Bretaña, la región de la luz. Al oeste de París.

Publicado en Bretaña, Canon, Fotografía, Viajar el May 16th, 2014 por diegojambrina

La Parte I de mi viaje al pasado: Caminando por Bretaña.

Alguien escribió una vez que París era la ciudad de la luz, y así se quedó. Pues yo voy a escribir que Bretaña es la región de la luz, a ver qué pasa.

Las estrechas calles de esos magníficos pueblos construidos hace más de cinco siglos, bombardeados por la estupidez humana hace poco más de 50 años y rehabilitados por la sensibilidad que aún pervive en cierta gente crean encuadres muy atractivos para esos locos que pintamos con luz.

Además, Bretaña tiene una arquitectura originalmente religiosa, reconvertidas en lugares de culto al turismo, con una luz de colores especialmente atractiva. Me resisto a escribir que la luz es divina. Vaya, lo acabo de hacer.

Bretaña es un buen destino que visitar, pero habrá que tener especial cuidado en la época del año que se elige para ello. Las santas vacaciones que hemos tenido en abril fueron un acierto. Poco turista, salvo en Le Mont Saint Michel (frontera con Normandía), interrumpe en el encuadre sin previo aviso, pero si lo hace aprovéchalo y dispara. A veces mejora la composición inicial.

He oído que en verano, las estrechas calles se vuelven más estrechas por la cantidad de turistas extranjeros que se suman a los nacionales, pero si no hay opción de elección, no dejéis de ir. Siempre tendréis rincones y momentos olvidados por la mayoría.

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Viaje al pasado. Caminando por Bretaña.

Publicado en Bretaña, Canon, Fotografía, Francia, Viajar el May 11th, 2014 por diegojambrina

La parte II de mi viaje al pasado: Bretaña, la región de la luz.

Cuando camino por las calles y las ciudades de Bretaña, no camino por un lugar, sino por una época. Vannes, Vitrè, Rennes, Quimper, Dinan son simples nombres que rápidamente se olvidan. Un día estoy en Vannes, al otro en Dinan y al siguiente ya no recuerdo cuál es cuál. Pero esto, que podría parecer un motivo que desaliente su visita, es todo lo contrario.

En Bretaña disfruté como pocas veces lo he hecho en tierra francesa, y eso a pesar de que para disfrutar de un ambiente animado, el local adecuado es cualquier panadería un domingo cualquiera.

Será precisamente por eso, porque la tranquilidad lo inunda todo, por lo que estas calles me han llenado tanto. Claro que este sentimiento no es posible en Le Mont Saint Michel, una maravillosa roca unida al continente por una exigua lengua de tierra atestada de turistas, comercios para turistas y precios para turistas.

Y ¿entonces qué tiene de maravillosa? Pues su presencia en la distancia. Una vez dentro, se pierde todo el encanto y pocos son los momentos en los que encuentras motivos que capturar.

La marea es una de las grandes protagonistas de esta región, no solo de Francia sino del mundo. Es tan oscilante que con algo de baja mar es absolutamente imposible ver dónde carajo se ha metido el agua. Me hubiera quedado sentado en un silla el tiempo necesario para ver hasta dónde es capaz de irse el mar y cómo sube de rápido, eso sí, con una buena manta y unas cuantas cervezas locales bien frías. Dejaré, para otra visita, la sidra de la que tanto hablan los turistas y beben los bretones.

Volviendo al otro líquido, el nivel del mar maneja unas cifras difíciles de comprender para alguien que vive en el Cantábrico. Son unos 15 metros de desnivel, lo que sumado al hecho de que hay una plataforma continental con poquísima inclinación, es absolutamente imposible ir a darse un chapuzón sin perder de vista la toalla. Así que, se las han ingeniado para las épocas veraniegas.

Vuelvo para atrás para destacar otro de los motivos por los que no os podéis perder esta zona de Francia. Por cierto, es uno de esos territorios con un fuerte sentimiento nacional, pero no nacional francés sino bretón, algo que les hace dignos.

Volvía para atrás, decía, para insistir en el hecho de que caminar por Bretaña es caminar por una época pasada. Las casas de entramado de madera que aún quedan en pie, aunque dobladas por el tiempo y, se intuye, por una falta de rigor arquitectónico, son sin duda los responsables de esta sensación, pero se puede retroceder algo más de 500 años. Se puede retroceder hasta 5.000 años, cuando los rudos bretones eran capaces de poner en pie una piedra de 18,5 metros de altura y un peso de 280 toneladas. También podríamos decir que, además de rudos, eran inteligentes bretones, porque la fuerza no pudo ser suficiente.

Es en el Golfo de Morbihan donde se encuentra este menhir, llamado Brisé, concretamente en Locmariaquer. Ya no se puede ver en pie, pero aún así os aseguro que sus 4 partes impresionan bastante.

La imaginación se dispara viendo estos restos megalíticos y la carne se te pone de gallina cuando entras en una de estas construcciones.

Desperdigados por la zona, se pueden encontrar bastantes dólmenes de diferentes tamaños, pero todos en buen estado de conservación, aunque algunos de ellos han sido invadidos por casas de este siglo. ¿Se podría llamar arquitectura de fusión?

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Viajar por Jordania con una cámara de fotos

Publicado en Canon, Fotografía, Jordania el February 10th, 2013 por diegojambrina

Es cierto que Petra es una de las maravillas, no sólo de Jordania, sino del mundo, pero este país tiene otros lugares que te quitan el aliento. Claro que el calor seco que pasas también tiene parte de culpa.

Empiezo por una ciudad romana a 50Km al norte de Amman, Jerash.

Quien haya estado en la Acrópolis de Atenas o en los foros romanos y no en Jerash, se atreverá a discutir conmigo por la majestuosidad de las ruinas, y lo puede hacer, pero no me convencerá. Andar por las calles de Jerash es mucho más emocionante. Cierto es que Roma es la ciudad del imperio, y que eso, hoy, 2000 años después, aún se nota, pero Jerash tiene el encanto de lo recientemente descubierto.

Pero es más que el encanto. Su estado de conservación es excelente y lo que queda por desenterrar tan grande como lo descubierto hasta ahora.

Y es que el recinto es enorme, con pavimentos, columnas, grandes avenidas, edificios, baños, fuentes, teatros, circos… lo tiene todo. Por tener, tiene hasta viviendas particulares aún habitadas. ¿Qué otro lugar del mundo puede presumir de ello?

Lo malo es que no podrás visitarlas a no ser que te hagas colega de algún lugareño y te invite a tomar el té. En esas casas que rodean el recinto los suelos están decorados con mosaicos romanos.

Y hablando de amigos, aquí tenéis un par de ellos. Estos son los mejores amigos que te puedes echar en el desierto, el otro gran lugar que visitar de Jordania.

El llamado Wadi Rum. Sencillamente espectacular. Es tan grande que puedes sentirte solo hasta viajando en grupo. Una de las mejores experiencias que he vivido. Sin duda. Y eso que no llegué a montar en dromedario, eh.

Me moví entre dunas con jeeps humeantes, castigados por la arena y el calor del día y la arena y el frío de la noche. Aunque si bien es cierto que en la época en la que yo fui no bajó gran cosa la temperatura, un mes antes nevaba.

Wadi Rum, también conocido como el Valle de la Luna, es el desierto que cautivó al mítico Laurence de Arabia. Pocos eran los que llegaban a comprender por qué un civilizado caballero inglés veía en el desierto un lugar donde vivir. Y estoy seguro de que aún hoy pocos lo entienden. ¡Qué cojones, ni siquiera yo! Nadie, a no ser que viaje hasta allí, puede comprenderlo y eso que la película interpretada por Peter O’toole nos acerca perfectamente hasta las dunas, rocas y explanadas del sur de Jordania.

Un territorio, declarado patrimonio de la humanidad por la Unesco, en el que eres y te sientes tan pequeño, que ni sales en la foto ni te ves capacitado para levantar la voz. No eres más que una minúscula mancha sin sombra.

Y por fin, Petra.

Sí, creedme, por entre esas rocas está una de las ciudades nabateas más importantes. Y lo es precisamente porque estaba bien escondida. Pocos podían imaginar que en esos lugares había una rica ciudad que saquear.

Además de mimetizarse con el entorno, por entonces, cuando los ciudadanos nabateos vivían allí, la única entrada, bien oculta, era un pasillo cada vez más estrecho y más profundo. Eso hacía que los ejércitos invasores tuvieran que avanzar hombre a hombre y estuvieran expuestos a que les cayeran desde lo alto rocas, mofos y escupitajos de los defensores.

El camino hasta llegar al primer edificio es tan angosto como lo que veis en esta foto.

La mítica, la que habéis visto una y otra vez en los reportajes gráficos de National Geographic o en los documentales o en La última cruzada de Indiana Jones es ésta, pero ésta que pongo yo aquí tiene un valor aún mayor, porque es mía, es la que yo saqué, porque yo estuve allí. Es emocionante pensar en ello.

Sólo hay una pega: aquello parece la hora punta en una estación de metro de una gran ciudad. Nada que ver con lo que Indiana y sus dos acompañantes vivieron.

Yo llegué con mi grupo, de por sí ya numeroso, sobre las 9 y media de la mañana y aquello era una lucha constante, no para hacer una foto, sino para abrirse paso y poder continuar caminando. En cualquier caso, es un lugar mágico, al que aconsejo ir.

Pregunté al guía cuándo era la mejor época para visitar Petra y poder evitar la masificación. Y la respuesta fue, “es imposible evitarla”, pero la mejor época es octubre. Algún día me daré un buen regalo de cumpleaños y me plantaré allí de nuevo.

Pero si no podéis ir en octubre, hay otra fórmula para disfrutar sin gente de la ciudad de Petra y de este espectacular edificio: aguantáis hasta la tarde.

A las 4 de la tarde, prácticamente la ciudad queda desierta y el color rosa que la caracteriza se hace más patente. Llevad agua en abundancia, sombrero, gorra o, mejor aún, un pañuelo jordano y aguantaréis y disfrutaréis más que los demás. ¿O acaso no os parece maravillosa la fachada de la Tesorería o del Tesoro sin más compañía que la que veis en la foto?

Y no os preocupéis por el tiempo, no os aburriréis en ningún momento. La ciudad es enorme, tanto que en un sólo día no podréis ver todo lo que hay en ella.

Y repito, no os olvidéis del agua, algo de comida y taparos la cabeza.

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Viajar por India con una cámara de fotos (2 de 2)

Publicado en Canon, Fotografía, India, Viajar el May 24th, 2012 por diegojambrina

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Parte I

Las tres ciudades que conforman “el triángulo de oro” de India están unidas entre sí por carreteras, vías férreas, monumentos y miseria. No quisiera insistir en esto último, porque ya hablé de ella en la Parte I de mi viaje, aunque me va a ser difícil abstraerme.

Empezaré por uno de esos preciosos monumentos que hay entre Agra y Jaipur: Fatepur Sikri.

Entre la ciudad de Agra y la ciudad fantasma de Fatepur Sikri hay algo menos de 40 kilómetros y algo más que un tranquilo viaje en bus por carretera. No recuerdo cuánto tardamos en llegar, fue bastante, pero estoy seguro de que la prudencia nos debió haber obligado a tardar aún más.

Las carreteras están en bastante mal estado y hay mucho tráfico. Coches, motos, bicicletas, personas a pie y en carromato y animales sueltos, incluidas las vacas, hacen que el chofer del autobús esté constantemente frenando, pitando y acelerando. Y si por si las distracciones de la carretera no fueran suficientes, leía y respondía a los constantes mensajes de texto del móvil. Y uno no sabía si reprimirle o felicitarle por su destreza.

Cuando llegas a Fatepur Sikri, comprendes por qué lo llaman Ciudad Fantasma. Aquello fue un intento de convertir este polvoriento pedazo de tierra en la capital del imperio mogol. Pero se quedó en eso, en intento. Porque veinte años después de comenzar, allá por 1.500, se dieron cuenta de que no era un buen lugar para vivir. Sin agua ¿quién es capaz de vivir?

Así que se fueron por donde habían venido dejando para uso exclusivo del turismo lo que habían levantado. Como esta estancia, con un impresionante pilar central de una sola pieza.

Y cuando hablo de turismo, no me refiero únicamente al turismo extranjero. Los propios indios son grandes devoradores de museos y monumentos, y, como cualquier otra persona, disfruta haciéndose fotos del tipo “yo estuve aquí”.

Fatepur Sikri by Diego Jambrina (Elhombredemackintosh) on 500px.com

Esta foto del pilar me recuerda que prometí daros un consejo sobre fotografía, para que evitéis así caer en el mismo error en el que caí yo.

Para todos aquellos que lleven en sus manos una reflex y crean que un filtro polarizador es el mejor invento del mundo para esos días soleados, os diré que lo mejor que podéis hacer es desenroscarlo y mandarlo a la mierda. El que yo llevaba puesto restaba muchos pasos de luz. Tantos que cuando la intensidad de la luz era menor me obligaba a bajar la velocidad de obturación y me dificultaba obtener fotografías nítidas. Y no sólo en interiores, como en este caso, sino también en plena calle, con y sin sombra. Por culpa de este error me he venido de allí con un montón de fotos que pudieron ser y se quedaron en borrones.

Además, cuanta más luz entre en vuestra cámara, sin llegar a sobreexoponer, más cantidad de información y mejor resultado obtendréis. Después, con el Camera Raw, podréis restar intensidad a la luz ganando en definición, tono, color y contraste. Recordad que es mucho mejor oscurecer que aclarar.

Y para los que eso de las reflex, la velocidad, el diafragma, los filtros y el puto raw no os importe en absoluto os pido perdón y os doy las gracias por no haber huido de aquí.

Continuemos viaje.

Después de visitar la ciudad fantasma, nos reincorporamos a la autopista y continuamos viajando camino Jaipur. Pero volvimos a parar. Y esta vez por un pinchazo.

La parada me sirvió para darme cuenta de que esas chimeneas humeantes que venía viendo desde la ventanilla del autobús eran centros de trabajo. Hornos de secado con el que dar consistencia a los ladrillos de barro. También me di cuenta de que muchos de los trabajadores de la zona eran niños para los que el pinchazo fue una distracción en sus tristes vidas.

Carretera y chimeneas by Diego Jambrina (Elhombredemackintosh) on 500px.com

Hay quien piensa que son felices y eso tranquiliza su conciencia occidental. La verdad, es que, sí, sonríen y te saludan con alegría, y sí, tal vez sean felices, pero ¿no serían más felices estudiando y jugando que en una fábrica de ladrillos, sin nómina, sin representación sindical, sin parada para el café, sin prevención de riesgos laborales? ¿Acaso les cambiarías tu vida por la suya? ¿Acaso te gustaría que tus hijos crecieran así?

No me hace falta la respuesta.

Niños trabajadores en Agra by Diego Jambrina (Elhombredemackintosh) on 500px.com

Dejamos a los niños de la carretera con su vida, y unas bolsas de patatas fritas y algún refresco de cola, y llegamos a Jaipur.

Aquí encontramos uno de los palacios más famosos de la zona: el Palacio de los Vientos o como dicen por allí Hawa Mahal. Una fachada con 953 pequeñas ventanas por las que antes miraban las mujeres del harén y ahora los turistas.

En su día se construyó para que aquellas mujeres vieran la vida de la calle sin ser vistas. Hoy en día son los turistas los que miran la calle, pero sacando la cabeza para, sí, lo habéis adivinado, ser vistos. Lo mejor es quedarse en la calle y disfrutar de la fachada, la parte más bonita de este palacio. Y si queréis sacar buenas fotos, acudid a la mañana para no encontraros con un cielo tan blanco como este.

Hawa Mahal by Diego Jambrina (Elhombredemackintosh) on 500px.com

Lo bueno de ir por la tarde es que, si miras justo al otro lado de la calle, encuentras un precioso cielo azul que combina a la perfección con el color rojizo de los edificios de la Ciudad Rosa de Jaipur. Además, los edificios son realmente bonitos, apesar de que su conservación es bastante deficiente.

Poco a poco, levantan andamios de bambú para reparar las casas y conseguir el ansiado Patrimonio de la Humanidad que la Unesco, parece, está pensando otorgar. Tal vez sea ésta la razón por la que las calles están patas arriba. Bueno, a decir verdad, no lo creo, porque cualquier calle de Agra, Jaipur o Dehli está patas arriba.

Turistas por Jaipur by Diego Jambrina (Elhombredemackintosh) on 500px.com

Pero como ocurre con el Taj Mahal, del que hable en la Parte I de este post, lo que está perfectamente cuidado hasta el último detalle son los recintos arquitectónicos.

El Palacio de la Ciudad de Jaipur es sencillo pero fabuloso. Su nombre en hindi es Mubarak Mahal y se trata de un conjunto de edificios perfectamente conservados, limpios y abarrotados de gente. Sólo con paciencia, algo de zoom y unas piernas ágiles se puede sacar provecho de la visita.

Lo de las piernas era para poder seguir a mi grupo sin perderme, algo que no llegué a conseguir en todas las ocasiones, y para sacar del encuadre a personajes poco interesantes. Sí pude aislar a este trabajador, ataviado con un perfecto uniforme. Perfecto para mi composición fotográfica.

Palacio de la Ciudad by Diego Jambrina (Elhombredemackintosh) on 500px.com

En Jaipur disfruté mucho paseando por la calle con mi cámara, pero en Delhi me lo pasé genial en Qutab Minar. El lugar es espectacular. No hay piedra que no esté labrada con destreza y estilo. Pero lo más interesante en este monumento musulman del s.XII era la gente.

El turismo interno se dejaba notar mucho por allí. Mirara donde mirara me encontraba a personas dignas de fotografiar. Sólo tenía que elegir un buen fondo, como aconseja el gran José B. Ruiz, y esperar a que alguien entrara en el encuadre.

Turista típico en Qutab Minar by Diego Jambrina (Elhombredemackintosh) on 500px.com

Y mientras yo pensaba que los indios eran dignos de fotografiar, los indios pensaban que el digno era yo.

Manteníamos un juego muy peculiar. Yo quería fotografiarles y ellos a mí; nos perseguíamos, mirábamos a otro lado para simular nuestro interés, y cuando nuestras miradas no coincidían, zas, disparo.

Rayas por aquí, rayas por alla by Diego Jambrina (Elhombredemackintosh) on 500px.com

El juego era absurdo. Todos sabíamos qué estaba ocurriendo, y sólo algunos se atrevían a preguntar: ¿puedo sacarme una foto contigo? Evidentemente, quien hizo la pregunta no fui yo (la vergüenza sigue siendo una de mis taras), pero aprovechaba la ocasión para pedirles que posaran para mí.

Posado en India by Diego Jambrina (Elhombredemackintosh) on 500px.com

De todas formas, prefiero los robados a los posados. Podría ser que lo prohibido resulta más atractivo, pero me inclino más por pensar que es porque en los robados hay una espontaneidad imposible de fabricar.

Y por si alguien se pregunta qué es esa torre que aparece en las tres últimas fotos, les diré que se trata del minarete de ladrillo más alto del mundo. 72,5 metros de altura. Se quiso construir otro a escasos 100 metros de allí, pero cuando llegaron a los 5 ó 6 metros de altura pararon la obra porque se acabó el presupuesto. Algo que está muy de actualidad en nuestras tierras.

Rojo como la piedra by Diego Jambrina (Elhombredemackintosh) on 500px.com

Imagino que alguien se habrá dado cuenta de que no he puesto ni una sola foto de templos religiosos, donde se practique la religión y no el turismo, como en Qutab Minar, y es que al contrario de lo que pensaba antes de mi viaje a India, los templos escasean. Y más aún los templos de arquitectura interesante.

Sí estuve en mezquitas, pero lo más interesante era ver a los turistas ataviados con ridículos patucos naranjas de usar y tirar, para no infringir la ley de unos y cubrir los escrúpulos de otros.

Sólo en Delhi, en el santuario sij de Gurdwara Bangla Sahib, la construcción tenía cierto interés. Tenía unas grandes cúpulas doradas que competían con las cabezas cubiertas por pañuelos naranjas (sí, esta vez no eran los pies, sino las cabezas).  A mí me seguía interesándome más la gente local y sus costumbres.

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En este templo, lo importante era la actividad religiosa. En el interior del edificio escuchaban sin descanso a un rapero, compraban ofrendas y circulaban entorno a un altar, y en el exterior se lavaban y bañaban en esta gran piscina. Allí vi la mítica estampa que me quedaba por ver: a un hombre sumergiéndose y emergiéndose una y otra vez para purificar su cuerpo y mente.

Mientras, yo me liberaba con la cámara de fotos.

Viajar por India con una cámara de fotos (1 de 2)

Publicado en Canon, Fotografía, India, Viajar el May 15th, 2012 por diegojambrina

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Parte II

El conocido “triángulo de oro” de India bien podría haberse llamado “triángulo de miseria”. Delhi, Jaipur y Agra son las tres ciudades que conforman este triángulo y las tres levantan su imagen de oro sobre pilares de mierda. Y no, no es ninguna expresión malsonante. Si digo mierda es porque la mierda se ve, se huele y se toca.

Pero no es la suciedad lo que destaca. Como decía, ésta zona al norte de India brilla por la miseria. Hay tanta, que el guía con el que compartimos viaje durante 7 días se sentía avergonzado de lo que veíamos e insistía en que en su país también existe la clase media; una gran masa de personas consumidoras que sustentan y potencian su economía hasta convertir a India en una superpotencia emergente.

Pero este guía, y todos los indios de la clase media hacia arriba, no debería sentir vergüenza, debería sentir rabia. Rabia por los millones de personas que viven de la mendicidad, por los millones de personas que duermen en la acera, en las medianas de las carreteras, con tan sólo sus enfermedades, amputaciones, deformaciones y suciedad como herramientas para obtener algunas rupias.

¡Pero cómo van a sentir rabia, si para ellos la vida que cada uno tiene es la vida que debe tener!

Aceptan todo lo que les cae. Y si lo que les cae son dos trapos y un suelo duro donde quedarse tumbado, pues con eso se quedan.

Sol y sombras en Jaipur by Diego Jambrina (Elhombredemackintosh) on 500px.com

Jaipur no es, la capital, pero casi. Es enorme. Muy extensa, pero sin rascacielos. Llena de tráfico, camiones, autobuses, coches, motos, rickshaws, carromatos, carros, gente y contaminación. Lo de cualquier capital, salvo los rickshaws, carromatos y carros, claro.

Pero aquí es de lo más normal del mundo ver un carro tirado por un dromedario. Aunque lo más habitual es la fuerza humana. Parece mentira que con esos cuerpecitos puedan pedalear. Pero pueden, claro que pueden. Además, los autobuses escolares no están hechos para estas calles. Los rickshaws son rápidos, silenciosos, se meten por cualquier rincón y con cero emisiones de CO2.

Rickshaw escolar en Jaipur by Diego Jambrina (Elhombredemackintosh) on 500px.com

Os habréis fijado que la decoración arquitectónica es aquí muy uniforme. De hecho a la parte vieja de Jaipur se la conoce como la Ciudad Rosa. Es ordenada… Perdón, perdón. No, no lo es. Es un puto caos. Lo que quería decir es que las calles están trazadas de manera ordenada: una cuadrícula perfecta, y entre ellas se pueden encontrar todos lo bazares que uno pueda imaginar. Y en cada bazar dos o tres comerciales instruidos en las más agresivas técnicas de venta. Aunque si todos fueran como yo, se arruinarían en dos días.

Yo iba a lo mío. Fotos y más fotos. Y no creáis que es difícil disparar. Es lo más sencillo del mundo. A un occidental, cualquier cosa en Jaipur le llama la atención. Incluso uno mismo es una atención. “Photo, photo”

Escolares en Jaipur by Diego Jambrina (Elhombredemackintosh) on 500px.com

Para no recibir acoso ninguno de los tenderos, no hay como salir de la zona turistica y pasear por las calles adyacentes. En Jaipur puedes torcer en una esquina y tener la sensación de haber cambiado de país. La gente deja de llamarte a gritos insistentemente. Y lo son. Muy insistentes. Si no consiguen hacerlo en inglés, cambian de idioma. “¿Español? ¿Por qué no me escuchas? ¿No te gusta hablar con nosotros? ¿Français? ¿Deutsch?

Es entonces cuando yo me convierto en el acosador. Con cámara en mano me meto hasta en la cocina. Y para muestra, un cazo.

Puesto callejero de comida en Jaipur by Diego Jambrina (Elhombredemackintosh) on 500px.com

En Jaipur hay maravillas arquitectónicas, sí, palacios y observatorios astrológicos que resultan interesantes de visitar. Pero no será en este post donde encontréis fotos de ellos. Tras la visita a Jaipur, lo que me resulta realmente interesante de contar es lo que vi en la calle.

También me resultó interesante una visita a una cooperativa, a lo MONDRAGON, que daba trabajo a 900 personas. 900 empleados y socios de un negocio que no parecía irles mal. Y eso, a pesar de los precios de sus productos, porque no son precisamente los que se encuentran en los bazares que antes he comentado. Aquí los precios están marcados por el trabajo, la dignidad y la justicia. La justicia para el que compra y para el que vende.

Trabajando en cooperativa en Jaipur by Diego Jambrina (Elhombredemackintosh) on 500px.com

Y hablando de justicia, qué horror que una de las maravillas arquitectónicas de India y del mundo esté rodeada de la miseria más absoluta.

Agra es una de las ciudades más pobres del país. Aquí vive muchísima gente perteneciente a la casta más baja: a los intocables. Mil veces hemos oído hablar de ellos, pero hasta que no lo ves con tus propios ojos no te lo crees. Incluso viéndolo por tí mismo te dices que no es real. No es posible que la gente pueda vivir sobre la mierda, entre tan apestoso olor, y, además, con tal desaprobación del resto de castas. Vergonzoso.

Y entre tal cantidad de podredumbre, se levanta el Taj Mahal.

Este mausoleo es para desmayarse de belleza. Sentí lo que sintió Stendhal en Florencia. Lo juro. Sufrí el famoso síndrome de Stendhal. Las manos me temblaban. Apenas podía manejar la cámara. Me mareé y la ansiedad por no ser capaz de capturar una mínima parte de semejante preciosidad se apoderó de mí.

Tal vez los 40º de calor, el intenso sol y el recuerdo de la miseria de Agra fueron también culpables de mi estado físico, pero he estado otras veces en situaciones extremas como ésta y puedo asegurar que no sentí lo mismo.

Taj Mahal  by Diego Jambrina (Elhombredemackintosh) on 500px.com

Dicen que el Taj Mahal es una demostración de amor. Yo lo ampliaría diciendo que también lo es de poder y dinero. Yo también quiero a mi mujer, pero no puedo hacer semejante alarde. Y aunque pudiera, no lo haría. Tanto derroche por una sola persona, cuando hay millones que con una sola pizquita de afecto se conformarían, no puede ser.

Como veis, sentimientos enfrentados ante este edificio perfecto en su arquitectura simétrica. Y es que esas torres de los extremos están inclinadas hacia el exterior del complejo para que nuestro cerebro perciba una verticalidad, sí, perfecta.

Taj Mahal by Diego Jambrina (Elhombredemackintosh) on 500px.com

El tiempo que estuve en Agra, el Taj Mahal se convirtió en una obsesión.

Tras su visita, fuimos hasta el Fuerte Rojo, situado a dos kilómetros y medio, y, aunque es un lugar digno de fotografiar, no podía más que buscar cúpulas al otro lado del río.

También es cierto que tenía la difícil tarea de traer de India una buena fotografía del Taj Mahal; un encargo de mi hermana, amante en la distancia de un país que nadie, que no haya nacido allí, podrá jamás comprender.

Taj Mahal desde el Fuerto Rojo by Diego Jambrina (Elhombredemackintosh) on 500px.com

El triángulo está incompleto.

Os he hablado de Jaipur y Agra, pero aún me queda contaros lo que vi y fotografié en Dehli y, por qué no, de otros maravillosos monumentos arquitectónicos que hay en esta zona del mundo apestado de miseria.

También daré un consejo a aquellos que viajen, como yo, con una cámara de fotos. Algo que resultará fundamental para que las fotografías no pequen del mismo mal que las mías.

Viajar por Provenza con una cámara de fotos (3 de 3)

Publicado en Arlés, Canon, Fotografía, Francia, Lomografía, Provenza, Viajar el May 2nd, 2012 por diegojambrina

Parte I
Parte II

Canon450D y Mini Diana Lomography

Hay un pueblo en Provenza que merece un post para él solo.

Cuando el loco del pelo rojo llegó allí, se dio cuenta de que aquel era el lugar perfecto para pintar. Luz. Luz. Y más luz. Vincent Van Gogh pintó en Arlés muchos de sus mejores cuadros. Su creatividad se desató gracias a su locura y a la luz. Hoy, este maravilloso lugar es sede de uno de los festivales de fotografía más importantes del mundo. Otra vez la luz.

Felix Nadar afirmó que “fotografiar es pintar con luz”. No pudo ser más exacto al definir así este arte. Seguro que él y Van Gogh se hubieran entendido bien.

Muchos años después, Arlés sigue siendo luminoso. Si se tiene la suerte que yo tuve con el tiempo, se puede disfrutar de estupendos paseos por las estrechas calles o plácidas caminatas por la ribera del río Ródano. Así, paso a paso se acaba llegando a un punto en el que Vincent clavó su caballete e inmortalizó el Puente Langlois como sólo él ha sabido hacerlo.

Yo, inspirado por su mirada, retraté el puente con tres exposiciones sobre un mismo espacio del negativo. Tengo otras fotos realizadas con la cámara reflex digital, pero no conseguí captar ni la luz ni la locura mejor que con la Mini Diana de Lomography: una cámara analógica de plástico, con objetivo de plástico, de 49€. Además, para potenciar los colores y el contraste usé un carrete de diapositiva, el Kodak Ektachrome de ISO 100, e hice un revelado cruzado, es decir, se utilizó una solución química destinada al revelado de negativo fotográfico.

loco rojo de Diego Jambrina en 500px.com

 

Llegar hasta el puente es bien fácil; basta con seguir las indicaciones que hay por el suelo. Unas pequeñas flechas facilitan un recorrido que te lleva hasta los diferentes puntos donde Van Gogh encontró un motivo que pintar.

Podéis acercaros a la oficina de turismo. Allí tenéis, gratis, un mapa con unos diez lugares a los que ir. Si eres un apasionado del pintor holandés, como creo que ya habréis averiguado que soy yo, es un recorrido que no debéis perder. Pero aún no siéndolo, podéis seguirlo de igual modo porque te lleva por muchos lugares interesantes.

 

puente de Diego Jambrina en 500px.com

Uno de esos lugares es Las Arenas de Arlés, un anfiteatro romano colosal, casi tanto como el de Roma, con capacidad para 25.000 espectadores. Deslumbra por su buena conservación, pero, sobre todo, por su tamaño y el entorno en el que está, rodeado por casas humildes y de poca altura.

Arlés, provenzal y romano by Diego Jambrina (Elhombredemackintosh) on 500px.com

En cierto modo, Arlés me recuerda a Mérida, porque andando por sus calles te encuentras de golpe y porrazo con una ruina romana, y eso emociona.

Pero en Arlés, además de poder ver el anfiteatro, los baños, el teatro, las murallas, las puertas de acceso a la ciudad y las calzadas de la época romana, el resto es también maravilloso. Me encantan sus calles, sus casas, sus contraventanas, el color amarillo y azul… Hasta los árboles sin hojas y a tono con las consecuencias del paso del tiempo son perfectos para fotografiar.

Luz y color en las calles de Arlés by Diego Jambrina (Elhombredemackintosh) on 500px.com

Y si por si eso fuera poco, los interiores oscuros de las iglesias iluminan la imaginación del fotógrafo permitiendo captar el arte, la historia y los siglos. Los objetivos que llevo con mi Canon y el ISO que permite la propia cámara no son suficientes para operar en el interior de una iglesia, pero en este caso los escasos rayos de luz dramatizan la escena y ayudan a transmitir la historia mucho mejor.

Aún hoy, las cabezas de las esculturas religiosas permanecen decapitadas. Muestran el hastío del pueblo por siglos y siglos de opresión, hambruna y arrogancia de la iglesia católica. Con la llegada de la revolución, la gente se desquitó a golpe de martillo. Curioso que fuera con martillo y golpes como se crearon estos símbolos religiosos y que fueran también martillos y golpes lo que las destruyeran.

Decapitaciones en la iglesia by Diego Jambrina (Elhombredemackintosh) on 500px.com

¿He dicho hambruna? Pues hambre, hambre, lo que se dice hambre, en Arlés no tienes porqué pasar. Claro que sin dinero no hay nada que hacer. Bueno sí que lo hay. Sacar fotos a diestro y siniestro. Y, como no podía ser de otra forma, utilicé la Mini Diana que ya conocéis para captar esos fabulosos colores del mercado de Arlés.

frutas de Diego Jambrina en 500px.com

 

Y entre foto y foto, picoteo.

comer amar de Diego Jambrina en 500px.com

Y para acabar mi viaje por la Provenza francesa, tengo que aconsejaros una parada en la autopista. Porque también en las autopistas hay cosas dignas de fotografiar. Andad atentos justo antes de llegar a Carcasona e id mirando a vuestra derecha. Mejor que lo haga el copiloto. Hay una área de descanso resguardada con altos y frondosos árboles del ruido del tráfico y abierta por el otro lado a un viñedo con el casco antiguo y amurallado de Carcassonne. Esto es lo mejor de este pueblo, pero también es interesante dedicar un par de horas a caminar por sus intramuros.

Carcassonne by Diego Jambrina (Elhombredemackintosh) on 500px.com

Premio “Distrito Foto” 2009 a “el momento decisivo”

Publicado en Bilbao, Canon, Fotografía el March 6th, 2012 por diegojambrina

Canon 450D
En el post anterior escribí que en fotografía sólo hay una regla inquebrantable: Nunca es buen momento para guardar la cámara en la mochila, porque sólo así podréis estar preparados para capturar el momento decisivo.

Este concepto de “el momento decisivo” se lo apropió Henri Cartier-Bresson para definir su estilo fotográfico y el estilo fotográfico que él más valoraba y que acabó siendo el primer mandamiento de la agencia Magnun.

¿Y qué quiere decir esto del momento decisivo? Pues que hay que disparar justo en el momento adecuado, ni un segundo antes ni un segundo después.

Dicho así, parece casi hasta fácil. Claro, todos sabemos que hay momentos irrepetibles que hacen de un disparo una gran foto, sin importar en exceso las normas compositivas, pero podéis estar toda una vida esperando a que ese momento se produzca para sacar la cámara y disparar y jamás llegar a tiempo.

¿Quiero decir con esto que hay que llevar la cámara siempre en la mano? No, porque ni siquiera esto sirve. Lo que quiero decir es que tenéis que observar el entorno en el que estáis y anticiparos a lo que vaya a suceder.

Cinco mujeres de escaparate

No ocurrió así en 2009, cuando capturé este momento, pero casi. Por allí paseaba yo, con una cámara en la mano, cuando vi sentarse a una señora desharrapada y desarropada en la poyata de una tienda, cansada de trabajar, porque pedir en la calle también es trabajoso. El choque visual entre el mundo ideal y preciosista de la publicidad y la fea realidad tridimensional y animada, me estalló en la cara.

Pero es un estallido selectivo, la gente pasa por delante sin darse cuenta de “el momento”, y sólo si miráis con idea creativa sentiréis como súbitamente llega la información hasta vuestras mismas narices.

Esta foto la presenté en 2009 al concurso que el Ayuntamiento de Bilbao organiza cada año: “Distrito Foto” se llama. Y gané. Fue un bonito momento, el momento decisivo en la vida de todo fotógrafo aficionado. A partir de entonces, sólo quieres repetir.

Viajar por la Riviera Maya con una cámara de fotos

Publicado en Canon, Fotografía, México, Riviera Maya, Tulum, Valladolid, Xcaret el February 28th, 2012 por diegojambrina

Canon 450D
No es propio de mí viajar a uno de los destinos más demandados por las parejas de novios a punto de casarse. Ni es propio de mí alojarme en un complejo hotelero con pulserita en la muñeca y soberbia en la cara. Y a pesar de ello, por circunstancias que no vienen al caso, acabé en la Riviera Maya. Pero me alegro de haberlo hecho, porque descubrí, eso sí, fuera del complejo hotelero, unos lugares fantásticos.

La cultura Maya está presente en esta zona de México y una de las ruinas que más me gustaron fueron las situadas en un acantilado frente al Caribe: las de Tulum, posiblemente también porque la inmediata cercanía al mar refrescaba el ambiente. De todas formas, si podéis elegir, acudid lo más pronto posible porque allí el sol es tan poderoso que resulta difícil disfrutar del lugar y, sobre todo, de la fotografía. No olvidéis el filtro polarizador, un accesorio fundamental para el objetivo que reduce la cantidad de luz, ayuda a mejorar el contraste y elimina los brillos.

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La gente, siempre en exceso, también es una tara, aunque para combatirla no hay filtro que valga, tan sólo paciencia infinita, encuadres y reencuadres rápidos y zoom a tope, como en este caso. Yo utilicé mi 17-85 de Canon, pero me hubiera venido mejor uno con más alcance. Tenedlo en cuenta y podréis fotografiar embarcaciones pesqueras con más detalle que éstas que se intuyen en esta fotografía.

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En Chichen Itza sufrí lo que no está escrito. Yo viajé a finales de abril, y esa zona selvática de México está muy calentada por el sol, y lo que debería haber sido húmedo resultó ser seco como la Castilla española en pleno agosto. Para algunos, una bendición, para mí, un infierno. Pero lo peor de todo no fue el tiempo, al fin y al cabo eso es propio del lugar y así lo debéis vivir. Lo peor fueron las hordas de personas que allí se congregaron.

Yo formaba parte de un grupo bien numeroso y mientras atendíamos las explicaciones del guía y nos refugiábamos bajo la escasa sombra, pasaban y pasaban grupos enormes de más turistas, que acabaron siendo más interesantes que las propias ruinas. Aún hoy soy incapaz de razonar por qué dejábamos de mirar las ruinas para ver cruzar a esta gente. En fin.

Chichen_Itza_02

¿Y qué hay de las ruinas?

Chichen Itza es un sitio fantástico. Fantástico en todos los sentidos, un lugar muy bonito y lleno de historia y suposiciones. Aquí está uno de los campos del juego de la pelota maya más famosos. La pelota maya, no vasca. La diferencia es que mientras en la pelota maya cortaban las cabezas a los ganadores para que consiguieran la inmortalidad, en la vasca cortan las pelotas a los derrotados por perder el sueldo en las apuestas.

Pero, a pesar de ser un lugar misterioso, una vez en el campo, no fui capaz de sentir nada, todo lo contrario a lo que sentí en Machu Picchu. Mi atención se desviaba a los turistas, los vendedores, cientos de ellos, y la representación folklórica.

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Sólo cuando me separé del grupo pude realmente ver a la gente del lugar tal y como son.

Fue en Valladolid, una ciudad en la que te sueltan para que compres artesanía. No entraré en si es realmente artesanía o souvenir, porque sinceramente no me interesó más que alejarme lo máximo posible de la plaza y andar a mi aire por las calles de la ciudad. En esa escasa media hora de libertad disfruté de la fotografía como no lo había hecho hasta entonces.

Las calles son anchas y los motivos sin un zoom se encuentran demasiado lejos. Para este lugar, aconsejo también un buen tele con más alcance que el 85 que yo llevé. Por ejemplo, esta fotografía hubiera resultado mejor si me hubiera acercado más hasta el carrito de los helados para que fuera él y sólo él el protagonista. El otro puesto también hubiera merecido un disparo exclusivo, pero, lo dicho, mi objetivo no daba más de sí y mi vergüenza, unida al riesgo de perder naturalidad en las personas, me aconsejó no utilizar las piernas.

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La plaza de Valladolid tiene una curiosidad en forma de bancos. Se llaman los bancos de los novios porque en él se sientan los novios para charlar cara a cara, pero sin que haya roce. Una pena, pero teniendo en cuenta el calor que allí hace, si no te cobijas bajo la sombra, lo mejor es que corra el aire. Ya habrá mejores momentos y lugares para rozar y rozar.

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La verdad es que en Valladolid lo que realmente apetece es tomarse una buena cervecita bien fría. ¡Lo que hubiera dado por entrar en el Cervefrío! Pero no hay tiempo para lamentaciones, y menos en un viaje organizado, así que media vuelta y a seguir paseando.

Y paseando paseando te puedes encontrar con mujeres ataviadas con vestidos blancos y adornados con ribetes de flores de colores. ¡Lastima que no pude captar ninguna instantánea digna de enseñar! Por eso, aconsejo estar más de una hora en un mismo lugar, para dar tiempo a que el mundo gire ante el objetivo.

Valladolid_01

Otro de los lugares a los que nos llevaron fue Xcaret; un parque de atracciones donde puedes encontrar tiburones, mantas, tortugas, pumas, lagartos, papagayos, manatíes, yankis, cocodrilos, españoles, serpientes y muchos, muchos mexicanos.

Es uno de los sitios más frecuentados por las familias mexicanas durante sus vacaciones. Se lo pasan en grande viendo a los animales en recintos extremadamente pequeños para sus necesidades vitales. Pero en fin, allí me dejaron y tuve que aprovechar el tiempo. Y qué mejor que sacar fotografías al mayor de los espectáculos: la gente.

Sí, es cierto que hay pececillos de colores espectaculares, pero las formas de las personas mirando a los peces me resultan más atractivas. Olvidaros del flash, lo único que conseguiríais serían reflejos en los cristales y fotografías sin alma. Aprovechad la oscuridad del interior del acuario y la luz del mar artificial. Sólo así conseguiréis retratar la extraña paz que se respira en estos lugares.

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La luz del exterior, a veces tan odiada, es una aliada si se sabe dónde mirar. Resulta interesante mantener el enfoque en el reflejo del agua para destacar el interés de las personas que hay fuera de ella. Esta fotografía tiene truco: está volteada. Pero únicamente es eso, todo lo demás es tan natural como lo que aparece. Si girarais vuestra cabeza 180º veríais exactamente lo que yo vi. Venga, adelante, giradla.

¿Ya? ¡Qué graciosos!

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Y para acabar el viaje exprés por la Riviera Maya, una muestra de lo bien que se lo pasaban los mexicanos en el espectáculo folklórico al finalizar el día. No tenía intención de sacar otra vez la cámara, pero un espectáculo así era difícil de dejar pasar.

Nunca es buen momento para guardar la cámara en la mochila. Es la única regla inquebrantable de la fotografía.

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