficie en una estación del Bank Side, al sur del Támesis. Lo primero con lo que me encontré fue con un frío de cojones. Puedo afirmar que el invierno más frío que he pasado en mi vida ha sido ésta primavera en Londres. Y lo siguiente con lo que me topé fue con The Shard, un edificio acabado de construir en 2012 y que pide tu atención, estés en la calle que estés. Sus 310m de altura no pasan desapercibidos.

Ésta zona es fabulosa, y dentro de unos años lo será aún más. Cuando todos los edificios de cristal se terminen de construir, los andamios dejen de entorpecer el paso de peatones y las grúas no estropeen el encuadre a los fotógrafos, el Southwark será uno de los distritos más interesantes por los que pasear.

Y no es precisamente por estos nuevos edificios, sino por su perfecta convivencia con los viejos, bajos e históricos edificios de ladrillo caravista.

Hay otros lugares interesantes en ésta zona.

Muy cerca de The Shard está el Borough Market, un mercado municipal, como su propio nombre indica, lleno de historia y pilares de metal. Que el tren pase justo por encima de sus puestos no le quita ni un ápice de encanto. Puedo imaginarme perfectamente cómo, varios años atrás, llegaban al mercado barcos procedentes de todo el mundo con sus mercancías y a la gente comprando entre pinta y pinta.

En la orilla del río también se encuentra otro de los atractivos más demandados por los turistas: el London Eye. Pero francamente, a mí me pareció de lo más aburrido de Londres, y eso que tan sólo pasé por allí. Sin embargo, la gente petrificada por el frío y por la espera parecía interesarles mucho subir. No sé, tal vez el precio, 19,20 libras, les parecía justo.

A mí me gustó más el Millennium Bridge. Sí, ya, no es una barraca, ni da vueltas, ni te permite ver Londres desde las alturas, pero es un bonito puente con unas vistas más bonitas todavía, a ras de suelo. A un lado la St Paul Cathedral y al otro el Tate Modern. Además, miles de personas cruzan sin parar de un lado a otro, turistas, trabajadores, deportistas… permitiendo disparar cada segundo tu cámara sin que se repita la fotografía.

El día de su inauguración, el 10 de junio del año 2000, cruzaron hasta 90.000 personas, tantas que tuvieron que cerrarlo dos días después para corregir el excesivo balanceo que los peatones provocaban. Hoy aún se mueve, pero, las fotos, nítidas.

Y de puente a puente tiro porque me lleva la corriente.

Bueno, a decir verdad me llevaban los pies, aunque el que quiera puede dar paseos por el Támesis. Yo no lo hice, pero no me faltaron ganas, porque aunque sea una turistada, se deben conseguir unos puntos de vista interesantes.

Yo me planté delante del Tower Bridge andando, poco a poco, parándome cada dos por tres para fotografiar uno de los puentes más legendarios, y bonitos, de todo el mundo. Al final, tanto disparar, para nada. No estoy contento con ninguna de las fotos que hice. Así que pongo ésta donde los gorros de las turistas japonesas desvían la atención.

Londres es tan grande, más de 7 millones de personas, viven, corren, trabajan, duermen, comen y beben en sus calles, que es difícil que todo te guste. Por ejemplo, el precio del transporte.

Ah, ¿qué esperabais; que iba a hablar de alguna zona de la ciudad, de algún museo…? Bueno ya llegará. No os preocupéis, tengo críticas para dar y tomar. Pero antes: el transporte.

2,40 libras por trayecto en bus. 25 libras durante los dos primeros días de metro, y eso que saqué la Oyster (una tarjeta monedero) y el presupuesto se reduce bastante. Una auténtica barbaridad, pero si estáis sólo 6 días en Londres como yo, es absolutamente necesario coger el transporte público.

Para llegar a este impresionante edificio, podéis bajaros en la estación Monument de las líneas Circle o District. Pero no creáis que el nombre de la estación hace referencia a ésta construcción. Es el nombre que recibe una columna levantada en 1677 para conmemorar el gran incendio de Londres de 1666 y el lugar exacto donde se originó, una panadería. En su día fue la construcción más alta de la ciudad con unos vertiginosos 61m, pero hoy está engullida por edificios de oficinas. Y son éstos los que captan la atención.

Éste de aquí es la sede de Berwin Leighton Paisner, un bufete de abogados con unos ingresos que superan los 240 millones de libras. No me extraña que tengan un edificio así y que el tipo ese me mire con ganas de enjuiciarme y quitarme hasta la camisa.

No vi muchos turistas por la City. Y los que vi estaban alrededor de The Monument, pero ésta zona es muy recomendable.

La historia de Londres empezó aquí, cuando los romanos, quiénes si no, levantaron un asentamiento en el año 43 d.C. Hoy es casi imposible ver algo de aquella época (aunque se puede). En su defecto, se puede disfrutar del mercado de Leadenhall. Muy frecuentado por los ejecutivos que trabajan por los alrededores. Se dejan caer para almorzar, beber algo, hacer algunas compras delicatessen y a que les limpien los zapatos. Sí, qué mejor lugar que unas galerías victorianas para encontrarnos con un empleo del pasado.

Y ahora con zapatos limpios, continuamos camino. ¿Dirección? 30 St. Mary Axe. Allí, bien erecto, está el primohermano de ese otro edificio fálico que hay en Barcelona, conocido por el pito o el pene. Aquí, los londinenses han sido más pudorosos y lo han llamado Gherkin (pepinillo). En cualquier caso, un bonito edificio.

Fue de los pocos momentos en que los rayos de sol salieron para mejorar mis fotos. Me pregunto qué tal se le dio a aquel tipo con quien me crucé y que llevaba en la mano la misma cámara que yo.

“Eih, another fujifilm guy!”

Hay lugares en Londres fabulosos, pero hay otros que no lo son tanto. Pincha aquí para ir a la segunda parte de este viaje y saber de cuáles hablo.

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Mercedes-Benz, una historia de creatividad sobre ruedas

Publicado en Alemania, Fotografía, Fujifilm X100, Motor el February 9th, 2013 por diegojambrina

Fujifilm X100

Dicen que para ver todas las obras del Museo Louvre, con el detenimiento que se merecen, deberíamos estar dentro 9 meses. Cumplido ese tiempo saldría un nuevo ser, porque tú ya no serías tú, sino vete tú a saber quién. Para ver el Museo Mercedes-Benz, no temáis, os recomiendo un día completo, aunque bien podríais estar más de dos, si quisierais verlo con el detenimiento que se merecen las obras de arte que en él hay expuestas.

Para empezar, el edificio impresiona, sobre todo, por su tamaño. Nueve plantas y una superficie de 16.500 m2. Una sede tan grande como la historia de la marca, diseñada por el estudio de arquitectura UNStudio van Berkel y Bos de Ámsterdam.

Fijaros que hasta el taxi que hay en la entrada es tan grande como un camión. Vamos, como que es un camión.

Con él hicieron una acción de marketing de lo más creativa y agresiva. A todos aquellos que llamaban a un taxi desde una sede de la competencia, un concesionario Volvo, por ejemplo, les iba a recoger este camión. Una prueba de producto por parte del usuario de lo más inesperada.

Genial.

Y tras estos minutos de publicidad, continúo con el museo.

Dije en el anterior post, el del Museo Porsche, que éste de Mercedes-Benz es mucho más que un museo de una marca de coches. Aquí se muestra prácticamente por completo los 125 años de la historia del automóvil desde el primer día. Como no podía ser de otro modo, porque fue una de las patas de la marca, Benz, quien inventó el coche.

Aquí lo tenéis: el primer automóvil con motor de combustión interna diseñado y fabricado por Karl Friedrich Benz en 1886.

A lo largo de los nueve niveles, unidos en espiral, una forma inspirada en el ADN de doble hélice que simboliza la herencia humana, podéis ir descubriendo la evolución del automóvil unida a la evolución de la sociedad. 160 vehículos y más de 1.500 objetos.

Carteles, posters, anuncios, periódicos, bicicletas (de marca Mercedes, por supuesto)… todo perfectamente expuesto, iluminado y contado gracias a una audioguía que no funcionaba tan bien como cabría esperar.

De todas formas, qué más da qué te digan de este coche. Verlo ahí, tan nuevo, tan grande, tan brillante, tan majestuoso obnubila a cualquiera.

Esta es una de las etapas de la historia de la marca que más éxito tienen entre los visitantes, cuando aún Mercedes y Benz no se habían decidido a fusionarse.

El tamaño de los coches y su perfecto estado de conservación impresionan a niños y mayores. Más si cabe cuando escuchas por los auriculares que algunos de esos vehículos se rescataron de viejas cocheras, o, mejor dicho, de viejos establos casi derruidos.

Otra de las características que más sorprende es que eran coches que se hacían por encargo. Nada de ir al concesionario y llevarte el de Km O. Tanto los primeros vehículos comercializados como estas joyas del motor se hacían como se hacen ahora los coches de marcas de lujo: sueltas primero una entrada y esperas.

Claro que por aquel entonces, la mano de obra era exactamente eso, mano de obra. Estos coches estaban fabricados a mano. Orfebres expertos en su oficio e ingenieros y mecánicos capaces de realizar unas maravillas que circulaban a más de 160Km/h.

¡Cómo me gustaría conducir uno de estos imponentes deportivos! Y me da que la chica esa que asoma por la izquierda también.

Como veis hay mucho que ver en el museo, pero sin duda alguna la estrella es el Mercedes-Benz 300 SL, más conocida como “alas de gaviota”. Una obra de arte, creativa en todos los sentidos, aunque uno de ellos sobresale más que los demás. Sí, las puertas. Unas puertas que encierran una historia curiosa.

La verdad es que yo me enteré allí mismo. Desconocía por completo que ese diseño se debía a un error por parte de los ingenieros. Pensaron en todo, menos en cómo entrar al coche, y, claro, cuando lo hicieron no tenían forma humana de colocar unas puertas con bisagras estándares. Afortunadamente, los diseñadores tuvieron la genialidad de innovar y les salvaron el culo.

De vez en cuando, encuentras en el camino una lección de mecánica en formato diversión, como éste. Una manivela, un poco de fuerza y hacías sonar el carburador y levantar la pelotita. Los chavales se volvían locos con él, y alguna que otra chica también se animó a jugar. Me encantan las mujeres que disfrutan con los coches.

A medida que uno se acerca al final, más cerca está de la era actual y menos espíritu de museo hay. Pero aún queda una sorpresa.

Al llegar a la primera planta os encontraréis (doy por hecho que os he convencido para ir) con un espacio que recuerda a los viejos circuitos inclinados.

Allí, uno se encuentra con la evolución del bólido. Todos tienen su encanto, pero tal vez los que más destacan sean los antiguos, con sus gigantescas formas y cinchas de cuero para cerrar los capós.

¿Y qué me decís de este bólido rojo? ¡Buah, qué maravilla!

Y para acabar, antes de pasar por la tienda, y llevarte una miniatura del “alas de gaviota” (todo el mundo elige el 300 SL), puedes sentarte en el Fórmula 1 más moderno de todos y cerrar el ojo izquierdo.

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Porsche, creatividad y diseño de altas velocidades

Publicado en Alemania, Fotografía, Fujifilm X100, Motor el February 9th, 2013 por diegojambrina

Fujifilm X100

Hay dos motivos por los que recomiendo visitar Stuttgart. Uno, es el Museo de Porsche y, otro, es el Museo Mercedes-Benz. Todas aquellas personas a las que no les gusten los coches, deben visitarlo igualmente, porque los dos museos están hechos con tanto estilo y rigor histórico que no echarán en falta ni iglesias, ni pinacotecas, ni cascos históricos por los que patear.

De todas formas, si queréis casco histórico, lo tenéis, aunque su construcción sea posterior a la Segunda Guerra Mundial.

Stuttgart fue destruida casi en su totalidad por las bombas de los aliados y, como el resto de Alemania, su reconstrucción se ha hecho con mucho detalle y tratando de respetar, en la medida de lo posible, la arquitectura original. Aún así, el verdadero placer son los museos automovilísticos, insisto.

Y si alguno de vosotros pasa de mi insistencia, echad un vistazo a este otro post, donde hay otras razones por las que visitar Stuttgart y otras zonas del suroeste de Alemania.

Para los que se quedan en este post, empezamos con Porsche, y con una fotografía que no es mía. Sí, lo sé, pecado mortal no haber sacado ni una sola foto del espectacular edificio que alberga el museo, pero la emoción tenía atenazada mi responsabilidad como bloguero viajero y entré corriendo.

Por cierto, los arquitectos de la obra son los austriacos Elke Delugan-Meissl y Roman Delugan, quienes tienen una interesante colección de trabajos realizados. Date una vuelta por su web, que por sí misma merece también una visita.

Una vez dentro del edificio, te encuentras con la taquilla, que tratas de superar lo antes posible, sin pensar en los 8€ que has de dejar. Coges tu audioguía en el idioma que prefieras y, hala, para arriba.

Y con los primeras hitos que te encuentras arriba es con algo de lo que muchos amantes de la marca reniegan: la relación directa del Volkswagen “Escarabajo” con Porsche. Pues sí, el Sr. Ferdinand Porsche diseñó el Kdf-Wagen, más conocido por nosotros como el “escarabajo”.

El parecido entre el Kdf-Wagen y este Porsche 956/2 es indiscutible, pero ¡qué más da!, los dos son preciosos.

Los coches que hay expuestos en el Museo Porsche son, además de coches históricos, algunos, y espectaculares, todos, obras de arte. Por eso, no me canso de recomendar su visita a todo el mundo, sea o no amante del motor. Estos coches son arte en metal, vidrio y goma, como ésta reminiscencia de los platillos volantes: el 356 Roadster.

Además, los coches están expuestos de tal forma que parecen juguetes en sus cajas, listos para desembalar y jugar con ellos. La mayoría de los vehículos se han colocado sobre una tarima negra y fondo negro que resalta su gran belleza.

También destaca la iluminación, perfecta, luz a raudales por cada esquina y focos colocados estratégicamente para hacer brillar cada centímetro de chapa y cromado. Se aprecia especialmente en este Porsche Speedster Carrera.

Ademas, mi Fujifilm X100 es otra maravilla del diseño y la técnica, y es capaz de hacer unos fabulosos enfoques con mínima profundidad de campo, genial para destacar los brillos y los detalles de las obras expuestas.

Y ya que he empezado a alabar mi cámara, seguiré con ello.

Ni flash ni ruido del obturador. Así debe ser. El flash directo al objeto no hace más que generar brillos molestos y el ruido advierte a las personas a las que fotografías de tu presencia, y, no, no siempre quiero que se aparten. ¿Se entendería una fotografía en la que todo está al revés? Definitivamente no. Parecería que es la foto la que está al revés, y no lo fotografiado.

Como en esta ocasión, en la que las mentes creativas que diseñaron el museo decidieron colocar al Porsche 956 colgado del techo para escenificar lo que se decía de él en los circuitos: es tan rápido que sería capaz de rodar por el techo. Una vez alcanzados los 321,4Km/h… ¡alehop!

Aunque si piensas que con un coche como estos podrás escapar de la policía, estás muy equivocado. Ellos también tienen el suyo: Porsche 911 Carrera Coupé “Polizei”.

Otro de los atractivos del Museo Porsche está en la posibilidad de saber lo que se siente dentro de uno de estos coches. La estética es importante, pero los amantes del motor disfrutamos también con el sonido y la vibración que provocan los CV.

Para ello, han ideado una plataforma que al pisar en ella activa el arranque de un motor, el suelo vibra y comienzas a oír cómo sube de marchas y de velocidad. Esto lo hacen con todos sus modelos, incluido los tractores, que también los tienen. Esta peculiaridad no es exclusiva de Lamborghini.

Y para que veáis que lo de los tractores no me lo invento, aquí tenéis una prueba fotográfica.

Un gran museo, de dimensiones perfectas para no cansarte en exceso y contemplar cada modelo con tranquilidad. Eso sí, os recomiendo ir prontito, porque es uno de los museos con más éxito de Stuttgart y se puede llenar con facilidad. Cuando yo salía de él, entraban grandes grupos de turistas, entre ellos, los temidos japoneses. Estoy seguro de que eso le resta encanto. Y estoy tan seguro porque lo viví en el Museo Mercedes-Benz, al que acudí nada más salir del de Porsche, y del que hablo en éste post.

Os adelanto que cometí el error de ir a los dos museos el mismo día. Hay que reservar una mañana completa (5 horas) para gozar del Museo Porsche y un día entero, sí, un día completo, para el Museo Mercedes-Benz. Ya veréis por qué.

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Viajar por Alemania y Austria con una cámara de fotos (2 de 2)

Publicado en Alemania, Austria, Fotografía, Fujifilm X100, Viajar el September 24th, 2012 por diegojambrina

Fujifilm X100

Viaja tranquilo y paséate por Suiza antes de cruzar a la Selva Negra: Parte I

 

Salí de Suiza por Basel para adentrarme en el sur de Alemania y el oeste de Austria, y de paso dar un respiro a mi bolsillo.

Estos dos países son asequibles para el trabajador medio. Muchas gente se sorprende cuando digo que comer y beber en Alemania es incluso más barato que en España, y, para el aficionado a la cerveza, más placentero, pero la realidad es esa: mejores nóminas, alquileres mucho más baratos y precios aptos para invitar a una ronda.

¿A una ronda de qué? ¿Bretzel y cerveza?

No sería mala idea, pero no es bier todo lo que reluce.

El suroeste de Alemania, hasta llegar al extremo más oriental del lago Constanza, está lleno de viñedos. A ambos lados del río Rin y del lago, al que todos los autóctonos llaman Bodensee, la bebida amarilla más popular es el vino blanco.

Paseando entre viñedos en Meersburg by Diego Jambrina (Elhombredemackintosh) on 500px.com

El lago Constanza es una zona muy visitada por los propios alemanes, sobre todo, de mediana edad. Aquí tienen sol, agua donde nadar, vino que beber y zeppelins con los que volar. Un estupendo vehículo para poder desplazarse por la zona sin necesidad de aguantar las constantes caravanas. Pero si no tienes los 200€ la media hora que cuesta un viaje, lo mejor es desplazarse en bici, en ferry o, por supuesto, en moto.

El zeppelin sobre vuela Lindau by Diego Jambrina (Elhombredemackintosh) on 500px.com

Fue el ferry el vehículo que elegí para llegar hasta Konstanz. Desde Meersburg, el pueblo perfecto para alojarse en la zona,  salen ferrys cada hora, y tras un paseo por el lago de 40 minutos  llegas a la ciudad más grande bañada por el lago Constanza.

Pero si la ciudad es grande, su fama es todavía mayor.

No es un mal lugar para darse una vuelta, pero las hordas de turistas que caminan por sus calles está totalmente injustificado. De hecho, hasta las fuentes se burlan de nosotros.

La fuente que no invita a beber de su nariz by Diego Jambrina (Elhombredemackintosh) on 500px.com

Otro de los lugares donde más turistas encuentras es Friburgo, pero esta ciudad, sin duda alguna, merece una larga estancia.

Suele ser la base favorita por todo el mundo para conocer la Selva Negra, una extensa zona del sur que va desde la frontera con Francia hasta el lago Constanza, y eso le quita cierto encanto, sobre todo para los que, como yo, al viajar al extranjero lo último que quieren es oír castellano, y hasta aquí llegan muchos autobuses con miles de españoles de mediana edad hacia adelante dispuestos a vivir un nuevo viaje de estudios.

Canales en Freibrug by Diego Jambrina (Elhombredemackintosh) on 500px.com

Wutachschlucht, St. Peter, Triberg, Schiltach y Gegenbach fueron mis destinos mañaneros durante los 5 días en los que me alojé en Freiburg.

Salir en moto por las carreteras de la Selva Negra es una maravilla. El asfalto es impecable, y no, no es ninguna leyenda sin fundamento; en Alemania el firme es así, firme. Las carreteras son sinuosas, pero con curvas muy abiertas que te invitan a girar la muñeca e inclinar la moto, y cuando llegas a los pueblos parece que has hecho un viaje al pasado. La arquitectura es fabulosa. Las casas de entramado de madera llaman la atención y despiertan nuestro respeto al seguir en pie 500 años después de haberse construido. Los turistas, la gran mayoría alemanes, pasean sin prisas y te sonríen. Y la cerveza, bueno, la Weissbier está fresca y rica. Unas cuantas más y me hubiera atrevido a hacer la foto de frente. Aunque con la Fujifilm X100 puedes acercarte hasta donde quieras y disparar en absoluto silencio y no perturbar la paz de quién lee el periódico.

Tranquilos en Gegenbah by Diego Jambrina (Elhombredemackintosh) on 500px.com

Para descansar de tanto descanso, se puede subir hasta Stuttgart, donde uno de los grandes atractivos es el Museo Porsche. Allí, cada uno de los coches parece un gran juguete, en su caja, listo para sacarlo y ponerlo a rodar. Es un museo para niños grandes a los que les gustan estos juguetes. Pero aconsejo a todo el mundo el Museo Mercedes-Benz, el otro gran atractivo de Stuttgart.

Ese es un museo sobre la historia del último siglo con el motor como hilo conductor; una maravilla de 7 gigantes plantas a las que dedicar un día al completo.

Porsche 911 by Diego Jambrina (Elhombredemackintosh) on 500px.com

¿Y ya está? ¿Eso es todo lo que ofrece Stuttgart; dos museos de coches?

Stuttgart es una ciudad con un nombre más viejo que la propia ciudad. Fue sepultada en bombas y no quedó prácticamente nada en pie. Se reconstruyó lo que se pudo y se construyó casi todo desde la nada. Tal vez sea por eso por lo que no encuentras edificios que fotografiar, pero, sin embargo, sí se puede fotografiar la cantidad de vida que hay en calles, como este kiosko de cerveza.

¡En qué otro lugar se podría encontrar un kiosko donde no se vendan periódicos sino cerveza!

Descansando en el Palast der Republik by Diego Jambrina (Elhombredemackintosh) on 500px.com

Ulm es todo lo contrario.

Es una ciudad con su historia todavía en pie, aunque lo que más destaca es la mezcla de lo de ayer con lo de hoy. Casas, catedrales, ayuntamientos y mercados con cientos de años y estilo gótico conviven con edificios y esculturas recién nacidas y estilo postmoderno. Y lo hace con una armonía perfecta. De eso te das cuenta desde los 161m de altura del campanario de la catedral, el más alto del mundo (algo más de 700 escalones) y desde la orilla del río.

Paseando por Ulm by Diego Jambrina (Elhombredemackintosh) on 500px.com

Cosas altas en Austria también las hay. Los Alpes, por decir algo.

El oeste de Austria, la región conocida como Vorarlberg, es una maravilla de la naturaleza. Vayas por donde vayas estás rodeado por picos de unos 3.000 metros de altura, y no te queda otra que tragar saliva y maravillarte ante semejante grandiosidad.

Para llegar hasta el paso Bielerhöhe es necesario recorrer un puerto de esos de foto, que yo no saqué, pensando “ya lo haré a la vuelta”, y a la vuelta me fui por otro lado.

La carretera, Silvretta Hochalpenstrasse, está llena de curvas de 180º, estrecheces y bastante tráfico. Para acceder a ella es necesario soltar 11€, pero si ya has hecho 3.000Km para llegar hasta allí no es plan de darse la vuelta. Además, el tráfico era sobre todo sobre 2 ruedas, y ya sabemos que ese no molesta.

Una vez aparcada la moto, lo mejor es darse un largo paseo por las montañas, aunque, si no estás en forma, te puedes conformar en circunvalar el lago y sacar alguna que otra foto.

Descansando del paseo por Bierlerhöhe by Diego Jambrina (Elhombredemackintosh) on 500px.com

Hay muchos pueblos en Vorarlberg donde poder alojarse, se tiene también bastantes hoteles, pero sin duda alguna lo mejor es una casa rural en Schruns; por precio, por comodidad, por situación (cerca de la Silvretta Hochalpenstrasse y de otros interesantes pueblos) y por el lugar en sí. Un lugar al que Hernest Hemingway dedicó cierto tiempo de su vida y una porción de su literatura. Aunque esto mismo lo pueden decir Venecia, Pamplona, La Habana, Florencia, París… y no sé cuántos sitios más.

Bueno, la cuestión es que en Schruns y en sus alrededores cualquier persona disfruta de una buena vida.

Disfrutando de la noche veraniega en Schruns by Diego Jambrina (Elhombredemackintosh) on 500px.com

De una buena vida y de un chocolate excelente. En Bludenz, un pequeño pueblo a escasos 17Km, se encuentra la fábrica de chocolate Milka, y su mejor publicidad no es la vaca pintada sino el olor que hay al pasar cerca de ella.

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