NO WAY

Publicado en Diego Jambrina, Fotografía, Muy personal, Noruega, Viajar el November 27th, 2017 por diegojambrina

Un ejercicio divertido y útil para todo fotógrafo es la creación de un libro de fotografías bajo un mismo mensaje.

Este es el primero que hago. Y ha sido, además, un regalo que he hecho a mi hermana, por haberme introducido en dos mundos maravillosos: el del viaje y el de la fotografía.

Con todos vosotros: NO WAY.

No_way from Diego Jambrina Merino on Vimeo.

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Avanzando por un camino siempre desconocido

Publicado en Este trabajo es mío, Fotografía el November 20th, 2017 por diegojambrina

Continúo trabajando en mi proyecto fotográfico. Y para seguir avanzando, aunque el camino sea siempre un lugar desconocido, viene bien la visión de personas también desconocidas. Alejarse de los comentarios bienintencionados de la familia, resulta fundamental.

En esta ocasión, la plataforma Quitar Fotos, que trata de potenciar la cultura fotográfica y dar a conocer a nuevos fotógrafos como yo, han publicado un avance de mi proyecto. Una muestra de que el camino que he elegido me llevará hasta el final, esté donde esté este lugar.

Aquí tenéis el enlace para ver el proyecto, y si no sois familia, podéis opinar sin contemplaciones.

En otra parte Miradas cruzadas

Cada viaje supone una oportunidad perdida y la confirmación de que, esté donde esté, nunca estoy en mi totalidad.

El deseo no puede. La realidad todo lo aplasta. Demasiado peso para que mi pecho se levante con cada inspiración.

Este proyecto trata de reflejar una realidad, una realidad nada clara, ni para mí ni para las personas que, como yo, no acaban de comprender el mundo que les rodea, ni su propio mundo interior.

La soledad, la duda, lo etéreo, el recuerdo, la fantasía, las emociones que perturban por ser y por no ser son protagonistas en unas fotografías tomadas en lugares distantes entre sí. Porque no importa cuánto de lejos esté o si estoy en el lugar que habito, yo siempre estoy en otra parte.

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Sudor, semen y ron (Cuba 5/5)

Publicado en Cuba, Fotografía, Literatura, Viajar el November 14th, 2017 por diegojambrina

Yo iba con algunos títulos en la cabeza y unos pesos en el bolsillo directo a un mercadillo cerca de la Plaza de Armas de La Habana, pero la pasión del librero por la literatura y su arte comercial me convencieron para comprar ejemplares desconocidos para mí. Entre otros, me traje “El nido de la serpiente”, una novela de Pedro Juan Gutiérrez. Lo compré sin pensármelo mucho. Bastó con que me dijera que este escritor era el Bukowski cubano para que me interesara por él. Y remató la venta cuando me invitó a abrir el libro por cualquier página y leyera un párrafo al azar.

Ahora, leyendo en mi casa estas páginas manchadas de sudor, semen y ron, me siento más atraído por la Cuba que dejé atrás. La buena literatura tiene ese poder. Crea en tu imaginario un país muy alejado de los cayos, la arquitectura colonial y los grupos de turistas que no pierden de vista el paraguas del guía.

No es que yo haya viajado por la isla al calor de un grupo armado con palos de selfie, pero sí me he sentido atrapado por la iconografía comercial de las agencias de viajes. Y pocos han sido los momentos sentidos como propios.

Es por esa razón, por la que se me hace tan difícil escribir sobre este viaje.

En calma

Inteligencia natural

Esperando el final del día

La mujer de mirada roja

Exhausto

Poniendo agua de por medio

Esperando tiempos mejores

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La Habana, esa vieja dama (Cuba 1/5)

Publicado en Fotografía, Viajar el September 19th, 2017 por diegojambrina

Es difícil escribir sobre las experiencias pasadas de un viajero en La Habana, cuando ahora mismo la ciudad entera está tratando de recuperarse del paso del huracán Irma, el más fuerte jamás registrado.

Veo las imágenes en los periódicos y pienso en la naturaleza como un aliado de los gobiernos capitalistas para castigar a una ciudad y un país entero por su condición de comunista, como el grito húmedo de un animal bicéfalo que te aplasta el tórax sin dejarte respirar y ni mucho menos responder.

Pero la gente en Cuba responde, ya lo creo que responde. Y aunque hay cierto grado de resignación, sobre todo hay mucho de deseo de vivir.

A vista de taxi

Ahora, la vida sale a flote en una ciudad invadida por el mar, pero cada día desde hace muchos años la vida se asoma por las ventanas y las puertas de unas casas de ensueño maquilladas por la realidad del tiempo. Miro a La Habana como a una vieja dama que aún conserva el elegante estilo que lució en su juventud.

Tengo una sensación de asombro por la belleza de sus edificios y aflicción por su estado. Pero insistimos mucho en juzgar un lugar por su arquitectura y su naturaleza, y, tal vez, lo más importante sean las personas que allí viven.

Hay vida

Caminando

Me decía la gente antes de ir que los cubanos eran muy pesados y que no pierden un segundo en tratar de venderte cualquier cosa. Yo no lo viví así. Sí tratan de venderte cualquier cosa, pero si eres directo y dejas claro desde el principio que no te interesan los puros, ni comer en ese maravilloso paladar, ni dar una vuelta en bicitaxi, ni las tarjetas wifi, ni las clases de baile… el vendedor deja paso al curioso. Y es entonces cuando entablas conversaciones amistosas e interesantes.

Compañeros

Entereza

Es especialmente interesante para mí cómo se las arreglan para que nada les falte. Cierto que hay muchas cosas a las que no pueden acceder con facilidad, pero no tienen más que esperar a que el tiempo haga su papel. Utilizan la paciencia, algo de lo que aquí carecemos. Y utilizan el ingenio.

Allí, por ejemplo, sigue habiendo mecánicos; profesionales que reparan coches. No son como los que hay en los concesionarios oficiales en esta parte del mundo, que no son más que substituidores de piezas.

Voy a dejar este post tal que así, como si estuviera inacabado, siendo este mi homenaje a una capital y a un país en permanente construcción.

Mirando hacia arriba

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La Cuba que casi no llegué a ver

Publicado en Cuba, Fotografía, Viajar el September 7th, 2017 por diegojambrina

Mi último día en La Habana, entré en un local donde había antigüedades: carteles y revistas revolucionarias, discos de vinilo, cámaras fotográficas de carrete, relojes de bolsillo, botes oxidados de líquido Kodak para revelar… no sé, un sinfín de cosas inertes que te hacen sentir muy vivo. Pero lo que más me gustó fueron unas fotografías de diferentes autores contemporáneos sobre la vida de hoy en la ciudad. Fue verlas y pensar en lo mal que había aprovechado mi estancia allí.

Afortunadamente, sé que la culpa no es mía. Nada tengo que reprochar a mi trabajo fotográfico.

Los extranjeros que viajamos a Cuba estamos demasiado contaminados. Demasiados datos y opiniones y puros y ron y culos cubanos y coches yankis y ches y fideles y “oye, mi amol” y demasiadas imágenes vistas de un país que no se puede llegar a conocer ni con un mes de estancia, aunque haya gente que piense que es demasiado tiempo.

Se tarda mucho en librarse de tanto juicio ajeno y hacer hueco a la realidad propia. Yo tarde 27 días en verlo claro, y lo hice por unas fotografías en blanco y negro hechas por cubanos sobre la cotidianidad cubana.

De todas formas, viendo ahora las hojas de contacto de las fotografías que saqué, siento que algunas de mis tomas están llenas de la Cuba que casi no llegué a ver.

Recuerdo bien aquel viaje

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Piratas y acreditados, juntos en Les Rencontres d’Arles

Publicado en Arlés, Fotografía, Francia, Viajar el July 25th, 2017 por diegojambrina

En Arlés, hay dos tipos de personas, las que tienen acreditación para entrar a todas las salas expositivas y las que no. Las primeras, orgullosas ellas, la llevan colgando del cuello hasta cuando cenan, horas después de que las salas se hayan cerrado. Las segundas, entre las cuales me encuentro, miran con una sonrisa irónica a las primeras cuando cenan y comentan que la fotografía ya no es lo que era desde que Joan Fontcuberta publica libros con seudónimo. También es cierto que miran con envidia (y no diré sana, porque de esa no existe) cuando entran en las salas mostrando su codiciada tarjetita.

Estando allí me dije, el año que viene me hago una acreditación casera tamaño Bilbao, para que todo el mundo me vea. Voy a acabar con el cuello roto, pero se van a cagar. Además, ya tengo experiencia en piratería. Este año he expuesto en las calles de Arlés sin que el comisario eligiera mi trabajo. Y lo he hecho con un expopirata en toda regla: la #expopirataArles2017. Y me ha dado un gustazo brutal.

Todo al rojo

Les Rencontres d’Arles es mi festival favorito. Tal vez porque la ciudad está donde está y tiene la historia que tiene. No entraré en detalles (ya lo hice el año pasado en este otro post). Y es que me encanta pasear por las calles soleadas de la ciudad hasta que el sol se oculta y, después, continuar paseando, disfrutando de las noches calurosas, y escapando de los mosquitos. Sí, hay mosquitos, pero es algo que se puede soportar, no como a esos cerdos con acreditaciones.

Tentada por la luz

Sol de noche

De lo que no hablé el año pasado fue del museo que están levantando a las afueras de Arlés, llamado Luma Arles. Un descomunal espacio para gozo del fotoadicto y del amante de la arquitectura, porque el complejo lleva la firma del controvertido Frank Gehry. Controvertido porque sus creaciones son para algunos obras de arte y para otros unas putas mierdas, hablando en plata o placas… de titanio. En mi modesta opinión, sería Calatrava el que debería copar los primeros cien puestos de los peores arquitectos del mundo.

Abierto por obras

La mujer de rojo

Creo que nos tomamos demasiado en serio ciertas disciplinas de la vida. La arquitectura es una de ellas. Bueno, en realidad, seria sí que tiene que ser, porque tiene un alto porcentaje de funcionalidad. Pero la fotografía (la que no es documental) es útil por su inutilidad y, por eso, debería sentirse con menos solemnidad. Al menos eso pensé cuando vi a este chaval en la exposición de Joel Meyerowitz. Tan serio él, viendo fotografía a fotografía sin pestañear. No sé. ¿Es para tanto?

Mirada York

Luego me encontré con otra escena que me hizo pensar justo lo contrario. ¡Qué poco respeto por la obra y el fotógrafo! Aunque en realidad sólo hacían lo que hizo Masahisa Fukase para crear aquel trabajo.

Por cierto, muy interesante la obra y vida de este fotógrafo japonés. Así a grandes rasgos os diré que estaba obsesionado con su mujer; no paraba de hacerle fotos hasta que ella se hartó y le dejó. Sumido en una oscura depresión hizo su trabajo más conocido: Ravens, toda una declaración de intenciones sobre su futuro, máxime cuando el cuervo en Japón es un pájaro de mal agüero, mucho más de lo que es para nuestra propia cultura. Y tiempo después se quedó en coma durante 20 años, tras caer borracho por las escaleras de un bar, hasta su muerte definitiva.

Con la lengua fuera

Cara a cara con Fukase

Menos oscura es la obra de Annie Leibovitz, aunque su vida también se las trae. Para mí, su trabajo es menos atractivo. Me gusta su estética: entre la moda, la publicidad y el buen gusto (no me atrevo a decir arte), pero no me emociona. Sin embargo, la gente se debió de poner roja a gritar con su llegada a la ciudad, y, al parecer, los diseñadores ya se intuían algo cuando crearon el cartel promocional.

Rojo Leibovitz

Cierro mis impresiones del festival de fotografía de Arlés 2017 con una foto que para mí significa mucho. Cada vez que piso suelo francés, me alegra ver tan rica mezcolanza de creencias, aunque yo no crea, y colores, con parejas interraciales y mercados llenos de productos típicos de lugares lejanos con los que sueño ir.

Hijos de un mismo dios

Au revoir, Arles.

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Brujas es noche

Publicado en Bélgica, Brujas, Fotografía, Viajar el May 11th, 2017 por diegojambrina

Es normal en mí que pasen los días, las semanas e incluso los meses antes de que escriba ningún post sobre mi más reciente viaje. El tiempo que me lleva revelar las fotografías y la confusión emocional que los viajes me provocan, sobre todo a mi vuelta, hacen que no tenga ni material ni certezas. El recorrido que hice por Flandes durante las pasadas santas vacaciones no es ninguna excepción.

Pero aquí estoy, tratando de describir unas vivencias viajeras marcadas por una película, una situación personal tortuosa y la compañía de miles y miles y miles de turistas borrachos de fáciles experiencias.

Entre las luces de la noche

“Si fuera de campo y fuera retrasado, Brujas me impresionaría, pero como no, me deja igual”.

Así de tajante se muestra Ray, el personaje interpretado por Collin Farrell en la magnífica película “Escondidos en Brujas”. A su compañero (interpretado por el gran Brendan Gleeson), sin embargo, Brujas le cautivó. Y es fácil que esto ocurra, si vas con calma y con un hotel cogido.

Desde las 10 de la mañana hasta las 7 de la tarde, más o menos, Brujas suena al trotar de los caballos y a la voz amplificada de capitanes de botes. Miles de turistas, la gran mayoría españoles, llegan en autobuses desde Bruselas, desembarcan en masa para embarcarse en pequeños cruceros y conocer la ciudad desde el cómodo y húmedo romanticismo artificioso de los canales. Otros eligen carruajes de tracción animal para tratar de mimetizarse con un decorado de cuento de hadas.

Especie invasora

La grandeza de las pequeñas calles

Fusión

Y al caer la tarde, se van desvaneciendo, poco a poco, como un mal sueño, dejando escuchar el silencio de una ciudad tranquila y completamente distinta.

Brujas es noche.

Y no precisamente por su nombre, porque nada tiene que ver con estas mujeres amantes del fuego y el diablo. Su nombre es una derivación de Brugge (en flamenco), el plural de “puentes”. Puentes por los que, en ocasiones, es difícil pasar por la acumulación de turistas.

Así que de día, y tras un par de horas tratando de escapar de las aglomeraciones, me escondo en los mejores lugares de la ciudad: sus bares.

Los hay de muchos tipos, como en casi todos los países del mundo, pero yo soy muy selectivo, tanto como con las cervezas, y solo acudo a los que ofrecen una buena carta de cervezas artesanas y locales, un ambiente acogedor y una historia que contar. El Café Vlissinghe es uno de ellos. Se dice que aquí Rubens dibujó una moneda en una de sus mesas para pagar la cuenta. No es de extrañar, los artistas siempre han andado escasos de liquidez y sobrados de imaginación. Además, este bar lleva abierto desde 1515.

El descanso del viajero

Fuera de mí

Después de un par de bares y un par de cervezas por bar, Brujas se ve distinta.

La alta graduación de la cerveza local ayuda a que así sea, pero también la luz que baja, la gente que empieza a marcharse y las barracas que se meten en mi encuadre.

Nada es como tú lo ves

Paso del tiempo

Y llegó la noche, mi momento favorito en Brujas.

Es curioso que la ciudad ilumine sus edificios. Me pregunto para quién lo hace. Ya casi nadie queda por la calle. Pero es bonito que se cuide a sí misma. Parece que se ha preparado para disfrutar de la nada más tranquilizadora, como yo lo hago.

Ni brujas

Deslumbrados por la ciudad de Brujas

Perdidos en Brujas

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Empiezo a darme cuenta de que jamás podré llegar

Publicado en Fotografía, Muy personal, Viajar el March 23rd, 2017 por diegojambrina

Cada viaje supone una oportunidad perdida y la confirmación de que, esté donde esté, nunca estoy en mi totalidad. El deseo no puede. La realidad todo lo aplasta. Demasiado peso para que mi pecho se levante con cada inspiración.

Respiro.

Estoy aprendiendo, o al menos quiero aprender, a convivir con la realidad. Quiero no esperar nada de ella y disfrutar de la incertidumbre de la vida. Y empiezo a ver luz en mi búsqueda constante por cada rincón del mundo. Y poco a poco, foto a foto, alumbrar el deseo de no querer llegar.

Falsa esperanza

Luz nocturna

En vuelo

Hacia un destino sin nombre

Sin descanso

Olvido

Destino marcado

Atrapada por la luz

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Düsseldorf embriagador

Publicado en Alemania, Düsseldorf, Fotografía el December 1st, 2016 por diegojambrina

Siempre me ha gustado la cerveza. La primera vez que salí del país, fue para beber en la Oktoberfest de Munich. Fui con mi novia. Y cuando me casé con ella, años más tarde, nos fuimos de nuevo a Munich a pasar nuestra luna de miel con otras miles de personas, peleando por un hueco en las abarrotadas carpas, llenando hasta el último centímetro de nuestras vejigas para no perder nuestro puesto y gritando Ein prosit! Ein prosit! Fue genial.

Hace muchos años pensaba que una de las cosas más importantes de esta experiencia era la calidad de la cerveza. La cerveza alemana tiene un magnífico posicionamiento en todo el mundo. Nadie discute que son muy buenas, la ley de pureza alemana y todas esas mentiras. Hoy, sé mucho más de cerveza y considero que el brebaje que allí se vende está lejos de ser un buen producto. Pero volvería a ir a la Oktoberfest y volvería a gritar, medio aturdido por el alcohol, Ein prosit! Ein prosit!

No se trata de algo tan banal como la cerveza, sino de algo tan profundo como la cultura. Y en la cultura alemana, la cerveza es tan importante que embriaga cualquier visita al país.

Este post no va de Munich, va de Düsseldorf, justo en la otra punta del país germano, y, aunque el tipo de cerveza que aquí se bebe es totalmente distinto al de la región bávara, comparte con ella su amor por las largas mesas corridas, largas tardes y largas palabras difíciles de pronunciar.

Barriles de felicidad

Düsseldorf tiene un centro histórico bastante pequeño. Dos horas basta para tener la sensación de que ya conoces la vieja ciudad. Pero también tiene suficientes locales donde detenerse y alargar tanto como se quiera la mañana, la tarde y la noche.

Existen dos cerveceras míticas, pero la que se lleva la palma, por tamaño, tradición y belleza es la llamada Uerige. Aquí, los camareros cargados con cerveza tipo alt (altbier), recorren las mesas en busca de clientes sedientos, y siempre los encuentran. Te dejan el vaso y te hacen una marca en el posavasos. Al final, miran las muescas y pagas. Pequeñas peculiaridades que hacen del viaje algo grande.

Du bist blau

Alejado del centro, donde años atrás se ubicaba el muelle, existe un nuevo barrio que poco o nada tiene que ver con el viejo casco de la ciudad. Les une el río Rin y un paseo por su ribera de no más de 30 minutos.

Siempre vas acompañado por los barcos de poco calado que viajan de arriba abajo por uno de los ríos más legendarios de Europa. Me atrae mucho hacer un recorrido por el Rhein, pero esos cruceros programados me resultan tan artificiales que me repele al mismo tiempo.

Dejarse llevar

Cuando se llega al Neuer Zollhof, se reconoce al instante la mano de su arquitecto. No hay muchos que tengan un sello tan marcado como Frank Gehry. Las líneas inquietas y los materiales que utiliza en sus creaciones son muy característicos y motivos perfectos para el fotógrafo.

Además, si se tiene la suerte de tener el sol de cara, el trabajo está medio hecho.

Dispuestos a atrapar la luz

Con la antena puesta

Arriba. Abajo.

Tocando el cielo

Me gustó mucho volver a Düsseldorf. Me siento bien bebiendo entre esta gente, chapurreando alemán, inglés y castellano. Es fácil encontrar a alguien con casa en la costa mediterránea española. Mirad a vuestro alrededor y acercaos al alemán más moreno de todos.

Les encanta el sol. Siempre andan con la mirada puesta en el sur.

Mirar con ojos de cartón pierda

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Oslo, país independiente (Noruega 5/6)

Publicado en Fotografía, Noruega, Oslo, Viajar el November 10th, 2016 por diegojambrina

He hecho fotos que jamás podré enseñar. Parte I
Rumbo a Cabo Norte. Parte II
Un viaje de paso lento y latido rápido. Parte III
Turismo antinatural. Parte IV

Oslo no es sólo la capital de un país, es un país en sí mismo, con su propio estilo, con una sociedad diferente, con infraestructuras más avanzadas, con arquitectura moderna, con barrios rehabilitados, unos con gusto y mucho dinero, otros solo con gusto… Es una ciudad tan distinta al resto de ciudades noruegas que parece pertenecer a otro país.

Esta afirmación no sólo dice mucho y bien de Oslo, sino que dice mucho y mal de Noruega. No sólo las ciudades, sino todo el territorio tiene carencias propias de un país de Europa del Este; uno de esos territorios que jamás han tenido dinero ni recursos que les permitan tenerlo en un futuro.

Pero Noruega tiene una industria petrolífera envidiada por toda Europa y el que se supone el mejor salmón del mundo, aunque en realidad hay quien afirma que es el alimento más tóxico del mundo; bueno, la cuestión es que sacan partido de ello. También tiene una industria turística muy activa, tanto de verano como de invierno. Y una industria maderera muy importante. Y a pesar de esto, sus infraestructuras son, por lo menos, algo justas.

Carreteras mal asfaltadas y mal señalizadas, carreteras de un sólo carril colapsadas por el excesivo tráfico diario, túneles tan oscuros como la boca del lobo, iluminados tan solo con una finísima línea intermitente de luz naranja. No quiero decir con esto que haya sufrido en Noruega, porque no ha sido así, he viajado bastante cómodo, pero sí es cierto que me ha sorprendido su nivel de precariedad, impropia del país escandinavo que yo me había imaginado. Así que, cuando llegué a Oslo, el último destino en mi viaje por Noruega, me sorprendió gratamente.

Arquitectura creciente

Escribiendo esto, me doy cuenta de que Oslo seguramente era como las demás ciudades noruegas no hace mucho tiempo, porque escribiendo esto hago repaso a todo lo que me cautivó y todo es lo que ha cambiado. Incluso el propio cambio en sí me cautiva; y me recuerda a otra ciudad cuya remodelación la ha hecho mucho más atractiva tanto para el visitante como para el residente. Me estoy refiriendo a Bilbao, capital del mundo.

La parte más hosca del viejo Oslo, el viejo puerto, es hoy la parte más nueva y estilosa de la ciudad. De las férreas grúas y los rudos trabajadores se ha pasado a edificios de viviendas, oficinas y comercios de gran elegancia y a ejecutivos con móvil en mano. Pero lo que más me gusta es que se ha respetado, al menos algo, el carácter áspero de los edificios de antaño y que, aun no interesándote las compras como actividad turística, pasear por el actual Aker Brygge es un placer visual. Los amantes de la arquitectura y del arte en general, se pasarán horas por aquí.

Oslo, ciudad Fenix

La representación artística de un puto lío

Personalidad de hierro

Otra de las zonas que han mutado con el tiempo es Grünerløkka. Un barrio lleno de espacios de arte y artistas que sacan a la calle su talento para que respire sin la opresión característica que las paredes de los museos provocan.

Restaurantes, mercados, bares y paseos paralelos al río Akerselva se suman a la fiesta colorista de esta parte de Oslo.

Una mujer con lo que hay que tener

Puente hacia la libertad creativa

Lámpara a la luz del sol

Puedo ser crítico con los museos, pero soy de los que acuden a ellos con verdadero interés. Y aunque en Noruega apenas los visité (el precio de las entradas tuvo buena parte de culpa), hubo uno que me atrapó sin remedio: el Vikingskipshuset. Si no llego a ir con mi mujer, muy probablemente me habría pasado todo el día en su única nave en forma de cruz latina. Por cierto, paradójica forma la que se eligió para el ensalzamiento de la cultura vikinga.

En el Museo de los Barcos Vikingos, como su propio nombre indica, hay tres barcos y unos pocos adornos y objetos rescatados de las garras de la tierra y de los siglos. Mucha gente no tarda más de 45 minutos en verlo todo, pero si creciste con la película de Kirk Douglas, Los Vikingos, y te gusta la cerveza y los asados, un día puede ser insuficiente. Además, el arte y la artesanía de la cultura escandinava es tan rica en detalles que podrías dedicar 45 minutos a cada obra expuesta.

Orgullo vikingo

Otra de las zonas interesantes de la ciudad es en la que está enclavado Oslo Ópera House. Y lo es hoy por este espectacular edificio, pero en breve lo será también por los edificios que ahora están en construcción.

El sol de tarde se alió conmigo para que tuviera una bacanal fotográfica como nunca antes había tenido. La luz rebotaba en sus paredes exteriores, blanca como un iceberg, y se colaba por entre los grandes ventanales hasta el interior, iluminando el hall de entrada y mis fotografías.

Andaba con una cámara en una mano y la otra colgando del cuello; una pose muy poco habitual en mí, siempre atento en pasar desapercibido, pero necesitaba tener los dos objetivos (uno de 35mm y el otro de 50mm) para ser doblemente feliz.

Me gustaría mucho volver a Oslo dentro de unos años. Esta zona promete dar buenas tardes a los fotógrafos y a los interesados en la arquitectura moderna. Y, además, siempre es sugerente volver.

Un mundo en construcción

Insignificante signo humano

Ventanales en Do mayor

La ventana indiscreta

Desde Nordkapp, el punto más al norte del país, y de Europa, al que se puede acceder por carretera, hasta Oslo, recorrí unos 3.000 Kms en moto. Todo un viaje lleno de curvas, ferris, luces imposibles, gasolineras, áreas de descanso, emociones y carne de gallina (y no precisamente por el frío) que recordaré siempre. Una experiencia compartida con mi pareja, a la que pido desde aquí que nunca deje de guiarme hacia destinos desconocidos.

En alerta permanente

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