Bretaña, la región de la luz. Al oeste de París.

Publicado en Bretaña, Canon, Fotografía, Viajar el May 16th, 2014 por diegojambrina

La Parte I de mi viaje al pasado: Caminando por Bretaña.

Alguien escribió una vez que París era la ciudad de la luz, y así se quedó. Pues yo voy a escribir que Bretaña es la región de la luz, a ver qué pasa.

Las estrechas calles de esos magníficos pueblos construidos hace más de cinco siglos, bombardeados por la estupidez humana hace poco más de 50 años y rehabilitados por la sensibilidad que aún pervive en cierta gente crean encuadres muy atractivos para esos locos que pintamos con luz.

Además, Bretaña tiene una arquitectura originalmente religiosa, reconvertidas en lugares de culto al turismo, con una luz de colores especialmente atractiva. Me resisto a escribir que la luz es divina. Vaya, lo acabo de hacer.

Bretaña es un buen destino que visitar, pero habrá que tener especial cuidado en la época del año que se elige para ello. Las santas vacaciones que hemos tenido en abril fueron un acierto. Poco turista, salvo en Le Mont Saint Michel (frontera con Normandía), interrumpe en el encuadre sin previo aviso, pero si lo hace aprovéchalo y dispara. A veces mejora la composición inicial.

He oído que en verano, las estrechas calles se vuelven más estrechas por la cantidad de turistas extranjeros que se suman a los nacionales, pero si no hay opción de elección, no dejéis de ir. Siempre tendréis rincones y momentos olvidados por la mayoría.

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Viaje al pasado. Caminando por Bretaña.

Publicado en Bretaña, Canon, Fotografía, Francia, Viajar el May 11th, 2014 por diegojambrina

La parte II de mi viaje al pasado: Bretaña, la región de la luz.

Cuando camino por las calles y las ciudades de Bretaña, no camino por un lugar, sino por una época. Vannes, Vitrè, Rennes, Quimper, Dinan son simples nombres que rápidamente se olvidan. Un día estoy en Vannes, al otro en Dinan y al siguiente ya no recuerdo cuál es cuál. Pero esto, que podría parecer un motivo que desaliente su visita, es todo lo contrario.

En Bretaña disfruté como pocas veces lo he hecho en tierra francesa, y eso a pesar de que para disfrutar de un ambiente animado, el local adecuado es cualquier panadería un domingo cualquiera.

Será precisamente por eso, porque la tranquilidad lo inunda todo, por lo que estas calles me han llenado tanto. Claro que este sentimiento no es posible en Le Mont Saint Michel, una maravillosa roca unida al continente por una exigua lengua de tierra atestada de turistas, comercios para turistas y precios para turistas.

Y ¿entonces qué tiene de maravillosa? Pues su presencia en la distancia. Una vez dentro, se pierde todo el encanto y pocos son los momentos en los que encuentras motivos que capturar.

La marea es una de las grandes protagonistas de esta región, no solo de Francia sino del mundo. Es tan oscilante que con algo de baja mar es absolutamente imposible ver dónde carajo se ha metido el agua. Me hubiera quedado sentado en un silla el tiempo necesario para ver hasta dónde es capaz de irse el mar y cómo sube de rápido, eso sí, con una buena manta y unas cuantas cervezas locales bien frías. Dejaré, para otra visita, la sidra de la que tanto hablan los turistas y beben los bretones.

Volviendo al otro líquido, el nivel del mar maneja unas cifras difíciles de comprender para alguien que vive en el Cantábrico. Son unos 15 metros de desnivel, lo que sumado al hecho de que hay una plataforma continental con poquísima inclinación, es absolutamente imposible ir a darse un chapuzón sin perder de vista la toalla. Así que, se las han ingeniado para las épocas veraniegas.

Vuelvo para atrás para destacar otro de los motivos por los que no os podéis perder esta zona de Francia. Por cierto, es uno de esos territorios con un fuerte sentimiento nacional, pero no nacional francés sino bretón, algo que les hace dignos.

Volvía para atrás, decía, para insistir en el hecho de que caminar por Bretaña es caminar por una época pasada. Las casas de entramado de madera que aún quedan en pie, aunque dobladas por el tiempo y, se intuye, por una falta de rigor arquitectónico, son sin duda los responsables de esta sensación, pero se puede retroceder algo más de 500 años. Se puede retroceder hasta 5.000 años, cuando los rudos bretones eran capaces de poner en pie una piedra de 18,5 metros de altura y un peso de 280 toneladas. También podríamos decir que, además de rudos, eran inteligentes bretones, porque la fuerza no pudo ser suficiente.

Es en el Golfo de Morbihan donde se encuentra este menhir, llamado Brisé, concretamente en Locmariaquer. Ya no se puede ver en pie, pero aún así os aseguro que sus 4 partes impresionan bastante.

La imaginación se dispara viendo estos restos megalíticos y la carne se te pone de gallina cuando entras en una de estas construcciones.

Desperdigados por la zona, se pueden encontrar bastantes dólmenes de diferentes tamaños, pero todos en buen estado de conservación, aunque algunos de ellos han sido invadidos por casas de este siglo. ¿Se podría llamar arquitectura de fusión?

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