La nube de mi ventana

Publicado en Diego Jambrina, Fotografía, Fujifilm X-Pro2, Fujifilm X100, Uzbekistán, Viajar el September 13th, 2019 por diegojambrina

Mientras que el traqueteo del tren adormece a todas las personas que tengo a mi alrededor, yo permanezco atento a cada detalle.

El viaje en tren es el único momento en que me tomo mi tiempo. Aliviado de la alta velocidad a la que pasa la vida ante mí cuando camino por la calle, en un asiento compartido de un tren, sencillamente miro.

Y miro sin ni siquiera utilizar la cámara. La cámara, que es mi gran aliada. Con ella observo y siento, pero a veces me tapa algo más que la cara cuando la uso. A veces, no me deja ver.

La marcha verde

En Jiva subí a un tren con destino Nukus. Era un tren de baja velocidad y camas en lugar de asientos. Un tren donde las personas que viajaban no eran viajeras. Soldados, mujeres con hijos pequeños, algún adolescente, hombres sin hijos y un ejército de vendedores ambulantes con productos muy dispares: fundas para pasaportes, mecheros, melones, pescado ahumado, agua, refrescos, tarjetas SIM para los móviles, rublos…

Todas estas personas llegaron con el tren y, tras mi paso, continuarían en él hacia destino más lejano.

Paralelos

La forma de tratarse, tan natural y cercana, pero también sin demasiadas muestras de amabilidad ni interés, como si estuvieran liberados de forzar una sonrisa o una mirada de aprobación, me llevó a pensar que mis compañeros de viaje eran familia, pero en realidad, tras una hora de camino compartido, deduje que eran extraños bien avenidos. Personas, que simplemente, se comportaban de manera natural, sin los artificios de sociedades como la mía, que te sonríe y te maldice al mismo tiempo.

Los trenes son el mejor medio de transporte para tomar el pulso a un país. Pero han de ser trenes de baja velocidad. Los de alta solo sirven para ir de A a B en el menor tiempo posible, con el menor trato posible. Además, están reservados para turistas extranjeros y para los locales de mayor poder adquisitivo, aunque de estos no hay muchos.

Punto a alta velocidad

El grueso de un país está formado por personas que sobreviven día a día con mucho esfuerzo, trabajo y con cierta dificultad. Y Uzbekistán no es una excepción. La clase media, ese gran invento del capitalismo que ha comprado la clase trabajadora para sentirse bien consigo misma, es escasa y la clase alta, casi inexistente. Por eso, vi y sentí que en aquel tren me encontraba en la Uzbekistán real.

Intercultural Persecución

Los intentos para comunicarnos fueron muchos y duros. Queríamos entablar una conversación; queríamos saber de dónde venía cada uno de nosotros y adónde iba, queríamos preguntarnos por nuestros países, queríamos conocer, pero no hubo manera. Solo una de aquellas personas sabía algo de inglés, y por su condición de quinceañero, no le apetecía nada hablar, para disgusto de su madre.

Al final, compartimos más que palabras; un té, música, muecas de desaprobación y desconfianza ante el pescado ahumado…

Me gustó viajar en tren por el país. Me gustó especialmente aquel incómodo trayecto de Jiva a Nukus; cinco horas para recorrer 165 km. Me gustó aquel olor tan pestilente a ahumado. Me gustó el desconcierto de retroceder durante una hora para descubrir más tarde el cambio de vía. Me gustó que quisieran compartir conmigo a Paulina Rubio. Me gustó la nube de mi ventana.

Nube

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Samarcanda ya no es la mítica ciudad que fue

Publicado en Asia, Fotografía, Fujifilm X-Pro2, Fujifilm X100, Samarcanda, Uzbekistán, Viajar el September 2nd, 2019 por diegojambrina

Existen lugares en el mundo con tanta historia que solo el nombre emociona. Son lugares que han estado en mí mucho antes de que yo haya estado en ellos. Incluso hay algunos a los que aún no he ido, pero los siento tan cerca como la ciudad que me vio nacer.

Samarcanda era uno de estos lugares.

Por aquí pasaba la llamada ruta de la seda, aunque no era solo una ruta. Fue uno de los hechos históricos más importantes de nuestra civilización y que más me ha impactado. No se trataba solo de una actividad comercial, sino de una oportunidad para conocer culturas que no creían que existieran, para conocer productos que jamás podrían haber soñado, para vivir aventuras con final incierto.

La ruta de la seda y Samarcanda era algo que tenía que vivir. Y, este verano de 2019, lo he hecho.

Mirada desviada

Lo malo de vivir tus sueños es que el imaginario se muere y solo queda la realidad. Ahora, Samarcanda ya no es la ciudad mítica que era, ahora es una ciudad desgastada, que sobrevive por impulsos y porque la gente tampoco exige demasiado.

Fue la ciudad más poblada del mundo y es una de las más antiguas. Se cree que surgió hace casi 3.000 años y, por el aspecto de algunos de sus barrios, parece que no se ha hecho ni una reforma desde entonces. Entristece ver una ciudad en este estado, y más cuando es Samarcanda.

Al otro lado

Sus monumentos arquitectónicos, sin embargo, sí que han sido reformados. Algunos de ellos, incluso demasiado. Existe un enfrentamiento entre las personas que abogan por la reconstrucción y las que defienden el mantenimiento. Yo a veces pienso que sí, a veces que no, y al final me quedo con que un intermedio es la mejor solución.

El Registán, aseguran, es una de las plazas más bonitas del mundo. La componen tres madrasas en perfecto estado. Es una locura, una belleza extenuaste, un recinto que apabulla de tal modo que te quita las ganas de fotografiar. ¿Para qué?, me preguntaba, jamás podré recoger lo bonito que es todo esto. Lo pasé mal allí, por lo que acabo de escribir y, también, porque no fui capaz de emocionarme como había imaginado que lo haría.

La copia y el original Sulados al sol

Sin embargo, hay otro recinto arquitectónico, a escasos mil metros de allí, que me sobrecogió. Su estado algo abandonado, con fachadas descascarilladas y vacíos antes llenos de azulejos pintados, estoy seguro de que contribuyó a ello. Para mí es fundamental que se perciba el paso del tiempo. Nada tiene que permanecer. La eterna juventud es una patraña, y más cuando hablamos de arquitectura.

Esta mezquita llamada Bibi-Khanym tiene, además, un tamaño descomunal. La sencillez de sus formas acentúan sus dimensiones y te hacen parecer un ser insignificante, algo pretendido, como en cualquier otra religión, claro, para engrandecer la figura de dios y ridiculizar la del ser humano.

Diosa Aparentemente insignificantes

En Samarcanda, no solo me sorprendió esta mezquita, también el ajetreo que se respira alrededor de los bazares y la imperiosa necesidad de las personas por moverse de un lugar a otro.

Todo esto es muy asiático, y me encanta.

Amarillo Mimetizarse

Para vivirlo con toda la intensidad posible, me fui hasta Urgut, un pueblo a unos 40 kilómetros al sur de Samarcanda. Allí, a las afueras, se abre cada día el bazar más grande de Uzbekistán. Una ciudad donde comprar y vender cualquier cosa. Se supone que éste era el mejor lugar para comprar seda a buen precio, pero me temo que la ruta de la seda se ha desviado por otros caminos. A pesar de ello, disfruté las dos horas que estuve dando vueltas por allí, rodeado de gente local. Solo me crucé con un turista, y, al mirarnos, cada uno de nosotros se dijo para sí mismo: anda mira, un turista por aquí.

Aquel mismo día, me fui hasta Shahrisabz, 50 km más al sur, para ver lo que quedaba de un palacio de enormes dimensiones. El palacio de Amir Temur, más conocido entre nosotros como Tamerlán, un hombre que, con la espada bien afilada, construyó un imperio de tamaño nada desdeñable.

Ruinas que enamoran

Hubo varias cosas interesantes en esta excursión. El propio palacio, o mejor dicho, la entrada que aún queda en pié, las poquísimas personas que estábamos allí para verlo y el viaje por carretera.

Me interesaba especialmente el viaje por carretera, para comprobar por mí mismo lo que pudiera quedar de la herencia soviética en el país.

Monumento olvidado a las personas olvidadas

Hoy, ha desaparecido prácticamente el transporte público que con la URSS los uzbekos pudieron disfrutar, y en la carretera solo quedan algunas paradas de autobús y algún monumento que ensalza el valor del trabajador. Christopher Herwig ha recogido las Bus Stops en dos volúmenes maravillosos. Yo anduve con el ojo bien atento por si veía alguna de estas paradas y pedir al chofer que se detuviera. Dos veces le dije stop-stop-stop y las dos veces no llegó a comprender por qué. Me preguntó, si solo quería hacer fotos a las cosas viejas. La respuesta tendría que haber sido algo larga, pero entre mi inglés y su francés, solo cabía un yes, only old things.

No será esta la última vez que hable de los soviéticos y de su legado en este país. Me siento obligado a ello, como el único defensor de un sistema que, aun lejos de ser perfecto, es infinitamente más solidario y justo que el capitalismo.

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