De cervezas por Flandes

Publicado en Bélgica, Brujas, Bruselas, Gante, Viajar el July 2nd, 2017 por diegojambrina

Para todos los amantes de la cerveza de calidad, Bélgica es la meca. No os dejéis engañar por lo que os diga el cuñado; en Alemania se bebe buena cerveza, sí, pero hay que rebuscar mucho para encontrarla. En Bélgica tienes cartas de cervezas tan gordas como los mojes que las elaboran en prácticamente todos los bares, además hay locales que fabrican su propia cerveza, con un resultado sobresaliente.

Viendo el vídeo que he preparado de mi viaje por Flandes, parece que fui exclusivamente a beber, pero también hice un poco de turismo arquitectónico. Y me lo pasé en grande haciendo fotos. Las podéis ver en los anteriores post. Pero la verdad es que me acordaba de sacar la polaroid cube justo cuando pedía una cerveza.

Dentro vídeo.

El post de Bruselas
El post de Gante
El post de Brujas

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Düsseldorf embriagador

Publicado en Alemania, Düsseldorf, Fotografía el December 1st, 2016 por diegojambrina

Siempre me ha gustado la cerveza. La primera vez que salí del país, fue para beber en la Oktoberfest de Munich. Fui con mi novia. Y cuando me casé con ella, años más tarde, nos fuimos de nuevo a Munich a pasar nuestra luna de miel con otras miles de personas, peleando por un hueco en las abarrotadas carpas, llenando hasta el último centímetro de nuestras vejigas para no perder nuestro puesto y gritando Ein prosit! Ein prosit! Fue genial.

Hace muchos años pensaba que una de las cosas más importantes de esta experiencia era la calidad de la cerveza. La cerveza alemana tiene un magnífico posicionamiento en todo el mundo. Nadie discute que son muy buenas, la ley de pureza alemana y todas esas mentiras. Hoy, sé mucho más de cerveza y considero que el brebaje que allí se vende está lejos de ser un buen producto. Pero volvería a ir a la Oktoberfest y volvería a gritar, medio aturdido por el alcohol, Ein prosit! Ein prosit!

No se trata de algo tan banal como la cerveza, sino de algo tan profundo como la cultura. Y en la cultura alemana, la cerveza es tan importante que embriaga cualquier visita al país.

Este post no va de Munich, va de Düsseldorf, justo en la otra punta del país germano, y, aunque el tipo de cerveza que aquí se bebe es totalmente distinto al de la región bávara, comparte con ella su amor por las largas mesas corridas, largas tardes y largas palabras difíciles de pronunciar.

Barriles de felicidad

Düsseldorf tiene un centro histórico bastante pequeño. Dos horas basta para tener la sensación de que ya conoces la vieja ciudad. Pero también tiene suficientes locales donde detenerse y alargar tanto como se quiera la mañana, la tarde y la noche.

Existen dos cerveceras míticas, pero la que se lleva la palma, por tamaño, tradición y belleza es la llamada Uerige. Aquí, los camareros cargados con cerveza tipo alt (altbier), recorren las mesas en busca de clientes sedientos, y siempre los encuentran. Te dejan el vaso y te hacen una marca en el posavasos. Al final, miran las muescas y pagas. Pequeñas peculiaridades que hacen del viaje algo grande.

Du bist blau

Alejado del centro, donde años atrás se ubicaba el muelle, existe un nuevo barrio que poco o nada tiene que ver con el viejo casco de la ciudad. Les une el río Rin y un paseo por su ribera de no más de 30 minutos.

Siempre vas acompañado por los barcos de poco calado que viajan de arriba abajo por uno de los ríos más legendarios de Europa. Me atrae mucho hacer un recorrido por el Rhein, pero esos cruceros programados me resultan tan artificiales que me repele al mismo tiempo.

Dejarse llevar

Cuando se llega al Neuer Zollhof, se reconoce al instante la mano de su arquitecto. No hay muchos que tengan un sello tan marcado como Frank Gehry. Las líneas inquietas y los materiales que utiliza en sus creaciones son muy característicos y motivos perfectos para el fotógrafo.

Además, si se tiene la suerte de tener el sol de cara, el trabajo está medio hecho.

Dispuestos a atrapar la luz

Con la antena puesta

Arriba. Abajo.

Tocando el cielo

Me gustó mucho volver a Düsseldorf. Me siento bien bebiendo entre esta gente, chapurreando alemán, inglés y castellano. Es fácil encontrar a alguien con casa en la costa mediterránea española. Mirad a vuestro alrededor y acercaos al alemán más moreno de todos.

Les encanta el sol. Siempre andan con la mirada puesta en el sur.

Mirar con ojos de cartón pierda

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7 razones por las que visitar Munich durante la Oktoberfest

Publicado en Alemania, Fotografía, Viajar el September 22nd, 2014 por diegojambrina

Mi primer viaje al extranjero lo hice a Munich, entre otros motivos, para vivir la famosa Oktoberfest. Era joven y la fiesta me iba. Pasaron los años y me casé. Y para celebrarlo me fui a Munich, y lo hice durante la Oktoberfest. Era menos joven, pero esta ciudad y esta fiesta es cojonuda para todas las edades.

Aquí tenéis 7 razones por las que Munich merece la pena ser visitada. Os adelanto que la Oktoberfest son dos de estas razones.

1. Cervezas y barracas

No parece una buena idea eso de combinar cerveza con barracas, pero si los alemanes así lo han hecho será que lo es. En el recinto de la feria, en la Theresienwiese, a un lado se levantan las gigantescas carpas de las marcas cerveceras y al otro las barracas.

Lo cierto es que es un ejemplo de que la fiesta es para todos los públicos y para todos los horarios. Padres, madres, tíos y abuelos con sus respectivos pequeñuelos pueden pasárselo en grande cuando el sol calienta (calienta, sí, creedme).

Photograph Oktoberfest by Diego Jambrina on 500px

2. Los alemanes son así

Hay dos verdades que jamás he conseguido trasladarlas como tal a la gente que me pregunta por Alemania y los alemanes. Una es que en Alemania también luce el sol y hace calor. Y, la otra es que, los alemanes son gente amable. Además, en esta época, en esta ciudad y con esta fiesta es difícil ver malas caras o reproches por no saber el idioma o por no vestir el traje regional. Solo fruncirán el ceño si te ven beber cerveza en cualquier jarra que no sea de al menos 1 litro.

Pero si finalmente os animáis a visitarles y os encontráis con algún porteador de malas pulgas, no me lo tengáis en cuenta, hay gente desagradable en todo el mundo. Yo también me he topado con personas así.

3. La ciudad entera es un recinto festivo

El espacio acotado de la Oktoberfest está en Theresienwiese, al sur de la ciudad, perfectamente conectado en metro y en tranvía. Pero no es necesario acudir a ella todos los días que estéis en la ciudad, también podéis vivir la fiesta en las calles y en las diferentes cervecerías repartidas por Munich.

La más famosa, sin duda, es la Hofbräu. Famosa por su local, un edificio decorado con frescos en los techos abovedados y grandes mesas corridas. Famosa por la orquesta que anima el ambiente con canciones bávaras. Y muy cerca de la plaza María, o mejor dicho, Marienplatz, la más famosa de las plazas de la ciudad.

Hay otras buenas alternativas, como la Löwenbräu y la Augustiner, y otras cervecerías que sin estar sustentadas en una marca de cerveza, se puede comer y beber bien a gusto. Sólo tenéis que andar por las calles del centro y descubriréis alguna que os atrapará.

 

4. Al aire libre

Existe un parque, a 10 minutos andando desde la Marienplatz, con grandes espacios verdes, zona arbolada y un refrescante río. Se llama Englischergarten, y en él hay dos fantásticas cervecerías: la de la Torre China y, un poquito más adelante, la Paulaner Garten o cervecería del lago, donde además de tomar comida y cerveza, podéis tomar un poco de aire. Si el tiempo acompaña, e insisto en que durante esta época suele ser así (algo relacionado con un microclima gracias a la protección de los Alpes), es una alternativa maravillosa. Pero, achtung!, que a la noche refresca.

 

5. Cerveza rica y variada

La Oktoberfest no es la oportunidad para emborracharse y pasar desapercibido. Es la oportunidad de beber cerveza de calidad y de probar cerveza diferente. Está la cerveza clásica, la pils, llamada original o helle. También está la weissbier, cerveza de trigo, turbia y densa, que normalmente se suele beber en vasos de medio litro, pero nadie te va a mirar mal por pedir una jarra de litro. Y luego hay otros tipos diferentes y ocasionales. Suelen hacer una cerveza de verano, o sommerbier, parecida a la ALE inglesa, pero con menos amargor.

No seas aburrido y pruébalas todas. Prost!

 

6. Surfear en el río

Con tanta cerveza, tal vez no os parezca extraño encontraros a surfistas cogiendo olas en una ciudad donde la playa alemana más cercana está a 800Km, pero de hecho lo es.

Pero los muniqueses se las han ingeniado para generar olas en el río aprovechando la fuerza del agua, sin maquinaria alguna, y, bajo un estricto orden, surfean su única ola ante la atenta mirada de locales y turistas.

7. Un museo para grandes y pequeños

Si algún día os levantáis con algo de resaca, podéis hacer como los propios alemanes, es decir, desayunar cerveza y pepinillos (así, tal cual lo leéis) o tomaros la mañana libre y acudir al BMW Welt.

Alemania es la cuna de algunas de las marcas más importantes del motor. En Stuttgart hay dos museos maravillosos. Si los queréis conocer, pasaros por mis post: el de Mercedes-Benz y el de Porsche. Pero en Munich también hay un museo que merece vuestra atención: el Museo BMW.

A las afueras de la ciudad, junto al parque olímpico, BMW tiene su fábrica, el museo y un concesionario gigantesco muy bien pensado. Los amantes del motor, y cualquier persona de cualquier edad, se lo pasarán en grande en cualquiera de estos tres recintos, pero sobre todo en el Museo BMW. Un recorrido por la historia de la marca y del motor, maravillosamente organizado y expuesto.

No os lo podéis perder.

Y hasta aquí el recorrido por la ciudad cervecera más famosa del mundo. Si queréis conocer algún detalle práctico sobre ella y su Oktoberfest, no tenéis más que preguntar e invitar a una bier. Estaré encantado de responder y beber.

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La República Checa no es solo Praga

Publicado en Chequia, Fotografía, Fujifilm X100, República Checa, Viajar el September 18th, 2014 por diegojambrina

Viajar por la República Checa. Parte I: Praga

Si alguna vez he tenido una gran idea, la de viajar por la República Checa fue una de ellas.

Durante muchos años he querido visitar Praga. Un puente de esos de noviembre o diciembre de cuatro días es perfecto”, me decía. Pero el alto costo del vuelo y de los hoteles, me llevó una y otra vez a desechar la idea. “Demasiado dinero para un fin de semana”. Al final, me decanté por visitar no solo Praga sino todo el país. Si iba a gastarme tanto dinero en ir hasta allí, ¡por qué no aprovechar el viaje!

Esta decisión tan lógica, en cierta medida, es totalmente anormal para la mayoría de los turistas. A excepción de Praga, la República Checa es un lugar completamente desconocido para casi todo el mundo. Solo los alemanes, los propios checos, y, por supuesto, los japoneses saben las maravillas que esconde.

Este post está dedicado a esa mayoría, para que sean conscientes de todo lo que se han perdido quedándose en la capital.

Míkulov

Es un pequeño pueblo al sur de Brno muy frecuentado por turistas checos y alemanes (creo que a los japoneses no se les da bien sacar fotos y andar en bici al mismo tiempo). Es como el oasis del guerrero cervecero, donde acuden a degustar los vinos de Moravia y pedalear por hermosas carreteras que zigzaguean entre viñedos.

Además, hay ejemplos de fachadas esgrafiadas, una técnica de decoración muy común en todo el país que consiste en rascar la superficie de la fachada y dejar al descubierto la capa de debajo de diferente color, creando así fantásticos dibujos.

Telc

En Telc está la plaza más espectacular de todo el país. Es un largo espacio acotado por dos hileras de fachadas renacentistas y barrocas. Después de unos vinos, te dan ganas de recorrer la plaza de lado a lado, saltando de fachada en fachada como si fueras Heidy y los adoquines suave y fresca hierba.

La arquitectura es espectacular y sus vinos muy peleones.

Photograph Exaltación en Telc by Diego Jambrina on 500px

Además, alrededor del casco histórico hay un lago artificial y unos caminos de tierra por donde pasear agarrados de la mano o con una cámara en la mano, listo para capturar la tranquilidad de la vida en esta parte del país, antes de atacar las bodegas locales.

Znojmo

En Znojmo, como en cualquier lugar del país, se puede beber buena cerveza local, pero también tiene la alternativa del vino. Una alternativa que puede convertirse en irresistible, si además te lo sirven al atardecer en una ladera rodeado de viñedos.

De todas formas, si sufrís el síndrome de riojitis, como lo sufro yo, más os vale continuar con la cerveza.

Brno

Es la segunda ciudad más grande del país. Viven aproximadamente 400.000 personas y es un lugar amable para pasear, lo que muchos interpretaréis como un eufemismo de ciudad aburrida. Pues no. Al menos, no durante la celebración del espectáculo del Gran Premio de Motociclismo, que es cuando yo estuve.

Destaco la catedral, pero no por sus agujas, vidrieras, órgano o cualquier otro elemento clásico y grande, sino por los pequeños detalles alrededor del edificio.

Me llamó mucho la atención que hubiera un púlpito en el exterior de la catedral, un lugar desde el que el cura de turno lanzaría sus reprimendas al esquivo pueblo pecador.

Otro detalle que me atrajo fue este que se ve en la imagen, y del que no tengo ni idea de lo que significa, pero para mí fue suficiente motivo para sonreír y tomar una fotografía.

Štramberk

Los checos son los que más cerveza consumen en todo el mundo. Cada uno de ellos consume una media de más de 155 litros. Bueno, seguro que hay quien consuma mucho menos, y también mucho más, que esto es una media, no lo olvidemos.

En cualquier caso, es una cantidad sorprendente. Tanto que habrá quien se pregunte si esta gente se baña en cerveza. Pues la respuesta es sí, se bañan en cerveza. Al menos, los turistas lo hacemos.

Hay beerspas en diferentes lugares del país, el más publicitado es el de Chodovar, pero yo me bañé en uno de un minúsculo pueblo llamado Štramberk. Te desnudas, te metes en una bañera de cerveza calentita y, mientras, te bebes una bien fresquita. No se puede pedir más.

 

Pilsen

Es la cuarta ciudad más grande del país, aunque se recorre a pie en unas pocas horas.

Uno de sus atractivos más destacados está en visitar el lugar donde se desarrolló un sistema que cambió la cerveza de entonces (oscura, densa y fuerte), en una bebida mucho más ligera, suave y refrescante: crearon la cerveza pils o pilsner. Y, como muchos habréis deducido, fue Pilsner Urquell la artífice de aquella revolución. Curiosamente, ahora se está viviendo una involución, y se bebe más las cervezas sin filtrar (nefiltrovaný), más puras y turbias. A mí, personalmente, la Pilsner Urquell fue la marca que menos me gustó de todas las que probé durante mi estancia en el país (y probé muchas).

También se puede visitar el Museo de la Cerveza y acabar con una degustación, como no podía ser de otro modo.

Otro de sus atractivos están en la plaza de la República, donde se encuentra la catedral con la torre más alta del país. Alcanza los 102m. Y a su alrededor, hay fuentes y fachadas que al atardecer brillan como una cerveza pils.

Olomouc

Olomouc es hoy una tranquila ciudad, con una inquieta historia. Su reloj astronómico, y las remodelaciones que ha sufrido a lo largo de los siglos, ha sido testigo directo de las convulsas manifestaciones humanas, políticas y sociales, y, aunque no atraiga tantas miradas como el de Praga, merece permanecer un buen rato delante y saborear cada detalle.

Y no te preocupes por tus pies, permanecerán a salvo de turistas y segways controlados por niños sin control. Si no sabes de lo que estoy hablando, pásate por mi post sobre Praga y verás.

Ceský Krumlov

Es sin duda el pueblo más bonito de todos. Uno de esos pueblos de cuentos de hadas, con callejuelas, puentes, tabernas, cervecerías, plazas y un castillo con torre de colores. Nadie se lo quiere perder, ni siquiera los españoles, que en su inmensa mayoría acudían desde Praga en excursión de un día.

Sin embargo, es un lugar para quedarse y disfrutar de la noche, paseando por sus despejadas calles y bebiendo las cervezas locales en alguna de sus tabernas o en terrazas al aire libre, abrigados, eso sí, con gruesas mantas.

En el castillo, destacan dos espacios: la torre, alta, redonda, separada del castillo propiamente dicho y decorada con colores; y, el teatro de madera, una maravilla barroca casi única. Tan sólo quedan en el mundo dos teatros de estas características con la maquinaria conservada. La entrada es cara, pero merece la pena ver cómo con unas cuantas sogas, madera y mucho ingenio se podía transformar el decorado en un segundo, hacer subir y bajar a los actores por las trampillas o fabricar efectos sonoros espectaculares.

No permiten hacer fotos, así que tendréis que conformaros con las de la web de turismo.

 

Karlovy Vary

Y acabaré por un curiosísimo pueblo, en el que no se bebe cerveza, sino agua; Karlovy Vary. A él acuden miles de personas de la tercera edad en busca de la juventud perdida. No sé si la encontrarán, pero yo me sentí mucho más joven entre ellos, y eso que apenas di unos sorbitos al agua de sus fuentes.

Las aguas que corren por el subsuelo y que salen por las fuentes repartidas por la superficie, huelen mal, queman (algunas llegan a los 72º) y saben a rayos, pero la gente bebe y bebe y vuelve a beber. Buena suerte, amigos. Yo me quedo con su magnífica cerveza y sus propiedades beneficiosas para la salud, que las tiene, y muchas.

Na zdraví!

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Praga, una ciudad tomada por el turismo

Publicado en Chequia, Fotografía, Fujifilm X100, República Checa, Viajar el September 8th, 2014 por diegojambrina

La República Checa es un pequeño país completamente desconocido para muchos Europeos, con una famosísima y enorme capital invadida por todo el mundo. Ésta es la afirmación más tajante que puedo escribir, después de recorrer el país en moto y cargado con mis cámaras durante 17 días.

Empiezan mis crónicas de viaje.

Comienzo por Praga, por ser ésta una de las ciudades más visitadas, no del país sino del mundo, y uno de esos destinos que todos tenemos en la lista de deseos. No hace falta siquiera ir hasta allí, basta con buscar hoteles por internet para darse cuenta de su solicitud.

Dicen que tiene una de las plazas más bonitas del mundo, y su reloj astronómico causa admiración, pero quien lo dice se deja llevar más por el deseo o el desconocimiento que por la realidad en sí. No seré yo quien niegue su belleza, pero tampoco quien la alabe. Tal vez la gran cantidad de turistas y el hecho de que un niño me atropelló, no una, sino tres veces, el pie con su segway, hayan influido en mi opinión. Aún así, disfruté en ella tratando de emular al gran fotógrafo del comportamiento turístico, Martin Parr.

Otro de los puntos calientes de Praga es el Puente Carlos. Se empezó a construir en 1357 y ha aguantado carros y carretas, y hasta coches, gracias a las cáscaras de huevo que, según cuenta la leyenda, mezclaron con el mortero. Lo que parece increíble es que aguante a los millones de turistas que caminan de lado a lado por su empedrado piso con mostrada felicidad.

Sin embargo, a mí me hacía más feliz, verlo desde la distancia.

Nos juntamos más turistas aún en el Castillo de Praga. Traté de tomar distancia, pero hubo cierta aglomeración también en lo alto de la Torre Grande de la Catedral de San Vito. Pagué 300CZK (10,90€), subí los 99 metros y los 287 escalones y aún así no lo logré.

De todas formas, mereció la pena.

Además de la Catedral de San Vito, en el castillo de Praga (en checo, Pražský hrad) hay mucho más. Es una construcción gigantesca que alberga diferentes grandes edificios y un pequeño callejón donde a lo largo de los siglos hubo arqueros, alquimistas, obradores, bohemios, artistas, vagabundos y, por fin, tiendas de souvenir.

Pero a pesar de la invasión, de que en la mayoría de las cervecerías los camareros meten a los turistas todos juntos en una misma sala, de que en determinadas zonas debes mirar más abajo que arriba para evitar pisar y ser pisado, Praga tiene rincones con poca actividad. Rarezas de la ciudad por su soledad y por su propuesta artística alejada del convencionalismo.

Otro punto interesante, poco frecuentado y muy interesante es el Edificio Danzante. Con este nombre tan sugerente, ¡quién no estaría dispuesto a alejarse del Stare Mesto!

Es una de esas creaciones inquietas, salidas de las mentes de los inquietos Frank Gehry y el arquitecto checo Vlado Milunic. Ellos llaman a esta pareja de edificios Fred y Ginger, en honor a estos dos grandes bailarines de la época dorada de Hollywood y a sus elegantes movimientos. La verdad es que en esa parte de la ciudad todo parece moverse.

Y como estos edificios, la República Checa fue pareja de baile de su vecina Eslovaquia. Checoslovaquia era su nombre artístico. Una etapa en la historia reciente que tratan de olvidar a toda costa. Al parecer, el régimen después de la II Guerra Mundial fue cualquier cosa menos comunista y sufrieron la férrea dictadura de una exclusiva cúpula.

Existe el Museo Comunista en Praga, pero si quieres llegar hasta a él, tendrás que esforzarte mucho. No hay ni una sola indicación en las calles que te guíe, como sí lo hay para el resto de museos y lugares de interés turístico, y ni siquiera en la guía Lonely Planet tienen bien ubicada su sede. A mí me costó llegar, pero al final lo conseguí.

Y, como no podría ser de otra manera, os tengo que recomendar una cervecería. No se trata de la archiconocida U Fleku, donde nada más entrar te cuelgan el letrero de turista en el cuello y te hacen pasar a la primera sala con todos los demás. No, no se trata de ésta, sino de la U zlateho tygra, una pequeña taberna en el centro del mismísimo Stare Mesto con una de las cervezas, de elaboración propia, más ricas del país.

Hay un ambiente auténtico, donde los extranjeros se mezclan con los autóctonos y donde no te sangran por cada cerveza. ¡Buah, qué rica estaba!

En el siguiente post podréis leer sobre la desconocida República Checa, esa a la que solo llegan los alemanes, japoneses (¡cómo no!), los propios checos y yo.

Permaneced atentos.

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