Viajar por Irlanda con una cámara de fotos

Publicado en Belfast, Dublín, Fotografía, Irlanda, Viajar el December 20th, 2011 por diegojambrina

Fotoreportaje sobre Irlanda. Parte II: Canon 450D

Para viajar por Irlanda es imprescindible, además de un chubasquero, un coche. El transporte público es escaso en toda la isla, y salvo las grandes ciudades irlandesas, el resto no está nada bien comunicado. Yo llegué a Dublín en avión, y tras cuatro estupendos días allí cogí un autobús a Belfast. Otros cuatro días (demasiados para una ciudad tan pequeña) y salí como alma que lleva el diablo en busca de la naturaleza. Pero para no ser injusto con la capital norirlandesa tengo que decir que saqué mejores fotos allí que en Dublín. De hecho, en todo este post no encontraréis ni una sola de Dublín.

Belfast ofrece más opciones al fotógrafo. Tal vez porque encuentras motivos que, sin haberlos vivido antes, forman parte de tu memoria. No deja de sorprender que en Irlanda haya cabinas rojas, banderas británicas, libras y taxis negros.

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¿Y qué se puede decir del conflicto político/religioso/económico entre las dos Irlandas? Pues que sigue estando vigente. Aunque Irlanda del Norte sea, geológicamente hablando, idéntica a Eire no es nada difícil darse cuenta de que te encuentras en otro país. Las banderas británicas están presentes en un gran número de casas y, por supuesto, de todos los edificios públicos. Sólo hay un rincón donde puedes ver banderas Irlandesas, y es, cómo no, en el barrio católico de Belfast. Justo al otro lado de este muro. Porque el muro sigue ahí, y no como medio de expresión para artistas y visitantes, ni como testigo del pasado, sino como línea de separación. Hay una puerta en ese muro que días antes de mi visita (agosto de 2011), cerraba el paso durante la noche, a los deseos más destructivos.

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Para contrarrestar tanta mala leche, sobre todo la de los unionistas (sus murales son de temática militar frente a los pacifistas republicanos), en Belfast hay un maravilloso jardín botánico. Allí uno se puede volver loco con tanta flor, tanto color y tanta cámara. Llevaba encima la Lomography Fish Eye, la Lubitel 166+, la Fujifilm Instax, la Canon Powershot y la Canon 450D con dos objetivos. Ésta la hice con la 450D y el Sigma 10-20. Aunque me hubiera gustado usar algo de tele, ese es el que llevaba puesto en ese momento y la señora de chubasquero rosa no podía esperar. Aún así, la foto creo que quedó bien compuesta.

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Y de la naturaleza “artificial” a la de verdad. Imprescindible para cualquier viajero en Irlanda es acercarse hasta la Calzada de los Gigantes. Es uno de esos puntos turísticos abarrotado de autobuses, mujeres con tacones, japoneses (¿con más cámaras que yo?) y niños mal educados que estropean tu estudiado encuadre. Aún así, es maravilloso ver lo que la naturaleza caprichosa puede llegar a crear. Un consejo: si vais sobre las 7 de la tarde, no pagaréis entrada (bueno, lo que realmente se paga es el parking), porque para esa hora la gente y el pica se está marchando. Claro que la luz también. Así que, agenciaros un objetivo muy luminoso o un trípode para hacer las fotos. Yo llevé el Gorilla Pod: pequeño, ligero y poderoso, capaz de aguantar el peso de cualquier reflex.

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Las carreteras de Irlanda son estrechísimas. Carreteras por las que dudas seriamente si puede pasar un coche, pues pasan dos, e incluso compartes espacio con enormes autobuses (allí los autobuses parecen más grandes que aquí). Caminantes, txirrindularis, motoristas animosos, coches, autobuses y ovejas, todos somos parte de la carretera, así que ojo.

Las ovejas parecen valientes; dejan de mascar para que su mirada se te clave en el corazón, pero en cuanto te acercas a ellas salen corriendo. ¡Maldita sea mi suerte! Si no se me hubiera roto el objetivo canon 17-85 otra oveja cantaría, digo, gallo.

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Y hablando de valientes… dicen que los cementerios están llenos de estos ¿no? Pues, venga, vamos allá, porque, aunque muertos están, se merecen todos nuestros respetos por contribuir a la creación de un evocador paisaje irlandés. Aquí está la torre de 29m del s.XII de la que hablé en la Parte I.

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Antes de acabar bajo tierra, a los irlandeses les da tiempo a hacer muchas cosas (y no me refiero a la procreación, ¡madre mía cómo procrean!). Ya he hablado de su pasión por la pesca y las pintas, y ahora me toca hablar de su pasión por las carreras. En Cork, una de las grandes ciudades, se puede disfrutar de una tarde de emoción apostando a los galgos. Yo lo hice. Gané adrenalina y, sí, gané carreras, pero también las perdí. Aunque ahora estoy seguro de que lo haría mucho mejor. Déjate de preguntar a los viejos zorros del lugar, lo que hay que hacer es estudiar a los perros. Mírales a los ojos y averigua quién tiene mirada de ganador.

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Se mueve mucho dinero en las carreras y en los bares, pero es tan sólo un pasatiempo sin importancia comparado con lo que se mueve en los grandes bancos y en los grupos de poder político. Hasta tal punto es así que la isla se ha vendido al mejor postor. La crisis se nota. Hablando con la gente de allí te dicen que se está sufriendo mucho, y al cruzarte con tantos vagamundos sin rumbo te das cuenta de que sí, se está sufriendo mucho. Pero los irlandeses son sufridores, y saldrán de ésta.

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Varados no se van a quedar, no. Habrá que aprovechar la situación para sacar algo positivo y volver a empezar. Hace años fueron las patatas las salvadoras. Esta vez será otra cosa. En Galway tal vez pueda ser el turismo. A pesar de que lo hay, puede atraer a mucha más gente. Es una ciudad fantástica; por la mañana un paseo por su puerto, a media tarde un paseo por las calles, disfrutando de las bandas callejeras, y a la noche, ya vale de tanto paseo, y a comer y beber en sus fantásticos pubs con música en directo. Por supuesto, que la música no falte.

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Aunque la música tiene mucha importancia en Irlanda, hay lugares donde no la hay. Como, por ejemplo, en algunos bares de Dingle. En este pequeño pueblo de la península de Kerry, existen unos bares únicos. Son lugares donde además de tomarte una pinta de Guinness, puedes comprar un martillo, o un serrucho, o un grifo para sustituir el que gotea en casa, o una bici para tu sobrino pequeño, ¿por qué no? Éste lugar de la foto era un bar y una ferretería, pero estuve en otro que era un bar y una zapatería, y hay otros muchos. Una vez más se demuestra que en Irlanda no se puede vivir sin beber. Cheers!

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Viajar por Irlanda con una cámara de fotos

Publicado en Dublín, Fotografía, Irlanda, Viajar el December 12th, 2011 por diegojambrina

Fotoreportaje sobre Irlanda. Parte I: Lubitel 166+ Lomography

¿Qué tal es Irlanda? me preguntó un amigo mío. No lo sé, ya te diré cuando la lluvia pare y me deje ver más allá de dos metros. En Irlanda, un tío del norte, como yo, acostumbrado a la lluvia de Bilbao, puede llegar a desesperarse, sobre todo, porque es difícil hacer una de las cosas que más me gustan hacer cuando viajo: fotografiar.

Cuando hice esta foto con mi Lubitel 166+, lo tuve muy claro: me dije “cuando escriba sobre Irlanda ésta abrirá el post”. Así es Irlanda: triste, melancólica y romántica.

La saqué poco antes de llegar a Kinsale (un pueblo muy colorido del que hablaré en la Parte II). Paré el coche junto al río Bandon, me preparé, bajé la ventanilla, disparé y subí la ventanilla tan rápido como pude. A pesar de la lluvia y del asfalto irregular, las curvas, de hacerlo desde el otro lado del camino… a pesar de todo, conducir por la ribera del Bandon es un placer.

irlanda de Diego Jambrina en 500px.com

 

Tal vez porque llueve cada día, los ratos de sol son sencillamente maravillosos. La gente se queda quieta y gira la cabeza hacia el astro rey para calentarse como si fueran lagartijas. Sin embargo, yo corro de un lado a otro buscando el mejor encuadre. Pasé por el puente de Dublín mil veces y mil veces no disparé, hasta que por fin tuve dos minutos de luz.

 

irlanda de Diego Jambrina en 500px.com

Pero como el sol está caro, y yo soy un pobre obrero de la creatividad, tengo que aprovechar cualquier momento para disparar. Así que, resguardado por los árboles, abriendo al máximo el diafragma y bajando la velocidad de disparo pude capturar esta imagen tan representativa de la vida irlandesa. A los irlandeses les encanta la pesca. Y en este río de Cong, en el condado de Mayo, como en cualquier otro, se puede encontrar pescadores de cualquier edad. Por cierto, ¿y si os digo que Cong es más conocido por su nombre cinematográfico: Innisfree? ¿Sabríais decirme de qué película hablo? No vale pinchar en el enlace antes de responder.

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Otra de las pasiones de los irlandeses es el levantamiento de vidrio. Vascos e irlandeses haríamos una competitiva liga, pero me temo que acabaríamos perdiendo. Ellos tienen pubs, bares, tabernas, cuchitriles, lofts… mil sitios diferentes donde mojarse por dentro mientras se secan por fuera. Y hay que aprovechar esos momentos para fotografiar la calidez que se vive en esos santuarios, como en el Bar with no name de Dublín. La guía Lonely Planet tiene una extensísima lista de bares, recomiendo seguirla sin saltarse ni uno solo.

 

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Otro tipo de santuarios, estos menos frecuentados y fríos como losas, son los cementerios. Buenos lugares para sacar chispas a la cámara y jugar con la profundidad de campo, o con la falta de ella. A mí me gusta más así, porque me permite destacar el elemento protagonista; en este caso, la cruz celta. Ésta la encontré en el cementerio de Ardmore, al sur de la isla, a donde fui expresamente a ver una torre redonda de 29m con techo en cono del s.XII.

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Si hay algo simbólico en Irlanda, además de las cruces celtas, de la Guinness, del arpa, de los seres diminutos y verdes, de las borracheras, de las peleas, de las ovejas, de las malas carreteras, de la lluvia, de la pesca, de las carreras de caballos y de galgos, de la música y del marisco, es la naturaleza. Hay acantilados míticos en Irlanda, pero yo aconsejo pasar sin parar por los archiconocidos, frecuentados y carísimos acantilados de Moher y disfrutar de la tranquilidad y el atardecer en los acantilados de Skellig. Es cierto que la carretera hacia Moher (a 76Km al sur de Galway y a 1h17′) es muy bonita para recorrer, e incluso tienes zonas espectaculares en las que no te detienes porque ardes en deseos de llegar a los míticos acantilados, pero cuando llegas te encuentras con una entrada a 6€ por cabeza, miles, y no exagero al decir miles, de personas que quitan el encanto a cualquier paraíso y chiringos de souvenirs pretendidamente camuflados en la naturaleza. Además, al borde del acantilado, hay una estructura de hormigón que ofende a la vista y que eleva al visitante para que supuestamente aprecie mejor los acantilados. Sin duda, la peor experiencia de mi viaje. Por favor, pasa de ellos y visita los de Skellig.

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He mencionado el marisco ¿verdad? Pues sí, el marisco, el pescado, las redes, los grandes barcos de pesca en alta mar y los pequeños que faenan cerca de la angosta costa hacen de Irlanda un paraíso gastronómico y fotográfico, porque pocas escenas son tan ensoñadoras y coloridas como un pueblo pesquero y sus puertos, como éste de Roundstone, en el condado de Connemara. Y hablando de escenas; en este pueblo se rodaron varias escenas de “El hombre de Mackintosh” dirigida por el gran John Huston y protagonizada por la leyenda del indomable, sí, Paul Newman. Ha sido lo más cerca que he estado de él.

Seguro que se tomaron unas buenas pintas en uno de los numerosos bares con gran ambiente que hay en el pueblo.

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Así es la historia de Irlanda, una historia tejida a base de trabajo en el mar y de luchas en tierra. De lo primero, aún queda, sigue vigente en toda la isla. De lo segundo, tan sólo las ruinas. Muchas de ellas son un fiel reflejo de que el hombre está en este mundo de paso. Aquí, quien sobrevivirá será la naturaleza, siempre paciente, siempre poderosa. Podría decir dónde está este castillo mantenido en pié por la red de trepadoras, pero puedes encontrar sitios así prácticamente en cualquier lugar.

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Tal vez, si empezáramos a vivir como antes, en armonía con la naturaleza, ésta nos permitiría seguir. Éste es un símbolo más de Irlanda: las pequeñas casas con tejado de paja, de las que pocas quedan en pié y menos aún que sigan siendo viviendas. Hoy, han pasado a ser almacenes donde guardar todo tipo de trastos. Para ver ésta, hay que ir hasta el norte de Eire, hasta Malin Head, lo más al norte de la isla. Tan, tan al norte que el idioma deja de ser el inglés para pasar a ser quién sabe qué.

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Casi todo el mundo empieza el viaje por Dublín. Es lo más fácil: vuelo directo a la capital. Después, alquilas un coche (imprescindible), recorres la isla y disfrutas de las maravillas de la naturaleza. Y para finalizar, vuelta a la capital para coger el avión que te trae de vuelta. Menos mal que aquí tenemos pubs irlandeses donde cantar “I remember Dublin City and the Rare Old Times”.

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