Düsseldorf embriagador

Publicado en Alemania, Düsseldorf, Fotografía el December 1st, 2016 por diegojambrina

Siempre me ha gustado la cerveza. La primera vez que salí del país, fue para beber en la Oktoberfest de Munich. Fui con mi novia. Y cuando me casé con ella, años más tarde, nos fuimos de nuevo a Munich a pasar nuestra luna de miel con otras miles de personas, peleando por un hueco en las abarrotadas carpas, llenando hasta el último centímetro de nuestras vejigas para no perder nuestro puesto y gritando Ein prosit! Ein prosit! Fue genial.

Hace muchos años pensaba que una de las cosas más importantes de esta experiencia era la calidad de la cerveza. La cerveza alemana tiene un magnífico posicionamiento en todo el mundo. Nadie discute que son muy buenas, la ley de pureza alemana y todas esas mentiras. Hoy, sé mucho más de cerveza y considero que el brebaje que allí se vende está lejos de ser un buen producto. Pero volvería a ir a la Oktoberfest y volvería a gritar, medio aturdido por el alcohol, Ein prosit! Ein prosit!

No se trata de algo tan banal como la cerveza, sino de algo tan profundo como la cultura. Y en la cultura alemana, la cerveza es tan importante que embriaga cualquier visita al país.

Este post no va de Munich, va de Düsseldorf, justo en la otra punta del país germano, y, aunque el tipo de cerveza que aquí se bebe es totalmente distinto al de la región bávara, comparte con ella su amor por las largas mesas corridas, largas tardes y largas palabras difíciles de pronunciar.

Barriles de felicidad

Düsseldorf tiene un centro histórico bastante pequeño. Dos horas basta para tener la sensación de que ya conoces la vieja ciudad. Pero también tiene suficientes locales donde detenerse y alargar tanto como se quiera la mañana, la tarde y la noche.

Existen dos cerveceras míticas, pero la que se lleva la palma, por tamaño, tradición y belleza es la llamada Uerige. Aquí, los camareros cargados con cerveza tipo alt (altbier), recorren las mesas en busca de clientes sedientos, y siempre los encuentran. Te dejan el vaso y te hacen una marca en el posavasos. Al final, miran las muescas y pagas. Pequeñas peculiaridades que hacen del viaje algo grande.

Du bist blau

Alejado del centro, donde años atrás se ubicaba el muelle, existe un nuevo barrio que poco o nada tiene que ver con el viejo casco de la ciudad. Les une el río Rin y un paseo por su ribera de no más de 30 minutos.

Siempre vas acompañado por los barcos de poco calado que viajan de arriba abajo por uno de los ríos más legendarios de Europa. Me atrae mucho hacer un recorrido por el Rhein, pero esos cruceros programados me resultan tan artificiales que me repele al mismo tiempo.

Dejarse llevar

Cuando se llega al Neuer Zollhof, se reconoce al instante la mano de su arquitecto. No hay muchos que tengan un sello tan marcado como Frank Gehry. Las líneas inquietas y los materiales que utiliza en sus creaciones son muy característicos y motivos perfectos para el fotógrafo.

Además, si se tiene la suerte de tener el sol de cara, el trabajo está medio hecho.

Dispuestos a atrapar la luz

Con la antena puesta

Arriba. Abajo.

Tocando el cielo

Me gustó mucho volver a Düsseldorf. Me siento bien bebiendo entre esta gente, chapurreando alemán, inglés y castellano. Es fácil encontrar a alguien con casa en la costa mediterránea española. Mirad a vuestro alrededor y acercaos al alemán más moreno de todos.

Les encanta el sol. Siempre andan con la mirada puesta en el sur.

Mirar con ojos de cartón pierda

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Un viaje desde Bilbao a Cabo Norte (Noruega 6/6)

Publicado en Noruega, Viajar, Vídeo el November 29th, 2016 por diegojambrina

He hecho fotos que jamás podré enseñar. Parte I
Rumbo a Cabo Norte. Parte II
Un viaje de paso lento y latido rápido. Parte III
Turismo antinatural. Parte IV
Oslo, país independiente. Parte V 

Han pasado tres meses desde mi vuelta de Noruega y aún sigo pensando en aquel viaje. Supongo que el hecho de que lleve desde entonces procesando en casa las fotografías que tome allí, tiene algo que ver. Los cinco post que ya he publicado (uno, dos, tres, cuatro y cinco), también tendrán su incidencia, claro, pero debe haber algo más.

Pienso en lo diferente de este viaje con respecto al de otros años. ¿Qué hubo en Japón o qué no hubo para que no me haya marcado tanto? La moto, me digo. Pero ya he hecho otros viajes por Europa. Estuve en República Checa en 2014 y en Suiza, Alemania y Austria en 2012, y no fue lo mismo. El destino es distinto, vuelvo a pensar. Sí, es el destino, claro. Pero no, no lo creo.

En realidad, lo diferente soy yo.

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Oslo, país independiente (Noruega 5/6)

Publicado en Fotografía, Noruega, Oslo, Viajar el November 10th, 2016 por diegojambrina

He hecho fotos que jamás podré enseñar. Parte I
Rumbo a Cabo Norte. Parte II
Un viaje de paso lento y latido rápido. Parte III
Turismo antinatural. Parte IV

Oslo no es sólo la capital de un país, es un país en sí mismo, con su propio estilo, con una sociedad diferente, con infraestructuras más avanzadas, con arquitectura moderna, con barrios rehabilitados, unos con gusto y mucho dinero, otros solo con gusto… Es una ciudad tan distinta al resto de ciudades noruegas que parece pertenecer a otro país.

Esta afirmación no sólo dice mucho y bien de Oslo, sino que dice mucho y mal de Noruega. No sólo las ciudades, sino todo el territorio tiene carencias propias de un país de Europa del Este; uno de esos territorios que jamás han tenido dinero ni recursos que les permitan tenerlo en un futuro.

Pero Noruega tiene una industria petrolífera envidiada por toda Europa y el que se supone el mejor salmón del mundo, aunque en realidad hay quien afirma que es el alimento más tóxico del mundo; bueno, la cuestión es que sacan partido de ello. También tiene una industria turística muy activa, tanto de verano como de invierno. Y una industria maderera muy importante. Y a pesar de esto, sus infraestructuras son, por lo menos, algo justas.

Carreteras mal asfaltadas y mal señalizadas, carreteras de un sólo carril colapsadas por el excesivo tráfico diario, túneles tan oscuros como la boca del lobo, iluminados tan solo con una finísima línea intermitente de luz naranja. No quiero decir con esto que haya sufrido en Noruega, porque no ha sido así, he viajado bastante cómodo, pero sí es cierto que me ha sorprendido su nivel de precariedad, impropia del país escandinavo que yo me había imaginado. Así que, cuando llegué a Oslo, el último destino en mi viaje por Noruega, me sorprendió gratamente.

Arquitectura creciente

Escribiendo esto, me doy cuenta de que Oslo seguramente era como las demás ciudades noruegas no hace mucho tiempo, porque escribiendo esto hago repaso a todo lo que me cautivó y todo es lo que ha cambiado. Incluso el propio cambio en sí me cautiva; y me recuerda a otra ciudad cuya remodelación la ha hecho mucho más atractiva tanto para el visitante como para el residente. Me estoy refiriendo a Bilbao, capital del mundo.

La parte más hosca del viejo Oslo, el viejo puerto, es hoy la parte más nueva y estilosa de la ciudad. De las férreas grúas y los rudos trabajadores se ha pasado a edificios de viviendas, oficinas y comercios de gran elegancia y a ejecutivos con móvil en mano. Pero lo que más me gusta es que se ha respetado, al menos algo, el carácter áspero de los edificios de antaño y que, aun no interesándote las compras como actividad turística, pasear por el actual Aker Brygge es un placer visual. Los amantes de la arquitectura y del arte en general, se pasarán horas por aquí.

Oslo, ciudad Fenix

La representación artística de un puto lío

Personalidad de hierro

Otra de las zonas que han mutado con el tiempo es Grünerløkka. Un barrio lleno de espacios de arte y artistas que sacan a la calle su talento para que respire sin la opresión característica que las paredes de los museos provocan.

Restaurantes, mercados, bares y paseos paralelos al río Akerselva se suman a la fiesta colorista de esta parte de Oslo.

Una mujer con lo que hay que tener

Puente hacia la libertad creativa

Lámpara a la luz del sol

Puedo ser crítico con los museos, pero soy de los que acuden a ellos con verdadero interés. Y aunque en Noruega apenas los visité (el precio de las entradas tuvo buena parte de culpa), hubo uno que me atrapó sin remedio: el Vikingskipshuset. Si no llego a ir con mi mujer, muy probablemente me habría pasado todo el día en su única nave en forma de cruz latina. Por cierto, paradójica forma la que se eligió para el ensalzamiento de la cultura vikinga.

En el Museo de los Barcos Vikingos, como su propio nombre indica, hay tres barcos y unos pocos adornos y objetos rescatados de las garras de la tierra y de los siglos. Mucha gente no tarda más de 45 minutos en verlo todo, pero si creciste con la película de Kirk Douglas, Los Vikingos, y te gusta la cerveza y los asados, un día puede ser insuficiente. Además, el arte y la artesanía de la cultura escandinava es tan rica en detalles que podrías dedicar 45 minutos a cada obra expuesta.

Orgullo vikingo

Otra de las zonas interesantes de la ciudad es en la que está enclavado Oslo Ópera House. Y lo es hoy por este espectacular edificio, pero en breve lo será también por los edificios que ahora están en construcción.

El sol de tarde se alió conmigo para que tuviera una bacanal fotográfica como nunca antes había tenido. La luz rebotaba en sus paredes exteriores, blanca como un iceberg, y se colaba por entre los grandes ventanales hasta el interior, iluminando el hall de entrada y mis fotografías.

Andaba con una cámara en una mano y la otra colgando del cuello; una pose muy poco habitual en mí, siempre atento en pasar desapercibido, pero necesitaba tener los dos objetivos (uno de 35mm y el otro de 50mm) para ser doblemente feliz.

Me gustaría mucho volver a Oslo dentro de unos años. Esta zona promete dar buenas tardes a los fotógrafos y a los interesados en la arquitectura moderna. Y, además, siempre es sugerente volver.

Un mundo en construcción

Insignificante signo humano

Ventanales en Do mayor

La ventana indiscreta

Desde Nordkapp, el punto más al norte del país, y de Europa, al que se puede acceder por carretera, hasta Oslo, recorrí unos 3.000 Kms en moto. Todo un viaje lleno de curvas, ferris, luces imposibles, gasolineras, áreas de descanso, emociones y carne de gallina (y no precisamente por el frío) que recordaré siempre. Una experiencia compartida con mi pareja, a la que pido desde aquí que nunca deje de guiarme hacia destinos desconocidos.

En alerta permanente

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Turismo antinatural (Noruega 4/6)

Publicado en Fotografía, Fujifilm X100, Noruega, Viajar el November 5th, 2016 por diegojambrina

He hecho fotos que jamás podré enseñar. Parte I
Rumbo a Cabo Norte. Parte II
Un viaje de paso lento y latido rápido. Parte III
Oslo, país independiente. Parte V 

Es curioso cómo la sola mención de la palabra Noruega despierta en la gente el deseo del viaje. Ya sean viajeros empedernidos como yo, turistas en su peor sentido, o personas que jamás han cruzado su círculo de confort, que este país escandinavo supone un estímulo como ningún otro destino.

Y, además, les resulta estimulante la naturaleza en su estado más puro, cuando en sus lugares de origen parece que no existe nada más que el asfalto y las grandes avenidas llenas de comercio abierto.

Tal vez por eso, algunos lugares naturales de Noruega se presentaron ante mí como una verdadera avenida de una gran ciudad. El Púlpito, o como dicen los noruegos, Preikstolen, esa extraña roca que se asoma hacia el fiordo de Lyse, es uno de los destinos clave para cualquiera que visite el país, para cualquiera que no lo haya visitado aún y para cualquiera que jamás lo vaya a visitar. Es un imprescindible del turismo antinatural, plagado de zapatos rojos de tacón, botellas de cerveza, selfies, atascos y, sí, también de belleza.

Turismo antinatural

Otro imprescindible atractivo turístico noruego presente en el imaginario colectivo del mundo entero son los fiordos. Y es que el hecho de que el mar se introduzca kilómetros tierra adentro supone para la gente, y para mí también, claro, un hecho tan extraordinario que resulta digno de visitar.

La facilidad con la que se pueden recorrer estos lugares, sin esfuerzo físico alguno, y la enorme cantidad de fiordos a elegir, hacen que todo viaje a Noruega lleve consigo un crucero.

Estos cruceros, pueden llegar a suponer una parte importante del presupuesto del visitante, o si se anda un poco listo, no más que el costo de un billete de un ferri cualquiera. Hasta los japoneses, con su gran poder adquisitivo, viajan preavisados por uno de los países más caros del mundo.

Navegando con permiso de la naturaleza

Vestida para navegar

Definitivamente, Noruega se percibe como un destino eminentemente de naturaleza espectacular y accesible. Sin embargo, algunas ciudades noruegas resultan muy recomendables: Bergen, Ålesund, Oslo, Stavanger y Tromsø son en las que yo estuve. De esta última y de sus perturbadores habitantes ya di unas pinceladas en el post anterior. Si quieres saber el por qué de su perturbación, pincha aquí.

El resto de las ciudades me resultaron más amables, tanto por su clima como por sus gentes, y mucho más interesantes en cuanto a arquitectura mundana. Ya iba con el dato de que Ålesund fue reconstruida casi en su totalidad tras un devastador incendio en 1904. Ya había leído que era una ciudad art decó. Ya, pero cuando paseas por sus calles y te encuentras en cada esquina con viviendas diseñadas con uno de los estilos más maravillosos de la era moderna, cualquier dato previo se queda corto.

Amarillo Alesund

La suerte quiso que algunos edificios sobrevivieran al incendio y se muestren hoy tan espléndidos como antaño, como reivindicando con orgullo una belleza eterna, una belleza en madera y salitre.

Curiosamente, los edificios que se salvaron de la quema se encontraban, y siguen en su sitio, como no podría ser de otra forma, en el puerto. Hoy, son edificios dedicados a la artesanía, al Museo de la Pesca, el Fiskerimuseet, y a las antigüedades. Entre éstas pasé bastante rato embobado con tanta belleza de temática marina y, sencillamente, incrédulo ante los bajos precios que, en el país más caro en el que yo haya estado, tenía todo lo allí expuesto. Sólo me arrepentí una vez de haber ido en moto. Ni el frío ni la lluvia fueron los culpables de mi arrepentimiento, sino los bajos precios de reliquias que olían a historia.

Pasado a flote

Bergen es otra de las ciudades que ha sufrido un gran incendio. La verdad, es que resulta imposible que ciudades como las noruegas no hayan sido pasto de las llamas; todas de madera, todas con frío y humedad, todas expuestas a la lumbre del hogar. Afortunadamente para la gente de hoy, el incendio fue en 1702, por lo que las casas por entre las que hoy podemos caminar ya llevan ahí más de trescientos años. Así que, tienen un poso que ni las hordas de turistas pueden estropear.

Atrapando la luz

Lo más famoso de esta ciudad es el barrio Bryggen, tan bonito que no puedes luchar contra él. Muchas veces he dado media vuelta en busca de lugares más tranquilos en los que estar y por los que pasear, sin tener que esforzarme en esquivar a los turistas, con sus bolsas de la compra y sus alaridos (casi todos en castellano). Pero Bryggen te llama para que vayas una y otra vez, y si te resistes, te grita con la fuerza del sol de tarde.

Sí, es absolutamente imposible resistirse. Te dan ganas hasta de hacerte una foto con la ciudad entera.

Cálidas caricias al atardecer

Yo conmigo misma

Stavanger, más que una ciudad, es un pueblo grande, un pueblo de madera pintado en blanco al que la mayoría acude como base para realizar la excursión al Preikstolen. Sin embargo, debería ser reconocida por su puerto (un mini Bryggen), por su zona vieja, con viejas casas abiertas de par en par para recibir la luz del sol y por su Cardinal, el bar con más variedades de cerveza de Noruega, y seguramente del mundo. Hasta 600 cervezas distintas con las que disfrutar día tras día en un ambiente propicio para la degustación en silencio.

Un pasado iluminado por el sol

Desde dentro

Y me queda por escribir sobre Oslo. Pero esta ciudad me la dejo para otro post. Se merece uno propio; por su recuperación al estilo Bilbao, por sus zonas alternativas, por su puerto, su arquitectura, sus locales de cervezas, su ambiente y su edifico de la ópera, donde disfruté de una bacanal fotográfica.

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Un viaje de paso lento y latido rápido (Noruega 3/6)

Publicado en Fotografía, Noruega, Viajar el October 27th, 2016 por diegojambrina

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Rumbo a Cabo Norte. Parte II
Turismo antinatural. Parte IV
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Cruzando el Círculo Polar Ártico

Tombuctú, Vladivostok, Ulán Bator, Sebastopol, Dar es-Salam, Manaos, Macao… muchos lugares merecen una visita por el simple hecho de lo que fueron para una persona. Aventureros, escritores, guionistas y directores de cine son algunos de los culpables de que tenga ganas de hacer la maleta y lanzarme a visitar rincones del mundo donde no hay nada. Al menos, nada aparentemente.

Se me pierde la mirada en el horizonte cuando oigo, o tan sólo pienso, en un lugar tan extraño como Vladivostok. Un lugar que está en el extremo oriente, entre China y Japón, y sin embargo pertenece al mismo país que Moscú. ¡Nueve mil kilómetros de distancia! Me encantaría ir a esta ciudad rusa, mucho más incluso que a la propia capital, y escribir sobre ello. De momento, me conformo con escribir sobre otro mítico lugar: el círculo polar ártico, que no es poco.

Ya atravesé a principios año el círculo polar, y hablé de él y de la estupidez de llegar y encontrarse con dos falsos Papas Noeles. Porque uno es una tontería, pero dos es una estupidez. Si queréis saber de qué estoy hablando, pinchad aquí.

Decía que hablé del círculo polar ártico, pero con poca emoción. Llegar hasta allí cómodamente sentado en un avión no significó nada. Llegar habiendo cruzado media Europa montado en una moto, significó mucho.

Y del mismo modo que lo fue para mí, lo puede ser para los demás. Pero, en general, no viajamos, sencillamente, nos movemos, y así, es comprensible que la mítica frontera del círculo polar ártico esté siendo devorada por la luz eterna de los veranos efímeros sin que nadie se pare a mirar.

Mundo olvidado

Unos kilómetros antes de llegar a la frontera que separa Suecia de Finlandia, y yendo por carretera desde el sur, me encontré con un lugar donde aparentemente no había nada, un lugar abandonado, por el que, sin duda, habría pasado de largo, si hubiera ido más rápido de lo que iba. Pero la escasez de gasolina en mi moto y de gasolineras en las carreteras, me obligaron a conducir despacio, y eso me dio tiempo para ver la esfera de hierro oxidado con la que se indica la entrada y salida del círculo polar ártico.

Acababa de entrar en el territorio donde el sol en verano nunca se pone y en invierno nunca se ve. Algo totalmente extraño y casi irreal para cualquiera del sur.

Aun viviéndolo, resulta difícil de comprender. Estás ante un final del día eterno. Estás sentado en la cama, a las dos de la madrugada, con la mirada perdida en una terca línea de luz.

Tarde
Atrapada por la luz

Noche
El final eterno

Madrugada
Sueño por vivir el sol de medianoche

Pero la vida en este extraño lugar del mundo es aparentemente normal.

Siempre había oído que la gente del norte vivía los veranos tan intensamente que alargaba la hora de irse a dormir, pero en realidad no lo viví así. La gente abandona las calles de Tromsø, la ciudad más grande del norte de Noruega, mucho antes de que la luz pierda su intensidad.

Gente extraña, tan extraña como su naturaleza, tan fría como sus cortos veranos, y tan afectada por su entorno natural que es difícil cruzarse con una mirada que no perturbe. Afortunadamente, ese carácter les ha dotado de una capacidad extraordinaria para idear y construir edificaciones fuera de lo común, como el Museo Polar, la iglesia de Tromsdalen, más conocida como la catedral del Ártico, o el descomunal puente que une la isla de Tromsø con el continente.

Descolocada

Una fría señal en el Ártico

Escala irreal

Otro de los lugares más importantes dentro de este círculo, además de Tromsø y de Nordkapp, del que escribí en este otro post, es el conjunto de islas que forman las Lofoten.

Y como una ventana, puedes abrirte a este lugar o encerrarte en ti mismo y tratar de averiguar quién eres. Porque páramos inhóspitos como éste sirven muy bien para pensar, aunque no sepas muy bien en qué.

Sueños llenos de luz

Siempre mirando al mar

Miradas cruzadas

Lo mejor de las islas Lofoten no son sus pueblos rojos de madera sino los sitios en los que esos pueblos están. No importa ir a Å, el último pueblo de las islas y con el nombre más corto del mundo, ni a Nusdfjord, ni a ningún otro. Lo mejor es recorrer la carretera sin destino fijo, sin hora de vuelta, sin importarte cómo se llama el pueblo que acabas de dejar atrás.

Aquí los nombres son tan insignificantes como el propio ser humano.

Listo para navegar por mi mar interior

Despertar

Y poco a poco, kilómetro a kilómetro, fui avanzando hacia el sur, acercándome a mi mundo conocido, al mundo donde la noche es noche y el día, día.

Puedo asegurar que esta experiencia ha sido fabulosa, pero, también puedo asegurar que esta tierra no es apta para nuestro espíritu humano actual, tal vez, por la contaminación social y económica de hoy, que nos impide disfrutar tanto de un mundo sin artificios como de nosotros mismos.

Respira y continúa

Viajera de paso lento y latido rápido

Al rojo

Abandoné, quién sabe si para siempre, el círculo polar ártico subido en un ferri.

Llegué rodando y me marché navegando, como no podía ser de otra manera tratándose de Noruega. El país donde las carreteras tienen hora de caducidad, y si no la respetas te quedas en tierra, esperando a que el sol vuelva a levantarse y comience de nuevo el servicio de ferris.

Línea imaginaria

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Rumbo a Cabo Norte (Noruega 2/6)

Publicado en Fotografía, Noruega, Suecia, Viajar el October 12th, 2016 por diegojambrina

He hecho fotos que jamás podré enseñar. Parte I
Un viaje de paso lento y latido rápido. Parte III
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Oslo, país independiente. Parte V 
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A pesar de que entre mi casa y Cabo Norte hay 4660 km y a pesar de que iba a ir en moto atravesando Francia, Bélgica, Alemania, Dinamarca, Suecia y Finlandia, siempre había pensado que aquel lugar era el inicio de mi viaje. Pero estaba equivocado.

Nordkapp, el punto más al norte al que se puede acceder por carretera, y punto de partida en mi recorrido por Noruega, se convirtió en un destino en sí mismo.

Cada uno se marca su propio destino

Si mis vacaciones de verano se hubieran terminado aquel seis de agosto de 2016, justo siete días después de que empezaran, me hubiera dado por satisfecho. La emoción que sentí encima de mi moto al llegar a Cabo Norte vale por todas las torres Eiffel del mundo, por todas las puertas de Brandenburgo, por todos los cruces de Shibuya e incluso por todos los fiordos de la propia Noruega.

Me pregunto si soy algo exagerado. No parece que el complejo turístico que han montado al final de la carretera más septentrional de Europa, y con la mayor tienda de souvenir que yo haya visto jamás, sea nada emocionante, y menos para mí, siempre dispuesto a ir en dirección contraria. Pero más que el lugar, lo realmente emocionante fue el momento, algo de lo que ya hablé en mi primer post sobre Noruega.

Aquel seis de agosto empezó a las seis de la mañana en Pajala, un pueblo de Suecia, desde el que partimos mi mujer y yo en nuestra última etapa. Cruzamos la frontera con Finlandia y atravesamos el país por su parte más estrecha. De nuevo cruzamos otra frontera, y ya en Noruega decidimos que fuera a la hora que fuera, aquel día llegaríamos hasta el final del camino. Aquel día llegaríamos al fin del mundo.

Agotados por las casi diez horas de viaje en moto, aún nos quedaba una más. Continuamos rodando por las estrechas carreteras noruegas y, en ocasiones, estuvimos acompañados por renos que, sin saber si tirar a izquierda o derecha, trotaban por el asfalto en paralelo a nosotros.

Atravesamos los últimos puentes, cruzamos túneles de once kilómetros de longitud, la mitad con fuerte inclinación hacia abajo, la otra mitad, con fuerte inclinación hacia arriba. Y siempre fríos, húmedos y mal iluminados. No es Noruega un país tecnológicamente avanzado. Ya hablaré en futuros post de esto.

Ya en la isla en la que se encuentra Cabo Norte, comenzamos a subir hasta su parte más alta y a ver cómo la carretera zigzagueaba con curvas amplias, abiertas y delicadas, como si pretendiera no hacer mella en una naturaleza casi intacta. Todavía no se veía el final, pero podía sentirlo. Sabía que estaba ahí y empecé a comprender que no llegaba al punto de partida en mi viaje por Noruega, sino al punto de llegada de un viaje que no había preparado.

Y finalmente llegamos. No sabía qué estaba sintiendo mi mujer en ese momento. Quité la mano izquierda del manillar de la moto y toqué su rodilla. Hemos llegado, sí. Y, no recuerdo bien si fue entonces o ya había empezado, lágrimas de emoción trataron de salir corriendo de mis cansados ojos. Quietas ahí, me dije en aquel momento. No hay razón para llorar. No hay razón para tanta emoción. Pero hoy sé que sí la hay, que la razón existe, aunque no la comprenda. Sé que si te emocionas es porque tienes una razón, aunque no sepas cuál es.

Deja que salga. Siéntela. Disfrútala.

Tiempo suavemente perdido

Mella

Camino seguro. Destino incierto.

Luz natural

Vidas paralelas que solo se tocan con una mirada a través de la ventana

Esta última foto se sale del estilo del post, pero no quería cerrarlo sin hacer mención a todos los moteros que han ido y, sobre todo, a los que irán, a este lugar: 71° 10′ 21″ N, 25° 47′ 40″ E.

Cabo Norte, o Nordkapp, como lo llaman los noruegos, es un lugar sagrado para los lapones y moteros. Y donde además de encontrarse el final de la carretera más septentrional de Europa, hay un complejo turístico que se cargó de golpe y porrazo esa emoción de la que he escrito. Lo bueno, para los que viajan con su casa a cuestas, es que está permitida la acampada. Y acampar mirando más hacia el norte, en dirección al polo ártico, tiene que ser maravilloso.

En compañía de la soledad

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He hecho fotos que jamás podré enseñar (Noruega 1/6)

Publicado en Escandinavia, Fotografía, Noruega, Viajar el September 22nd, 2016 por diegojambrina

Rumbo a Cabo Norte. Parte II
Un viaje de paso lento y latido rápido. Parte III
Turismo antinatural. Parte IV
Oslo, país independiente. Parte V 
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Decía la mítica fotógrafa Dorothea Lange que “la cámara fotográfica es un instrumento que enseña a la gente cómo ver sin una cámara fotográfica”. Al parecer yo ya he aprendido, porque en mi viaje por Noruega he hecho cientos de fotos sin usar la cámara.

Mientras rodaba por las carreteras del país, encima de mi moto, surgían momentos perfectos para apretar el botón, pero detener la moto, apartarme a un lado, quitarme los guantes y el casco, sacar la cámara, elegir la apertura, la velocidad, encuadrar y disparar, se convertía en un proceso demasiado largo. Así que, puedo asegurar que he hecho fotos que jamás podré enseñar.

Que no me haya detenido durante un trayecto para hacer una fotografía con la cámara no ha sido una cuestión de pereza (muchas veces lo he hecho), ha sido una cuestión de naturaleza.

Noruega es un lugar espectacular, pero cuando el sol consigue abrirse paso por las apretadas nubes e iluminar la negra carretera, o la orilla de un fiordo, o la cumbre de una montaña, entonces se convierte en un milagro. En un milagro tristemente fugaz.

Sentirse a gusto con uno mismo, tranquilo, feliz y sentirse solo al mismo tiempo es una de esas extraordinarias rarezas incomprensibles para mí. La naturaleza abierta, inmensa, descontaminada de personas e iluminada durante un breve momento me provoca ese sentimiento. Y es maravilloso.

Noruega, más que un país de naturaleza espectacular, es un país de momentos espectaculares.

Minúsculo

Sólo mirar

Entre ninguna parte y cualquier sitio

Nadie

Invitación

Cálido Ártico

Contra el muro de la vida

Fuerza diluida

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La ciudad de la luz, no es París

Publicado en Arlés, Fotografía, Francia, Mediterráneo, Provenza, Viajar el July 23rd, 2016 por diegojambrina

No dice mucho a favor de París el hecho de que no me acuerde exactamente si han sido tres o cuatro las veces que he estado en ella. Podría hacer el esfuerzo de mirar en mis apuntes, pero, francamente, no me apetece. Y, además, este post es para la verdadera ciudad de la luz: Arlés.

Esta ciudad al sur de Francia me tiene totalmente enamorado.

Caí sin remedio mucho antes de que yo paseara por sus calles. Mucho antes incluso de que empezara a viajar. Caí cuando de pequeño y en la oscuridad del salón de casa, vi “El loco del pelo rojo”; esa obra maestra del cine protagonizada por mi admirado Kirk Douglas. Una película sobre la vida de Vincent Van Gogh en la que se describe con especial sensibilidad el tiempo que el pintor vivió y trabajó en Arlés.

Para Van Gogh, este rincón del Mediterráneo era fuente de inspiración, sencillamente, porque la luz vivía allí. Hoy, Van Gogh es un reclamo turístico, pero en esta época del año el reclamo es un evento: Rencontres de la photographie. Uno de los más importantes, sino el más importante festival de fotografía de toda Europa. Y para allá que me fui.

Rojo instante, eterno deseo

Está a 759Km de mi casa. Unas nueve horas de camino. Tiempo suficiente para ir calentando mi cámara.

Afortunadamente para mí, mi carné de conducir había caducado y el provisional que tenía no me permitía circular por las carreteras francesas. Me lo pasé bien, jugando con la luz durante el viaje. La verdad, es que algo me decía que aquel fin de semana iba a ser un fin de semana lleno de luz.

Luz, aliada en la vida

Luz y calor, mucho calor, fue lo que me encontré; más de 40 grados, insuficientes, sin embargo, para obligarme a quedarme en algún local con aire acondicionado. Porque si estás en Arlés, lo único que te apetece es recorrer las calles sin mapa, sin criterio, sin razón. Pasear y dejarte atrapar por los claroscuros, que ensalzan la belleza de una edificación provenzal ligeramente descuidada, ligeramente conservada.

Entre amigas, entre sombras

Por si su arquitectura provenzal, sus numerosas ruinas romanas y su influencia en la vida y obra de Van Gogh no fuera suficiente atractivo, Arlés amanece a principios de julio con arte fotográfico en cada esquina. No se trata de un festival donde el arte se esconda tras las paredes de una sala expositiva. El arte sale a la calle, y lo hace gracias no sólo a la organización, sino también a fotógrafos espontáneos que acuden a la ciudad a mostrar su trabajo, para disfrute de todos y para tratar de atraer la mirada del experto. Hay un sueño en cada foto.

La calle es arte

Vistas al interior

Otros, exponen su ropa mojada sin rubor alguno. Se nota que estamos en una ciudad mediterránea. La gente es abierta, confiada, natural y sabe aprovechar una esquina soleada para colocar unas cuerdas y secar su colada.

Típica estampa pasada de hoy

Revisando las fotos que me traje de allí, siento que he tenido suerte. No sólo por encontrarme con una estampa propia del gran Martin Parr, sino porque me encontré con la loca del pelo rojo en “le café la nuit”, el mismísimo café donde el loco del pelo rojo saciaba su sed perturbadora con absenta. ¡No es increíble!

La loca del pelo rojo

Sí, me siento un hombre con suerte, pero también siento que voy creciendo como fotógrafo. Tal vez esté mal decirlo, hablar bien de uno mismo no es políticamente correcto, pero si he empezado este post escribiendo no muy bien de París, no voy a cortarme ahora.

De todas formas, si no pensáis lo mismo que yo, esto es un blog, comentad, criticadme, decidme que se me ha subido el absenta a la cabeza. Decid lo que queráis y decidlo sin tapujos.

Marco natural

Contemplación

Tengo muy buen recuerdo de este viaje. Muchas horas de carretera para llegar, muchas horas para volver, tan solo un día y medio allí, pero mereció la pena. Es un lugar muy recomendable. Lo recomiendo a amamantes a la fotografía, a la pintura, a la arquitectura, a la historia, a la luz y, por qué no, lo recomiendo también a los turistas sin pretensiones.

Bajo la sombra de la farola

Sin luz

La parte trasera del imperio romano

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A bajo cero en Laponia

Publicado en Finlandia, Helsinki, Laponia, Rovaniemi el April 7th, 2016 por diegojambrina

Al fin del mundo se llega en tan sólo cuatro horas y cinco minutos de avión. Un vuelo cómodo y corto que sirve para hacer repaso mental de la maleta. Nunca antes había tenido tanto interés en hacer bien mi equipaje y que éste llegara completo al mismo destino que yo. Demasiado frío y demasiado caro como para haberme olvidado los guantes.

Así es Finlandia para los extranjeros. Se nos presenta como el fin de la tierra, como cabría esperar por su nombre, aunque en realidad significa “tierra de fineses”.

Una vez en tierra y con la maleta en la mano, empieza la aventura.

Larga es la sombra del invierno en Helsinki

Bueno, en realidad, poco hay de aventura en un viaje tan organizado y tan comprimido como el que yo hice.

Todo es fácil, incluso sobrevivir a las bajas temperaturas de Finlandia. Aunque a decir verdad, tampoco hacía tanto frío. En Helsinki no pasó de los 5ºC bajo cero y la primavera ya se dejaba notar en los hielos quebradizos en las orillas de los ríos. Para la gente local, hace un poco de fresco. Para la gente del sur, la sombra del invierno se nos muestra eterna por estos lares.

La capital de Finlandia era un misterio para mí antes de llegar. Y tras mi cortísima estancia, lo sigue siendo. Así que no me queda más remedio que volver para tratar de conocerla. Por lo que dicen, en verano se está muy a gusto e incluso la gente se baña en el mar. Habrá que creerles.

Verde

El verdadero reclamo de Finlandia en esta época del año es Laponia, y, más concretamente, su capital, Rovaniemi. Aquí sí que hace frío. El termómetro baja hasta los 15ºC bajo cero y cuesta quitarse los guantes para sacar una foto. ¡Quién fuera perro!

Negro sobre blanco

Sí, perro, mucho mejor que reno, porque estos cornudos a pesar de que se llevan todas las simpatías de los niños y reciben nombres tan cariñosos como Rudolf, en Laponia no sólo se utilizan a los renos para tirar de los trineos, y repartir regalos por todo el mundo, sino que se los comen. Es, junto con el salmón, el plato típico.

Y para tópicos, la villa de Santa Claus. Un espacio tan artificial como Las Vegas, donde a falta de un señor disfrazado de Papa Noel, hay dos. A ver cómo le explicas a tu hijo que después de volar hasta el círculo polar ártico, hay dos Santa Claus en el mismo sitio.

Finally, we meet, reza la publicidad. Sí, pero ¿a cuál de los dos conocisteis finalmente?

Largo camino para conocer al hombre de las nieves

A mí, lo que realmente me parece mágico son las carreteras efímeras de Laponia. Carreteras de hielo, con sus señales de tráfico incluidas, por las que circular a gran velocidad con las motos de nieve. Y aunque no hay radares, y a la policía no la llegué a ver, sí hay cordura, lógica y respeto. Si te cruzas con tráfico, o a lo lejos se ve a un buen hombre acercándose lentamente sobre sus esquís, reduces la velocidad.

Además, a mí me entraban unas ganas locas de saludar a la gente. Levantaba la mano como si le conociera de toda la vida. Lo mejor, que la otra persona respondía de la misma forma.

Es gente maja.

Carreteras efímeras

Los días en Laponia transcurren a golpe de actividad. Un día vas de paseo sobre los ríos helados y al siguiente te montas en un bus y llegas sin ninguna dificultad hasta Kemi, ciudad portuaria.

Allí hay un rompehielos llamado Sampo único en el mundo. No hay otro rompehielos con actividad turística como este. Lo más parecido será el que te acerca hasta la Antártida, en lo que debe de ser uno de los cruceros más maravillosos que se pueda hacer. Ya os contaré, porque viajar al Polo Sur es algo que pienso hacer antes de morir. Y, después de la maravillosa experiencia en Laponia, lo tengo aún más claro.

Navegar por el golfo de Botnia es algo sorprendente. Miras por la borda y no ves agua, sólo hielo. El mar Báltico se hiela con facilidad al ser una zona poco profunda y con baja salinidad.

No se nota el contacto con las capas de hielo, ni cuando éstas se resquebrajan y se rompen, dejando ver sus casi dos metros de espesor. El Sampo se desliza por encima sin resistencia, aplastando con su enorme peso todo lo que pilla a su paso.

Horizonte helado

Pero lo más alucinante no es navegar, sino cuando se para el barco. Es el momento en que echan la pasarela abajo y te permiten bajar a pisar el mar helado. Es, sencillamente, alucinante.

Allí, me acordé de uno de mis héroes y del libro “Atrapados en el hielo” de Caroline Alexander. En él se narran las aventuras vividas durante casi dos largos años por la expedición de Ernest Shackleton. Partieron con la intención de cruzar a pie el continente blanco de lado a lado, pero el barco en el que viajaban, el Endurance, quedó atrapado en el hielo antes incluso de que llegaran al destino establecido como punto de partida. Vamos, que ni partieron siquiera hacia su objetivo.

Así que, tuvieron que cambiar de reto por otro más importante aún: el de regresar sanos y salvos a casa.

Y lo consiguieron.

Atrapados en el hielo

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Un viaje por Japón a buen ritmo

Publicado en Japón, Viajar, Vídeo el January 4th, 2016 por diegojambrina

El ritmo del viaje lo marca el propio viajero, pero el recuerdo del viaje, ay, amigo, eso no se puede controlar. De ahí que este vídeo, realizado cuatro meses después de mi llegada, haya salido a un ritmo tan endiablado.

Viajé por Japón en agosto de 2015. No salí de la zona central de la gran isla de Honshu, la isla principal y la más grande, donde se encuentra Tokio, Kioto, Osaka, Kobe, Matsumoto, Hiroshima y alguna localidad más, menos frecuentada por los turistas.

En total, fueron 24 días. Muchas experiencias, mucha gente, muchos kilómetros recorridos en tren, mucha comida diferente y muchos recuerdos que empiezan a cobrar vida propia.

¿Estáis preparados? Subid el volumen y disfrutad de Japón a buen ritmo.

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